jueves, 19 de abril de 2007

El celo de tu casa me devora

Jesús echando a los mercaderes del templo, Iglesia de Saint-Roch, París. Thomas (1822).


1. Bazaar
Bazaar
es el nombre árabe que se da en las ciudades islámicas a la madeja de calles que conforman el mercado. Allí los mercaderes, acogidos por la sombra de fachadas muy cercanas entre sí y por pórticos profundos y vestíbulos y patios propiciamente encadenados, disponen sus tiendas y enseres felizmente. Cada tanto, una tolda tendida entre las fachadas termina de anudar los dos lados de la calle, y ésta deja de ser espacio urbano para ser edificio: el Bazaar se arquitecturiza por intervalos. Uno nunca sabe cuando está adentro ni cuan
do está afuera, mientras va de tienda en tienda, de calle en calle.

Ninguna tipología de mercado ha superado la del Bazaar. Ninguna tan afín a las actividades trashumantes del cliente y del mercader. El primero, siempre dispuesto a perderse en la búsqueda de sus objetivos, ha dado con un mercado infinito; el segundo, confortablemente arrellanado en el recodo amable de una ciudad y una arquitectura irrepetibles, ha dado con un puesto único. Además, cuando luego de trabajar o deambular por horas sienten que el laberinto se les hace agotador... encuentran el oasis geométrico y silencioso de los inmensos patios de las madrasas y de las mezquitas. El mercado es laberinto buhoneril, pero tambié
n es remanso, fruto de las retículas urbanas superimpuestas. El Bazaar puede extenderse en su desordenada euforia por hectáreas, bullicioso y caótico porque siempre, a la vuelta de cada esquina, lo rescatará el orden inteligente de la ciudad.

2. El Mercado ideal
Cuando los mercados ya no pudieron realizarse siempre en las calles, se realizaron en edificios que eran como calles. Los grandes proyectos de mercados desde el Renacimiento han tratado de resumir en una sola fábrica lo que era una zona completa de la ciudad, como si de una metáfora del Bazaar se tratase. Esta metáfora urbana la inmortalizó Filarete en su Tratado de 1490, cuando nos legó el diseño del mercado más perfecto presentándolo, nada menos, que como una ciudad.1

El mercado ideal de Filarete, que pertenece al llamado tipo claustral, contaba en el centro con una gran plaza rectangular para hierbas y frutos dominada por una iglesia. La plaza estaba rodeada por arcadas con puestos, detrás de las cuales estaban los edificios en una trama regular, cada uno con su plaza, calles, canales y puentes. Edificios para el mercado de carne y aves, para el del pescado, para el de granos, y hasta para el del amor (la “Cassa di Venere”), entre otras obras públicas (como si de una ciudad completa se tratase), como el Palazzo del Capitano, la Lonja (la “Casa Usuraria”), las posadas, la casa de baños y una taberna, la “Cassa di Bacco”.

Los buhoneros de Caracas cuando se resisten a abandonar las delic
iosamente urbanas calles del Centro Histórico, con quien están entonces es con Filarete. Es evidente que el corazón de nuestra capital, con su trama reticular de humanas proporciones, ritmos confortables, fachadas cercanas, calles repetidas, esquinas para el encuentro y espacios públicos concatenados; con su arquitectura histórica y monumental de alturas regulares y detallados armoniosos, de arcadas confortables, de pórticos, pedestales y escalinatas invitantes y de acogedoras involuciones volumétricas, es potencialmente el más ideal de los mercados. Bastaría tender una lona de Manduca a Ferrenquín, de Bolsa a Mercaderes y de Gradillas a San Jacinto, y ya tenemos el zoco perfecto.

Porque la ciudad, cuando se acerca idealmente a sus propias calidades, como Caracas en el Centro Histórico, puede ser el mejor Bazaar de todo el mundo árabe... solo que Filarete jamás hubiera propuesto que su mercado ideal funcionara en el centro de Florencia. Para él, el centro de la ciudad es un templo. El problema es que nuestros buhoneros no ha
n entendido esta parte de su utopía.

3. La purificación del templo
El Centro Histórico de Caracas tiene para el país el valor real de un templo. De hecho, es un templo urbano para la adoración de la memoria, un lugar de culto, un relicario monumental. Como tal, vamos allí todos en peregrinación, in adoratio. Torre, Catedral, Gobernación, Academia, Seminario, Capitolio, son las estaciones ceremoniales de la sede máxima de nuestra vida simbólica.

El celo por cuidar ese templo nos devora. Queremos proteger su rol como panteón de nuestras más preciosas posesiones. Y nos preocupamos porque lo vemos convertido en un sucio bazar donde ya no se puede caminar, porque presenciamos cómo su integridad se pone constantemente en duda. Mientras que nadie pensaría siquiera en discutir el hacer respetar la dignidad de, por ejemplo, los alrededores de El Pardo, de la Casa Blanca o del Palacio del Eliseo, aquí las cuadras alrededor de la Plaza Bolívar son de quien acampe más te
mprano. Mientras que una invasión así levantaría en cualquier otro sitio un clamor universal de indignación, (¿quién podría imaginarse a la TVE, a CBS o a TF1 haciendo una alharaca por el avance contra quienes intentan violar el acuerdo de respeto del Centro Histórico?), aquí los medios, confundiéndolo todo, ponen a la Policía de la Alcaldía de Caracas como a los mismísimos esbirros de Herodes.

Las áreas del templo urbano que es el Centro Histórico de Caracas no son representativas solo para algunos pocos, sino para todo el mundo, los buhoneros incluidos. Cuando éstos claman que no los quieren dejar trabajar, habría que completar: no los quieren dejar trabajar en el templo. Poniendo las cosas en su sitio, aquéllos que hoy son expulsados de allí no están siendo desterrados del resto del templo urbano, que les queda entero para que trabajen, sino sólo de su Atrio de los Gentiles, es decir, de su corazón más noble.

Las vicisitudes morales que esta expulsión levanta fueron ejemplarmente esclarecidas hace dos mil años en el más célebre de todos los templos, el de Salomón en Jerusalem, durante la más célebre arrojada de buhoneros de todos los tiempos, que le tocó hacer a Jesús. Hoy vale la pena recordarlo para que no nos confundamos con lo de los perdigones. Entonces también se había profanado un lugar sagrado mediante el tráfico usurpador de los buhoneros, y también hubo la necesidad imperiosa de que el templo se purificase.

4. Non plus ultra
Cuenta el Evangelio según San Juan, que "Jesús subió a Jerusalem. Y encontró en el templo a los que vendían animales, y a los cambistas sentados en sus bancos; y haciéndose un azote con cuerdas, los echó a todos del templo, con las ovejas y los bueyes, y desparramó las monedas de los cambistas y les derribó las mesas. Y dijo a los que vendían las palomas: "¡Saquen ésto de aqui! !No hagan un mercado de la casa de mi padre!”.2 No se trata de ponerse a pensar si Jesús hubiera usado bombas lacrimógenas contra los buhoneros. Más bien, lo que nos interesa es que ya desde entonces puso muy en claro lo que significa el uso y el abuso de un lugar sagrado.

De allí en adelante pudo predicar tranquilo, por lo menos hasta su Pasión, en el Atrio de los Gentiles. Este Atrium Gentium, según lo describe el “Tratado Proemial del Templo de Jerusalem” de Juan de Caramuel y Leibkowitz, era "el Area Superior o plano cuadrado alrededor del cual corrían los Pórticos que tenía en medio el Edificio principal. Se llamaba así, porque en él, sin pasar adelante, se permitía que entrasen los Gentiles”.3 Quiere decir que todo el que aquel recinto intentase traspasar debía comprender el valor y el significado del templo.

Todo ingreso a las demás áreas y riquezas sagradas tenía un precio, una puerta y un significado, fuera al Patio de Israel, al Atrium Exterus (de las mujeres), al Patio de los Sacerdotes, a la Plaza de los Negocios, al Antemurale previo al Edificio interior, o a su Sanc
ta Sanctorum, custodia de las Arcas de la Alianza. Mas sólo el Patio de los Gentiles, que cercaba al templo por todo alrededor, tenía un anuncio sobre la empalizada protectora, que rezaba:

"Non plus ultra. Siquis peregrinus,& exter Transfeas, effufo sanguine dispereas."
De manera que pasar adelante so pena de la vida se les vedaba a los inadvertidos.

Podría quizás el nuevo Alcalde de Caracas empalizar el Centro Histórico y colocar una terrible advertencia semejante en su perímetro. Quizás así finalmente todos comprendan la necesidad de apreciar el significado de lo que allí se resguarda. El Atrio y el Templo deben ser para los Gentiles, no para los mercaderes. El Centro Histórico es un Templo, no un Bazaar. Esperamos que con esta explicación bíblica al Alcalde tampoco le quede miedo alguno de echar mano del látigo cuando sea menester.

Jesús Expulsa del Templo a los Fariseos. Alexander Bida, litografía.

NOTAS:
1. Filarete. Tratado.1490.
2. San Juan. Evangelio.
3. Caramuel y Leibkowitz, Juan de. Tratado Proemial del Templo de Jerusalem.

Publicado en: Arquitectura, EL NACIONAL. Caracas, 1995.

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