sábado, 24 de abril de 2010

Quinientos años de forma urbana



Partitura de la polka La Sultana (publicada en El Zancudo, año II, Mes II, No. 6. Semanario de Literatura y Bellas Artes. Fundación Boulton).

Cada año, el 25 de Julio, las autoridades y todos los caraqueños celebramos el aniversario de la fundación de la ciudad: la tradición es antigua, y enlaza el día dedicado a Santiago Apóstol, patrono de España, con el acto ritual fundacional prescrito en las Ordenanzas de Población de las Leyes de Indias para todas las ciudades de América. Esta continuidad, que remonta los destinos de nuestra capital moderna a sus orígenes en el siglo XVI, es Caracas.

Analicemos el significado de dicha continuidad. Cada año celebramos esta fecha sin vestir disfraces de la época ni interpretar parodias de la historia. Caracas, evidentemente, es un asunto del presente, y no estrictamente del pasado. Aunque a su llegada algún turista descubra con asombro uno que otro de los fragmentos exiguos y austeros de la ciudad antigua entre la extensa fábrica moderna -el mayor valor patrimonial ante el mundo del que esta ciudad puede hacer gala- lo esencial no está allí. Para el caraqueño lo más importante es la visión estereoscópica de Caracas, la de su vida cotidiana yuxtapuesta cada instante a los niveles diferentes de una misma densidad histórica. Y es esta yuxtaposición la que hoy queremos volver no sólo tangible, sino también instrumental.

Las colinas y los antiguos sitios topográficos del valle aún se nombran por los nombres Mariches, Caroata, los Teques, Guayre, la Yaguara, Guaycamacuto, Catia, Anauco, Caracas…; los caminos y los enclaves urbanos aún se conocen como Avila, El Calvario, Caraballeda, Maripérez, El Valle, La Pastora, La Vega, Candelaria, Las Mercedes, Altagracia, Calle Real de Sabana Grande… las naciones indígenas, las provincias reales, las haciendas coloniales, las joyas modernas del pasado cohabitan con una fuerza más que toponímica en la capital contemporánea. Un acto ritual aborigen marcó para siempre la ocupación anímica del valle, como eterno belvedere monumental de sí misma y del paisaje. Otro acto ritual mediterráneo marcó eternamente la naturaleza urbana del corazón de la ciudad, que es lo que más cuenta en ésta y en todas las ciudades… No importa cuán lejos de lo urbano estén las suburbias: mientras el centro histórico exista como tal y mantenga sus valores, la ciudad existe y será una esperanza.

La vida cotidiana sigue marcando sus cambios al hilo del tiempo. Nuestra ciudad es mezcla intensa de lo antiguo con lo moderno, palimpsesto fértil de obligada relectura. No obstante, también cada día estamos escindidos por nuestra familiaridad inconsciente e ingrata con los antepasados que celosamente guardamos en los retratos de familia: somos susceptibles a la gloria de estos honorables ancestros y sus epopeyas, pero a la vez somos indiferentes a los objetos urbanos entre los cuales ellos vivieron. Soberbia e irrespeto del pasado, he aquí dos de los caracteres esenciales que se pregonan sin cuartel sobre nuestra vida caraqueña. Mas también: incomodidad por tanta amnesia, deseo de reinvindicar la memoria urbana y ansias de recuperar la reverencia ancestral, casi sacramental, al dios del lugar.

Nuestras universidades carecen de alguna asignatura que estudie la ciencia urbana en sus aspectos más cercanos a la arquitectura, la génesis y morfología de los espacios públicos, las tipologías y plantas urbanas, o las razones que modelan las ciudades al construirse en el tiempo. Otro tema ignorado académicamente es la memoria urbana, por lo que legiones de arquitectos y urbanistas se han venido graduando desde hace décadas sin conocer ni manejar siquiera un puñado de los lenguajes urbanos de Caracas. Esto debe cambiar, y personalmente he contribuído con varias iniciativas. En 1997 abrí y dicté la Cátedra de Historia de la Forma Urbana en el Departamento de Historia y Crítica de la Facultad de Arquitectura de la UCV. Allí estudiamos por dos años la evolución progresiva de las formas urbanas de París y de Caracas y elaboramos maquetas sucesivas a una misma escala. Desde 1992, publiqué varios textos centrados en la morfología y la memoria urbana, como por ejemplo “La ciudad perdida” y “El Valle sin retorno” publicados en dos ediciones aniversarias en el desaparecido Diario de Caracas y, más recientemente, el ensayo “La suburbia colgante” publicado por Princeton Architectural Press y en la recopilación de textos sobre Caracas de Tulio Hernández.

El rastreo de la historia de la forma urbana es también el tema del ciclo “Las Ciudades Invisibles de Caracas”, del cual ya hemos producido las “ciudades dentro de la ciudad” de Las Mercedes, Bello Monte, la Parroquia de Altagracia y San Bernardino, y estamos preparando la Parroquia el Recreo a dictarse este mes en las Jornadas de las Parroquias del Centro, que adelantan conjuntamente nuestras dos organizaciones culturales, la Fundación de la Memoria Urbana y el Centro de la Ciudad. Actualmente, según un proyecto que he basado en los mismos conceptos e investigaciones al hilo del tiempo, trabajo la Curaduría de la exposición “Caracas 1500-2000: Quinientos Años de Forma Urbana” a inaugurarse en el Museo Sacro la próxima Semana de Caracas (2002) con los auspicios de la Secretaría de Planificación y Urbanismo de la Alcaldía Metropolitana y con la asistencia del Centro de la Ciudad.

Así, la celebración de un nuevo aniversario de Caracas es una oportunidad para su redescubrimiento. Es necesario que los ciudadanos conozcan más y mejor el modus operandi y la naturaleza urbana de la ciudad que habitan. No puede quererse lo que no se conoce. A medida que la ciudad crece y se hace más inabarcable, analizarla para hacerla más comprensible para todos resulta impostergable para su gobernabilidad. Caracas ha demostrado ser infinita, y el rico yacimiento de sus historias inéditas así lo demuestra.

Caracas en 2003.

Publicado en: Arquitectura, EL NACIONAL: Caracas, Lunes 10 de Junio de 2002

miércoles, 21 de abril de 2010

La bayoneta portátil

Monumento al Bicentenario del 19 de Abril de 1810, Plaza de San Jacinto (f. Rossella Consolini, 2010. Archivo Fundación de la Memoria Urbana)


El Centro Histórico de Caracas es, quién lo duda, el Sancta sanctorum de la capital, y por ende, del país entero. Con el paso de los años, hemos seguido de cerca cómo han ido aumentando poco a poco las protecciones sobre su territorio de trama colonial y sus episodios urbanos y arquitectónicos de todas las épocas. Mas, frente a los acontecimientos recientes, podemos decir que este proceso que apenas ha comenzado, es muy poco entendido por la mayoría.

¿Qué es un Centro Histórico? ¿Alguien por estos lares lo ha discutido públicamente alguna vez? Que yo sepa, no. Así que, así vamos: de la mano de la intuición del que le toque opinar, por ejemplo, en el caso reciente del polémico Monumento al Bicentenario, el Presidente de la República. Y me pregunto, ¿de qué ha valido hacer largas listas de declaratorias, censos, o catálogos patrimoniales, todos muy razonados, todos muy publicados en Gaceta Oficial, si la gente poco comprende la naturaleza de las protecciones que norman en el Centro Histórico? ¿Qué es éso, a fin de cuentas, un "centro histórico"? ¿Qué hace qu
e una plaza se le declare Monumento de la Nación, qué significa patrimonio moderno y qué patrimonio derivado, hasta dónde alcanzan las previsiones urbanas para los bienes de interés cultural, cuáles son los parámetros que protegen a la cada vez más menguada herencia urbana de Caracas?

Puestos frente al deseo muy válido de seguir interviniendo o erigiendo obras contemporáneas en el corazón de la ciudad, pareciera que a pesar de las protecciones, dado el caso, todo puede borrarse a placer, y todo vale… según el cristal con que se mire. Y así, hoy en Caracas, vale todo. Cualquier sentimiento, cualquier intuición: con tal de que se esgrima que "las intenciones son nobles".

¿O porqué ustedes creen que la Plaza Bolívar se salvó a última hora, escombros afuera y todo, de que se le montara en la Esquina de Principal entre Casa Amarilla y antiguo Palacio de la Gobernación la actual bayoneta que ahora tenemos atravesada en la pobre Plaza San Jacinto? No por los criterios de los funcionarios patrimoniales de turno, no: se salvó por Chávez -a quien, como a cualquier ciudadano - le pareció absurdo aquéllo allí. Gracias a Dios, pensamos entonces. La lástima es que la cosa no pudo repetirse en San Jacinto… pero eso fue, apostamos, por el apresuramiento y por la falta de tiempo. Y la acción se consumó, entre bombos y platillos.

Es una pena ver cómo no ha habido reflexión suficiente con la única plaza del Centro Histórico de Caracas que cuenta con una declaratoria individual de Monumento Histórico Nacional (publicada en la Gaceta Nº 31.341 del 17 de Octubre de 1977). Eso la hace, ad litteram, intocable, o al menos, obligaría a una discusión más amplia y profunda de su destino.
Así vemos cómo la ubicación al norte de la plaza de la aguja de 47 metros, pone en entredicho la memoria urbana del sitio y ridiculiza la presencia de su único objeto histórico sobreviviente, el Reloj de sol de Alejandro de Humboldt (1803). Cuando la Plazuela de San Jacinto fue convertida en Plaza El Venezolano por Guzmán Blanco en 1882, éste la se mandó a rehacer en forma de plaza real, de la misma guisa que la Plaza Bolívar, pero con la estatua de Antonio Leocadio Guzmán al centro. Luego Tomás J. Sanabria en 1963 repetiría el esquema esta vez con el reloj como protagonista. Hoy, todo ello es olvidado por la desmesurada y autónoma bayoneta.

Podemos dar fe, no obstante, de que el susodicho obelisco_minarete_misil_cohete_ catalejo_ monumento_bayoneta fue erigido en el punto de la Cuadra de San Jacinto que al parecer menos compromete a los restos arqueológicos no visibles de los coloniales Convento e Iglesia de San Jacinto que subyacen por toda el área (especialmente en el interior del Pasaje Linares y del restaurante La Atarraya, ambos edificios declarados patrimonio) y de los cuales dan prueba documentos planimétricos antiguos, fotográficos y las prospecciones arqueológicas realizadas en el Pasaje Linares cuando se incendió en 1997. Creemos que nada más esta circunstancia merecería otra valoración ambiental, urbana, patrimonial, paisajística y de conjunto para toda la Cuadra de San Jacinto. Porque este es un vasto sitio arqueológico colonial (recuerden el Museo Nacional de Arte Romano en Mérida, España, de Rafael Moneo, 1986).

Estamos a tiempo, pues. Puestos desde la tribuna a ver la conmemoración del Bicentenario del 19 de Abril de 1810, le hemos encontrado una gran virtud al proyecto de nuestros colegas arquitectos: que ha probado ser sumamente portátil. Estructura tubular de hierro fácilmente desmontable y transportable, le auguramos y deseamos a la bayonette rojinegra una tercera y próxima reubicación, ojalá y con un espacio urbano monumental de nueva planta incorporado, en otro lugar (como al sur del eje del Bulevar Panteón, por ejemplo). Para que sea un sitio ad hoc donde se construya realmente una historia actual sin ir en detrimento o distorsión de la historia pasada, en este caso iniciada por el mismo padre de Bolívar en 1593, cuando emprendió la recaudación de fondos para dedicarle un templo en la ciudad a San Jacinto de Polonia.


La Virgen y el Niño se aparecen a San Jacinto (Carracci, 1594. Musée du Louvre, Paris)

Publicado en: Colegio de Arquitectos de Venezuela. Caracas, Lunes 26 de abril de 2010.

domingo, 18 de abril de 2010

La marcha de la gloria


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El Castillo de Monte-Cristo, la residencia construida por Alejandro Dumas en 1846.


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I. La vigilia

Durante la observación respetuosa del paro y de las manifestaciones de los últimos días (2002) , concurrimos también -en espíritu, al menos-, desde esta ciudad de Caracas a otra marcha gloriosa, celebrada esta vez en la ciudad de París: la que acompañó el traslado al Panteón, donde Francia venera a sus grandes figuras, de las cenizas del novelista y dramaturgo francés Alejandro Dumas (1802-1970), en la celebración de su bicentenario.

Los restos salieron del Cementerio de Villers-Cotterets (Picardía) en una larga ceremonia que gracias a la Asociación de Amigos de Dumas se convirtió en una verdadera puesta en escena ya que incluyó en su recorrido una teatral vigilia realizada en el Castillo de Monte-Cristo (situado en Port-Marly, a veinte kilómetros de París), antes de proseguir el traslado al Panteón por el Sena. Los marchantes iban armados de principio a fin de los libros favoritos del autor, de los que fueron ejecutando recitales durante todo el trayecto.

Tan apasionante y pacífica expresión callejera en lugares tan distantes fue un dulce consuelo en estos días, sobre todo cuando, acicateados por la curiosidad, nos lanzamos a la relectura del Conde de Montecristo intentando buscar más noticias sobre la fortaleza personal de Dumas, el físicamente real Castillo de Monte-Cristo, construido por el escritor-vuelto-arquitecto en 1846.

II. El Castillo d’If

En la novela hay trazos del legendario edificio en los capítulos ocho (“El Castillo d’If”) y veinte (“El cementerio del Castillo d’If”). Si Dumas había llegado a confeccionarse para sí esta construcción que “materializa las creaciones ideales de las Mil y una Noches, tan espléndida, apabullante, original y rica es” (Léon Gozlan. L'Almanach comique, 1848), lo interesante sería saber cuánto de aquella primera y tenebrosa imagen pasó luego a ser arquitectura…

El castillo es divisado por primera vez por Edmundo Dantés desde el mar, en la distancia: “Dantés se levantó y miró al frente, y vió elevarse a unos doscientos metros la negra y crispada roca sobre la que se eleva el Castillo d’If, la sombría fortaleza, que por más de trescientos años ha alimentado tantas salvajes leyendas…” Otro tanto ocurrirá luego en el domaine de Monte-Cristo, cuando el edificio es avistado desde la Avenida Presidente Kennedy de Port-Marly, en medio su agreste parque a la inglesa. Observando el castillo real, éste también luce como una gran roca: su masa cúbica de piedra es una sola, y no está articulado, dando la impresión de haber sido colocado como una pieza exquisita en medio del parque, impresión que le llevó una vez a escribir a Honoré de Balzac que el castillo de Dumas era “la más real bombonera que existe” (Lettres à l'Etrangère).

El Castillo d’If tiene "buenas y gruesos muros” y un “patio rodeado de altas paredes”. La celda queda “casi bajo tierra”, lo que nos habla de sótanos, y “varios torreones”. Consecuentemente, vemos cómo el de Monte-Cristo enfatiza en sus temas justamente los torreones: desde lejos, son las dos torres coronadas con domos en foma de bulbo recubiertos de pizarra gris y las linternas con pilastras lo que caracteriza su arquitectura. El jardín, en este caso veinte hectáreas cuidadosamente diseñadas por el propio Dumas, quien lo ve como“una reducción del paraíso terrenal”, asemejan el vasto océano que rodeaba la isla en el texto original. De hecho, en un sitio predilecto de la propiedad, al que bautizará “La isla”, el autor construye una segunda follie en medio de un pequeño lago, y en ella, accediendo por un puente levadizo, un curioso pabellón para escribir al que titula “Castillo d’If”.

En este gabinete, las habitaciones son minúsculas, el estilo, neogótico, pura expresión del estilo Trovador, y sobre las piedras de los muros grabó en rojo los títulos de ochenta y ocho de sus obras. Animando los bajorrelieves de las fachadas, todo un universo literario se expresa. Aquí, Edmundo Dantès descubre su tesoro, allá, el monje con el asno de La dama de Montsoreau aparece bajo una ventana, y arriba, sobre la torreta, aparece el Duque de Guise de Henri III.

III. Dumas arquitecto

Gracias a la fortuna provista por el apabullante éxito editorial de Los Tres Mosqueteros, el escritor decide, en 1844, construir la casa de sus sueños. Ese año emprende la obra del castillo, que será, según Balzac, “más bello que la Villa Pamphilii”. Así le habla a Hippolyte Durand, el hombre que más que su arquitecto se convierte en el mero ejecutor de sus proyectos: “Va usted, aquí mismo, a trazar un parque inglés en medio del cual quiero un castillo Renacimiento, frente a un “castel” gótico rodeado de agua. Como hay muchas fuentes, usted me hará varias cascadas”. Lo mismo ocurre con las legiones de decoradores y escultores que tratarán de seguir las órdenes de un proprietario cuyos proyectos evolucionan según su imaginación. Así, lo imaginario se vuelve realidad palpable.

Sobre la reja de hierro, igual que sobre las cubiertas, se pueden ver las iniciales “AD”. Mezcla de estilo Renacimiento, de rococó y de gótico, sobre las fachadas del castillo, Dumas pondrá bajorrelieves, ramos y rosetones. Sobre las ventanas hace colocar medallones con las caras de Homero, Virgilio, Esquilo, Sófocles, Terencio, Dante, Shakespeare, Lope de Vega, Corneille, Racine, Molière, Goethe, Schiller, Walter Scott, Byron… y de sí mismo, en una máscara enmarcada por dos arpías. En la parte alta de la fachada principal coloca esculturas de sus ancestros mulatos del Caribe, los Davy de la Pailleterie, al igual que su escudo de armas y su divisa: "J'aime qui m'aime" (“Amo a quien me ame”).

El Castillo de Monte-Cristo logró que Alejandro Dumas se arruinara, pero también que forzara su imaginación dentro de la razón arquitectónica. En la propiedad, hoy completamente restaurada, queda la atmósfera de su obra novelística tal y como el escritor la diseñó. Cuenta un testigo que al preguntársele:

- “Monsieur Dumas, ¿dónde sembraremos el parque?”
Y contestó el nuevo y glorioso huésped del Panteón de Soufflot:
- “Aquí, mi estimado amigo”.
- “Mas, ¿quién lo diseñará?”
- “Yo, mon cher. Este será mi parque literario”.

"J'aime qui m'aime" , divisa de Alexandre Dumas. Château de Monte-Cristo.

Publicado en Arquitectura, EL NACIONAL. Caracas, Lunes 9 de dicembre de 2002.

sábado, 17 de abril de 2010

Plazas políticas

La Plaza de Los Palos Grandes (f. febrero 2001. Estrellita_2009. Tomada de skyscrapercity.com)

Esta semana (2002) tuve la suerte de contarle la historia urbana de Caracas a un grupo de estudiantes de varios liceos del centro de Caracas gracias a una amable invitación que me hiciera la Casa de Bello. Luego de habernos paseado por las muchas imágenes de las arquitecturas caraqueñas, yendo de los monumentos a las casas, de los parques a las plazas, de los puentes a los templos y por las decenas de tipologías que éstos representan, y luego de haberles intentado explicar cómo fue el proceso de crecimiento de esta ciudad, una de las niñas de la primera fila se me acercó y me hizo esta pregunta:

-“Profesora, ¿Usted me podría explicar porqué en el centro de Caracas hay tántas iglesias?”

Yo, que me había propuesto llevarles un mensaje optimista y positivo a aquellos niños habitantes del devastado Centro Histórico, intentando rescatar su orgullo por el abandonado, depauperado, despreciado corazón urbano en donde estudian y su vida transcurre, me dí cuenta de cuán lejos ha llegado la amnesia de los caraqueños sobre cómo funciona una ciudad urbanamente saludable. Si aquella niña, habitante del centro, verdadera millonaria en plazas, iglesias y armónica arquitectura urbana de la mejor con que cuenta Caracas -por más inmunda que se encuentre en este tenebroso momento de su historia- no entendía las razones y las bondades de la densidad y el aglomeramiento, qué les quedaría al resto de los ciudadanos, que viven lejos de toda noticias de ciudad en unos territorios urbanos cada vez más desabridos, desarticulados e incoherentes.

-“Fíjate”, le dije, “¿recuerdas cuando hablamos de la fundación de Caracas, y que en torno a la Plaza Mayor, gracias a las Ordenanzas de Población descritas en las Leyes de Indias, se colocaron Iglesia y Ayuntamiento, a fin de que esa primera parroquia estuvieran bien asistida de todos los servicios y funciones? Pues bien, cuando la población parroquial creció más allá del límite numérico que decía la ley, la misma ley obligaba a fundar una nueva plaza, con una nueva iglesia y un nuevo ayuntamiento. Así, sucesivamente, se fueron mutiplicando las plazas y fundando las nuevas parroquias de Caracas, siempre de un número limitado de habitantes, para que todos tuvieran espacio público y servicios proporcionales a sus necesidades. Por éso hay tántas iglesias y por éso existieron también tántas plazas: porque no se debe crecer demasiado en la ciudad sin que existan espacios públicos para la expresión, el solaz, el placer y el esparcimiento urbano de los ciudadanos”.

Algo que luce tan natural, es bien sabido que en Caracas hace tiempo se olvidó: las parroquias pueden llegar a tener hasta un millón de habitantes y uno puede cansarse de caminar y caminar hasta lograr finalmente llegar a un nuevo espacio público. Las plazas de la ciudad hace demasiado tiempo que son las mismas de siempre. Aunque la ciudad haya crecido tánto, no hay nada que se le parezca a un nuevo espacio urbano para acompañarla en ese crecimiento. Las únicas nuevas “plazas” de las que se tiene noticia son las que designan a los suburbanos edificios residenciales o a los huecos infernales de los centros comerciales: el nombre “plaza” es usado vilmente para engañarnos prometiendo falsas calidades de paz o armonía urbana; y como el nombre, con sus reverberaciones sonoras, persiste en seducirnos, ello es vulgarmente utilizado para disfrazar a sus más tristes antípodas urbanas y arquitectónicas.

Pero, y ¿qué de las plazas de carne y hueso? ¿Qué de las de verdad? Abandonadas a su suerte, se han visto sembradas cada día más de los obstáculos más diversos que impiden su uso abierto: son el receptáculo preferido para todas las improvisaciones que se quieran inventar. Algo tan simple como las plazas han devenido el basurero municipal donde se acumulan tanquillas y casetas, y lo que es peor, nuestra desmemoria hace que a quienes se las encargan los pocos nuevos proyectos de plazas, generalmente lo que hacen es descargar toda su incontinencia constructiva en dichos proyectos, quedando como resultado al final unas plazas que no son plazas, plagadas de macro materas, macro rampas, macro brocales, macro pérgolas, macro bancos o macro escalones que se comen el espacio libre y se tragan una cantidad de dinero que así se ha perdido.

En estos días, en que los acontecimientos políticos han hecho que los caraqueños hayan “redescubierto” la calle, como se dice, es bueno que más allá de la conciencia de pertenecer a cualquier bando todos, como ciudadanos que somos aprovechemos para reaprender la lección urbana de las plazas, a ver si reempezamos a hacer algunas nuevas y a arreglar dignamente las que existen. Observemos y reconozcamos con justicia el valor que tienen unas plazas bien adecuadas y construidas con todas las de la ley (ley urbana, se entiende) para expresarnos políticamente, para desahogarnos, para oir a alguien u oirnos todos a la vez. Nadie pensaría jamás en irse a unas de esas “plazas” de los centros comerciales para un mítin o una vigilia, ni tampoco a nadie se le ocurriría escoger para estos fines esas plazas pobladas de obstáculos donde congregarse o descansar es imposible, o a esas otras mal llamadas “plazas” que lo que son es residuos abandonados del trazado vial que quedaron relegados y alguien les inventó por azar una estatua y un nombre. Todos se van a las plazas que sí son plazas como Dios manda.

Esa Plaza Altamira, esa Plaza O’Leary y hasta esa Plaza Caracas (que no era plaza originalmente en el proyecto del Centro Simón Bolívar, pero que salió bien aunque sea por carambola), son las arenas exitosas de nuestra vida política. Los podemos “usar” y “funcionan” bien porque cuentan con todos los elementos que hacen un espacio público: los rodea buena arquitectura, hay una armonía de alturas en todo su borde urbano, hay un pavimento contínuo y un espacio abierto de escala importante, son límpidos y sin interrupciones. Y eso no es gratuito. Se le llama buen diseño urbano y puede alcanzarse mediante un buen proyecto. Y si esa nobleza del espacio abierto confiere dignidad, solemnidad y efecto a nuestra vida política, mas nos valdría aprender la lección que hoy nos está recordando Caracas con sus grandiosas plazas políticas.

Plaza O`Leary.


Publicado en: Arquitectura, El NACIONAL. Caracas, Lunes 11 de Enero de 2002.

Directo al corazón

La Torre Pirelli (urbanity.es)

De todos los edificios que hiciera Gio Ponti en Italia, es la Torre Pirelli (Milán, 1956), impactada fatídicamente el jueves pasado (2002) por una avioneta, la que más se conecta con la historia de la arquitectura moderna venezolana. Esta vez, el recuerdo del atentado del 11 de Septiembre contra las Torres gemelas, nos hizo por un momento entrar en pánico y temer la caída de éste rascacielos también, aún cuando fuera evidente que la magnitud del impacto y las características estructurales del edificio no lo hubieran permitido.

De todas maneras, a primera vista lucía muy sospechosa tánta puntería para clavarse justo en el medio del pecho a altura del piso 25, 26 y 27 frente frente a la Piazza del Duca d’Aosta, en el centro de Milán, a su vez, capital financiera de Italia. Por más de que se clame a los gritos de Mayday del siniestrado piloto, ya uno no sabe a qué atenerse hoy en día…vemos tántas cosas. Sin duda que es muy extraño, aunque en el momento que escribo esta columna ya las autoridades estaban dejado de lado la tesis del atentado terrorista, y estaban hablando del supuesto suicidio de un piloto de cierta edad, de suma pericia y de elevadas deudas.

En todo caso, ver a la hermosa torre pontiana acribillada, el “pirellone” –como la llaman los milaneses- defenestrada, la lámina de vidrio contínua de 130 metros de altura de la que Ponti estaba tan orgulloso, vuelta añicos (los escombros y el impacto llegaron a atravesar el edificio y salir por la otra fachada, la norte), la escultural estructura concebida junto a Pier Luigi Nervi puesta a prueba justo cuando la torre está por cumplir medio siglo de gallarda presencia contra el cielo de la ciudad lombarda, nos ha dejado más que tristes. Ponti, y su Studio Ponti, Fornaroli & Roselli, entró a diseñar la Torre Pirelli justo cuando venía de diseñar y estaba a punto de inaugurar la Villa Planchart (Diciembre, 1957) en Caracas. Ambos edificios comparten las mismas aspiraciones formales y teóricas de este punto en la vida del arquitecto, que hacia los años cincuenta deseaba expresar la “virtud meditativa y el deseo tenaz por la perfección formal, estructural del diseño”. En el Pirelli ésto se lograría mediante una sola palabra: exactitud. Es con el refinamiento de la expresión estructural del edificio que alcanzó su primordial importancia en la historia de la arquitectura. Cincuenta años después, sigue siendo el edificio más emblemático de Milán.

Es la Torre Pirelli un rascacielos limpio, radiante, que hace caso omiso de aquella máxima pontiana “la arquitectura es un cristal”. Tallado como un diamante, con una planta también en forma de diamante que alberga el famoso corredor que se adelgaza hacia los extremos, esta torre es, tal como lo calificara el mismo Ponti, sumamente “audaz y hermosa”, e influyente. Su volumen se parte en dos secciones: una hacia el frente, hacia la plaza, donde está la estación ferroviaria central y el centro de negocios de la ciudad, y otra hacia atrás, ubicando, como era típicamente pontiano y ocurre también en la Villa Planchart, los servicios (núcleos de ascensores y aseos) hacia la parte trasera, dejando libre a la arquitectura para que las plantas disfruten de las mejores vistas. Este hecho, unido a la fuerza que confiere a la estructura de concreto el núcleo de ascensores, contuvo al accidente a ir a mayores, ya que la avioneta no logró pasar de allí.

Dos largas ranuras verticales fueron practicadas en los cantos de la torre, enfatizando la liviandad de los planos de vidrio y concreto de las dos fachadas principales, aperturas que también están presentes en la Villa Planchart en las loggias/balcones este y oeste mediante un recurso algo distinto de oradación de los planos laterales. También en la VillaPlanchart reconocemos el gran techo que remata la torre, esa alada visera de concreto que tánto ha influenciado a los arquitectos venezolanos en todas las décadas subsiguientes del siglo pasado y de éste. Ambos edificios hermanos, se adornan con un parecido y refinado sistema de valoración nocturna de sus arquitecturas, de una iluminación escondida que marca sus líneas.

La torre de concreto fue hecha para resistir el tiempo y el movimiento. Fue notoria la difusión en las revistas de arquitectura de la época del corte transversal del edificio, donde se apreciaban la mole de las tres filas de columnas que se adelgazaban hasta tocar la visera final, y los refuerzos horizontales de las placas. Dice Ugo La Pietra en su libro Gio Ponti que “uno de los problemas técnicos a ser resueltos fue cómo insertar elementos rígidos, como los paneles de la fachada y los paneles de las paredes móviles (en las oficinas), en una estructura de concreto reforzado sometida a oscilaciones elásticas”. Nadie se imagiba hasta dónde podría llegar los extremos de esa oscilación brutal en un trágico instante. El problema se resolvió fijando los paneles de vidrio de la fachada con una conexión del tipo “bloque silente”, que permite el movimiento independiente de todos los elementos. Esto es lo que nos hace ver cómo la fachada en el perímetro del boquete parezca incólume, limpia, apesar del destrozo absoluto a pocos centímetros.

“La forma finita”, escribía Ponti, “es decir, la composición, se enfrenta al infinito ritmo de las elementos repetitivos”. Era su deseo extremar la inventiva estructural como soporte de una nueva, genuina forma arquitectónica, “lejana de cualquier rutina estructural”. Esta búsqueda suya por la solidez constructiva, por la incorruptibilidad de los materiales, por luchar contra la falta de expresividad arquitectónica, debía “transportar el edificio a un plano poético”. Poética, sin duda que es hoy más que nunca la Pirelli, resistiendo con su arquitectura exacta el embate del tiempo, del conflicto y de la fatalidad.


Publicado en: Arquitectura, EL NACIONAL. Lunes 22 de Abril de 2002.

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