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jueves, 21 de abril de 2016

Humano



1. Michael Graves. Alzado sur del puente del Fargo-Moorhead Cultural Center, proyecto. Fargo, North Dakota, Minnesotta, Estados Unidos (1977).


"Veo a la arquitectura no como  lo hizo Walter Gropius,
como una empresa moral, como la verdad, sino como invención,
de la misma manera que la poesía o la música o la pintura es invención".
Michael Graves.1

1. In Memoriam: Michael Graves (1934-2015)
El año pasado, The Architectural League en Nueva York organizó un simposio titulado "El Pasado como Prólogo" para rendir homenaje a los cincuenta años de práctica del arquitecto americano Michael Graves.2 Con él mismo participando en la discusión, críticos, profesores y amigos se dieron a la tarea de analizar las influencias que su obra ha tenido sobre las disciplinas de la arquitectura y el diseño. Su lamentable desaparición la semana pasada a los ochenta años de edad nos ha puesto a nosotros, también, como si estuviéramos participando en aquel simposio: en la circunstancia de recordar y valorar una obra notable y controversial que sin duda cambió el curso de los acontecimientos en la historia de la arquitectura del siglo veinte.

Personalmente, Graves era un arquitecto que nos atrapó por sus obras de arquitectura Neo Cubista, de cuando era uno de los Five Architects (quien podría olvidar la Rockefeller House (1969) o la Mezzo House (1973), tan cercanas siempre a la pintura (como toda su obra), y por sus siempre hermosos dibujos.3 Eran los tiempos cuando la "arquitectura de papel" era tan fuerte y tenía tanto impacto en el universo físicamente construido como lo tiene la literatura en el mundo (otro de los temas del debate en 2014 era "Drawing As Thinking"/"El dibujo como pensamiento"). Sus inolvidables creyones sobre finísimo y amarillo papel de croquis o las plumillas de línea trémula que una vez se inspiraron en las de Le Corbusier, nos emocionarán siempre.

El tiempo que ha pasado quizás haga que muchos tengan a Michael Graves hoy simplemente como uno de los padres del Posmodernismo, autor del quizás máximo exponente de dicha corriente arquitectónica, el debatido Portland Building (1980), en Portland, Oregon. Pero esa es la historia de la arquitectura vista a grosso modo. Graves, quien en 1961 viajara a Roma para intentar buscar respuesta frente a la aburrida arquitectura moderna que estaba llenando de cajas insípidas los paisajes del mundo, regresó para intentar "hacer un caso por la arquitectura figurativa" y recuperar para la modernidad el mito, la forma, la simbología, el ornamento y el color. En unas líneas que nos recuerdan mucho a Gio Ponti, dijo: "el efecto acumulativo de la arquitectura no figurativa es el desmembramiento de nuestro anterior lenguaje cultural arquitectónico. Lo cual no es tanto un problema histórico, sino uno de continuidad cultural".4

Fueron necesarios esos edificios suyos tan formalistas para que se rompieran todas las cajas de una modernidad que -según su modo de ver-, solo tenían como metáfora única a la máquina. De allí la importancia que predicaba especialmente en su actividad docente, de reintroducir la "necesidad figurativa" en todos los elementos de la arquitectura, a fin de recuperar las otras formas de invención que la pasión por el abstraccionismo en la modernidad habían erradicado de la disciplina. 




2. Michael Graves dibujando en Roma en 1961 (f. Michael Graves Architecture & Design via www. archleague.org).


2. Paisajes alternativos
Hoy nos encontramos aquí, tristes por su partida, de nuevo contemplando sus dibujos. Sobre todo, aquellos para el proyecto del puente del Fargo-Moorhead Cultural Center (1977), de enigmáticas formas monumentales, o para el Humana Building (1982), con su gran balcón en voladizo y sus pórticos altísimos, tan evocadoramente italianos, una torre que se construyera efectivamente y dejara el papel luego de ganar un concurso convocado en la ciudad de Louisville.

Sin esta arquitectura multicolor que redefinió el modernismo, no hubiera sido posible, como bien lo expresara Robert Ivy, CEO del American Institute of Architects, la riqueza multi-moderna que hoy disfrutamos en la mejor arquitectura contemporánea.5 Un día de 1983 tuvimos la suerte de estrechar su mano en la inauguración de una exposición suya en la legendaria galería de arquitectura  Jaap-Rietman de Nueva York. Michael Graves, el hombre que re-humanizó con sus "paisajes alternativos" a la arquitectura moderna. Farewell.


 3. Michael Graves, 1934-2015 (f. DPL Archives Michael Graves photo by William Taylor).




NOTAS
1. "I see architecture not as Gropius did, as a moral venture, as truth, but as invention, in the same way that poetry or music or painting is invention". Michael Graves.
2. "Past as Prologue: Michael Graves", The Architectural League/Parsons School of Design, New York City, 2014: http://archleague.org/2014/11/michael-graves-past-as-prologue/
3. Five Architects: Eisenman, Graves, Gwathmey, Hejduk, Meier, Oxford University Press, New York City, 1975.
4. Michael Graves, Buildings and Projects 1966-1981, Rizzoli International Publications Inc., New York City, 1982, p. 13
5. @robertivy: "From towers to teapots, Michael Graves left a colorful mark": http://video.pbs.org/video/2365443125/ …




Publicado en: Opinión, @ElNacionalWeb, 17 de marzo, 2015: http://www.el-nacional.com/noticias/historico/humano_69357



viernes, 21 de septiembre de 2007

¿MoM(i)A?


Ampliación del Museo de Arte Moderno de Nueva York. Fachada sobre la Calle 54. Yoshio Taniguchi (f. © 2005 Timothy Hursley).




Los arquitectos hemos vuelto a adquirir la costumbre de vestirnos de negro. El éxito de este nihilista uniforme ha radicado siempre en la directa trasmisión de su mensaje: “Yo soy el arte”. Su inmediata obtención de la elegancia es tal que todos conocemos con qué furor lo ha abrazado la moda. De negro. Es parte del dogma.

Hemos hecho acto de contrición: volvemos a ser modernos. No importa si nuestras propuestas son débiles, si nuestros edificios son inextricables, si nuestras ciudades desaparecen por nuestra causa: debemos “lucir” como la vanguardia y nos cubrimos de un plumaje de cuervos agoreros. El origen de este fenómeno fue explicado insuperablemente por Tom Wolfe en dos libros extraordinarios, The Painted Word, de 1975, y From Bauhaus to Our House, de 1981, en los que cuenta cómo se inició el proceso de transferencia entre una arquitectura y un arte desnudos, impersonales y altamente abstractos, y la civilización a la que servían, y de cómo el Museo de Arte Moderno de Nueva York (MoMA) se convirtió, desde entonces, en el templo máximo de la “nueva religión”: el Sancta Sanctorum de los “ensotanados”.1.2.

La predilección por las abstractas vanguardias europeas marcó al museo. Todos sabemos cuánto tiempo pasó antes de que se le hiciera una retrospectiva a Frank Lloyd Wright, el más grande arquitecto americano. Hoy vemos repetirse esta purista actitud de desprecio cultural. En tiempos en que el Pritzker Prize llega a la Casa Blanca para ser otorgado a Renzo Piano (“¡Oh, anatema!”, exclamaría Wolfe), sutil artífice de las transparencias comprometidas con el contexto y la tecnología, vemos cómo la institución, por su parte, adelanta su empresa de mayor envergadura dentro de la saga que dilucidara Wolfe: va a construir su ampliación (1998). Todo el proceso del concurso internacional se mantiene dentro de los márgenes de lo que oficialmente se considera “de vanguardia” -por no decir seguro-, afanándose básicamente por proyectar una imagen “chic” (“Drop-dead elegant”, según The New York Times).

Uno se detiene ante la exposición “Repensando lo moderno: tres posiciones para el Museo de Arte Moderno”, boquiabierto. En la maqueta del proyecto ganador, del desconocido arquitecto japonés Yoshio Taniguchi, se puede apreciar cómo éste, para hacer las nuevas galerías de exhibición, demuele olímpicamente dos brownstones y el ultra-neoyorquino Hotel Dorset, todos edificios de noble arquitectura local e irrepetible.

No contento con acabar con un buen porcentaje de la armónica Calle 54, ya hace tiempo decretada Monumento Histórico por la New York Landmarks Commission, Taniguchi recubre de piedra negra los dos largos bloques que contendrán el jardín de esculturas de Phillip Johnson de 1952, un poco a lo restaurante de sushi o, mejor, como un nuevo “Whitney-On-The-Block”,
cuadriculadamente negro. El dice que aún le falta “imaginar el detallado”, pero nosotros sabemos que no hay detallado que enmascare una bobería.

Se preguntaba Wolfe en el año 81: “Oh bellos, cielos espaciosos, ondas granadas de ámbar, ¿ha existido jamás otro lugar sobre la tierra donde tánta gente de dinero y poder haya pagado y aguantado tánta arquitectura que detesta, como hoy en día dentro de vuestros benditos límites?”. Yo le diría que sí: Nueva York, pero en el año 98. Puede que internamente se hayan logrado significativas mejoras en el funcionamiento, pero la actitud sobre la cuadra de Taniguchi -con un muy apropiado nombre de mascota virtual- y del propio MoMA es tan inconteniblemente barbárica como lo fueron las de los proyectos modernos que destruían urbes en los años sesenta.

El MoMA, antes que propulsar una expresión de lo verdaderamente contemporáneo, como sí lo son, por ejemplo, los hermosos “procesos transparentes” de Renzo Piano, está anquilosado en una imagen del pasado. Del pasado moderno. Aún más, al premiar este diseño se acerca más al abominable Whitney, destructor de Books & Co. y de la vida cultural de su vecindario, que a la infalible e impecable institución que, en 1939, contrató a los dos más idóneos arquitectos, Phillip Goodwin y Edward Durrell Stone, para que construyeran un museo modelo, hoy propuesto por Taniguchi como patio de fondo.


Luis Fernández-Galiano escribió en El País que con el ganador de este año el Pritzker merece más la consideración de “Nobel de la Arquitectura”, porque “además de premiar la imaginación técnica y la destreza constructiva, también eleva el anonimato coral de una arquitectura que rehúsa el protagonismo narcisista”. Todo ésto es claramente irreconciliable con la actitud asumida por el “templo”, que pidió sesenta y cinco millones de dólares a su ciudad para luego destruirle dos calles con una pretenciosa operación estética. 

Hay modernidades de modernidades. Mas la nueva vanguardia consiste en el arte de esgrimir, no el traje del emperador, sino, como dijo Richard Ingersoll, un “respeto estilístico por el lugar”. Hay que “recuperar la complejidad de los lugares urbanos”, afirma el nuevo Pritzker. La ciudad en el próximo siglo no se banalizará. ¿Habrá aún tiempo para que el MoM(i)A lo entienda?




"Por muchos años, el aviso de Hotel Dorset se veía desde el patio de esculturas del Museo de Arte Moderno".



NOTAS
1. Tom Wolfe. The Painted Word, 1975.
2. T. Wolfe. From Bauhaus to Our House, 1981.



Publicado en: Arquitectura, EL NACIONAL, Caracas, lunes 4 de Mayo de 1998; arqa.com,
http://1999.arqa.com/columnas/hanniag4.htm