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jueves, 10 de enero de 2019

La lira de Otero



1. Pedro Terán, Musa. Papeles Oterianos, Sala TAC, Trasnocho Cultural (f. Hannia Gómez, 2015).


 "Regiones del olvido".
Inocente Palacios.1

1. Musa
Una de las virtudes del arte conceptual es provocar al espectador a tener su propia experiencia a partir de los temas que le preocupan al artista, incitarlo a pensar, despertar en el sus propias impresiones. Esta fertilizante provocación, así, multiplica el efecto de su reflexión en la audiencia. Por lo tanto, no podemos sino trasmitir aquí el efecto personal que produjo en nosotros la exposición del artista conceptual Pedro Terán (Barcelona, 1943), titulada Musa. Papeles Oterianos, inaugurada el domingo pasado en la Sala TAC del Trasnocho Cultural.

El solo de tema del Anfiteatro José Angel Lamas, más conocido como Concha Acústica de Bello Monte (Julio Volante y Alejandro Otero, 1954), ya era suficiente para convocarnos. Toda la epopeya moderna de la urbanización Colinas de Bello Monte nos ha interesado desde siempre. Es una de las historias más importantes y significativas de la modernidad en Caracas, y con esta nueva prueba, vemos como su fascinación, a pesar del tiempo y de la ruina, sigue ejerciendo un poderoso influjo sobre los habitantes de la ciudad. Eso se lo agradecemos mucho, ya para comenzar, a Pedro Terán. Nombrando como musa a la concha acústica, honra exactamente la función que esta pieza urbana mantiene en la ciudad desde 1954 a pesar de su deterioro: la de fuente eterna de inspiración.



2. Pedro Terán. Musa. Papeles Oterianos, Sala TAC, Trasnocho Cultural (f. Hannia Gómez, 2015).

2. Lira
Mucho tienen los arquitectos y los urbanistas de magos y encantadores al centrar su arte en el manejo del espacio y de la forma. Es por ello que este anfiteatro al aire libre, enclavado en una idónea concavidad natural de las Colinas del sur (que ya en si misma convocaba al uso musical, proveyendo al apoyo acústico que solo puede dar una buena montaña), se convirtió en un imán ciudadano desde el mismo momento en que surgió su partido arquitectónico: el del tema y significado de la lira.

Si: una lira. Hagamos memoria urbana. La concha acústica tiene una planta en forma de lira, el instrumento musical que ancestralmente tañía Orfeo cuando iba por el mundo seduciendo a todas sus criaturas. No es casual que el proverbial amante de las artes y de la música que fue Inocente Palacios, lo hubiera dispuesto así. Hemos hablado alguna otra vez de cuán musical es toda la urbanización Colinas de Bello Monte (Antonio Lombardini, 1950).2 Pero lo más maravilloso es que en esta edificación moderna la arquitectura de Volante se une a la obra de Alejandro Otero para ofrecernos una lira de artes integradas que es a la vez un Coloritmo monumental. Ello nada mas vuelve a este bien cultural algo único en el mundo. Otero convirtió las gradas del anfiteatro -con sus bandas de mosaicos vitrificados de colores- en las cuerdas musicales más hermosas de toda la modernidad… y es pavoroso por ello, ver cuando Terán, en el aspecto más impactante de su exposición, el video Antropofagia, se devora uno a uno los mosaicos de colores de 1954, cual si fueran chocolates M&Ms.

Claro, el Coloritmo es solo perceptible desde el aire. Quizás por ello, ya que nuestras autoridades patrimoniales y municipales solo trabajan en tierra, es que no se han dado cuenta y no se avocan, por fin, a hacer la restauración según el proyecto original de este conjunto de integración de las artes, que es uno de los mayores orgullos de Venezuela. Como bien escribe Tahía Rivero en el texto que acompaña a la muestra de Terán, desgraciadamente la Concha Acústica forma parte también todavía del conjunto de obras que "el olvido y el deterioro ha ido consumiendo y están a punto de desaparecer completamente", como "una metáfora discordante de nuestra modernidad".3 

Sirvan las elaboraciones de Pedro Terán de nuevo Manifiesto para que recobremos para Caracas y el mundo estas modernas Topografías del sur, y para que la lira de Orfeo, o mejor dicho, de Otero, pueda continuar elevando desde el final de la Avenida Caurimare su música cristalina. 



 3. La lira de Otero (f. Coleccion Mobel siglo XX, 1950s).




NOTAS
1. Inocente Palacios. Regiones del olvido, Ernesto Armitano editor, Caracas, 1977.
2. Hannia Gómez. "El sueño caraqueño", EL NACIONAL, Caracas.
3, Tahía Rivero. Folleto de la exposición de Pedro Terán, Musa. Papeles Oterianos, Sala TAC, Trasnocho Cultural, Caracas, Mayo, 2015.



Publicado en: @ElNacionalWeb, Caracas, Mayo, 2015.

jueves, 21 de agosto de 2008

El traje del emperador

El traje nuevo del emperador (Hans Cristian Andersen).




Cuando éramos niños, mis hermanos y yo compartimos una indestructible colección ilustrada de cuentos compuesta de varios tomos que se titulaba Fabulandia. Tan fascinantes eran dichos libros, que ya no acierto a imaginarme a Sigfrido, por ejemplo, de otra manera que asomado a un acantilado en apretado escorzo, o a la Cenicienta que como una Simonetta renacentista pintada de perfil… Así como hoy (2001) no puedo, tampoco, acertar a ver las deplorables fachadas que les están montando por doquier a los pobres edificios de esta ciudad, sin dejar de pensar en aquel emperador sin traje del cuento que salía en Fabulandia.
 
No importa cuántos emperadores desnudos haya yo visto después: veo un edificio en trance de ser forrado con lajitas de ladrillo, e inevitablemente se me aparece el mismo monarca bonachón, barbudo bajito y barrigón, en trance de medirse el invisible traje que le sostienen con rufianes dedos dos sastres burlones. "¡Pobrecillo!" –siempre pienso- "¡cómo lo han engañado!". Me daba tánta pena aquel rey, vulgarmente desnudo cuando creía estar ataviado de la manera más rica… casi tanta pena como me dan ahora estas arquitecturas caraqueñas revestidas con el mediocre falso arquitectónico en su más reciente racha fashion. 

Nunca me hizo mella la moraleja del cuento sobre la vanidad humana, etcétera. Es más: la desnudez del emperador, en toda la crudeza de su lesa gordura revelada despiadadamente por las medievales interiores indumentarias, al hacerlo verse más que tonto, indefenso, me hizo siempre lamentar antes su realeza burlada que su vanidad escarmentada. En cuanto a los sastres, jamás supe muy bien si había que repudiarlos por el engaño o más bien maravillarse con sus magistrales argumentaciones y malabarismos mímicos de proto-Marcels Marceau.

Pero todo ésto es mucho más aleccionador en la ciudad. Helas allí, las reales arquitecturas, como emperadores viejos y desgastados, a todas luces necesitadas de traje nuevo, de algún remozamiento. Desgraciadamente, atrás quedó la época heroica de la historia cuando los sastres desgarraban toda tela, hasta las de las propias vestiduras, si no lograban expresar honestamente los materiales en las fachadas. La verdad constructiva era su Gran Ideal: hacer lo que fuera para expresar la dura piedra, los colores nacidos de las entrañas de un friso, la nobleza de la madera, la calidad portante de los ladrillos, que mientras más aplastados bajo su propio peso más hermosos lucían a sus honrados ojos.

Por casi dos siglos, desde principios del ochocientos hasta los ochenta en el siglo veinte -con la llegada del posmodernismo arquitectónico-, se celebró en toda fachada ininterrumpidamente el mito de la ligera “envolvente” que limita el espacio arquitectónico, y a la cual la estructura de todo edificio debe subordinarse como su soporte. Lo que hoy estamos sufriendo son las postrimerías de ese mito, las últimas deyecciones casi irreconocibles del mismo.

Tómese, por ejemplo, al más distinguido emperador de la Avenida Francisco de Miranda, el edificio Easo, hito de los cincuenta (pero también sirve cualquier arquitectura del valle de Caracas, porque por todas partes está pasando lo mismo). Resulta, señores sastres, que hay que hacerle un nuevo traje. Hace tiempo que su cincuentona envolvente se está desconchando, haciendo caso omiso de su antigüedad. Los mosaiquitos vitrificados que sobriamente lo recubrieron (y caracterizaron) por más de medio siglo ya no se  hacen  más aquí. ¿Qué hubieran hecho sastres más comprometidas con el mito solar de la ligera envolvente, y con el llamado “Principio del Revestimiento”, heredero de Gottfried Semper, quien reconocía al revestimiento y al color como los componentes esenciales de la calificación arquitectónica? ¿Qué solución hubieran ofrecido para vestirlo de nuevo?

Los más estrictos habrían seguramente desafiado todo “delito”contra la verdad de la estructura y expresado sus planos sin ambages: Adolf Loos habría dictaminado una vitrificada superficie blanca y azul sin suturas, mientras que Frank Lloyd Wright hubiera querido ver sutilmente tejidos los nuevos mosaicos en la superficie. Otros, más preocupados por lo sublime de la superficie de la envolvente, habrían, à la Otto Wagner, argumentado una subestructura para recibir limpiamente láminas de mosaicos; habrían, à la Josef Hoffman, orlado extensamente la superficie de las pequeñas aristas de éstos, o habrían, à la Josef Plecnik, jugado con la aparejadura muraria para lograr las viejas texturas iniciales. La verdad del revestimiento brillaría con toda la ligereza del ornamento, tal como le hubiera gustada a Louis Henry Sullivan, o como la evanescente cortina de mosaicos que seguramente habría recetado Hendrik Petrus Berlage…

Todos estos honrados maestros de la costura constructiva no habrían querido nada de cortinas colgantes de ladrillos, nada de procesos de anulamiento de las paredes como entidades constructivas, nada de barnices superficiales de última hora, fáciles, baratos, inscritos en la misma saga epidérmica y execrable de las granizadas de Kenitex de los ochenta y los curtain-walls de colores de los noventa.

Al ir a buscar el tomo de Fabulandia del cuento en cuestión para ilustrar esta columna, resulta que no apareció. Perdido como estaba, apelé a uno de mis hermanos para ver si se acordaba del dibujo. Y me dijo con exactitud: “tenía unas ridículas calcetas rojas que parecían estallar a la altura de la barriga, sostenidas por unos tirantes chillones amarillos y una sudadera blanca que parecía quedarle pequeña”. El, como yo, nos acordamos con cariño y con detalle siempre de los viejos emperadores. Nunca de los sastres ladinos de los cuentos.


Edificio Easo, Avenida Francisco de Miranda. Caracas, 1952 (f. "Torre Easo". Luis Romero R. Facebook "Caracas en retrospectiva").




Publicado en: Arquitectura, EL NACIONAL, Caracas, lunes 20 de Mayo, 2001.