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jueves, 1 de marzo de 2007

Patear un edificio




Ada Louise Huxtable.


Me encontraba de viaje, visitando lo que parecía ser algún lugar de Universal Studios, o del Museo de Cera de Madame Tussaud, donde se intentaba recrear artificialmente –o al menos así me lo parecía- las oficinas de redacción de The New York Times. Nunca había entrado yo en ellas. Lo más cerca que he estado de las oficinas de un diario americano es de las imágenes de la sede en Metrópolis del Diario El Planeta. Las oficinas en las que me encontraba eran las clásicas, tabicadas con paneles de vidrio y persianas de la mitad para arriba, gigantescos muebles industriales y luces de neón suspendidas. El guía turístico acababa de señalar que el despacho justo enfrente de mí era el de Ada Louise Huxtable, y así lo informaba un carteloncito de bronce sobre el escritorio gris que rezaba:


“ADA L. HUXTABLE – ARCHITECTURE”

Junto a un cerro de papeles perfectamente organizados en casillas con nombres como “Midtown”, “Upper West Side”, “East Side”, “Bronx”, “
Lower Manhattan”, etc., otro cartelón, esta vez de tres renglones removibles, nos indicaba a los visitantes los tres próximos artículos sobre los que estaba trabajando la afamado critico de arquitectura por veinte años del periódico: “Anatomía de un Fracaso”, “Edificios que adoramos Odiar”, y "¿Ha pateado Usted alguna vez un Edificio?"

¡Feliz Ada Louise! Sólo ella en el mundo arquitectónico ha podido permitirse el lujo de hacer una carrera crítica hablando siempre mal de los edificios y terminar ganando el Premio Pulitzer y el aprecio de todos sus colegas.

Recorrí la pulida superficie del escritorio, y empujé sobre
sus ruedas su silla giratoria de madera para acercarme más a la flamante máquina de escribir de color gris plomo, marca Remington, que relucía bajo la luz de una lámpara retráctil (evidentemente, éste era un sueño ambientado en los setenta). En ella asomaba la punta de una hoja tipeada hasta la mitad, seguramente el borrador de su último work in progress. Lo arranqué a leer a toda velocidad:

“Hay una dama neoyorkina de padre toscano y madre inglesa que ha estado casada con un americano y ha estado observando la arquitectura de Nueva York por casi cincuenta años. Ella ha visto a los viejos edificios caer y a los nuevos elevarse. Observando un típico edificio de apartamentos construirse en la Avenida York recientemente, le preguntó a un obrero, en italiano, “¿Cómo hacen para construirlos tan rápido?”, a
lo que él le respondió, “Senza rispetto…”1

De improviso, la Huxtable, en persona, apareció. Debe ser porque ese fin de semana (1993) se presentaba en Caracas B-52, que su discreto balmain se veía como un inverosímil moño de cincuenta centímetros de alto. En el acto me clavó su mirada aguileña (yo seguía en su puesto) y, afortunadamente, allí mismo el sueño terminó, pues me dí cuenta de que la verdadera Ada Louise Huxtable nunca se hubiera puesto en su vida un vaporoso traje azul celeste como aquél, probablemente de Halston, con el que yo había fallad
o en vestirla…

En realidad, Ada Louise nunca se pudo permitir a sí misma nada más allá de un sweatercito de cashemere con el collar de perlas de rigor bajo un clásico flannel suit color navy, ni incurrir en falta de seriedad alguna, a riesgo de violar su propio trademark. Su estilo era escribir lo más arduamente difícil de tragar de la manera más elegantemente humorística. No olvidemos su lema: “Vean la histórica casa de 116 años. Vean cómo la tumban. Vean el puesto de hamburguesas tomar su lugar. Pow. América, sobre tí yo canto: dulce tierra del Burger King.”

Todo crítico arquitectónico que se precie debe hacerse de una metáfora maestra o una serie de metáforas con las que pueda evocar la función crítica.
Esta metáfora va a ser la que va a darle forma a su obra, y la que va, a la vez, a limitarla. Así, para algunos conocedores de la crítica arquitectónica, el crítico puede ser una especie de cirujano mágico que opera sin cortar jamás un tejido vivo; o un bebedor de vino; o alguien que pone al abono, alguien que fertiliza el terreno para obtener una buena cosecha; para otros, debe ser como un partero, ya que trae una nueva vida al mundo; o como un acaudalado empresario que monta representaciones dramáticas de cualquier obra que capture su fantasía; o como un hombre paciente que muestra su biblioteca a un amigo; o, como ya hemos visto, un distinguido pateador de edificios.

Para cualquiera de estas formas de ejercitar la críti
ca en arquitectura, en todas ellas el que las hace está tan interesado en hacer que su crítica sea tan bella y digna de atención como si ésta se tratase de literatura, al comentar lo que tiene por delante. Es famosa la defensa que hizo Oscar Wilde en su ensayo “El Crítico Artista” de este punto de vista.2 Por otra parte, recordemos que la palabra “crítica” se deriva del griego, krinein, que significa separar, dividir, hacer distinción. La etimología del verbo no implica que el juicio emitido deba ser o en favor o adverso, deba ser claro o no deba ser lírico, deba tener intenciones éticas o estéticas, porque significa simplemente discernir o juzgar. Por lo tanto, el uso más justo de “criticar” es simplemente “emitir juicio, ya sea favorable o desfavorable, juzgar los méritos y defectos de algo y evaluar”. El objeto de la crítica en así, sencillamente, un punto de partida. Y su aspiración no es ser criticada, sino influenciar el mundo -en nuestro caso para obtener una mejor arquitectura y ciudad-.

El juzgar no tiene que ser siempre necesariamente para cantar los méritos. Cuando Ada Louise Huxtable comenzó a patear furiosamente edificios a inicios de los años setenta, lo hacía con la fuerza de la voz que clama en el desierto. Con la valentía de quien no teme enemistarse con nadie. Sus batallas, libradas en el desierto que era la ciudad de Nueva York, aproximándose a la bancarrota, hundida en la basura, fueron desesperadas y decididas. Ella decía que las satisfacciones del trabajo de crítico urbano eran pocas, pero monumentales. Así, sus admirables puntapiés desde el periódico, con el paso del tiempo, influenciaron profundamente en su sociedad para lograr un cambio significativo de actitudes hacia el ambiente urbano y aumentar la sensibilidad por la arquitectura y por el pasado.




                                     Ludlow Peabody Architects, "The New Home of the New York Times", The New York Times, December 3, 1922.



NOTAS
1. Ada Louise Huxtable. "¿Ha pateado Usted alguna vez un Edificio?"
2. Oscar Wilde. "El Crítico Artista".



Publicado en: Arquitectura, EL NACIONAL, Caracas, lunes 13 de marzo de 1993.

Gaya ciencia


Grabado de Juan de Caramuel y Leibkowitz (1606-1685)



“Comprende el nombre de Facultades Literarias, 
todas las que se ocupan en contemplar el Sonido y la Figura, 
la Proporción y la Belleza, la Potestad, y la Significación, 
Uso y Empleo de los Caracteres y las Letras. 
Y porque el Arquitecto, que se precia de ser en su profesión eminente, 
ha de tener de todas suficiente noticia.” 
Juan de Caramuel y Leibkowitz. 1


I. Metro mágico que al alma expresas
Una manera de explicar el efecto placentero de las proporciones en arquitectura es suponer que algunas formas son en sí mismas más agradables a la vista que otras. Fue creencia común durante el Renacimiento que los rectángulos más bellos eran aquellos cuyos lados tenían la simple relación numérica de las consonancias musicales. Posteriormente, los rectángulos que gozaron de mayor popularidad fueron aquellos cuyos lados están en la proporción de la Sección Aúrea 2.

Cabría preguntarse, ¿cuál sería el secreto de la proporción de los rectángulos, los prismas, los cuadriláteros inscritos en la trama tipográfica de una página en blanco? Una columna de un periódico, un artículo de una revista, un libro de “nueva planta”, sobre todo si versan sobre arquitectura, ¿podrían también diseñarse como una auténtica planta sobre el tablero de dibujo y buscar una idea que pueda estar también proporcionada en sus formas y en las relaciones entre ellas?

Pletóricas de líneas y geometrías entrecruzadas, de galeras, márgenes e indentaciones, las tramas tipográficas podrían convertirse en una obsesión para un arquitecto al que le guste escribir. El grid inmanente bajo su pluma haría temblar su mano, magnetizada entre las tentaciones entre el verso o el trazo. Frente a una página en blanco (aún sin que ésta sea de papel de croquis), en su deseo de organizar todo lo que toca, el arquitecto que escribe podría mutarse en un irrefrenable Midas de la forma, esta vez escrita.

II. Llameantes alegrías, penas arcanas
Pero estas son cosas conocidas, que desde ya hace mucho tiempo (quiero decir, desde el Renacimiento), cayeron en desuso entre los arquitectos. Y no se había tenido noticia de ellas hasta hace pocos días, cuando, invitado por la Galería de Arte Nacional y la Fundación Museo de Arquitectura, estuvo en Caracas Luis Fernández-Galiano. Arquitecto aragonés, profesor y escritor y columnista de arquitectura “y otros temas” de El País, Fernández-Galiano es fundamentalmente conocido en todo el mundo por su trabajo como fundador y director de dos de las revistas de arquitectura más conocidas e influyentes de España: Arquitectura & Vivienda y Arquitectura Viva. Es decir, un verdadero arquitecto que escribe.

Fernández-Galiano trajo consigo preparada, como es de rigor, una conferencia para ser dictada en la GAN que luego dió un tanto diversa a los estudiantes en la Facultad de Arquitectura de la Universidad Central, y que a todos agradó por su claridad y por la calidad de las imágenes. Pero la conferencia, “España 1975-1992”, revistió una circunstancia especial algo inusual: se acompañaba de un preciso guión escrito que el arquitecto repartió entre los asistentes, a todos quienes instó a seguirlo cuidadosamente. Nosotros, mediáticos rapaces, furibundos amantes de la Arquitectura Contemporánea Española, graficultos empedernidos, sin poder sustraernos jamás a las archiconocidas imágenes del Museo de Mérida, de la Estación de Santa Justa, de los puentes de Calatrava, y de todos esos edificios cuyo trazo repasamos cada vez que los volvemos a tener por delante con devoción casi religiosa, desdeñamos por un rato la lectura del guión para entregarnos a nuestros desafueros íntimos.

Al fondo oíamos a Luis Fernández-Galiano, entre la lluvia, desplegando un discurso exacto en el cual la modernidad arquitectónica española se explica paralela al desarrollo político de ese país. Sin embargo, la continuidad de la atención, de entrada total y absoluta, muy pronto se vió quebrantada por un palmoteo, por un prender de luces y llamado al orden de nuestro querido amigo, quien, papel en mano, nos rogaba atender al guión escrito. “Leed, por favor”.

III. Desde los suaves labios de las princesas
La pausa ocurrió periódicamente tras seis intervalos correspondientes de muestra de imágenes a oscuras, lo cual convirtió la conferencia en especie de gimnasia rítimica, en la que la propia conferencia fue perdiendo terreno cada vez más frente al guión, lo cual al final me obligó a doblarlo con cuidado, meterlo en la cartera, y prometerme que lo leería con detenimiento más tarde.

“Leed, os lo ruego”. Y forzosamente, tuvimos que leer. Y vimos cómo el guión se organizaba en sólidas estrofas de seis versos, ancladas al final por sonoros subtítulos como “Citius, Altius, fortius: una España olímpica”, tal cual como si fuese un poema. En un apretado ritmo de frases cortas y frases largas, el ritmo de aB (donde a eran cortos hexasílabos como “Cumbres laborales”, “Formas optimistas”, “Sólidos heoricos” o “Ultimas moradas”, y B largos polisílabos como “Ideas y formas del régimen franquista. Los monumentos del nacional-socialismo”), musicalizaba el poema. Un poema profesional, académico, arquitectónico, donde el verso se había organizado para ser destinado a la lectura, y anclarnos a todos en ella.

IV. Hasta en las bocas rojas de las gitanas.6
La invocatoria a la lectura de Fernández-Galiano y su arte de trovar lucían como de los tiempos en que la palabra metro esgrimía con mayor fuerza su doble acepción, cuando el verso se diseñaba y se proporcionaba como se hacía con los edificios. Cuando endecasílabos, coplas, redondillas, tercetos, cuartetos, quintetos, acentos y todas las formas conocidas del lenguaje mediante la geometría se hicieron más perfectas para racionalizar el arte de la poesía. Y he aquí que, en las lecturas que hice sobre el tema, encontré unidos en la misma página de un texto sobre métrica poética los nombres de Andrés Bello y de Juan de Caramuel. De nuevo aparecían juntas la gramática y la arquitectura.

Bello y su obra no necesitan entre nosotros presentación, pero me temo que Caramuel, arquitecto, obispo y sabio y polígrafo del Barroco, sí, aunque ello lo dejaremos para otra ocasión, porque sería demasiado largo. Pues bien, Caramuel, además de publicar su famosísima Arquitectura Civil, Recta y Oblícua, estaba obsesionado hacia 1663 con la “idea de proporcionar al hombre el total dominio del lenguaje”, por lo que ese año “publica en Roma el libro Primus calamus, en dos tomos en folio, dividido en dos partes, Rítimica y Metamétrica, la primera dedicada a la prosodia y la métrica y la otra –la más interesante- el “Arte nuevo de varios e ingeniosos laberintos”.3 Estos laberintos de Caramuel no eran otra cosa que varios poemas y enigmas en forma de distintos laberintos, cuya “belleza tipográfica, como la de los caligramas vanguardistas”, aparte de hacerlo muy moderno, nos devuelven al punto de las tentaciones de los arquitectos frente a una hoja en blanco.4

Entre los unos y los otros métodos que hemos mencionado para alcanzar la divina proporción del objeto diseñado, lo que se buscaba era en realidad un método para multiplicar la producción de la belleza. Y ésto es cierto, ya que, por ejemplo, los edificios de Palladio o de Le Corbusier pueden estar a su vez bien proporcionados aún cuando entrañen sistemas de formas completamente diferentes. El método de Fernández-Galiano ha reencontrado por la gramática los caminos de Caramuel, y de acuerdo a ello, podemos llamar a sus textos edificios. Edificios que, diseñados con rigor y ceñidos claramente a un orden geométrico, buscan la excelencia en la disciplina, y elevan la expresión de su arte al de una gaya ciencia.


Luis Fernández-Galiano (f. lainformacion.com).


NOTAS
1. Juan de Caramuel y Leibkowitz. Arquitectura Civil, Recta y Oblícua, Libro I, Ediciones Turner, Madrid, p. 115.
2. P.H. Schofield. Teoría de la Proporción en Arquitectura, Editorial Labor, S.A., Calabria, Barcelona, 1971, p. 17.
3. J. Caramuel y Leibkowitz. Op.Cit. El Arte del Teatro y los Laberintos. Libro I. P-p. XVII-XVIII.
4. Rubén Darío. Elogio de la Seguidilla.


Publicado en: Arquitectura, EL NACIONAL. Caracas, Diciembre 7 de 1992.