domingo, 19 de agosto de 2007

Manjares

Jean-François de Bastide. The Little House, An Architectural Seduction. Prefacio por Anthony Vidler, introducción y traducción de Rodolphe El-Khoury. Princeton Architectural Press, Nueva York, 1996.


Era cerca del mediodía. Me relamía pensando que compartirían mi mesa una comida deliciosa y un libro nuevo. El lugar del almuerzo, escogido de antemano, sería inenarrable; al libro aún lo tenía que encontrar entre los estantes de la librería. Sería sin duda el más apetitoso... un aperitivo para durar hasta más allá del postre.

Junto a la caja registradora, como chucherías, aguardaban las novedades editoriales. Allí destellaba con fuerte color índigo un pequeño cuadrado de sólo un dedo de espesor y quince centímetros de lado. El cerro de libritos púrpura iridescía entre la carroza de antipastos en pequeño formato: ensayos, guías de arquitectura, cuadernos de viajes... Alargué la mano (¿es posible que el primero ya fuera el que buscaba?), como Princesa Aurora yendo a pinchar el huso encantado. Al vacilar en levantarlo, el sonriente librero, deleitado por mi aspecto famélico, me apremió: "Es delicioso. Yo me lo tragué de un tirón durante un almuerzo”.

El menú prometía “una seducción arquitectónica”. Rezaba su título: La Petite Maison, de Jean-François de Bastide.1 Al centro de la carátula púrpura, en un cromo amarillo, una pareja de cortesanos (detalle de un grabado de Nicholas de Larmessin, "Le Magnifique" (1747), vestidos a la usanza de principios del siglo XVIII, reclinábase en ardiente trance de amor sobre una mullida lit du jour. Las hojas, color lila, introducían el aroma tipológico del pecado; papeles, que como si fueran rosa, o carmesí, perfumaban de aires libertinos la última gourmandise (1996) de Princeton Architectural Press: una novella erótica.

La “L” de Little hacía un arabesco semejante al que está en el logo de la afamada casa francesa de lencerías de cama Léron. La Petite Maison, por largo tiempo un clásico underground entre historiadores y teóricos de arquitectura, había sido rescatada por Anthony Vidler de la Librairie des Bibliophiles, París, que a su vez lo había salvado del olvido absoluto en 1879 al incluirlo en su colección “Les Chefs d’Oeuvres inconnus”. Rodolphe El-Khoury, profesor de la Universidad de Princeton, se dió al trabajo de traducir e introducir la vieja edición (1. Arquitectura en la cama, y 2. Arquitectura en la mesa), introducción que me devoré vorazmente tras haber engullido primero el lujurioso prefacio del venerable Tony.

En el mismo espíritu de Federico García Lorca cuando se preguntaba en Cómo canta una ciudad, “¿Porqué se ha de emplear siempre la vista y no el olfato o el gusto para estudiar una ciudad?", El-Khoury aborda cómo La Petite Maison, ejemplo de un género literario del siglo XVIII que combinaba la narrativa y la ficción con las observaciones dialécticas sobre arte y arquitectura, usa los sentidos para hablar de arquitectura, contando la historia de una seducción en una maison de plaisance en las afueras de París.2 Dos hombres realizan este matrimonio entre la novela libertina y el tratado arquitectónico: el escritor Bastide y el educador arquitectónico Jacques-François Blondel.

La arquitectura y su meticulosa descripción es el instrumento para atrapar entre sus paredes al erotismo y a los poco cultivados lectores de la época. Una “narrativa didáctica”, perteneciente al mismo linaje histórico de la Hypnerotomachia Poliphili (1499), atribuida a Leon Battista Alberti.3 Mientras que en aquélla “historia de amor en la forma de un tratado arquitectónico, los edificios sustituyen el cuerpo del amante del protagonista”, en ésta “la casa misma (su arquitectura, jardines, obras de arte, y muebles) es el elemento central de una trama en donde una joven impresionable confunde buen gusto con buenas intenciones.”

En 1672, la primera discusión en la Acadèmie Royale de l'Architecture se hacía la pregunta que más intrigaba a los arquitectos de la época: “¿Qué es buen gusto?” Mucho antes de la formulación del concepto de “función”, la belleza se medía en términos de conveniencia y bienestar (convenance et biensèance), y éstos eran apreciados solamente en relación al “buen gusto” del espectáculo estético producido y de los espectadores involucrados. Bajo el renglón “Gôut” de
la Encyclopédie, Voltaire insitía en la comparación retórica de “la habilidad de distinguir los sabores de nuestros alimentos” y “el sentimiento para bellezas y defectos en todas las artes”, diciendo que “no es suficiente para el gusto al conocer la belleza de una obra, el ver: hace falta sentirla, y tocarla.”4

La tactilidad del gusto, o “visión táctil” -como la llama El-Khoury-, reforzó la analogía gustativa en la apreciación de la obra arquitectónica: es el órgano del deseo en la relación amorosa con la arquitectura. La sensualidad y el espacio viven ahora un “affair” arquitectónico. La degustación carnal de la arquitectura de la petite maison es tan plausiblemente placentera como la de las amantes del Marqués de Trémicour, dueño y creador de la bella follie a orillas del Sena.

Mélite es llevada allí tras apostar que sería seducida por la arquitectura (“Usted dijo que su casa me seduciría. Yo aposté a que no...”). La tactilidad virtual de la casa, palpable por todos los sentidos, es de una sensualidad tan patente que su “apetito sexual es progresivamente aumentado por la escenografía del decorado con gusto. Mélite saborea los diferentes “sabores” con creciente placer y abandono, impulsando la trama con su incrementada pérdida de inhibición y la expresión del deseo represado.” El ménage à trois entre el marqués, su invitada y la arquitectura se hace cada vez más peligroso, y Mélite quizás no podrá resistir el saborear todos los placeres ofrecidos.

El discreto refugio es perfecto para este tipo de liasons escandalosas. La tipología edilicia de las petites maisons había alcanzado su auge al comienzo de la Regencia, al mismo tiempo que la moda por la novela libertina (con L'Ecumoire, de 1734 y Le Sopha de 1742). Estos suburbanos pabellones de jardín, ideales para encuentros clandestinos, como el de Madame de Pompadour en Choisy, empezaron a ser conocidos muy pronto como "follies" tanto por su locura implícita, como por su función de “follaje en contra del voyeurismo de los paseantes”. La elegante y lujosa arquitectura, recurso y objeto primario del erotismo, disponía ingeniosamente “un set de espacios conformados individualmente, altamente ornamentados y programáticamente específicos en una secuencia formal de adyacencias”... muy convenientes.

La petite maison era así en realidad un “teatro del gusto”, una fila de escenas donde pintura, escultura y ornamento se escenifican “colocadas en tableaux sensacionales de diferentes sabores”. Cada estancia, de gusto distinto, despertaba una sensación y un sentimiento diferente; “gôut” y “sentiment” van de la mano en la seducción arquitectónica. Cita El-Khoury en la parte de Las Arquitecturas en el Comedor, que Nicolas Le Camus de Mézieres, en Le Génie de l'architecture ou le rapport de cet art avec nos sensations, estableció en 1780 que en un edificio “cada habitación debe tener su propio carácter porque la relación entre las proporciones determinan nuestras sensaciones; cada habitación nos hace desear la próxima, y esta agitación ocupa la mente, manteniéndola en suspenso.”5 La tarea del arquitecto debía ser entonces la del diseñador de sensaciones, ya que su inefable escenario sólo cobraría vida “en la luz de un deseo voraz y de gusto omnívoro.”

Como un cuento de amor despertado por la arquitectura, el Marqués de Trémicour, anfitrión y seductor, “hombre de genio y gusto, magnífico y generoso”, sabía muy bien que el diseño también puede ser pecaminosamente inspirador. Al hacer poco a poco a Mélite probar sus manjares y saborear la decoración de buen gusto, fue borrando su “capacidad de distinguir entre lo bello, lo deseable, y lo comestible.” Cuando al final su invitada ruega temblorosa: “!Laissez-moi, Trémicour!”, ya no sabemos exactamente a cuál de las tentaciones está rechazando.

Con sus manjares de aúreas proporciones, de sublimes caracterologías y provocativos diseños, destacando de bandejas y anaqueles, PAP es la más exquisita de las editoriales de arquitectura.6 Una vez abiertos, el rigor tipográfico y la abstracción alusiva a una idealizada vanguardia moderna, tan cara a lectores arquitectos nostálgicos, nos hace víctimas de una apasionada seducción editorial más propia de la época de la Ilustración. Trémulos, como Mélite, temblamos cada vez ante la apuesta de sus libros, petites maisons de placer, abiertamente invitantes desde la rivière de la web...

Y así, paladeando las palabras finales de la lista de ilustraciones: “Pour une societé des gens des lettres,” sorbí satisfecha la última gota de mi café. ¡Par Dieux!,
me dije: Princeton lo hizo de nuevo.


Urban Center Books (f. booksinnewyork.blogspot.com)


NOTAS:
1. Jean-François de Bastide. The Little House, An Architectural Seduction. Prefacio por Anthony Vidler, introducción y traducción de Rodolphe El-Khoury. Princeton Architectural Press, Nueva York, 1996, $12.95.
2. García Lorca, Federico.
Cómo canta una ciudad.
3. Colonna, Francesco. Hypnerotomachia Poliphili. 1499.
4.Voltaire.
Encyclopédie.
5. Le Camus de Mézieres, Nicolas. Le Génie de l'architecture ou le rapport de cet art avec nos sensations. 1780.
6. Princeton Architectural Press.

Publicado en: Arquitectura Hoy, ECONOMIA HOY. Caracas, martes 11 de Junio de 1996.

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