domingo, 20 de febrero de 2011

La Isla de Caracas

Exato mapa de la ciudad de Caracas. 1775.

"Bring Me That Horizon...!"


En medio del mar de los urbanismos, rodeada de suburbia por todas partes, flota solitaria la Isla de Caracas. Es un pequeño país, de norte a sur atravesado por ríos invisibles, exento de montañas o tan siquiera de alguna colina, sus únicos accidentes geográficos los arquitectónicos, una única sabana piemontesa de suave pendiente, hermana de cauces subterráneos. Su forma es alongada, y en algo recuerda la de la blanca Albión. El paisaje típico de esta insólita Islandia alterna parajes urbanos densamente construidos con campos baldíos sembrados de barrios.

Sus ciudades tienen cada una plazas e iglesias tutelares, y viven las unas junto a las otras, codo con codo, fundiéndose en una superficie continua en la que pueden no obstante distinguirse sin problema, diseminadas como están entre los escasos árboles. La Pastora, Altagracia, San Juan, Santa Rosalía... Los viajeros visitan primero que ninguna a Catedral, construida sobre treinta y cuatro cuadras, bruñida de piedras centenarias. La villa catedralicia se enseñorea del centro insular, donde el color de las casas va del gris a un blanco centelleante bajo el sol. Esta es la capital de la isla, célebre por su plaza sombría.

Hasta el siglo XIX, la Isla de Caracas se mantuvo señora del vasto paraje, como una Palmanova fortificada, rotunda y cristalina. En 1820, cuando en España reinaba Fernando VII, el ayuntamiento insular dictó una ordenanza que declaró por primera vez la "zona que lleva el nombre de Caracas". La singular ordenanza describía las características que rindieron a Caracas única en el mar océano, casi como una isla del tesoro. Sobre todo, por su trama urbana: una racional retícula emanada de las Leyes de Indias, la huella indeleble y claramente legible que define hasta dónde alcanza su territorio... Donde muere la trama colonial, termina la isla, por siempre cautiva de su forma urbana. La ley también reconoció la continuidad de la fábrica típicamente caraqueña. Còmo la densidad, con el paso de los siglos, se hizo arte urbano, y cómo la existencia de una arquitectura insular que se retroalimentaba y se reinventaba con el tiempo... hizo que Caracas se convirtiera en la isla más coherente de todo el archipiélago. Y éso, había que protegerlo.

Desde 1898, no obstante el memorable mandato real, la isla empezó a ser cortada del resto del mundo. Este aislamiento hoy es explicado por el liberalismo de algunos de sus ciudadanos, que empezaron a abandonarla a su suerte a pesar de la tradición, auto exilándose de los fueros insulares para partir a poblar nuevos horizontes siguiendo sus propios albedríos ("Bring Me That Horizon...!"). Es el origen del archipiélago de los faux-bourgs, del borrascoso mar de las suburbias, y el comienzo del aislamiento caraqueño. Como un Borneo, una Java, una Terranova o un remoto Madagascar, desde fines del siglo XIX Caracas pasó de maravilla del mundo a paraíso perdido, de territorio exótico a pueblo fantasma y a comarca incomprensible, o, peor aún: viva en una lengua que se ha dado por muerta. Todo ensanche no la emulaba, todo nuevo urbanismo la negaba... Se aislaba, y se aislaba, azotada por las aguas.

Los viajeros aseguran, no obstante, que la vida en la Isla de Caracas, aún hoy (2005), es del todo apacible, y personal como ninguna en los cuatro mares. Hay algo de escenario teatral contenido, de intensidad citadina, de exquisito corral de comedias, como en aquélla otra isla, la de la laguna. El tráfico automotor es tampoco apabullante. Los medios colectivos lo han minimizado, y el paso menudo de los peatones es quien pauta el ritmo de la existencia. Las tradiciones urbanas son esenciales. Se repiten cada año, circulando por viejos circuitos. Son las viejas procesiones de siempre: de cruz en cruz por las esquinas. La arquitectura, valga repetirlo, es magnífica. En número, y en calidad. No faltan tampoco la comida y la bebida. Adicionalmente, los pobladores caraqueños le son leales: resisten, no importa cuán grandes, ni durante cuánto tiempo, las agresiones y las deserciones en contra de su deslumbrante reino.

Los visitantes deben saber que es muy difícil llegar a la Isla de Caracas. Hace falta embarcarse en un steamer en El Paraíso, puerto situado paradójicamente cerca en el continente de La Vega, y dejarse llevar peligrosamente por la corriente sur, porque las comunicaciones terrestres por los cuatros costados de las costas desde hace años se ha cortado: las rectas calles inmemoriales no pueden continuar... porque se hunden en el extraño mar del crecimiento anárquico. Se las han tragado dos de los más insaciables monstruos de este lado del mundo: Amnesia y Urban Sprawl.


(Para saber más, consultar: Introducción a la lejana Isla de Caracas, su historia, sus costumbres, sus leyes, su lengua y geografía, igualmente conocida como Prècis del Polígono: O De Porqué Nadie Quiere Declarar Patrimonio el Centro Histórico de Caracas, obra preparada y presentada por la Fundación de la Memoria Urbana, Caracas, 2005.


La Isla de Caracas, circa1950.


Publicado en: Semanario en_caracas. Caracas, abril de 2005.

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