martes, 18 de septiembre de 2007

Ortografía (III)

Roma, la ciudad que Leon Battista Alberti dibujó.

I. La maldición de Agatodemone
Dícese que en la oscuridad de los tiempos el más g
rave peligro que aguardaba a los viajeros no eran ni los sanguinarios beduinos acechantes tras un despeñadero, ni la aparición fortuita de venenosos áspides o profundas arenas movedizas, sino aquél que se encontraba allí, muy cerca, justo en las alforjas de la cabalgadura, enrollado en un manoseado pergamino: en la propia carta geográfica.
Ya desde los confines de la historia los viandantes llevaban consigo planos para disuadir los avatares de la ruta y ayudarles a calcular las
distancias... mas en virtud de haber tántos peregrinos por todos los rumbos, y al necesitar todos ellos información, empezaron a circular innumerables copias de manos de los amanuenses de aquellas primeras cartas confiables.
Cada pequeño error de un copista, magnificado en cada nueva reproducción, hacía que peligrosamente se rodasen los puntos que marcaban las distancias. Dudar hasta de cada oasis, del curso de los ríos, de la ubicación de las montañas y de los puestos militares y, aún peor, de la posición de los peligros del camino, iría pronto en contra de la cartografía ilustrada. De Persépolis a Cartago podía haber una sola distancia, pero en el mundo de las discrepancias cartográficas, demasiados planos. Muchas veces se salía mejor p
arado preguntando a un viandante...
Las deformaciones de las cartas de la antigüedad fueron evadidas por los grandes geógrafos como Strabone o Tolomeo. Este último, en los ocho tomos de su "Geografía", llegó al extremo de no incluir ninguna carta, y mucho menos una imagen. Tol
omeo sostenía que los mapas debían ser redibujados cada vez a partir del texto. Es lo que los historiadores han llamado “el problema tolemaico de la imagen”.
El no haber dibujado nunca una carta geográfica no impidió que apareciesen las “interpretaciones” apócrifas de su obra. Hay quienes han atribuido todas las ilustraciones de la Geografía de Tolomeo a un cierto oscuro Agatodemone, de quien se decía que “dibujó todo el mundo” y que habría vivido quizás en el siglo V (tres siglos después de Tolomeo). Este primer copista transfirió los dibujos de Tolomeo de rollos de papiro a códices en pergamino, modificándolos libremente para adaptarlos al
nuevo formato. Nos podemos imaginar lo que aquella primera liviandad suya produjo en términos de desaparecidos en el desierto. La maldición de Agatodemone iba a reinar sobre el globo hasta la invención de la imprenta.


II. Iconofobia
El terror geográfico, sin embargo, redundó en dos co
sas positivas: en la proliferación en el mundo antiguo de una serie de cartas fijas que se consultaban in situ, y en la “geografía contada”, o por decirlo así: escrita y no pintada. Ejemplares únicos como la “Carta de Agrippa”, especie de relato de viajes pintado sobre un muro, o la famosa Forma Urbis Romae, un retrato de piedra de Roma que tenía una superficie de trescientos metros cuadrados, incisa sobre lajas de mármol, son los casos extremos de esas cartas inamovibles que nadie podía alterar... De la ilustre tradición iconofóbica geográfica, ya en el Renacimiento, va a alimentarse una de las más maravillosas creaciones de Leon Battista Alberti: la “Descriptio Urbis Romae” (1443), el retrato albertiano de la Roma del cuatrocientos.
De este breve texto latino da cuenta Mario Carpo en una revista que acaba recientemente de aparecer (1998) editada en Florencia, “Albertiana” (Sociedad Internacional Leon Battista Alberti; Vol. I. Leo S. Olschki Editore, Florencia, 1998, págs. 121-142) 1. Allí nos cuenta cómo Alberti, necesitado de “retratar a Roma” por medio de un método distinto al isométrico que se usaba desde el Medioevo, inventa la llamada “planta ur
bana iconográfica”, o lo que es lo mismo: ortográfica. Este invento suyo es crucial para la historia de la topografía urbana. Alberti describirá una planta de Roma levantada con instrumentos matemáticos: “la ciudad se representaba como existe métricamente sobre el terreno. Alberti decide utilizar una planta en proyección ortogonal e inaugura su uso moderno para la representación topográfica o geográfica”.

III. El plano perdido
La “Descriptio Urbis Romae” es, paradójicamente, un retrato urbano sin imagen. Leemos el texto, pero no vemos la carta. Su retrato, si se quiere, es virtual. El sueño de Tolomeo. Este plano perdido ha sido un dolor de cabeza para los estudiosos por años. Nunca ha aparecido, ni se cree que aparecerá. Para elaborarlo, Alberti siguió al pie de la letra la definición tolemaica de la geografía (“por medio de líneas y de simples anotaciones la geografía fija la posición de los puntos y dibuja trazados generales”), pero, lo que e
s más importante, “aplicó el método geográfico tolemaico a la descripción de una ciudad”. Es así su primer geógrafo, su primer escritor científico, su primer topógrafo racional.
Mientras que para Tolomeo la descripción de u
na ciudad pertenece no a la geografía, sino a la corografía, y debe ser resuelta con métodos corográficos, es decir, más o menos, pictóricos (“la corografía debe pintar una verosimilitud, y es obra del pintor”), Alberti quiere describir la ciudad en términos matemáticos -es decir, en planta y a escala, y no en perspectiva-. La grandiosidad de su aporte consiste en que intentó transportar los métodos cartográficos de la geografía tolemaica de las cartas terrestres a la pequeña escala de la descripción de una ciudad. La Descriptio es una geografía urbana. Es, además, el más importante texto alfanumérico no analógico hecho para describir la ciudad previo a la invención de la imprenta.
Cuando en la Roma del Quattrocento nadie quería perde
rse, Leon Battista Alberti dibujó la carta que indicó el camino.

Placa con el retrato de Leon Battista Alberti. National Gallery of Art, Washington.

NOTAS:
1. Carpo, Mario. Descriptio Urbis Romae: Ekfrasis geográfica y cultura visual en el alba de la revolución tipográfica. Albertiana. Sociedad Internacional Leon Battista Alberti; Vol. I. Leo S. Olschki Editore, Florencia, 1998, págs. 121-142).

Publicado en: Arquitectura, EL NACIONAL. Caracas, 1998.

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