sábado, 18 de agosto de 2007

Alcaldes de Zalamea

La ciudad-fortaleza de Granada, modelo para la ciudad contemporánea.


Urbem fecisti quod prius orbis erat.
Rutilio Namaciano, 416.


A comienzos del siglo XVII, el Siglo de Oro de la literatura española, dos piezas de teatro casi contemporáneas (1635) inauguraron la vida artística de los alcaldes enérgicos: El Alcalde de Zalamea, de Pedro Calderón de la Barca 1, y El mejor Alcalde, el Rey, de Lope de Vega.2 Una deliciosa disputa profesoral desde entonces dilucida las influencias mutuas de las dos comedias elaboradas sobre la misma anécdota, referida en la cuarta parte de la Crónica General de Alfonso X El Sabio, acerca del despojo a un plebeyo de sus tierras y de la intervención propicia del alcalde resolviendo el desagravio.3

Dicho despojo, "de muy poco interés para los imaginativos y apasionados espectadores españoles" hizo cambiar a ambos hábiles dramaturgos las tierras robadas por una mujer deshonrada, con lo cual el sentimiento de la justicia impartida por el alcalde al final era más profundo. El alcalde en ambas es recompensado o bien con el respeto de todos o con su reconfirmación real en el cargo de por vida. Su gestión, una en una ciudad de León y la otra en Zalamea, ya revela la fuerza urbana de una figura que está por celebrar el primer milenio rigiendo "su casa y corte": la ciudad.

Habría que recordar más a esos viejos alcaldes como reyes. La complejidad de las actuales labores administrativas del cargo confunden mucho al respecto. Sin embargo, cuando Lope y Calderón escriben sus piezas, ya las voces árabes que le dan origen a Alcalde (“Qa’id”, 1076, y “Qa’da”, 1062, “Capitán” y “Juez”, respectivamente), tenían más de quinientos años de uso designándolo en su función original de “guardián de la fortaleza”. Los Al Qa’ ids nacieron en el arte urbano marroquí para velar por la integridad de la ciudad, sede de toda vida y de tod
a dignidad social. En Al Andalus, este concepto está absolutamente vinculado al de de la ciudad que lo produjo.

Y la ciudad que lo produjo modela también a todas las demás ciudades andaluzas, que copian sus ideas artísticas, urbanas y administrativas: es la "ciudad encerrada" entre sierras, la ciudad-fortaleza de Granada. Con sus "dos ríos, ochenta campanarios, cuatro mil acequias, cincuenta fuentes, sus mil surtidores, su Alhambra, y su Alameda", Granada es la más admirada
y hermosa plaza fortificada de los árabes. Su fortificación, “es la expresión de una voluntad de autodeterminación”. Su atalaya, atesorando la más inefable cultura urbana con un capitán destacado para su defensa, es una aguda metáfora de la necesaria alcaldía contemporánea.

No hay que ser granadino para volver a tomar partido por el principio de la “ciudad cerrada” con alcaldes fuertes. Conforme pasa el tiempo, el viejo orden espacial del territorio se ha ido transformando, y nos fuerza a ello. Ahora presenciamos cada vez más que lo que existen son ciudades antes que regiones e, incluso, que países. El fantasma de la
megalópolis informe y universal, creciendo como un monstruo enorme tragándose la campiña con una periferia sin calidades anudada por autopistas que nos acechó durante décadas, tiene ahora un antídoto en la idea contemporánea de la Gran Ciudad, que es una modalidad a mayor escala de la ciudad cerrada que era Granada. Fuera de la ciudad queda la no-ciudad, y quizás los perros y la debacle, pero lo que está dentro el alcalde lo preserva con energía para todos.

En la Gran Ciudad priva la recuperación del sentido de la identidad urbana, a fuerza de la reconstrucción y construcción modernas de lo que era y es mejor en las
ciudades, sus espacios y escenarios urbanos y su arquitectura, y a fuerza de la reafirmación de su memoria. Esta idea es casi un hecho en Europa con el proyecto de la “Ley para las Grandes Ciudades” (de la cual el Plan Territorial Metropolitano de Barcelona, en fase de debate (1996), es un adelanto). El arte urbano vuelve como el arma más fuerte de los ayuntamientos.

Alcaldes como Reyes y Ciudades Grandiosas es la consigna
para el siglo XXI, abriendo esperanzadoramente el horizonte para la vida del hombre. Los nuevos formatos de dirigentes urbanos, ghostbusters del gigantismo megalopolista y de la suburbia indisciplinada, se acercarán en mucho al perfil de los príncipes renacentistas, quienes transformaron sus ciudades con una serie de intervenciones encomendadas a los artistas de su época. No distan mucho Chirac y Miterrand (con sus Grands Travaux para París), Pasqual Maragall (con su Barcelona Olímpica, casi imperial) y hasta el Príncipe de Gales (nuevo constructor de ciudades en su Ducado de Cornwall) de los dirigentes ilustrados de la Liga Itálica, Filippo de Monteffeltro, Niccolò II de Este o Pío II Piccolomini...

Alcaldes y Gobernadores, de uno y otro mundo, son sin duda los nuevos patrones de la arquitectura y del arte urbano. La ciudad es su señorío, los grandes temas urbanos, su nueva política de transformación social. En 416, un poeta galorromano, Rutilio Namaciano, resumió la grandeza urbana de Roma en la frase: “URBEM FECISTI QUOD PRIUS ORBIS ERAT” (”Has transformado en una ciudad lo que previamente fue un mundo enfermo”). Los plebeyos de Caracas y Zalamea, confían en sus alcaldes para que desenvainen la espada frente a quienes intenten deshonrar sus tierras.


El Alcalde de Zalamea, Pedro Calderón de la Barca (1635). Compañía Nacional de Teatro Clásico (f. 2011, CRDiario)

NOTAS:
1. Vega, Lope de. El mejor Alcalde, el Rey. 1635.
2. Calderón de la Barca, Pedro. El Alcalde de Zalamea. 1635.
3. Alfonso X, El Sabio. Crónica General.

Publicado en: Arquitectura, EL NACIONAL. Caracas, lunes 3 de Junio de 1996.

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