lunes, 27 de agosto de 2007

Ortografía (I)

"H" que da inicio a la frase "He aquí el hato de Fajardo y la aldea de Losada..."
(Del libro Así es Caracas, La ciudad antigua.
Mendoza Neira, Plinio. Ministerio de Finanzas y Economía. Caracas, 1951).



No sé si por que uno como arquitecto tiende obsesivamente a topografiarlo todo, el habitar esta columna (si es que se puede habitar una columna) vuelve al periódico una completa geografía, a la cuarta página del Cuerpo C un recodo y, por ende, a las columnas cercanas vecindarios repletos. Quiere esa obsesión que, además de la pura envidia a la devoción, la continuidad y el esfuerzo, la columna de Alexis Márquez Rodríguez "Con la lengua", enclavada pocas galer(í)as más allá, la contemple como la fachada de enfrente. 

De tanto mirarla a través de la calle, se me hace que empiezo a reflejarla. Como decía el conde Francesco Algarotti en su carta del 4 de Septiembre de 1758 a Francesco María Zanotti: “Prefiero vivir en un palacio francés que frente a un palacio de Palladio”. 1 Uno de los mayores ideales arquitectónicos es habitar la prodigalidad y el confort propios siempre que se pueda tener vis-à-vis el arte clásico del lenguaje.

Así estaba yo un día, con el ojo avizor, revisando el invaluable Vocabulario básico de arquitectura, de José Ramón Paniagua a la búsqueda de hermosas voces viejas y nuevas de la lexicografía arquitectural.2  Ya estaba para terminar la
“O”, cuando tras orla, ornamento y ortogonal, apareció inesperadamente listada una palabra que yo nunca hubiera asociado con estos quehaceres: ortografía. Decía Paniagua: “Ortografía. También Alzado. Del latín orthographia = dibujo del alzado, perfil, elevación, procede del griego ortho = derecho, recto, y de grapho = escribir”. ¡Ortografía significando alzado! Al parecer fue Vitruvio quien, en el más antiguo de los tratados de arquitectura conocidos, Los Diez libros de la Arquitectura, rescatase este primordial significado: “La ortografía es la imagen del edificio puesto en pie y de frente, representándolo en las proporciones que tiene o que se proyectan para él”.3

No había terminado de salir de mi delicioso asombro cuando la siguiente revelación del Vocabulario multiplic
ó los alcances del descubrimiento. Para Vitruvio todo arquitecto “además del conocimiento de las cosas que pertenecen particularmente a la Arquitectura”, debe tener conocimiento de tres cosas fundamentales, a saber, en estricto orden: I. Escribir. II. El diseño, y III. La Geometría. ¡Antes que dibujar y geometrizar el arquitecto debe saber “Escribir”! Esto ya fue demasiado. ¡El viejo zorro! ¡Cuán insospechados los alcances de su obra! Los antiguos arquitectos, científicos del orden y de la armonía compositiva, de acuerdo al canon vitruviano, eran también los amos de las palabras, de las frases y de los textos, utilizando las figuras geométricas para diseñar ya fueran las letras del alfabeto o los capiteles de las columnas.

Al ir a comprobar los efectos de estas arcaicas ideologías en todo diccionario y prontuario que tuviera a mano, di con el viejo Diccionario de Autoridades publicado en Madrid en los tiempos de nuestro amigo Algarotti (1737).4 Allí se ratifica que “Orthographia significa recta escritura”, además de ser “el Arte que enseña a escribir correctamente, y con la puntuación y letras que son necesarias, para que se le dé el sentido perfecto, quando se lea”. La ambigüedad de la redacción, que podría aplicarse tanto a la arquitectura como a la escritura, habla de unos tiempos en que efectivamente ambas artes aún no estaban tan separadas (algo que ampliaremos en una próxima oportunidad). Una descripción orthographica en el siglo XVIII podía perfectamente ser la lectura de la fachada de un edificio o bien de la página de un texto. 

El diccionario Larousse contemporáneo escinde los significados, pero guarda para nosotros la decisión de mezclarlos. Allí, dícese ortográfico “todo aquello que está en ángulo recto”, por ende lo es toda proyección ortogonal en un plano vertical de una figura, un plano o una superficie cualquiera por medio de perpendiculares bajadas de sus puntos... 5  Empiezo a fantasear con alzados geométricamente impecables en horizontales planos reguladores que se extienden por cuadras, en cómo sería el uso arquitectónico de las grafías, en ideales calles y avenidas sin errores, y en todas las formas y saltos que podemos dar entre Gramática y Geometría. Tanto más, si en el Diccionario ideológico de la lengua española una “ortografía degradada” es una perspectiva, y otro de los sinónimos de ortografía es “proyecto”, cómo entonces no querer devenir en ortógrafos y profesar la regla invocando, como en la antigüedad, a la diosa de la Geometría, para con autoridad divina tachar con tinta negra los horrores en las fachadas de nuestras ciudades.6

La ortografía, al ser sinónimo en ambas artes, abre las posibilidades al ortógrafo de “regular el modo de escribir, dictando el uso normativo dentro de las palabras, así como la distribución de los signos de puntuación en la frase”. Nos da la potestad artística sobre las urbanas grafías de la B y de la V (qué se escribe con B, qué con V); las de la C y la Z (ver quiénes sesean y quiénes cecean en las calles); las grafías de la C, la K y la Q; de la R y la RR (quién puso una R de más); de la Y y la Ll; edificios con yeísmos; grafías de la H (mis favoritas) y de la M; grafías de la S y la X... En el largo texto vitruviano que es la ciudad se alinean encadenadas las parejas de páginas incorrectas o disparejas.
Ellas esperan por nosotros, sus nuevos autores, para purgar lo que está escrito en letra bastarda; chequear los signos ortográficos; cambiar los acentos; colocar las diéresis; ajustar los signos de puntuación. Poner punto a ciertas cosas demasiado extendidas; hacer una pausa con nuevas comas. Clamar por la ayuda de otros signos: interrogar y exclamar; dividir bien las palabras; ajustar las mayúsculas, reunir grupos de edificios consonánticos, y proteger a otros que deben escribirse juntos para siempre.

Pero sobre todo, para extirpar y proteger el texto urbano de los barbarismos, esos vulgares casos particulares que intentan suplantar con atrocidades las voces de Recta Escritura, como el que atenta al clavarle en medio al paréntesis proverbial del “Galipán” una mayúscula acristalada de inconfesable altura, cuando a todas vistas ese pasaje de la Avenida Francisco de Miranda ya tiene décadas de estar escrito correctamente. Ningún ortógrafo que esté armado de la Gramática de Bello o de Los Diez libros de la Arquitectura, puede permitir que se incurra en semejante, ignorante, vergonzoso, nuevo barbarismo. No estamos para faltas de ortografía. Caracas no es más una ciudad analfabeta.

Le devoir d´écriture. Albert Anker (1886).


NOTAS:
1. Algarotti. 1758. Daidalos.
2. Paniagua, José Ramón. Vocabulario básico de arquitectura.
3. Vitruvio. Los Diez libros de la Arquitectura.
4. Diccionario de Autoridades. Madrid, 1737.
5. Pequeño Larousse Ilustrado.
6. Diccionario Ideológico de la lengua española.


Publicado en: Arquitectura, EL NACIONAL. Caracas, (1997).

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