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miércoles, 10 de abril de 2019

Countryside


El contacto directo con el paisaje en el Caracas Country Club a mediados del siglo pasado (f. Archivo Fundación de la Memoria Urbana).


"Countryside: tierra lejana de los grandes pueblos y ciudades".
Merryam-Webster.1

La belleza de una ciudad reside en la acumulación estética de los episodios brillantes de su historia. A la vez un palimpsesto monumental, una acumulación vertical de capas de urbanismos, arquitecturas, lugares y paisajes, la ciudad es también un tejido horizontal  de formas que se van agregando, solapando, enriqueciéndose las unas con las otras. De arriba a abajo y de un lado a otro, la ciudad, a la vez que crece, acumula belleza y significado.

En los años veinte el este del valle de Caracas era todavía una extensión verde que se perdía de vista hacia Naciente. Un paisaje espléndido, de claras sabanas cruzadas por las rayas oscuras de los bosques de galería. En este paisaje, la ciudad colonial lucia como una isla post renacentista, flotando perfecta en el vasto mar vegetal. No obstante, todos los desarrollos urbanos que empezaron a urbanizar las haciendas, fueron abandonando uno a uno el damero. 

Los promotores, cual productores de Hollywood, fueron tentando a los futuros colonos a poblar el este ofreciendo cada vez más maravillosos sueños urbanos. Así, Caracas tuvo ensanches neocoloniales como El Conde, ciudades-jardín como La Florida y Campo Alegre, urbanismos de plaisance, como Los Chorros. Y tuvo también un Suburban Neighborhood, el Caracas Country Club, el más logrado homenaje al paisaje natural del Valle de Caracas.2

Frederick Law Olmsted, Jr., de Olmsted Brothers, la firma autora del diseño urbano del Caracas Country Club, se había forjado como urbanista en la experiencia del City Beautiful Movement. Ello determinó que su vida como paisajista se imbricase con la del planificador, formulando el concepto de Planificación Global, que mezcla la saga paisajista y preservacionista de los Olmsted con el ornamentalismo cívico del City Beautiful Movement. Desde 1905, Olmsted Jr. aplicó este principio a todos los urbanismos de la oficina, creando comunidades jardín modelo como el Country. Con ello no haría sino recordar a su padre, Frederick Law Olmsted, cuando en 1868 dijera: "Ninguna gran ciudad podrá existir sin magníficos suburbios".3

Olmsted Jr. le dio una imagen suburbana a la felicidad doméstica del sueño americano.4 Sus comunidades suburbanas como Palos Verdes Estates en California, Mountain Lake Club en Florida o el Caracas Country Club, comparten todas los mismos principios. Diseñados como verdaderas arcadias modernas, siempre se encuentran en las afueras de la ciudad, combinando "el especial encanto y las ventajas sustanciales de lo rural con las ventajas de lo urbano".4 En todas, la vida urbana se sitúa en el territorio de manera altamente escénica, con calles curvilíneas que favorecen "el placer, la contemplación y la felicidad de la tranquilidad".

Así, vemos como también en nuestro caraqueño Suburban Neighborhood, las formas libres del trazado y su irregularidad pintoresca siguen fielmente los contornos del terreno, respetando la topografía original y la memoria del paisaje del valle de Caracas. La inexistencia de las aceras -aunque no de la escala humana y de la iluminación peatonal- y la presencia continua de los árboles que formaron  túneles vegetales con el tiempo, aumentan la sensación intima y acogedora de las calles y la creación de un ambiente doméstico. Asimismo, la fusión natural de los jardines frontales de las casas con el extenso gramado de los campos de golf, crean una deseada continuidad del verde, una dulcificación del hardscape (el duro borde vial) y una fuerte y seductora impresión de countryside, donde la presencia del automóvil pudo ser permitida sin darle primacía, asegurando la alta calidad paisajística y visual que hoy, gracias a ello, aún conserva el Country.






NOTAS
1. "Countryside: land that is away from big towns and cities". Merriam-Webster Dictionary: http://www.merriam-webster.com/dictionary/countryside
2. Hannia Gómez. "Olmsted en Blandin", Papel literario, EL NACIONAL, Caracas, 2006.
3. "No great town can long exist without great suburbs". En: Susan L. Klaus. A Modern Arcadia: Frederick Law Olmsted Jr. and the plan for Forrest Hill Gardens:
https://books.google.co.ve/books?id=Vr2IWHfXXAMC&pg=PA58&lpg=PA58&dq=riverside+new+jersey+olmsted&source=bl&ots=jNGWq2rW01&sig=cx8k12mr3m1IRZQjz5YK6hTyvu4&hl=es&sa=X&ved=0ahUKEwiNrobCs6vOAhVHkh4KHfG4D_8Q6AEIVDAH#v=onepage&q=riverside%20new%20jersey%20olmsted&f=false
4. S.L. Kraus. Op. Cit.


Publicado en: Pluscuamperfecto, Entresocios, Caracas, Agosto, 2016.


 

domingo, 20 de febrero de 2011

La Isla de Caracas


Exato mapa de la ciudad de Caracas, 1775.




"Bring Me That Horizon...!". 1
 

En medio del mar de los urbanismos, rodeada de suburbia por todas partes, flota solitaria la Isla de Caracas. Es un pequeño país, de norte a sur atravesado por ríos invisibles, exento de montañas o tan siquiera de alguna colina, sus únicos accidentes geográficos los arquitectónicos; una única sabana piemontesa de suave pendiente, hermana de cauces subterráneos. Su forma es alongada, y en algo recuerda la de la blanca Albión. El paisaje típico de esta insólita Islandia alterna parajes urbanos densamente construidos con campos baldíos sembrados de barrios.

Sus ciudades tienen cada una plazas e iglesias tutelares, y viven las unas junto a las otras, codo con codo, fundiéndose en una superficie continua en la que pueden no obstante distinguirse sin problema, diseminadas como están entre los escasos árboles, La Pastora, Altagracia, San Juan, Santa Rosalía... Los viajeros visitan primero que ninguna a Catedral, construida sobre treinta y cuatro cuadras, bruñida de piedras centenarias. La villa catedralicia se enseñorea del centro insular, donde el color de las casas va del gris a un blanco centelleante bajo el sol. Esta es la capital de la isla, célebre por su plaza sombría.

Hasta el siglo XIX, la Isla de Caracas se mantuvo señora del vasto paraje altiplanar, como una Palmanova fortificada, rotunda y cristalina. En 1820, cuando en España reinaba Fernando VII, el ayuntamiento insular dictó una ordenanza que declaró por primera vez la "zona que lleva el nombre de Caracas". La singular ordenanza describía las características que rindieron a Caracas única en el mar océano, casi como una isla del tesoro. Sobre todo, por su trama urbana: una racional retícula emanada de las Leyes de Indias, la huella indeleble y claramente legible que define hasta dónde alcanza su territorio... Donde muere la trama colonial, termina la isla, por siempre cautiva de su forma urbana. 
 
La ley también reconoció la continuidad de la fábrica típicamente caraqueña. Cómo la densidad, con el paso de los siglos, se hizo arte urbano, y cómo la existencia de una arquitectura insular que se retroalimentaba y se reinventaba con el tiempo... hizo que Caracas se convirtiera en la isla más coherente de todo el archipiélago. Y éso, había que protegerlo.

Desde 1898, no obstante el memorable mandato real, la isla empezó a ser cortada del resto del mundo. Este aislamiento hoy es explicado por el liberalismo de algunos de sus ciudadanos, que empezaron a abandonarla a su suerte a pesar de la tradición, auto exilándose de los fueros insulares para partir a poblar nuevos horizontes siguiendo sus propios albedríos ("Bring Me That Horizon...!"). Es el origen del archipiélago de los faux-bourgs, del borrascoso mar de las suburbias, y el comienzo del aislamiento caraqueño. 
 
Como un Borneo, una Java, una Terranova o un remoto Madagascar, desde fines del siglo XIX Caracas pasó de maravilla del mundo a paraíso perdido, de territorio exótico a pueblo fantasma y a comarca incomprensible, o, peor aún: viva en una lengua que se ha dado por muerta. Todo ensanche no la emulaba, todo nuevo urbanismo la negaba... Se aislaba, y se aislaba, azotada por las aguas.

Los viajeros aseguran, no obstante, que la vida en la Isla de Caracas, aún hoy (2020), es del todo apacible, y personal como ninguna en los cuatro mares. Hay algo de escenario teatral contenido, de intensidad citadina, de exquisito corral de comedias, como en aquélla otra isla, la de la laguna. El tráfico automotor es tampoco apabullante, y el paso menudo de los peatones es quien pauta el ritmo de la existencia. Las tradiciones urbanas son esenciales. Se repiten cada año, circulando por viejos circuitos. Son las viejas procesiones de siempre: de cruz en cruz por las esquinas. La arquitectura, valga repetirlo, es magnífica. En número, y en calidad. No faltan tampoco la comida y la bebida. Adicionalmente, los pobladores caraqueños le son leales: resisten, no importa cuán grandes, ni durante cuánto tiempo, las agresiones y las deserciones en contra de su deslumbrante reino.

Los visitantes deben saber que es muy difícil llegar a la Isla de Caracas. Hace falta embarcarse en un vapor en El Paraíso, puerto situado paradójicamente cerca, en el continente de La Vega, y dejarse llevar peligrosamente por la corriente sur hacia naciente, porque las comunicaciones terrestres por los cuatros costados de las costas desde hace años se han cortado: las rectas calles inmemoriales no pueden continuar... porque se hunden en el extraño mar del crecimiento anárquico. Se las han tragado dos de los más insaciables monstruos de este lado del mundo: Amnesia y Urban Sprawl.



La Isla de Caracas, circa 1950.

 
(Para saber más sobre tan fascinantes cuestiones, se encuentra en preparación el opúsculo: Introducción a la lejana Isla de Caracas, su historia, sus costumbres, sus leyes, su lengua y geografía, igualmente conocida como Prècis del Polígono: O De Porqué También Debe Ser Declarada Patrimonio la Trama Colonial del Centro Histórico de Caracas, propuesto por la Fundación de la Memoria Urbana en la ciudad de Santiago de León de Caracas, en el año del Señor de 2005).



Publicado en: Semanario en_caracas, Caracas, abril de 2005; Opinión, @ElNacionalWeb, Caracas, 25 de Febrero de 2020. https://www.elnacional.com/opinion/la-isla-de-caracas/


NOTAS:

1. Gore Verbinski, Ted Elliott y Terry Rossio. Pirates of the Caribbean: The Curse of the Black Pearl, Walt Disney Pictures y Jerry Bruckheimer Films, Disneyland Resort,  2003.