martes, 4 de junio de 2019

Existenzmaximum

“La familia Tugendhat almorzando bajo el sauce llorón, c.1933” (f. Fritz Tugendhat).




“El que se aburre, se muere”.
 José Luis de Vilallonga.

El domingo próximo (2001) clausura en el Whitney Museum “Mies en America”, media naranja de la dupleta expositiva que “miesificó” el verano neoyorkino y que empezó a concluir la semana pasada, cuando cerró a su vez “Mies en Berlin” en el MoMA, antes de toda la tragedia. 

La británica revista Blueprint aconsejaba sabiamente a sus lectores comenzar cronológicamente al revés; es decir, no por los años de Berlín, sino por los de América, disfrutando primero del sereno Mies extensamente documentado del Whitney, dispuesto amorosamente por la curadoría de Phyllis Lambert, para concluir con el Mies un tanto más divertido -y apetecible- que propuso Terence Riley y su grupo de especialistas miesianos internacionales. Coincidencialmente, este festival del “menos es más” se celebraba al unísono con la explosiva retrospectiva del “más es menos” en el Museo Guggenheim sobre la obra completa de su mayor consentido, el arquitecto Frank Gehry, que es algo así como ir a presenciar cómo mediante la danza de los siete velos del titanio se llega al meollo del asunto, es decir, a la venta descarnada del futuro Guggenheim al sur de Manhattan.

Las tres muestras, con tres catálogos como tres ladrillos de un pie cuadrado disparados directo a la nuca, borboteaban entre decenas de maquetas de un nuevo realismo (tejas rojas y césped verde, again), animaciones electrónicas en pantallas planas y dibujos originales, centrando esta vez el alarde curatorial en los croquises “nunca antes publicados”, en las reconstrucciones virtuales de proyectos cuyos materiales han desaparecido, en las fotografías inéditas provenientes de las colecciones de oscuros individuos que alguna vez estuvieron cerca de Mies o de Gehry (algo así como reediciones autorizadas de videos piratas de fanáticos de conciertos de rock) y en la última golosina del momento, las “cromografías”: fotografías arquitectónicas manipuladas electrónicamente para que se lea en ellas lo que el diseñador desee.

Señalaba el septuagenario-pero-todavía-sobrado-galán escritor José Luis de Vilallonga que para no envejecer no hay que perder jamás la curiosidad. “El que se aburre, se muere”, asegura. Y efectivamente, una buena dosis de entusiasmo exprimido desde el fondo del alma hay que tener para reunir fuerzas y lanzarse a volver a ver la Casa Farnsworth, el edificio Seagram, la Casa Gehry, el Museo Guggenheim de Bilbao o el Pabellón de Barcelona, aunque muchas de esas arquitecturas pertenezcan al panteón de nuestras deidades personales.

El chapuzón gheryniano valió la pena. Da gusto que le demuestren a uno cuán banal puede resultar una sola idea cuando es forzada al infinito, no importa cuántos planos, cuántas maquetas, cuántos walk-throughs y cuántos dibujos o fotos pueda producir una oficina global de arquitectura para ocultarlo. Bajando la rampa, ya por ahí como por el sexagésimo-quinto proyecto, Gehry empezaba a no merecer siquiera el beneficio de considerar sus edificios como “repeticiones diferentes”. La reiteración impúdica de las fórmulas y la venta evidente de su espectáculo mediático era tan grotesca que, enfadadísimos, casi nos hizo perder el equilibrio y terminar cayendo del todo en medio de la fuente mandórlica de Frank Lloyd Wright… En cuanto a las cortinas en mesh grid que colgaban monumentalmente desde el tragaluz, no parábamos de preguntarnos qué diría un Mario Buatta o un Renzo Mongiardino, para no decir un artífice de la tela como Yves Saint-Laurent, de aquéllas superficies tan mal manejadas, visiblemente efectistas y tristemente kitsch.

Afortunadamente, unas cuadras más abajo aguardaba la Lambert con sus precisas maquetas de fachadas miesianas en evolución y su vitrina de libros de la biblioteca personal de Mies, y más allá aún, en el corazón de Midtown, “Terry” con sus hallazgos en el archivo de 20.000 documentos de Mies van der Rohe, rescatando nuestro peregrinaje de los agobios del warped space. Hoy más que nunca se quiere a los curadores de arquitectura como autores.

La anécdota extraída de la tradición oral de los alumnos de Mies en las veladas post-escuela en el bar de la esquina del Illinois Tech, reduciendo los tres mil libros originales de su juventud primero a trescientos, luego a treinta y finalmente sólo a tres obsesivamente releeídos (“menos es más”), fue deliciosamente confirmada por la pequeña vitrina que ofrecía un anaquel completo de sus libros entre 1924-43, donde podían comprobarse las fantásticas e insospechables vecindades de un La ciudad que desaparece, de Frank Lloyd Wright, (en una exquisita edición en cuero verde de W.F. Payson, Nueva York, 1932), con El espacio como membrana, de Siegfried Ebeling, (C. Dunnhaupt, Dessau, 1926), hasta llegar al sorpresivo Santo Tomás y los gentiles, de Mortimer Adler (Marquette University Press, Milwaukee, 1943). Mientras que “Mies en América” requería así de tomarse un tiempo para leer y escudriñar (un tiempo perdido que habría que buscar en otro siglo), “Mies en Berlín” hablaba de inmediato desde la voz gospélica de su curador en el video central, quien, como un profeta en estado de rapto místico, con un encanto incomparable, lanza el hechizo miesiánico… al que él mismo sucumbió hace tiempo.

Ya en “Light Construction” y en la posterior “The Un-Private House”, Riley anunciaba esta exposición. Y aquí lo vemos, finalmente exponiendo el resultado de varios años viviendo con “El Archivo”. Es admirable el conocimiento que de éste alcanza, y un placer ver cómo se da el lujo de corregir a Phillip Johnson y hasta a la historia de la arquitectura moderna en las atribuciones erróneas de proyectos del maestro, escarbando en su obra para extraer nuevos hallazgos, desde insólitas “transparencias oscuras” hasta la única verdad sobre la casa con patio.

Una sólo foto de “Mies en Berlín” quizás pueda explicar mejor el talante de su contemporánea arqueología moderna: “La familia Tugendhat almorzando bajo el sauce llorón, c. 1933”. Allí, la Casa Tugendhat ni siquiera aparece: no hay rastros de ninguna arquitectura. La escena puede ser tanto de los Tugendhat en Brno, como de los Tugendhat en San Bernardino (Caracas), poco importa.

Hay sólo la certeza, curatorialmente orgullosa, de haber encontrado la clave para un nuevo Existenzmaximum.





Publicado en: Arquitectura, El NACIONAL, Caracas, Lunes 16 de septiembre de 2001.



miércoles, 17 de abril de 2019

Eldorado


Cadillacs Eldorado frente al moderno edificio Creole (f. Colección Armando Martinez).

Gaily bedight,
A gallant knight,
In sunshine and in shadow,
Had journeyed long,
Singing a song,
In search of Eldorado. 
Edgar Allan Poe. Eldorado2

A Nelson Aldrich Rockefeller (Bar Harbor, Maine, 1908-Nueva York, 1979).
 
Con motivo de los 450 años de Caracas, entre el 25 de julio hasta el 15 de octubre la Embajada de los Estados Unidos y la fundación Docomomo Venezuela regalaron a la ciudad una memorable exposición en la Sala TAC del Trasnocho Cultural, "Arquitectura Norteamericana en Caracas 1925-1975: Our architects", que reunió a veintinueve autores norteamericanos con obras en Caracas entre 1925 y 1975. La pieza que iniciaba la muestra era el proyecto del Caracas Country Club. Hoy en Pluscuamperfecto tenemos el placer de presentarles parte de los textos de este nuevo aporte a la historiográfica arquitectónica moderna de ambos países, en particular los que se refieren a aquellos hombres y mujeres que contribuyeron a construir la significativa historia de nuestro club. 

En el magnífico valle de la ciudad de Caracas y su largo frente marítimo sobre la costa del mar Caribe, coexistieron muchas influencias arquitectónicas a mediados del siglo veinte que la convirtieron en una de las ciudades más arquitectónicamente ricas de toda América. Observando la ciudad moderna, una de las culturas más influyentes y transformadoras de su fábrica urbana la trajeron consigo los arquitectos, diseñadores, urbanistas y artistas norteamericanos que trabajaron en la capital.

Coincidiendo con los años del inicio y auge de la explotación petrolera y también de la apertura y el fortalecimiento de las relaciones entre los Estados Unidos y Latinoamérica, el florecimiento de los aportes norteamericanos se ubica entre 1925 y 1975. Cincuenta años de producción arquitectónica y urbana intensa que transformarán radicalmente a la capital y de la que hoy la ciudad de Santiago de León de Caracas, que este 2017 arribó a su cuatrocientos cincuenta aniversario, se enorgullece en contar como suya, conservándola como su patrimonio para el mundo. Una herencia compartida con los Estados Unidos.

Al ir a buscar en la ciudad la arquitectura construida por los norteamericanos y querer adentrarnos más allá de los iconos reconocidos, es difícil al principio discernir en la fábrica urbana la obra arquitectónica norteamericana menos monumental. Para oír a América cantar, debimos afinar mucho el oído. Es como si la modernidad local, por estar tan cercana a los modelos y referencias estadounidenses, se ha fusionado con ellos de manera prácticamente indeleble. Esto se explica tanto por el enorme impacto cultural de la influencia norteamericana en todos los ámbitos de la vida caraqueña en esos años, como por la gran cantidad de profesionales venezolanos que se formaron en los Estados Unidos cuando en el país aún no había una escuela de arquitectura ―la de la Universidad Central de Venezuela fue fundada en 1953―, cosa que siguió pasando incluso después.

De manera que Caracas es una ciudad llena de lo que hemos querido denominar «avatares», es decir, formas urbanas y arquitectónicas que parecen norteamericanas, pero que fueron diseñadas por autores locales.3 Como su nombre lo indica, un avatar es una encarnación. Una vicisitud por la que pasan los edificios cuando se suscita un cambio.4 Y eso fue lo que ocurrió en la ciudad cuando se produjo el acercamiento a los Estados Unidos. Decenas de nuevas tipologías urbanas y arquitectónicas irrumpieron en ella, unas proyectadas en su país de origen y otras… aquí.

Pero hay más. Otro hallazgo es que de nuevo, al igual que lo que descubrimos en Docomomo Venezuela (cuyas siglas significan: Documentos para la Conservación del Movimiento Moderno) al estudiar en dos previas exposiciones las arquitecturas de influencia italiana ("Las ITALIAS de Caracas", 2013) y las arquitecturas de influencia española ("Suite IBERIA", 2015), al investigar la influencia norteamericana encontramos que en nuestra ciudad vinieron a trabajar los mejores autores.5.6. Caracas siempre quiso lo mejor para Caracas. En este caso, los mejores de todos los Estados Unidos. Los mejores artistas, como Calder; los mejores paisajistas, como Olmsted Brothers; los mejores arquitectos de golf, como Banks, Van Kleek y Wilson; los mejores promotores, como Moses; la mejor diseñadora de interiores, como Parish; los mejores planificadores, como Violich y Sert; el mejor arquitecto de casas club, como Wendehack; los mejores arquitectos de palacios del cine, como John & Drew Eberson. Y los mejores arquitectos: Harrison, Neutra, Breuer, Goff, Fuller, Embury, Hatch, Webb, Vestuti, Johnson & Burgee, Holabird, Root & Burgee, Badgeley & Bradbury, Shaw, Metz & Dolio, Graven & Mayger, Emery Roth & Sons. Simplemente, los mejores.



Nelson A.Rockefeller en su casa Monte Sacro, en 1963 (f. Archivo Fundación de la Memoria Urbana).

Una excelencia que se explica por la presencia en Venezuela ―y por la pasión que sentía por este país― un hombre que, también él mismo, era el mejor en todo lo que hacía: Nelson Aldrich Rockefeller.7 Rockefeller quiso siempre lo mejor para Caracas y para Venezuela, un país del cual se enamoró y al que colocó en lugar preferencial sobre todos los demás países latinoamericanos. Es el país donde se construyera su casa moderna sutilmente neocolonial, la hermosa Monte Sacro (Don Hatch, 1959), donde viniera a pasar en 1963 la luna de miel junto a su esposa Happy. De una u otra manera, los profesionales estadounidenses que hemos mencionado fueron casi todos hombres de Rockefeller, sus arquitectos, relacionados con sus empresas, sus proyectos y sus oficinas del número 30 de Rockefeller Plaza, en Nueva York. Las líneas de las historias de estos personajes y de sus proyectos se entrecruzan siempre con las de Rockefeller.

Lo cual nos trae a una tercera revelación: la importancia de la influencia de la ciudad de Nueva York por sobre todas las demás ciudades norteamericanas en Caracas, lo cual confirma lo que siempre habíamos sospechado: que Caracas es en muchos sentidos como Nueva York y que la relación Caracas-Nueva York es fundamental para su historia moderna.8

Recorriendo Caracas, aparecen ante nuestra mirada una a una las arquitecturas de los norteamericanos. Espacios urbanos, parques, campos de golf, casas, urbanismos, jardines, edificios de oficinas, hoteles, infraestructuras, servicios, comercios. Todos ellos aderezados casi siempre por proyectos de diseño interior, diseño gráfico y diseño publicitario, de gran importancia para los Estados Unidos en el mid-century.

Ahora bien, «todo lo que llamamos americano» en Caracas fue la flor de un día, de unos años fructíferos, aunque en realidad breves.9 A diferencia de los italianos y de los españoles ―las dos grandes corrientes migratorias que marcaron profundamente la ciudad―, los norteamericanos en esa época no llegaron para quedarse. Se relacionaron de manera distinta con la ciudad, más temporalmente, porque sus obras eran proyectos singulares, jobs, por los que venían hasta aquí, a esta terra incognita, a esta booming capital city, cual jungle cowboys, en los vuelos de Pan American World Airlines, a trabajar puntualmente para los diferentes clientes y empresas que los contrataban. Permanecían aquí por el tiempo que fuera necesario, durante el tiempo que duraban las obras y los contratos, muchas veces albergados en el Hotel Ávila, departiendo juntos, o más adelante en el Hotel Tamanaco, contemplando a la ciudad y su valle, under the stars. Luego partían de la fascinante Caracas, devolviéndose a sus oficinas en Nueva York, Chicago, Boston o Beverly Hills.

Salvo el caso de Hatch, quien permaneció en Caracas una década completa, o Van Kleek, que se mudó durante algunos años con su familia, o también Wendehack, que iba y venía incesantemente. De ellos, solo Vestuti echó raíces en la capital de Venezuela. Esto también explica la débil presencia de artistas en las arquitecturas caraqueñas norteamericanas, a pesar de que la práctica de integrar obras de arte en la arquitectura moderna era común por esos tiempos y estaba muy difundida back in the USA. El caso de Calder, quien vino de la mano de Carlos Raúl Villanueva a trabajar en la Ciudad Universitaria de Caracas, se convierte así en la excepción monumental que confirma la regla. 

Sumándose a las obras de los arquitectos, la planificación urbana y la influencia del American Way of Life sembraron raíces todavía más profundas y de manera asombrosa por toda la ciudad. A mediados del siglo veinte Caracas fue justamente ese espacio de la memoria donde, como dijera Paul «todas las cosas americanas quisieron pasar por segunda vez», acompañando el desarrollo urbano en todos los campos del diseño.10 Hilando los fragmentos de la ciudad norteamericana por Caracas, los encontramos haciendo epifanías por doquier, incluso hasta en los espacios más domésticos. Estos fragmentos de la memoria urbana de América son hoy también Caracas.

A partir de la década de los cincuenta, la forma de la ciudad empezó a estar crecientemente determinada por el American Way of Planning introducido por el planificador californiano Francis Violich (1911-2005), quien fuera asesor de la Comisión Nacional de Urbanismo desde los cuarenta y en particular del Plan Regulador y de Zonificación de Caracas (1951-1958). Las ordenanzas de zonificación ―el zoning―, los porcentajes de construcción, los retiros, los planos de uso del suelo y todas las herramientas derivadas de la planificación en los Estados Unidos de esos años, fueron incluidas en ese plan asesorado por Violich ―entre otros―, instrumento que determinaría la forma urbana de la Caracas moderna y la sigue determinando en gran parte hasta hoy.

La influencia del American Way of Life, por su parte, alcanzó múltiples formas de expresión. La que salta a primera vista es la proliferación de la cultura del automóvil. Esta cambió por completo y para siempre el paisaje urbano de la ciudad tradicional. Son el conjunto de autopistas, muchas de ellas inspiradas en el Arterial Plan de Robert Moses, como la Autopista Caracas-La Guaira y la Autopista del Este. Son también los distribuidores viales ―con loops de todas las formas y colores― como La Araña o el Trébol de Maiquetía. Son las estaciones de servicio que van variando en diseño según la década o la empresa, como la Super Estación de Servicio Las Mercedes (Shell, 1959). Son los showrooms para car dealers, como el edificio Belcar en Colinas de Bello Monte (Roger Halle, 1952).

La cultura automovilística se observa también en la proliferación de los cines y de las cafeterías drive-ins, como el autocine en la urbanización Santa Mónica, el primero en Suramérica (1950), o la cafetería Taco's de El Rosal. O en el auge de los estacionamientos mecánicos, que empezaron en 1951 al unísono en Madison, Wisconsin y Caracas, como los garajes automáticos de la Pigeon Hole Parking de Venezuela en Los Caobos. O en los grandes proyectos de infraestructura vial, como el nunca construido túnel Altamira-Caraballeda (1957), a ser trazado bajo El Ávila por los Holland Tunnel Engineers ―autores del Holland Tunnel bajo el río Hudson, en Nueva York.

Dicen que beauty runs wild in the Caribbean. Los fragmentos de la ciudad norteamericana se multiplicaron en Caracas con furor. Los encontramos en algunas iglesias, como The American Church (El Bosque, 1949). En las escuelas, como el moderno Colegio Americano, en Lomas de la Trinidad (Dickey, 1959). En los primeros estadios de béisbol, como el Estadio de San Agustín (1928). En los campos de golf, como el Caraballeda Golf & Yatch Club (Van Kleek, 1948). En las distintas canchas de bowling, como el del Círculo Militar (Malaussena, 1953), y también en esos tanques de agua elevados sobre torres metálicas que aparecieron aquí y allá, como los que aún subsisten en zonas industriales como Los Cortijos de Lourdes.

Algunos modernos edificios de oficinas son también fragmentos de la ciudad norteamericana. Como el edificio La Estancia (Chuao, 1960), el más paradigmático slab en la ciudad. Están además los diversos hoteles corporativos, como el Hotel Macuto Sheraton en Caraballeda (Malaussena, 1953). Los bancos, como The First National City Bank en Altagracia (Sanabria, años sesenta). Las tiendas por departamentos, como la Sears Roebuck de Venezuela en Colinas de Bello Monte (1950). Los automercados y centros comerciales, como el AutoMercado y Centro Comercial Las Mercedes (Hatch, 1954). Las fábricas, como la Procter & Gamble (La Yaguara, años cincuenta). Y las grandes obras de infraestructura, como la ampliación de los muelles de La Guaira (1938), ambas obras de la Raymond Concrete Pile Company of Venezuela.

Otros fragmentos son más claramente avatares. Como las urbanizaciones suburbanas tipo Houses in the Prairie ―casas de la pradera―, enclaves del modern living, entre las que destaca la urbanización Las Mercedes (1940). O como el parque de diversiones Coney Island (Los Palos Grandes, años cincuenta). O la Concha Acústica José Ángel Lamas (Volante, 1950), tan inspirada en el Hollywood Bowl de Los Ángeles, y el Portal de las Águilas, que marca la entrada de Lomas de Las Mercedes (1940), emulando el portal del Empire State Building.

En arquitectura, la lista de los avatares la encabeza el monumental Centro Simón Bolívar (Domínguez, 1954), desde siempre comparado con el Rockefeller Center de Nueva York (1939). Luego siguen El Poliedro de Caracas en La Rinconada (Alcock, 1974), inscrito en la saga de los domos geodésicos de Buckminster Fuller; el edificio Angloven, showroom de Vauxhall-Lucas-Jaguar (Vegas & Galia, 1954) en Colinas de Bello Monte, que recuerda al edificio Chrysler Motors en la Chicago World's Fair de 1933. O el muy miesiano edificio Cauchos General en la Avenida Libertador (Guinand, Benacerraf & Vestuti, 1954). También los edificios Farallón y Centinela en Bello Monte (Fuenmayor & Sayago, años sesenta), que reflejan en su lenguaje la huella del proyecto de Marcel Breuer que se iba a levantar en el mismo lugar.

O bien el centro comercial El Helicoide en La Roca Tarpeya (Gutiérrez, 1959), que a su vez recuerda al Gordon Strong Automobile Objective de 1924 y al proyecto del Pittsburgh Point Civic Center (1947-49) de Wrigth; y la Torre La Previsora (Koifman, Borges, Pimentel y Koifman, 1972), que con su fachada inclinada en curva se asemeja tanto al edificio West 57th de Nueva York. Finalmente, la Torre Polar, en la Plaza Venezuela (Vegas & Galia, 1955), con tantas semejanzas al edificio Lever House en Nueva York ―aunque en realidad lo precede. Y el avatar más famoso: la wrightiana quinta Piedra Azul en el Caracas Country Club (Wallis, 1942), semejante en muchos elementos a la casa Fallingwater de 1939.

Por su parte, el mobiliario urbano y los detalles arquitectónicos también son poderosos objetos de la memoria. Como las farolas de hierro fundido estilo Washington o Empire que llenaron las calles de las urbanizaciones de Caracas en los cuarenta. O el uso muy popular del Shingle Style ―emulado en concreto pintado― de muchas casas de Colinas de Bello Monte. O el gusto por los techos en A ―A-pointed roofs―, como el Centro Parroquial N.S. del Rosario en La California Norte (Lampo, 1964). O la espectacular difusión que tuvieron las celosías de cemento ―breathing walls―, cuyo ejemplo más paradigmático es el famoso "beehive" ―panal de abejas― del Hotel Residencias Montserrat en Altamira (Guinand, Benacerraf & Vestuti, 1952). Y, por supuesto, la serie de anuncios de neón y vallas monumentales de hermosas tipografías, como la del mismo Hotel Montserrat.

Decía Ítalo Calvino que «(…) una cultura debe estar abierta a las influencias foráneas si quiere mantener viva su propia fuerza creativa».11 ¡Y vaya que Caracas estuvo abierta a la influencia norteamericana! Haciendo un nuevo recorrido por nuestro lush, tropical plateau, volvamos sobre las marañas de líneas configurando bacterias y amibas de las herrerías caraqueñas ―y que tanto gustaban a Hatch y a Froehlich. Observemos los nuevos naturalismos y el uso de materiales autóctonos que estuvieron tan en boga en la ciudad ―como se muestra en la casa de Goff en Playa Grande, construida toda en madera de cují. Apreciemos el gusto por el equilibrio dinámico de las marquesinas de concreto de Badgeley y de Froehlich y de tantas otras marquesinas caraqueñas. Y volvamos a admirar el gesto cristalizado del volumen antisísmico del Hotel Ávila, las formas figura/fondo de las magníficas Nubes de Calder y el Jet Age chic de los volcanes sumergidos en los estanques hípicos de Froehlich.12

Recordemos en Caracas «todo eso que llamamos americano»: la forma inflada del domo geodésico de Fuller. Las formas dominadas por el ladrillo en el edificio Shell y por el vidrio en el Cubo Negro. El brutalismo que animaba el proyecto de El Recreo Urban Center. El esqueleto escultórico de las vigas de la quinta Alto Claro. La libertad de la curva sobre la entrada del Hotel Ávila. La espiral serpentina de la escalera del Jockey Club en el Hipódromo. La reducción de líneas en la elegante marquesina del edificio Sucre en La Floresta.

Así, queremos invitarlos a volver a esa ciudad exótica del eternal summer, donde marlins fought harder and orchids grew bigger, que crecía con optimismo al ritmo del progreso a mediados del siglo veinte. Para admirar con nuevos ojos el espacio del atrio tras el fantástico mural de Bertoia en la antigua embajada de los Estados Unidos. Para observar con detalle el mínimo posible de materia usado en la escalera del CADA de Las Mercedes. Para fascinarnos ante el sensualismo del balcón "Eames" de la quinta Macoroma, lanzado sobre los campos de golf. Para disfrutar de la arquitectura vertebrada del atrio, del paddock y de las caballerizas del Hipódromo, de los biomorfismos de las casas caraqueñas de Goff', de la plasticidad neobarroca del Yatch Club de Hatch, de las formas acariciantes de los plafones del Teatro Junín y de la libertad curvilínea de la piscina del Hotel Tamanaco.13 Y sobre todo, para rendir homenaje a los arquitectos y diseñadores americanos que contribuyeron a hacer grande la historia del Caracas Country Club: Olmsted Brothers, Charles Banks, Clifford Charles Wendehack, Sister Parrish, Aymar Embury II y Josep Lluis Sert.


El equipo de Olmsted Brothers (f. Palos Verdes, 1922. National Association of Olmsted Parks).


I. Olmsted Brothers. Frederick Law Olmsted Jr. (Staten Island, Nueva York, 1870-Malibú, California, 1957) y John Charles Olmsted (Ginebra, Suiza, 1852-Brookline, Massachusetts, 1920)
Caracas Country Club (con Charles H. Banks, 1928). Caracas.


 Charles Henry Banks (f. Archivo Fundación de la Memoria Urbana).


II. Charles Henry Banks (Amenia, Nueva York, 1883-Nueva York, 1931)
Campo de golf (1928). Urbanización Caracas Country Club, Caracas.

El Caracas Country Club (CCC) es un proyecto de la firma de arquitectura paisajista Olmsted Brothers, de Brookline, Massachusetts, continuadora de la obra de Frederick Law Olmsted Sr. (1822-1903), autor del Central Park de Nueva York, del entorno del Capitolio en Washington y de la famosa World's Columbian Exposition de 1893 en Chicago, padre de la arquitectura del paisaje y defensor de la belleza natural de América.14 Luego de su muerte en 1903, la firma continuó con su hijo y su sobrino, Frederick Law Olmsted Jr. y John Charles Olmsted. Ambos acumularon fama propia al convertirse en los grandes promotores de la preservación del paisaje norteamericano y del ornamentalismo cívico del City Beautiful Movement, dedicado al embellecimiento de las ciudades a través de la planificación.15

El llamado «Central Park de Caracas» es sin duda el más logrado homenaje al paisaje natural del valle, el cual afortunadamente aún allí se conserva, prácticamente intacto. Para 1928 Olmsted Brothers ―fecha del Job 7947― era no solo la firma de arquitectura paisajista más notable de los Estados Unidos, sino la oficina de planificadores urbanos más famosa de esa nación, en un momento en que el término «planificador urbano» aún no se había inventado. Mucha de la belleza urbana de Caracas y de la conservación de la memoria de su paisaje, la debemos a este proyecto, que sin duda puede contarse entre los urbanismos americanos más importantes del siglo xx.

El proyecto de Olmsted Brothers no fueron los campos de golf. Para ello, el Sindicato Blandín ―la organización creada para promover, gestar y construir el CCC en los terrenos de cinco haciendas agrícolas― encargó la comisión a Charles Henry Banks, egresado de la Universidad de Yale, quien junto a los arquitectos de golf Charles Blair McDonald y Seth Raynor desde 1913 había sido creador



El Country desde el Avila II (f. Raquel Scharffenorth, 2009).

de «(…) un gran número de canchas que hoy son iconos tanto en los Estados Unidos como en el resto del mundo».16 El estilo de Banks ―a quien se le conocía como "Steam Shovel" Banks porque usaba
a menudo tractores para mover grandes cantidades de tierra y crear enormes y elevados greens y profundos bunkers― se inscribía en la tradición de adaptar los hoyos famosos de golf de Escocia e Inglaterra.17

Cuando la firma de los Olmsted acepta la comisión a fines de los años veinte, estaba diseñando en paralelo lo que se considera las dos comunidades suburbanas más notables de esa década en los Estados Unidos: Palos Verdes Estates en California y el Mountain Lake Club en Lake Wales, Florida. Olmsted Brothers convirtieron así el encargo simple de un club de golf residencial en un sensible


El Avila desde el Country (f. Hannia Gómez, 2017. Docomomo Venezuela).

proyecto de diseño urbano y paisajístico. El proyecto había caído en sus manos gracias a uno de los fundadores del CCC, el ilustrado empresario norteamericano William H. Phelps, quien había estudiado en la escuela de Lawrenceville, Nueva Jersey, cuyos jardines habían sido diseñados por los Olmsted. 18

Los Olmsted Brothers continuaron en Caracas la lucha dentro del mismo espíritu de Frederick Law Olmsted Sr. de preservación del paisaje americano en su más genuina belleza. Olmsted Jr. mantuvo siempre, como su padre, un compromiso con la conservación. Hoy se le tiene como el más grande de los hombres de parques del mundo en el siglo pasado y como el más influyente arquitecto paisajista de su país. Una frase suya dice ya mucho de lo que haría en el CCC: «Conservar los escenarios y los objetos naturales e históricos y la vida silvestre existente para proveer su aprovechamiento de tal manera que puedan permanecer intactas para el disfrute de las generaciones futuras (…)».19

Olmsted Brothers preservarían en Caracas gran parte de las condiciones del lugar original ocupado por las haciendas. Mantuvieron la topografía natural de las faldas del Ávila, privilegiando las amplias vistas hacia las colinas del sur y hacia la montaña en el diseño de los campos de golf. La forma irregular de las parcelas que rompen con el tejido urbano tradicional y el diseño de las calles, serpenteando «alrededor de las grandes extensiones de grama bajo masas de árboles», fueron hechas curvearse ex profeso por indicación expresa de su oficina, con el fin de conservar intactos los magníficos ejemplares centenarios de grandes árboles que crecían en estos terrenos y que aún vemos aflorar entre las copas del Country.20 Fue de esta manera como, en conjunto, Charles Henry Banks y Olmsted Brothers hicieron en Caracas grandes cosas. Cosas maravillosas, nunca antes vistas y sin parangón en toda Latinoamérica.


Clifford Charles Wendehcak (f. www.rcc1890.com).

III. Clifford Ch. Wendehack (Montclair, Nueva Jersey, 1885-1948)
Quinta Tropicalia (para la familia Phelps, c. 1915). Urbanización El Paraíso, Caracas.
Casa club del Caracas Country Club (con Carlos Guinand Sandoz, 1930). Caracas Country Club, Caracas.



  "Caracas Country Club Plot Plan" (f. Blueprint, 1928. Archivo CCC).


 Casa Club (f. Frank Alcock, 2017).
 

Dieciséis casas/cinco tipologías para el Sindicato Blandín (años treinta). Caracas Country Club, Caracas.
Quinta Torre Blanca (atribuida, con Mona Holk de Phelps y Sister Parish, diseño interior, 1937). Avenida Altamira, Caracas Country Club, Caracas.
Villa Mercedes (atribuida, años cuarenta). Calle Las Marías, Caracas Country Club, Caracas.
Villa N.° 7 (para Hans Neumann, años cuarenta). Urbanización Los Chorros, Caracas.
Quinta Alberto Phelps (años cuarenta). Calle Los Chaguaramos, Caracas Country Club, Caracas.
Edificio El Automóvil Universal (atribuido, años cuarenta). Quinta Crespo, Caracas.
Quinta La Estanzuela (atribuida, años cuarenta). Calle Vicuña, Valle Arriba Golf & Country Club, Caracas.
Old Jockey Club (restaurada en 1999 por Jaime Esparza para la Asociación Hípica de Propietarios, años cuarenta). Urbanización La Florida, Caracas.
Edificio Gran Sabana (años cuarenta). Calle Real de Sabana Grande, Caracas.
Ampliación del cuarto piso de habitaciones, ala norte (1946). Hotel Ávila, calle George Washington, urbanización San Bernardino, Caracas.
Quinta Peña Viva o Casa Mendoza (para Juan Simón Mendoza, 1945). Avenida principal, Caracas Country Club, Caracas. 



Quinta Peña Viva (f. Hannia Gómez, 2004. Archivo Fundación de la Memoria Urbana).

Mansarda. Quinta Barberenia (f. Hannia Gómez, 1998. Archivo Fundación de la Memoria Urbana).

Quinta Barberenia (1945). Avenida El Samán, Caracas Country Club, Caracas.
Edificio A. Planchart y Cía./Sucr. C.A. (1947-años setenta). Avenida Lecuna, urbanización El Conde, Caracas.
Casa Club Valle Arriba Golf Club (1947). Urbanización Valle Arriba Golf & Country Club, Caracas.


Sister Parrish (f. 1stdibs).


IV. Sister Parish (Morristown, Nueva Jersey, 1910-Dark Harbor, Maine, 1994).
Caracas Country Club, diseño interior (atribuido, con Clifford Charles Wendehack y Carlos Guinand Sandoz, 1930). Avenida Altamira, Caracas Country Club, Caracas.


 Rotonda. Casa Club (f. Carlos Guinand Sandoz, 1930. Archivo Fundación de la Memoria Urbana).


Quinta Torre Blanca (f. 1992. Archivo Fundación de la Memoria Urbana).

Quinta Torre Blanca, diseño interior (con Clifford Charles Wendehack, 1937-2001). Avenida Altamira, Caracas Country Club, Caracas.
Varias casas, diseño interior (con Clifford Charles Wendehack, años cuarenta). Caracas Country Club, Caracas.

Clifford Charles Wendehack, oriundo y vecino de la ciudad de Montclair en Nueva Jersey, estudió en Europa y en Nueva York, y empezó a trabajar como dibujante en el estudio de Donn Barner en esta ciudad, haciendo arquitectura beaux-arts. Es a causa de esta formación y de sus inicios beauxartianos. por lo que la mayoría de la obra de Wendehack es marcadamente historicista, cuando no art déco, convirtiéndolo en un tradicionalista moderno. Toda su arquitectura está atravesada por la preocupación de que sus ideas históricas fuesen moderadas por objetivos contemporáneos, a fin de convertir sus edificios en «un ejemplo eficaz de adaptación moderna».21

Wendehack inició su práctica en Nueva York en 1927 ―en el número 101 de Park Avenue― y desde muy temprano empezó a ser conocido como especialista en el diseño de casas club e impresionantes residencias, muchas hoy incluidas en los Registros Nacionales y Estatales de Sitios Históricos de los Estados Unidos. Aparte de hacer arquitectura, también escribía artículos y libros, entre ellos uno de 1929 sobre cómo hacer la perfecta casa club, considerado durante ochenta años como el primer manual en el área.22

Wendehack se convirtió en el arquitecto más importante de casas club de su país, diseñando más que ningún otro en Norteamérica. En todos sus proyectos vemos la maestría con que manejaba, de manera reconocible y personal, «los estilos Tudor y Normando y los revivals Colonial y Español», regodeándose en el uso de «la piedra, los aleros prominentes, las entradas y sitios de reunión agradables y las enormes chimeneas que daban una sensación de permanencia, solidez y sentido hogareño».23 A fines de los veinte, uno de los fundadores del Caracas Country Club (CCC), William H. Phelps, quien fuera su compañero de estudios en la escuela de Lawrenceville, Nueva Jersey, lo invita a participar en el concurso internacional que el Sindicato Blandín organizaba para una nueva casa club. La casa club ganadora, diseñada en estilo Spanish Revival, le abrirá a Wendehack las puertas en Caracas, donde irá a realizar gran cantidad de obras, empezando por una serie de casas-modelo para la venta en el propio club, con cinco tipologías que eran todas variaciones de un mismo tema, en torno siempre a una torre cilíndrica. De allí pasará a diseñar otras casas memorables que van desde el neotudor de la quinta Peña Viva y el neo normando de la quinta Barberenia, pasando por el art déco del edificio Planchart & Cía. y el neohispano de su otra gran casa club caraqueña, la del Valle Arriba Golf & Country Club.

Varias de estas residencias, especialmente en el CCC, se vieron magníficamente culminadas por el diseño interior que realizaría a partir de 1933 la grande dame de la decoración americana, Sister Parish, otra nativa de Nueva Jersey con oficina en Nueva York (Parish-Hadley Associates) que alcanzó la fama al decorar la Casa Blanca para Jacqueline Kennedy en 1960. Parish se caracterizaba por ser divinamente profesional y por hacer interiores en un estilo de casa de campo inglesa, donde «(…) lo más importante eran la permanencia, el confort y la sensación de continuidad en el diseño y en la decoración».24 En las seis décadas en las que trabajó para innumerables clientes ―venezolanos también―, Parish se convirtió «en la más famosa e influyente de todas las diseñadoras de interiores vivientes» de su época.25 Así, de la mano de Wendehack y Parish, ambos tradicionalistas dándole forma a la vida moderna, varias espléndidas casas caraqueñas -inluyendo nuestra propia Casa Club, cuya decoracion original se le atribuye-, pudieron alcanzar a tener casi tanta integridad… como si fueran personas.

Aymar Embury II (f. Wikipedia).

V. Aymar Embury II
(Nueva York, 1880-Southampton, Long Island, 1966)
Quinta Yavi o La Ciénaga (años cuarenta-2002). Calle Los Chaguaramos, Caracas Country Club, Caracas.


Portal de la quinta Yavi (f. 1952. Archivo Fundación de la Memoria Urbana).

  Quinta Yavi. Vista desde el sur (f. 1952. Archivo Fundación de la Memoria Urbana).


Cattleya, Detalle del portal del edificio Phelps en la Avenida Urdaneta (f. Frank Alcock, 2017).

Edificio Phelps (década de los cuarenta). Avenida Urdaneta, Caracas.

Cuéntase del arquitecto Aymar Embury II que a veces «mostraba poca paciencia con los modernos». Efectivamente, en una entrevista de 1938 afirmaba: «(…) Modernistas (…) creen que la esencia de su trabajo es hacer algo que no ha sido hecho nunca antes. Dejan fuera toda ornamentación porque, según dicen ellos, los ornamentos no ayudan a la estructura a hacer su trabajo. Yo supongo que algunos de estos arquitectos no usan ni corbatas ni botones cuando se visten».26 Si hay alguien en la historia de la arquitectura moderna que podía darse el lujo de hacer esa aseveración con creces era el elegante Embury: su carrera la hizo con éxito incomparable, tanto como Society Architect, siendo uno de los principales arquitectos especialistas en residencias campestres, iglesias y casas club, todas marcadas por su personal estilo clásico en los años veinte, como en sus otras dos vidas profesionales paralelas.

Fue el arquitecto jefe de obras públicas favorito de Robert Moses en el Departamento de Arquitectura WPA del Departamento de Parques de Nueva York, en el Port of New York Authority y en el Triborough Bridge Authority, supervisando el diseño de más de seiscientos proyectos públicos en esa ciudad durante los años treinta ―¿quién podría olvidar su delicioso Central Park Zoo?― y fue un ingeniero civil célebre en el mundo de las monumentales estructuras de hierro de la época, premiado en siete oportunidades distintas por el American Institute of Steel Construction, por hacer el más bello puente del año, entre ellos el estilizado Henry Hudson Bridge sobre el río Hudson.

Embury se graduó en 1900 de la Universidad de Princeton como ingeniero civil, recibiendo un año más tarde una Maestría en Ciencia. En esa facultad dio clases de arquitectura hasta que estableció su práctica profesional en Nueva York. Es aquí donde reside la clave de su doble personalidad como refinado maestro del clasicismo moderno arquitectónico e ingeniero, creador de formidables infraestructuras. Embury empezó trabajando para Cass Gilbert, el beauxartiano autor del edificio Woolworth. Gilbert, arquitecto de rascacielos, era el artífice de la combinación entre la tecnología constructiva más avanzada de su época y la sabiduría ancestral de la arquitectura, madre de las bellas artes. El humanismo gilbertiano se refleja en la actividad literaria que Embury cultivó toda su vida como editor de la revista The Mentor, como crítico de revistas y autor de muchos libros.28 Pero sobre todo, se refleja en su arquitectura: clásicamente monumental, apacible, bien plantada y dorada de detalles decorativos de exquisita filigrana. 

Algo de esta sabia combinación ―y de la belleza del Woolworth― queda en Caracas en el portal del edificio Phelps. Obsérvese nada más la reja en el centro del monumental arco de piedra: una verdadera tapicería de hierro recamada de orquídeas venezolanas. En la otra obra que llega a Caracas, la quinta Yavi en el Caracas Country Club, encontramos también referencias a las bellas estructuras apaisadas con arcos típicas de la obra de Embury, especialmente rezagos del dulce ayuntamiento blanco de East Hampton, Guild Hall.29


Josep Lluis Sert  (f. Fred Stein, 1953. Alamy.com).

VI. Josep Lluís Sert (Barcelona, 1902-1983)
Plano Regulador de Caracas (consultor de la Comisión Nacional de Urbanismo, junto a Robert Moses, Francis Violich y Henri Prost, Jacques Lambert & Maurice Rotival, 1951). Caracas.           
Proyecto de Casa Carrillo Batalla (para Francisco Carrillo Batalla, con Paul Lester Wiener, Town Planning Associates, 1952). Avenida principal, Caracas Country Club, Caracas.



  Alzado principal.  Casa Carrillo Batalla (f. Abril, 1952. Harvard Library Imaging Services).


Plan de la Ciudad Universitaria de Caracas (consultor, con Carlos Raúl Villanueva, años cincuenta). Caracas. 
Luego de conocer por largo tiempo la presencia planificadora en Venezuela del «más famoso de los arquitectos españoles modernos» ―naturalizado americano en 1951, y desde 1953 por dieciséis años decano de la escuela de diseño de Harvard―, Josep Lluís Sert i López, es una alegría poder develar una obra suya ―no construida― para los anales de la arquitectura moderna.30 Proyectada en 1952 para un terreno en la avenida principal del Caracas Country Club ―obra de Olmsted Brothers―, esta casa es el único proyecto arquitectónico de Sert en la capital. Fue diseñada para su socio en la mayoría de sus proyectos venezolanos ―y de Paul Lester Weiner, en Town Planning Associates―, el ingeniero Francisco Carrillo Batalla, integrante de la Oficina de Planificación y Vivienda junto a Carlos Guinand Baldó y Moisés Benacerraf, arquitectos y urbanistas creadores de las modernas "New Towns" del Valle del Orinoco, Ciudad Piar y Puerto Ordaz, así como de la Unidad Vecinal La Pomona en Maracaibo. 31

1952 es el año del diseño de la Casa CB. Ello la convierte en la antecesora directa de la celebrada vivienda de tres patios que el arquitecto catalán/norteamericano hiciera para sí mismo en Cambridge, Massachusetts: la Casa Sert (1958). Es esta obra caraqueña, por lo tanto, el eslabón perdido venezolano de la saga mediterránea del GATCPAC,32 el grupo de arquitectos españoles fundado en 1931 que abogaba por «(…) una arquitectura del sur, específicamente de la isla de Ibiza, inspirada en lo vernáculo, atenta al clima, a los materiales locales y a las necesidades reales de la gente».33

Las raíces en la tradición de esta obra, con sus cuatro y luego tres patios internos ―hay dos versiones del proyecto―, su luz filtrada, su apariencia austera y su escala humana, muy vinculada a la arquitectura de Le Corbusier ―con quien Sert había trabajado luego de graduarse en 1929―, y a la vez, su lenguaje moderno de formas y volúmenes sencillos, su toit-jardin, sus bóvedas y celosías de concreto y sus pórticos con pilotis, se hubieran adaptado perfectamente a Caracas. Y a su vegetación. En la Casa CB, varias palmeras asoman en los íntimos patios porque, como dijera Sert «(…) el elemento vertical de la palmera es también un factor arquitectónico».34 Como hará más tarde en Cambridge, Sert en Caracas concibe la casa como una célula que puede crecer. Así vemos que esta es dos viviendas en una, «(…) como unidades que se añaden para formar una especie de núcleo urbano».35 En el segundo piso, la expresión arquitectónica también anuncia sus proyectos futuros más formalmente expresivos, como por ejemplo la Fundación Maeght (1964).

Es bueno recordar que la huella de Sert quedó en Caracas indeleblemente grabada en el Plano Regulador del 51 y en los consejos que diera a su amigo Carlos Raúl Villanueva durante la construcción de la Ciudad Universitaria de Caracas. Pero son hoy los dibujos inéditos de este par de hojas de papel, largamente conservados en los archivos de Harvard University, el verdadero regalo para nuestra ciudad cuatricincuentenaria.


Maqueta de la Casa Carrillo Batalla (f. Victor Sanchez-Taffur, 2017-Docomomo Venezuela, 2017).



NOTAS
1. Tomado del catálogo de la exposición "Arquitectura Norteamericana en Caracas 1925-1975: Our architects", Docomomo Venezuela/Sala TAC, Julio 25-Octubre 15, Caracas, 2017.
2. Edgar Allan Poe. «Eldorado», The Flag of Our Union, Boston, 1849.
3. "Avatar". Miguel de Toro y Gisbert. Pequeño Larousse Ilustrado, Editorial Larousse, París, 1970: p. 118.
4. Esta idea se la debemos al arquitecto Frank Alcock San Román (Docomomo Venezuela). Caracas.
5. Docomomo Venezuela. Las ITALIAS de Caracas, Sala TAC, Caracas, julio-octubre 2013: http://docomomovenezuela.blogspot.com/2012/12/exposicion-exhibition.html
6. Docomomo Venezuela. Suite IBERIA: la arquitectura de influencia española en Caracas, Sala TAC, Caracas, julio-septiembre 2015:
http://docomomovenezuela.blogspot.com/2015/08/exposicion-exhibition.html
7. Jorge Villota Peña. «The hyper Americans!: Modern architecture in Venezuela during the 1950s», Texas Scholar Works, The University of Texas at Austin, 2014, y de: Lorenzo González-Casas. «Case studies. Nelson Rockefeller (1908-1979) in Venezuela. 1. Wallace Harrison (1895-1981): The Ávila Hotel. Modernity for import and export: the United States’ influence on the Architecture and Urbanism of Caracas», colloqui, Cornell Journal of Planning and Urban Issues, 11th edition, Primavera, 1996.
8. A la primera persona que le oímos decir esto fue al profesor Richard Plunz, Director del Programa de Diseño Urbano de la GSAPP de la Universidad de Columbia, cuando estuvo en Caracas conduciendo un trabajo junto al IREU (Instituto Regional de Estudios Urbanos) a fines de 1999. Ver: Richard Plunz, Michael Conard y Modjeh Baratlo. Caracas Litoral, Venezuela: New Urbanisms, Princeton Architectural Press, Princeton, 1999:https://www.amazon.com/Caracas-Litoral-Venezuela-NewUrbanisms/dp/1568984464
9. Robert Frost. America is Hard to See, The Atlantic, Boston, 1951.
10. Paul Auster. «Memory is the space in which a thing happens for the second time», The Book of Memory, The Invention of Solitude, Sun Publishing, Pawcatuck, Connecticut, 1982.
11. "A culture must be open to foreign influences if it wants to keep its own creative power alive". En: William Weaver and Damien Pettigrew. "Italo Calvino", The Art of Fiction N. 130, The Paris Review, Nueva York, 1992.
12. 13. Giovanna Massobrio y Paolo Portoghesi. Album degli Anni Cinquanta. Editori Laterza, Roma-Bari, 1977.
14. Hannia Gómez. «Olmsted en Blandín», Papel literario, El Nacional. Caracas, 2006; Asocountry (Asociación de Vecinos Urbanización Caracas Country Club AC), revista Entresocios; Venezuela Analítica, Noticiero Digital y The Urban Times:
http://hanniagomez.blogspot.com/2010/10/olmsted-en-blandin.html
15. Jim Kershner. «Olmsted Brothers in Spokane», Essay 8218, HistoryLink.org, julio, 2007: http://www.historylink.org/File/8218
16. Gerardo Mellior Toledo. «Charles Blair Mc Donald y el Caracas Country Club», revista Entresocios 74, Caracas, marzo-abril-mayo, 2017, pp. 36-37.
17. John A. Godley y William W. Kelly. «Charles Henry Banks (1883-1931)», Golf at Yale: the Players, the Team, the Course, Marvelwood Press, Yale University, New Haven, 2009: https://webspace.yale.edu/Yale-golf-history/Topics/ArchitectPages/Banks.htm
18. Testimonio de Frank Alcock San Román (Docomomo Venezuela). Caracas, 2017.
19. Frederick Law Olmsted National Historic Site: ttp: www.nps.gov/frla/home.htm
20. H. Gómez y Melanie Macchio. «Olmsted Brothers' Only Work in Venezuela at Risk», Landslide, The Cultural Landscape Foundation, Enero 3, 2012:
https://tclf.org/landslides/olmsted-brothers-work-caracas-country-club-threatened-redevelopment
21. "Clifford C. Wendehack", Durand-Hedden House and Garden Association, noviembre 1, 2010: https://www.durandhedden.org/archives/articles/clifford_c_wendehack
22. Clifford Charles Wendehack. Golf and Country Clubs: A Survey of the Requirement of Planning, Construction and Equipment of the Modern Clubhouse, William Helburn Inc., Nueva York, 1929.
23. Durand-Hedden House, Op. Cit., 2010.
24. Eric Pace. «Sister Parish, Grande Dame of American Interior Decorating, Is Dead at 84», The New York Times, septiembre 10, 1994:
http://www.nytimes.com/1994/09/10/obituaries/sister-parish-grande-dame-of-american-interior-decorating-is-dead-at-84.html
25. William Norwich. «Interiors», The New York Times, agosto 20, 2000:
http://www.nytimes.com/books/00/08/20/reviews/000820.20norwict.html
26.  "Modernists. . . believe that the essence of their work is to do something that has never been done before. They leave off all ornamentation because, they say, the ornaments do not aid the structure to do its job. I suppose some of these architects do not use neckties or buttons when they dress". En: Catherine W. Bishir, Charlotte V. Brown y William B. Bushong. Contributor: Audrey Moriarty. North Carolina Architects and Builders, A Biographical Dictionary: Embury, Aymar II (2014): http://ncarchitects.lib.ncsu.edu/people/P0005673.
27. "Aymar Embury, Architect, dead; Designer of Many Buildings and Bridges Here Was 86". The New York Times, Noviembre 15, 1966: http://query.nytimes.com/gst/abstract.html?res=990DE7D91330E43BBC4D52DFB767838D679EDE&legacy=true
28. Wikipedia:  "Aymar Embury II": https://en.wikipedia.org/wiki/Aymar_Embury_II
29. La relación de Aymar Embury II con la familia Phelps viene también de Princeton. Embury II decide regalarles a su amigo y compañero de campus William Phelps y a su futura esposa Kath los planos de su nueva casa en Caracas el día de su boda. Esta casa será como muchas  suyas, neocolonial, pero esta vez un neocolonial venezolano. Como un caso único de los arquitectos americanos que trabajaron en Caracas, Embury en la quinta Yavi -a petición de la señora Phelps-, reprodujo en la carpintería de hierro algunas de las rejas ya desaparecidas de las principales casas coloniales del Centro Histórico de Caracas. Esta hermosa casa revistió también su importancia por lo logrado de sus secuencias espaciales internas –las más majestuosas de la ciudad para su época-. Entrevista de Hannia Gómez a Kath Phelps en su casa, Caracas, 2002.
30. Anatxu Zabalbeascoa. «Sert, genial y contradictorio», El País, Madrid, marzo 6, 2005:
http://elpais.com/diario/2005/03/06/eps/1110094009_850215.html
31. Ver: Carrillo House. Sert, Josep Lluís, 1902-1983, Folder B051, The Josep Lluís Sert Collection: An Inventory. Harvard University Library: 
http://oasis.lib.harvard.edu/oasis/deliver/~des00010
32. Grupo de arquitectos y técnicos catalanes para el progreso de la arquitectura contemporánea.
33. María Lluisa Borràs, editora. Sert: Mediterranean Architecture, New York Graphic Society Ltd., Boston, 1975, pp. 5-7.
34. M. L. Borràs. Op.Cit., 1975, p. 11.
35. Wikipedia: "Josep Lluís Sert": https://en.wikipedia.org/wiki/Josep_Llu%C3%ADs_Sert





Publicado en: Catálogo de la exposición "Arquitectura Norteamericana en Caracas 1925-1975: Our architects", Embajada de los Estados Unidos, Sala TAC, GSAPP, Docomomo US y Docomomo Venezuela, Trasnocho Cultural, Caracas, 25 de Julio de 2017 y en Pluscuamperfecto, Entresocios, Caracas,Octubre, 2017.

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