domingo, 26 de agosto de 2007

El viaje andaluz

La Cartuja, Sevilla.

En el año 1991, un escritor granadino recordaba su primer viaje en tren a los catorce años, viaje que lo llevaría entre otras cosas, a través de las tierras de Andalucía, a encontrar por primera vez el mar. Su memoria recuenta un desfile de “ciudades de casas blancas con rejas hasta el suelo y palacios barrocos y miradores de vigías, una playa del Puerto de Santa María, desde donde se ven las murallas de Cádiz y la cúpula dorada de la catedral, convertida por el feroz levante en un arenal de locura, el verde hondo y frío del agua en mitad de la bahía, el faro de Chipiona y el faro de Santa Catalina destellando a lo lejos en una noche sin luna y los inviolables paraísos secretos que esconden las tapias blancas de Granada o de Córdoba.” Este primer y crucial viaje va a convertirse para Antonio Muñoz Molina en un tránsito eterno. Todos sus demás viajes, desde entonces, vienen a confundirse en este primero. Su gran y excitante aprendizaje es que aunque se marche y se pierda, sabe que una parte de sí mismo “permanece siempre en la misma ciudad.”


Así encontramos ayer al arquitecto sevillano. Estaba en Caracas, como en Sevilla. Habiendo venido a “contarnos sus obras más detenidamente,” por invitación que le hiciera la Escuela de Arquitectura de la Universidad Simón Bolívar, va estos días (1997) por un paisaje y una ciudad que le son completamente nuevos, “como el peregrino en su patria.”


Primero que nada -¿dónde más?- puso pie en El Silencio. Allí los resabios urbanos y residenciales de las hoffes tropicales de Villanueva le retrajeron a las colonizaciones racionales que hiciera en sus propios proyectos de viviendas en Sevilla, en Cádiz y en Madrid. No hay pórticos, sólo pérgolas en Ramón y Cajal o en Sierra Elvira, pero por ellas andaba, entre los retranqueos de los cincuentenarios bloques perimetrales y la balconería variada que rodea la Plaza O'Leary. No hay duda de que Villanueva era también un sutil operador de colonizaciones urbanas, viejo mago de la resistencia y del combate en asentamientos caóticos “con las solas armas de la arquitectura.”


Más allá, la estructura de un paraguas de una fuente de soda caraqueña (algo que encontró en un detalle de las varillas y de los flejes), se convirtió en la solución para el diseño de una papelera urbana en Galicia. Puede que lo use en el proyecto más importante que tiene sobre el tablero: la organización del borde marítimo de Vigo. Un paseo que, siguiendo la línea que reinauguró el ejemplarizante Mol de La Fusta en Barcelona, va a permitir que Vigo “se abra al mar,” ese mar tan importante de reencontrar para los peregrinos, esta vez el mar de la “permeable costa gallega,” de rías altas y bajas, que Vázquez Consuegra sueña con pavimentar en lajas de granito rojo de Guayana.


Contemplando desde una terraza los cerros, poblados de ranchos, recorrió otros caminos andaluces. La vida en los barrios, el recuerdo del vivir apretado, casa contra monumento contra casa, respirar por los patios como por los poros, fue ver surgir los pensamientos sobre la dificultad y el sueño de la ciudad en la periferia. No obstante la fuerza sevillana de la contigüidad, afirmó que es “imposible la aplicación de la estrategia del centro histórico” sobre los ahora llamados “terrains vagues” de la suburbia, tanto neo-andaluza como global. Para él, el centro histórico es uno y en su sitio ha de quedarse: “los arquitectos y los urbanistas habrán de formular nuevos modelos para dar acomodo a las dinámicas cambiantes del crecimiento. Este es el gran tema que hay pendiente.”


Mas por encima del paisaje en la distancia, había otro viaje prometido. Tras el Parque Henry Pittier, en Choroní, bajo la vegetación cacaotera, pronto se hallaría como “en tierras de olivar,” buscando de nuevo una hacienda. De los ensanches de las ciudades, las tipologías nuevas u obsoletas y la calidad de la vida suburbanita, nos pareció que regresaba a la casa/estudio en la Mairena de Aljarabe. Por haber catalogado en el 92 en la Guía de Arquitectura de Sevilla las haciendas de olivar, estos patios coloniales de secado que se le aproximan, ya los vislumbra con “plantas de exacta y precisa geometría,” con “hermosas portadas,” con “magnífica fábrica,” “línea de pérgolas y paseos arbolados,” y con previstos “señoríos y dependencias de labranza.”2 Y es que Vázquez Consuegra tiene también entre manos la reestructuración de una antigua hacienda en Tomares. Allí le hará al pueblo, cuyo núcleo es justamente este conjunto arquitectónico/urbano, su nuevo ayuntamiento.


Es lógico que para todo viajero la reflexión sobre el lugar sea muy importante. Vázquez Consuegra ha afirmado que si es necesario, un proyecto suyo destruiría el lugar para poderlo recrear por completo, para poder reintroducir orden en él, para poder “emplear la memoria de un modo creativo y no sólo mimético,” para poder, en fin, formar frente contra la degradación del entorno. Un profundo conocimiento de las reglas de la arquitectura urbana y de los lenguajes vernáculos y no vernáculos de su ciudad de origen se lo permiten. Sus edificios, así, “mejoran cuando se visitan.” No es de extrañar por qué a este arquitecto se le considera, además del más “aplacado” y “agraciado”, el más “civilizado.”


Hoy y el jueves, a las 6:00 pm (1997) en el conjunto de auditorios de la Universidad Simón Bolívar, se realizarán sus dos conferencias: “El proceso del proyecto” y “Proyectos en proceso.” Allí podremos disfrutar con detenimiento de una miscelánea de sus edificios, célebres en gran parte porque “no renuncian a nada” (especialmente a la ciudad).


Hacienda de olivar de San Antonio de Clavinque, Sevilla.

NOTAS:
1. Muñoz Molina, Antonio, El viaje andaluz, 1991.
2. Guía de Arquitectura de Sevilla. 1992.

Publicado en: Arquitectura, EL NACIONAL. Caracas, 1997.

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