miércoles, 18 de abril de 2007

Procesión entre monumentos

Las Siete Iglesias de Roma, grabado de Antoine Lafréry (1575). Muestra las viejas murallas de Roma y los siete templos que eran objeto del peregrinaje.

De cruces, tabernáculos y templos.
En medio de la fiesta del teatro, es tentador hablar de las procesiones de Semana Santa como Theatra Sacra en marcha, de cruz en cruz, por las esquinas del damero. Pero preferimos remontarnos a cuando los que salían en procesión no eran las imágenes, sino los peregrinos, y cuando los monumentos cuya visita proveía la Indulgencia Divina no estaban dentro de las iglesias, sino que eran las iglesias mismas.

1. La cabalgata

Dos jinetes cabalgan a campo traviesa. Galopan por la desordenada campiña, atravesando huertos, sorteando muros crecidos de vegetación, avanzando entre pantanos, valles y colinas. El terreno es azaroso y los caballeros brincan sobre sus cabalgaduras cada vez que éstas tropiezan. Caracolean para sortear las piedras, trozos de mármol que por millares afloran de la comarca. Rodean cada capitel, saltan sobre dinteles y bóvedas caídas, recorren los vastos pedazos rotos de termas, baños y foros.

Los dos hombres se detienen a cada paso, y hacen inteligentes observaciones. Conversan animados sobre las ruinas de la antigüedad atravesadas en el camino. Así, se les ocurren muchas, muy útiles y hermosas discusiones “sobre todas las artes y todas las industrias”.

Vasari y Miguel Angel sonreían complacidos por la feliz idea que tuviera el Papa. Su Santidad, Sixto V, “en toda su bondad”, esa mañana les instó a partir a caballo para hacer el Circuito de Roma. Si visitaban las Siete Iglesias votivas dispersas en el gran y caótico espacio abierto de la ciudad, él les aseguraba para sus almas la Indulgencia Divina Plena y Eterna solo posible en aquel Año Santo de 1560, año del Santo Jubileo.

Habían salido de San Pietro in Vaticano, donde Miguel Angel
adelantaba la construcción de la nueva cúpula. La cabalgata siguió durante un largo rato antes de alcanzar su primera parada, Santa María Maggiore. Roma se les abría como un camposanto. Los restos de la congestionada y amontonada ciudad ocupaban cerca de un tercio del espacio dentro de las viejas murallas aurelianas. De allí, enrumbaron sus caballos hacia San Lorenzo fora di mura; luego a Santa Croce in Jerusalem, de allí a San Sebastiano, a San Giovanni in Laterano y, finalmente, hasta San Paulo. Atardecía cuando completaron los siete monumentos indispensables para cumplir la tarea sagrada.

Ambos recibieron en compañía el perdón de todos sus pecados. El Papa había logrado también lo que quería: hacerlos experimentar el caos urbano de la ciudad. Todo el día, mientras los dos ilustres caballeros iban de una iglesia a la otra, fueron sintiendo lo que sufrían las decenas de millares de peregrinos que ese año se movían entre los monumentos buscando recaudar la gracia espiritual. Las masas de peregrinos hacían las siete iglesias amontonados en filas zigzagueantes y desordenadas, que se tropezaban a su penoso paso con todo accidente arquitectónico y topográfico, sin orden ni concierto. Una ciudad así no podía clamar ser la sede de la Cristiandad.

Giorgio Vasari dejó para la posteridad el recuento del paseo en sus Vidas Ilustres.1 Miguel Angel, como autor del Campidoglio, el único diseño contemporáneo en toda Roma de un proyecto urbano que relacionaba a varias edificaciones, tuvo acceso a influir en la transformación monumental que desencadenaría Sixto V, y en los proyectos que se emprenderían. Pronto vendrían otros jinetes peregrinos, los arquitectos Domenico Fontana, Carlo Maderna, Gianlorenzo Bernini. Los autores de la reconstrucción de Roma. Los padres del naciente urbanismo barroco.

2. Meditación en el Lazio
Sixto V vivía en una villa en las cercanías de Santa María Maggiore. Allí pasó muchos años de frustación como un cardenal renegado e ignorado por papas hostiles. Día tras día, apostado en su ventana abierta sobre el templo, apreciaba el martirio del movimient
o caótico de la romería, que por sus meandros, no permitía que los romeros, como se les llamaba, se llevasen ninguna secuencia claramente organizada ni tuvieran impresiones arquitectónicas memorables. ¿Cómo se podría hacer para regenerar tan desordenada situación?

En Roma yacían tirados cuatro monumentales obeliscos que los romanos habían traído desde Egipto. Al cardenal se le ocurrió que era posible recogerlos. Y plantarlos como puntos en el espacio, para marcar el recorrido. Uno delante de cada monumento. Se tensarían las líneas de fuerza, se establecería entre ellos un sistema de movimiento. Cuando fin
almente fue electo papa en 1585, sólo tendría cinco años para actuar, pues moriría en 1590. Su enfoque urbano, completamente nuevo, proveyó la estructura de diseño básica para amarrar fuertemente las partes críticas de la ciudad. La idea de orden fue implantada para siempre.

El Papa jamás imaginó el poder ni los alcances de su idea: había llevado a la ciudad la tensión creativa del barroco. Sus ideas le iban sobrevivir con creces. La controlada secuencia espacial cambió la imagen visual de Roma. Los grandes espacios urbanos de los templos, al ser parte de una experiencia secuencial controlada, catapultaron su fuerza individual. La arquitectura se empezó a perfeccionar, madurando, completando las ideas urbanas. Y la procesión de los peregrinos se regularizó, contenida y canalizada entre
monumento y monumento.

3. Salió el pueblo en procesión
Monumento es una palabra aparecida hacia el siglo IX que viene del latín monumentum, que significa conmemorativo, y monere, que significa advertir. Algo que sirve para exaltar a que se conserve el recuerdo. La palabra tiene dos principales: I. edificio público que conserva la memoria, y II. el altar que se construye el Jueves Santo para guardar el sagrario que se consagra en la misa ese día para los oficios de Viernes Santo.2

Las palabras son sabias. Es maravillosa la ambigüedad que arrojan sobre el significado de la tradición. Porque ayudan a no olvidar la historia. Especialmente en el caso del ritual de la "Visita de los Monumentos" de Semana Santa.

Como cuando Vasari y Miguel Angel, si aún hacemos el peregrinaje de siete monumentos, junto con el rezo de siete padrenuestros, siete glorias y siete avemarías, se nos promete la Indulgencia Divina y Plena. Una primera lectura implicaría que dichos monumentos no podrían ser sino siete iglesias, como entonces. Uno escoge entre los templos aledaños de su preferencia o devoción. El itinerario de las iglesias también podría orientarse por los santos que éstas resguardan: el domingo de Ramos, el Jesús en el Huerto, de la Capillita de la Trinidad; el lunes, el Jesús en L
a Columna, de Candelaria. El martes, la Humildad y Paciencia, de la Catedral; el miércoles de Pasión, los Nazarenos de Santa Rosalía y el de San Pablo; el jueves, el Cristo de Burgos, de Altagracia, y el viernes, la Dolorosa y el Santo Sepulcro del Templo de San Francisco... Mas resulta que los monumentos que realmente valen son los de la segunda acepción de la palabra, los altares provisionales creados en las capillas laterales dentro de la iglesias el Jueves Santo para conmemorar la Eucaristía.

Otro tanto con las procesiones. Con su implícito sentido de movimiento en el espacio, se puede suponer que las imágenes religiosas y los devotos peregrinan en la ciudad como iban los romeros de Roma, de monumento en monumento, es decir, de lugar sagrado en lugar sagrado. La palabra propicia la atractiva ambigüedad. Procesión, que proviene también del latín processio, movimiento, es la hermosa conjunción tanto de proceder de alguna parte como proceder hacia alguna parte. Y en el proceso de ese avanzar, de esa marcha solemne hacia adelante, el recorrido en el espacio urbano tendría que ser absolutamente simbólico y ritual... Pero resulta que el recorrido que actualmente hacen imágenes y peregrinos puede ser cualquiera por los alrededores del templo oficiante. El pueblo sale en procesión tras el Nazareno,
La Dolorosa, el Santo Sepulcro y San Juan para simplemente darle la vuelta a la manzana.

Este Jueves Santo, acudimos al Centro Histórico de Caracas para averiguar cuánto afectan las dobles acepciones de monumento y procesión a nuestra Semana Santa urbana. La multitud era indecible. Difícilmente se podía circular ni por las calles, ni por las iglesias. Al entrar en la Catedral, en el arranque de la nave central un fiscal dirigía autoritariamente el tráfico confuso de devotos. Sólo le faltaba el pito. A pesar de sus esfuerzos, poco lograba. Lo primero que comprobamos es que la masa humana se mueve caótica por Caracas, como los antiguos peregrinos por la Roma de antes de Sixto V.

No hay hoy (1995) mucha conciencia del valor monumental de las iglesias ni del sentido del recorrido de las imágenes por la ciudad. Se ha olvidado que en la Semana Santa de la Caracas de antaño las procesiones tenían “pasos” que recorrían un trayecto secuencial de esquina en esquina (de cruz en cruz), pasando siempre por la Plaza Bolívar para finalizar en la Catedral. Se ha minimizado en pompa urbana, y por ende, se ha perdido en solemnidad. Los monumentos y procesiones han tenido un destino verdaderamente peregrino en el devenir contemporáneo de la historia urbana. Peregrinar, de Strada Felice se ha vuelto un Via Crucis.

Al hacer nuestro peregrinaje por Caracas, conmovidos por la belleza
de los templos y de las imágenes, echamos en falta dos cosas: primero la cabalgadura de Miguel Angel, para saltar, no entre las ruinas pétreas de la antigüedad, sino sobre los insultantes puestos de los buhoneros vendedores de escapularios y sahumerios, y segundo, un arzobispo arquitecto o un gobernador pontífice que rescatasen a los buenos peregrinos de su rumbo incierto, reorganizando la magnificencia urbana del ritual caraqueño.

Nuestra Señora de la Soledad, Templo de San Francisco (f. tomada de santamariadelavictoria.blogspot.com/)

NOTAS:
1. Vasari, Giorgio.
Vidas Ilustres.2. Diccionario Etimológico de la Lengua Española.

Publicado en: Arquitectura, El Diario de Caracas. Caracas, 1995.

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