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martes, 1 de julio de 2008

Los objetos singulares de Diego Carbonell


Edificio La Estancia. Diego Carbonell Parra. Caracas (f. Archivo Fundación de la Memoria Urbana).





"Lo que debe esperarse de un arquitecto todavía 
es que pueda ser capaz de crear objetos singulares". 
Jean Baudrillard.1

Caracas es una ciudad maravillosa. Basta pensar que un día cualquiera, de esos cuando se ha perdido todo ánimo, puede uno aún apelar a recorrerla, para encontrar siempre, sin demasiado esfuerzo, arquitectura. Su solaz nos aguarda. Allí están, quietos, esos edificios que nos signaron la vida sin que nunca nos diéramos demasiada cuenta, orgullosos en su silencio.

La arquitectura modela con el tiempo a las personas. Las dibuja, las diseña, y todos terminamos siendo un poco como esas obras que nos dejaron absortos un buen día. Algunos edificios nos dejan entrever su enigma, nos obsesionan y nos fascinan siempre. Por eso, la ciudad está sembrada de las infinitas extensiones de nuestra alma, unas confesas, otras tácitas, las más ignoradas. Cada quien tiene un mapa personal de sus cosas, y mientras más singular sea un objeto arquitectónico, más posibilidades tiene de estar en el mapa de todos.

Sobre esto reflexionaban Jean Baudrillard y Jean Nouvel en una serie de conversaciones sobre el dilema de la banalización de la arquitectura que organizó el año pasado la Escuela de Arquitectura de París-La Villete, tituladas "Pasarelas en la ciudad". Para ambos son felizmente esos "objetos singulares" la razón por la cual "podemos continuar viviendo en un universo tan lleno, tan determinado, tan funcional". Nuestro mundo sería invivible sin la fuerza provocada por los encuentros con estas presencias seductoras. Nouvel lo atribuye a la "hiperespecifidad" que alguna vez logra la arquitectura, mientras que Baudrillard lo denomina "singularidad". Entre los edificios singulares y nosotros una relación indescifrable de seducción se establece: "Todo ocurre" -dice Baudrillard- "como con un poema: el objeto se manifiesta en sí mismo, y, literalmente, nos absorbe". Y sentencia: "lo que debe esperarse de un arquitecto todavía es que pueda ser capaz de crear Objetos Singulares".

Uno de los mapas de Caracas que llevo más indeleblemente grabado es el que marcan los objetos singulares de un arquitecto llamado Diego Carbonell. Sus singularidades se van enlazando en mi vida como una hilera transparente de impresiones perdurables: de cuando cada mañana pasaba frente al edificio La Estancia y, sin saber nada de la rígida batuta geométrica producto de la saga académica del Massachussetts Institute of Technology, derrochando severidad en la adusta torre, ya me quedaba colgada del vértigo alpinista de sus escaleras de escape y puertas implacables color naranja (hoy alteradas). O de cuando al subir por la Avenida Vollmer de San Bernardino aparecía de pronto a la derecha flotando el grácil puente de la primera etapa del edificio de la Electricidad de Caracas (puente hoy demolido), como salvando un abismo entonces para mí inexplicable, y yo, sin conocer de la existencia de la oficina de Carbonell & Sanabria -esto fue hace mucho tiempo- ya aquello me parecía el epítome de la elegancia arquitectónica de la ciudad.

O, también, sin saber cómo ni cuándo, ya estaban mis retinas empezando a salpicarse de los patios y de los volúmenes domésticos hábilmente proporcionados y de las estancias zurcadas de maderos bajo techos con estructuras de barcos invertidos de sus inolvidables casas ligeras pero bien ancladas, modernas pero tradicionales, suaves pero fuertes, austeras pero ricas, que ahora intento buscar con la memoria para ver dónde quedan, porque muchas ya no existen, es dentro de mí... o de cuando mis amigos me hablan como de un país encantado del conjunto de edificaciones del Junko Country Club, un país igualmente cruzado de puentes y medios niveles; o cuando oímos hablar de los años felices que vivió el diseño venezolano del mueble en Tecoteca en aquél edificio junto al Parque del Este; o de cuando quisimos publicar en el Instituto de Arquitectura Urbana un edificio en zig-zag del que tardaron en aparecer los planos, y que se revelaba ante los ojos admirados de los espectadores con ese gran "secreto" que dice Nouvel debe guardar toda trascendente arquitectura, logrando desestabilizarlos en el buen sentido, una "hacienda" poblada de vecinos agradecidos por la multiplicidad insólita de los usos (en una época en los que no se usaba mezclarlos) y poblada, a su vez, de un dramatismo espacial sin precedentes en la historia de la vivienda multifamiliar en Venezuela: el edificio La Hacienda de Las Mercedes.

Caracas es una ciudad maravillosa. Basta seguir el itinerario carbonelliano de sus arquitecturas, dispersas por toda la ciudad, para que la singularidad de su ilustre manera a cada paso nos gratifique y nos devuelva, felizmente, una parte de nuestro propio arquitectónico ser.



(Esta columna debió haber salido para que Diego Carbonell Parra, noble arquitecto de esta ciudad, la hubiera leído. Queríamos que supiera cuán importante y cuán entrañable su arquitectura es para todos... pero no corrimos con suerte. Murió el jueves pasado, la misma mañana que íbamos para su oficina a estos fines. Sólo nos quedan sus edificios, y nuestro compromiso para que sean aún más apreciados por los demás).


Diego Carbonell Parra (Río de Janeiro, 1923 - Caracas, 2000).





NOTAS
1. Jean Baudrillard, Jean Nouvel. "Pasarelas en la ciudad", Escuela de Arquitectura de París-La Villete, Paris, 2000.




Publicado en: Arquitectura, EL NACIONAL, Caracas, lunes 12 de Junio de 2000.

sábado, 18 de agosto de 2007

Asesinos memorables, o "Murder, She Wrote"

Urbanización Campo Alegre, Caracas, en 1933 (f. Gasparini & Posani. Caracas a través de su arquitectura, 1969).




Cuando cae la noche, tiemblan las víctimas entre las sombras. Los asesinos de la memoria urbana, largo tiempo en fuga, asedian la ciudad, sedientos de sangre. Los golpes se perpetran cruelmente a diario, y la policía hace poco, o nada. 


Casi treinta años después de la publicación por Gasparini y Posani del libro Caracas a través de su arquitectura, su clamor por la desaparición del Colegio Chaves fue el presagio de la masacre que vendría después.1 El libro es ahora el catálogo de los crímenes más sonados de nuestra historia.

El peor enemigo del esclarecimiento y condena de un asesino de la memoria es el paso del tiempo. Como aseguraba Javier Marías en una novela suya sobre la historia de un asesinato, “no hay gafas para la memoria cansada. Al igual que los ojos, ésta parece que se cansara con la edad y ya no tuviera fuerzas para ver claramente...”2 Con el tiempo, los indicios desaparecen, se borran las huellas digitales, los testigos titubean, se tergiversan los hechos. Decía el noble criminal de esa historia: “poco importa, todo es pasado y no ha sucedido y además no se sabe”. Difícil es recordar lo ocurrido: y éso lo saben ellos.

1. O.J. Simpson, o el impune anda suelto 

“Al que no se mata se le impone seguir adelante”, afirmaba Ranz, el asesino... y si ello es cierto para quien hizo el hecho, debe serlo más para nosotros. ¿Cuántos arquitectos y urbanistas simpsonianos a los que nadie ha culpado cuando merecerían perder el título, van paseando por los salones de la sociedad su cínica sonrisa impune? Hay que apelar contra ellos, porque el genocidio de Campo Alegre o el atentado de Ciudad Bolívar empiezan a ser ya figuras borrosas...

2. El Silencio de los inocentes 

Hannibal Cannibal sonreía cuando se perdía de nuevo, anónimo, entre la multitud. La inmensa población construida de Venezuela es el rebaño de mudas ovejas que servirá de pasto para este lobo que se las comerá insaciable, una tras otra. Un serial killer devorando goloso la carne urbana (que la Academia coloreaba de rosado), relamiéndose despojos tectónicos entre las comisuras de los labios. Sus víctimas favoritas son las delicatesses largo tiempo añejadas en el abandono, a quienes arroja a un profundo hoyo negro antes de ultimarlas en silencio, como a El Silencio.

3. Jack el Destripador 

Nadie conoce su identidad. Su vida diaria es como la de cualquier hombre respetable. Mas en la oscuridad actúa, destripando hábilmente los cuerpos con sus propias manos. Sus dedos se están clavando en la garganta de una torre colonial, cuando la sociedad se abandona creyendo que la preciada joya se ha salvado; sus cuchillos disectan las plazas públicas, cuando pensamos que se diseña para mantener su integridad; su codo entra hasta el fondo del vientre de la arquitectura histórica, desangrándola en éxtasis, mientras pagamos porque le estén devolviendo la vida.

4. Hernancito, el reincidente 

Fue condenado, y se fugó, o lo que es peor: fue indultado y liberado. Hernancito, irredimible y violento, amenaza asaltarnos en cualquier esquina de la ciudad, y llevársela a la tumba. Sus ataques son rápidos, el tractor y las anquilosadas ordenanzas las armas favoritas de sus crímenes. Las víctimas quedan medio muertas. Hernancito no tiene tiempo de acabar con ellas: el Cine y el edificio La Castellana allí quedaron tendidos, el edificio de la Avenida Vollmer allí quedó acribillado. Hernancito nos acecha; debemos prepararle una celada, y madrugar sigilosos con la policía esperando a que reaparezca para echarle el guante.

5. Los hermanos Menéndez, parricidas

 “No deshonrarás a tu padre y a tu madre”, dice la Sagrada Escritura. Mas los hermanos Menéndez de la memoria se dan la mano y aprietan el gatillo contra sus progenitores. No hay un catastro que marque jerarquías en las plantas de las ciudades. Lo prioritario es desconocido y así, como quiere todo parricida, “lo que se da es idéntico a lo que no se da, lo que descartamos o dejamos pasar idéntico a lo que tomamos y asimos, lo que experimentamos idéntico a lo que no probamos”. Si nada se afirma, mañana mismo podrán emprender un nuevo atentado, esta vez quizás contra la ciudad de Coro o contra las mismísimas torres del Centro Simón Bolívar.

6. El estrangulador impecable 

La ciudad se nos escapa como la vida se nos escapa: lentamente, sin que nos demos cuenta. Lo que fuimos, ya no lo somos, pero muchas veces ni siquiera sabemos que lo fuimos, y cuando logramos saberlo, hemos cambiado. La memoria es fugitiva, y su estrangulamiento, seguro. Decía el asesino, consciente de ésto: “el de entonces soy yo todavía, o si no soy yo él soy su prolongación, o su sombra, o su heredero, o su usurpador. No hay ningún otro que se le parezca tanto. Si no fuera yo, cosa que a veces llego a creerme, entonces él no sería nadie y resultaría que no habría ocurrido lo que ocurrió”. El estrangulador aprieta con fuerza, y la ciudad va mermando. Sucumbe, claudicación por claudicación, en pequeñas asfixias. Impecablemente, como un último suspiro.

Angela Lansbury como Jessica Fletcher en Murder, She Wrote (CBS 1984-1996).




NOTAS:
1. Graziano Gasparini y Juean Pedro Posani. Caracas a través de su arquitectura, Caracas, 1969.
2. Javier Marías. Corazón tan blanco, Madrid, 1992.



Publicado en: Arquitectura, EL NACIONAL, Caracas, lunes 13 de Mayo de 1996.