lunes, 2 de abril de 2007

Los tesoros de El Llanito

(f. "Mucho trabajo", word.emea.msn. Imagen temporal mientras reaparece "El abominable depósito de El Llanito" , de Juan Moreno, y cortesía del profesor Ciro Caraballo P.)

La arquitectura venezolana del siglo XIX, finalmente…
La exposición número 21 (y rezamos porque no sea la última) del Centro Cultural Consolidado es una de las exposiciones de arquitectura más bellas que han jamás habido en Caracas.
Pero era de esperarse. Ya era hora de que se rescatase el descomunal tesoro de planos de urbanismo y arquitectura venezolanos pertenecientes al viejo MOP, que habían permanecido dolorosamente abandonados por décadas en un galpón de El Llanito.
¿Quién puede resistir la invitación a contemplar cómo se ha ampliado
nuestra memoria arquitectónica del siglo XIX?


I. Esquisses, rendus & projets: del MoMA al Consolidado


Cuando en 1977 Arthur Drexler organizó en el Museo de Arte Moderno de Nueva York la polémica exposición "The Architecture of the Ecole des Beaux-Arts", y comenzó el catálogo citando justamente una frase de 1952 de Philip Johnson, “la batalla de la arquitectura moderna ha sido ganada desde hace tiempo”, estaba entronizando triunfalmente en la sede del Movimiento Moderno (no en el Metropolitan, no en el Brooklyn Museum, sino en el MOMA, institución fundada en contra de la academia) la repatriación del legado arquitectónico y urbanístico del siglo XIX.

Doscientos años del sistema francés beauxartiano estaban representados en aquella histórica exposición, con 200 dibujos de proyectos arquitectónicos, hermosas acuarelas y obras a lápiz y a tinta de muchos tipos de encargos y arquitectos; entre ellos, Henri Labrouste, Charles Garnier y Viollet-le-Duc. Una selección de fotografías de edificios ejecutados en Francia y en los Estados Unidos hasta tan tarde como 1943, completaban el material.

La exposición afectó inmediatamente la discusión arquitectónica internacional, entonces en su primera fase postmoderna, y se convirtió en una referencia clave. La indagación de la curaduría, centrada en una simpática búsqueda de los caracteres, aspectos, signos y símbolos modernos en los trabajos de los arquitectos académicos, también se preocupaba por mostrar sus relaciones con la ingeniería y por enseñar como las respuestas racionales a la estructura y a la función eran medidas fundamentales del valor arquitectónico de entonces.

Desde entonces tenemos una idea más clara de lo que la arquitectura moderna es. Ahora nos damos cuenta de que esa idea no hace sino cambiar con el paso del tiempo. La arquitectura moderna, difícil de definir, se va convirtiendo en deliciosa de definir: cambia con las latitudes y las épocas, y es diversa de la modernidad que le precedió. Desde que el historiador Joseph Rykwert llamó Los Primeros Modernos a su libro de ensayos sobre la arquitectura del Renacimiento, aprendimos tanto que este asunto ya había empezado hace cinco siglos como que la polémica de la definición de lo moderno e arquitectura seguirá siempre en pie.

A los tiempos de confusión vividos en las dos décadas pasadas, exposiciones como la del MoMA sirvieron para aclarar las ideas. Gracias a ella, entre otras cosas, en este fin de siglo está triunfando una arquitectura moderna menos anti-histórica, más urbana y más amplia.

II. Abriendo la reja de la Villa Santa Inés

Precisamente ese relajamiento del dogma, que clamaba Drexler hace casi veinte años, y que luego afortunadamente se produjo en el devenir arquitectónico del siglo, es el que hoy permite el clima de bienvenida entusiasta que por todas partes celebra esta otra exposición de dibujos de arquitectura académica: Venezuela entre dos siglos: la arquitectura de 1870 a 1930.

Desgraciadamente, nosotros los críticos, antes de pasar a admirarla y disfrutarla con fruición, no podemos sino exclamar: ¡ya era hora! Aunque desde hace años había cambiado el tono de la discusión arquitectónica internacional, y aunque en 1989 había aparecido la premonitoria publicación del profesor Zawisza, Arquitectura y Obras Públicas en Venezuela en el siglo XIX (un libro que, a pesar de lo importante, tiene una pésima calidad de impresión), el rescate se retrasó sin explicación. Por demasiado tiempo estuvieron esos planos tirados en su abominable depósito, comidos de hongos, borrados por las goteras, expuestos al saqueo: olvidados de todos, especialmente de nuestros historiadores de arquitectura. Por demasiados años oímos repetir la frase Venezuela no tuvo siglo XIX, para que abramos hoy tan cándidamente la reja de la Villa Santa Inés.

Nuestro reclamo, sin embargo, no impide que no podamos acoger los proyectos arquitectónicos y urbanos de la selección de planos de la exposición casi con la misma igualdad de apetito que la de un espectador participante en un concours d’emulation en los edificios de la rue des Beaux-Arts a finales del diecinueve. Nuestro gusto es también de fin de siglo…

Allí estamos, todos, bajo la farola, recostados de la balaustrada: hilvanando los trazos de tinta, adivinando bajo ellos el lápiz del bosquejo, acariciando con la vista los colores desvaídos, persiguiendo los trazos borrados en los planos que casi nos niegan un poco más de la historia inédita de nuestra arquitectura en los confines del papel. Con nuevas convicciones, admiramos la delicadeza reinante, el virtuosismo casual y las cadencias naif de los dibujos; con amplio consenso, los arquitectos modernos de hoy nos inclinamos a leer con placer y lentitud las caligrafías de los arquiutectos modernos de entonces; silenciosamente de acuerdo, admiramos el oficio que entonces tenía l
a profesión, y constatamos, al unísono, qué bien pensado y cuán importante y complejo era el diseño urbano en la ciudad decimonónica que fragmentariamente reconstruimos por virtud de la muestra.

En los años setenta, en aquellos tiempos terribles de las luchas por la reinvindicación de la historia de la arquitectura y de la ciudad, al menos ya era algo el que la colectividad arquitectónica neoyorkina acordara, ante la aplastante colección de di
bujos, que era necesario preservar lo que quedaba de la arquitectura Beaux-Arts dondequiera que se encontrase. La vasta colección de fotografías de edificios construidos a la manera de la Ecole, o influenciados por ella, contribuían poderosamente a ese acuerdo. En el poco e incierto tiempo que nos queda para disfrutar del legado que nos devuelve esta bella exposición, ¿qué otro acuerdo, si no, podemos también nosotros perpetuar frente a estos otros esquicios, rendus y proyectos, construidos y no construidos, académicos, eclécticos, históricos, ornamentados, modernos, de nuestro pasado recién rescatado de las lúgubres planeras de El Llanito? ¿Qué otra cosa podríamos desear además dever preservado lo que nos queda del siglo XIX?…

Quizás podríamos aspirar a encontrar en el catálogo, próximo a ser publicado, no un espíritu nostálgico por el pasado, sino el mismo espíritu crítico que tuvo Drexler en aquella otra exposición, por la que alcanzó la verdadera trascendencia. Esperaríamos ver develados, además de los planos, las raíces y verdades inéditas de la Arquitectura Moderna en Venezuela. De no ser así, esa es la tarea que habrá que empezar a hacer.


La Villa San Inés, Caracas. Sede del Instituto del Patrimonio Cultural (f. Jorge Karpati)


Publicado en: Arquitectura, El Diario de Caracas. Caracas, 19 de Septiembre de 1994.

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