jueves, 13 de septiembre de 2007

El país azul


Exposición Mundial de Lisboa 1998.

1. Edificios permanentes
La Exposición Mundial de Lisboa, la número cien de la historia y la última del siglo, está por abrir sus puertas el 22 de Mayo (1998). La capital inmemorial del Atlántico protagoniza una grave crítica urbana del lujurioso despliegue de su alegre antecesora sevillana que “sin tema” dejó una Cartuja plagada de maravillas arquitectónicas con las que nadie sabe qué hacer. La visión deprimente de la espléndida naos vacía del Pabellón de la Navegación fue demasiado: la referencia de la Expo ’98 es más bien a Barcelona ’92 y a la exitosa renovación urbana que permitieron las obras para los Juegos Olímpicos.
El reto fundamental es a la reconversión urbanística del degradado territorio (mil ochocientas hectáreas de vertederos y una patética suburbia). Un nuevo parque inmobiliario, promovido por una compañía llamada simpáticamente Expo Urbe, intenta hacer renacer esta periferia como un nuevo centro para la ciudad equipado por la propia Expo.
En Sevilla los pabellones fueron construidos por cada país participante; allí tuvimos el nuestro. Mas aquí todo ha sido construido por y para Lisboa. Como dice el arquitecto del Pabellón de Portugal, Alvaro Siza Vieira: “la exposición tiene un ambiente dado por edificios permanentes”. Comparándola con la experiencia de Barcelona (la más importante de este fin de siglo), la Expo ’98 nos luce casi tan sensata y ejemplar.
Y no menos hermosa. Los lisboetas (y los visitantes) contarán con una flamante colección de arquitecturas de vanguardia, entre ellas la transparente Estación de Oriente, diseñada por Santiago Calatrava. En el área internacional, los pabellones de los cuarenta países, en siete manzanas y setenta mil metros cuadrados, devendrán luego Centro de Exposiciones de Lisboa.
2. Magallaneros
En Septiembre de 1996 el Ministerio de Relaciones Exteriores convocó un concurso creativo sobre el tema de Venezuela en la Expo ’98. Se buscaban ideas para los contenidos, para un diseño gráfico y, además, para un pabellón. El jurado seleccionó al equipo de los arquitectos Ricardo González, Matías Pintó y Roberto Weil, que presentó con los requisitos un atractivo proyecto de arquitectura basado en el ciclo del agua.
La información real llegaría más tarde. Sabrían que el edificio para el pabellón ya estaba construido. Sabrían que nos tocaron tres módulos de 18 por 18 metros, en total novecientos setenta y dos metros. El espacio asignado es muy bueno: sobre dos avenidas que llevan al agua y una de las plazas interiores, entre Bolivia y Africa del Sur, diagonal a Japón. Durante todo el año el equipo se dedicó a rediseñar la arquitectura (vestigio del proyecto original), pero también a hacer el audiovisual y hasta la música: la mutación del proyecto tripartito de un edificio en el proyecto multimedia de un montaje.
La obra arranca este 28 de Febrero (1998). Ya han licitado las compañías portuguesas que lo construirán en el sitio. Los proyectos están recibiendo sus toques finales: Maciá Pintó y Pedro Sanz afinan el de los contenidos y la museografía; Miguel Noya y Wyzton Borrero terminan el del sonido, la musicalización y la acústica; Roberto Nunes con un equipo formado por Mateo Pintó, Roberto Ramírez y Roberto Sosa culminan el de diseño gráfico; Massimo Dotta finaliza el del audiovisual y la compañía C&M el electroacústico. Pronto embarcan para la tierra de los navegantes…
3. Curso de las aguas desde las fuentes hasta el mar
El país es azul: primero llueve, luego fluye, desemboca, se expande y finalmente se evapora. Una metáfora en metal y vidrio inmersa en una semi-penumbra “Soft-Tech”, cuyo recorrido total es de veinte minutos a través de tres salas en “L”.
La Sala de la Lluvia, en seis por cinco metros, será un literal “aguacero” de información. Un gran plano de referencia tipo valla luminosa la cerrará por un lado, mientras seis paneles de doble cara de vidrio superpondrán sus lecturas múltiples de los accidentes geográficos lindantes con las aguas. Luego el flujo caerá por una vertiente en la Sala del Río: un largo pasillo ritmado que se ha trabajado como dos orillas enfrentadas, del pasado (izquierda) y del presente. En una secuencia de dieciséis monitores suspendidos, las imágenes de la producción minera y energética se encadenarán como la soberbia corriente en movimiento de un río, en tanto que un largo plano de espejos la duplicarán con el “Saludo al Siglo XXI” de Alejandro Otero.
El caudal desembocará en la vasta Sala del Mar (diez minutos), manso vacío rectangular de treinta y dos metros de largo con una pantalla de seis de alto, y tres planos reflectantes, uno inclinado en el piso y dos laterales que reproducirán la profundidad marina (como en el Pabellón de Francia en Sevilla). El audiovisual mostrará el recorrido del agua por la geografía, “mas no como un documental”, sostiene Pintó, sino “como un ensamblaje donde la imagen está trabajada en términos plásticos”.
Finalmente, los visitantes se evaporarán de nuevo por la plaza de la Expo. Mas un espacio de información, que es como el envés arquitectónico de la Sala de la Lluvia, intentará recondensarlos, para que lluevan copiosamente sobre las suculentas publicaciones venezolanas que allí los esperan…


Pabellón de Portugal. Alvaro Siza Vieira (1998).

Publicado en: Arquitectura, EL NACIONAL. Caracas, Febrero de 1998.

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