Mostrando las entradas con la etiqueta José Luis Sert. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta José Luis Sert. Mostrar todas las entradas

martes, 2 de abril de 2019

Arte Nuevo


Proyecto de Avenida en Caracas. Manuel Mujica Millán, 1930s (f. Archivo Fundación de la Memoria Urbana).



"Se siente una inquietud, y aunque las gentes no saben
a ciencia cierta de qué se trata, yo sí lo sé:
la transformación de la ciudad se impone, se echa encima.
Se siente 'el aire que precede al alud en la montaña'".
Rafael Bergamín Gutiérrez. Urbanismo (1938). 1

1. El espíritu renovador
La modernidad en España fue cosa de capitales, Madrid, Barcelona, Sevilla. En Venezuela, Caracas no se quedó atrás. Sin embargo, nuestra ciudad no opuso la misma resistencia al cambio que vivieron las capitales españolas. La Caracas antañona estaba largamente deseosa de progreso y de modernidad. El espíritu renovador aquí fue bien recibido; fue contagioso y fulgurante, y desde que comenzó no hizo sino crecer exponencialmente. Aunque no fue, por otra parte, tampoco exactamente un "espíritu de vanguardia, de radical innovación", sino que la ciudad fue adaptándose al cambio conviviendo con las tradiciones urbanas locales. Eso hizo que la modernidad caraqueña se matizara, se tropicalizara y produjera el lenguaje propio que la caracteriza, ciertamente muy nutrido de la influencia española. 2

Los artífices del "Arte Nuevo", como se conoce a la primera modernidad española, que vinieron a trabajar para Caracas, debieron abrirse camino en Madrid, por ejemplo, entre un océano de fábrica urbana decimonónica y ecléctica, para lograr insertar sus edificios racionalistas y sus modernos urbanismos. Aquí, su nueva arquitectura, su arte edilicio y planificador, funcional y cristalino, le vino de perlas a la efusión constructiva de la ciudad. Nada más observar el conjunto de las arquitecturas de época de las capitalinas Avenida Bolívar, Avenida Urdaneta, Calle Real de Sabana Grande y Avenida Francisco de Mirandas, eran todas ellas como la madrileña Gran Vía: vitrinas para exhibir el recién estrenado cosmopolitanismo de la capital, aspirando a reflejar todas las formas y las ideas de la nueva arquitectura mundial. Una imagen clarísima de ello es la perspectiva que hiciera Manuel Mujica Millán en su "Proyecto de Avenida en Caracas" (c. 1930s), donde de lado y lado alinea la vía con arquitecturas donde figuran muchos de los lenguajes de la arquitectura moderna del momento.

La capacidad técnica y constructiva y la maestría artesanal de los españoles se abre paso y se impone en la ciudad. La sobriedad y la fuerza de su nueva arquitectura, su espíritu marcadamente apegado a lo tectónico, sus formas claras, "sus mansiones horizontales y de ventanas diáfanas sin molduras", su amor por la tipografía urbana (uno de cuyos paradigmas era el edificio Capitol, el gran "faro de la modernidad madrileña"), su misma austeridad racionalista, se expande con Caracas, y hoy es parte de su identidad como ciudad moderna. 3

Así, entra en la ciudad de la mano de Rafael Bergamín Gutiérrez el racionalismo madrileño, y muchas de las conexiones con las vanguardias europeas se establecerán a través de la serie de casas blancas de los 1930s de Mujica Millán. Bergamín, quien había sido el autor en Madrid de la llamada "culminación racionalista", con sus colonias Residencia y El Viso, lega en Caracas un Centro Histórico repleto de esclarecidos proyectos, hechos junto a su socio venezolano el ingeniero Rafael Emilio Velutini, transformando el corazón de la ciudad en una ruta brillante y aleccionadora de arquitecturas urbanas. Sin olvidar tampoco que junto a la casa del Marqués de Villora, en Madrid, es quizás la Casa N. 39 de la Alta Florida la más importante y hermosa casa racionalista de Bergamín que queda en pie.




Casa N. 39,  Alta Florida. Velutini & Bergamin, 1939 (f. 1953. Velutini y Bergamín C.A. 1938-1953).


2. Proyectos insignia
Pero hagamos memoria urbana. Otros hábiles diseñadores españoles de fértil imaginación, como Urbano de Manchobas Careaga, José Lino Vaamonde, Miguel Salvador Díaz, Fernando Salvador Carreras, Eduardo Robles Piquer, Joan Capdevila Elías, siembran también la ciudad de notables arquitecturas modernas, entre las mejores de su tiempo: el edificio Colimodio, el edificio La Estancia, el Mirador El Vigía, el Hospital de La Guaira, los jardines de la Universidad Simón Bolívar. Sin olvidar tampoco los proyectos insignia de los arquitectos con audaces obras estructurales como Valentín Beato Téllez, y de los grandes ingenieros, Félix Candela Outeriño y Eduardo Toprroja Miret, quienes hicieron de Caracas una ciudad parabólica e hiperbólica: llena de bóvedas de arco catenario y de láminas de concreto. Otra característica que también al poco tiempo se convirtió en un invariante de su modernidad.

Toda esta arquitectura racionalista empezó muy pronto a hibridarse y a mezclarse con los otros lenguajes españoles y estilos Neohispanos por toda la fábrica urbana caraqueña. Es muy difícil decir en muchas obras qué es Neovasco, qué es Neohispano o qué es netamente moderno. Esa particularidad de los mestizajes veló por un tiempo la visibilidad de los autores españoles. A ello contribuyeron también, en el caso de muchos, las dificultades para firmar en tierra venezolana sus proyectos, y el hecho curioso de que los maestros artesanos herreros, graniteros y carpinteros venidos de España trabajaban de la misma manera en todos los proyectos, dejando huellas similares en las obras de autores paisanos distintos.

Muchos autores españoles hasta 1970 se quedaron en el tintero de la exposición "Suite IBERIA; la arquitectura de influencia española en Caracas"*, y deberán aún ser explorados. Como el pintor Manuel Cabré (hijo de Ángel Cabré i Magrinyà y nacido en 1890 en Barcelona); la Oficina Alayeto Bled (con proyectos como el Cine Broadway de 1951 y el Edificio y Teatro Imperial de 1952); el ingeniero Franco López (autor en 1907 del Hotel Klindt); el arquitecto Joaquín Ortiz Garcia y el arquitecto catalán José Maria Deu Amat; el arquitecto barcelonés Amadeo Quelart Arque (proyectista del Teatro Caracas, 1933); Juan Félix Quiroz (autor de la Iglesia de la Inmaculada Concepción de El Recreo en 1900); Juan Navarro Gutiérrez (autor en 1950 del edificio Estoril, en la Avenida Victoria); Ignacio Zuloaga Zuloaga, arquitecto vasco que participó en el Cine Hollywood y trabajó con Luis Malaussena en Los Próceres y en el Circulo Militar (donde hizo un mural cerámico para la entrada). O el escultor y constructor vasco Benjamín Etayo, autor del Pasaje Cantabria en Catia, del edificio Cabrini B en Maripérez y del Teatro El Pinar en 1947) y el caricaturista Eusebio Bordes, arquitecto de varias quintas muy personales y formalistas de los 1950s en Altamira y San Bernardino, como la Quinta Alova.

Finalmente, no estaría completa la lista de arquitecturas caraqueñas de influencia española sin mencionar a dos grandes arquitectos españoles que tuvieron enorme importancia para Caracas: el madrileño Secundino Suazo Ugarte (1887-1971) y el barcelonés José Luis Sert (1902-1983). El primero, por ser el autor hacia 1936 de un proyecto, el Plan de ensanche para Caracas, que nunca llegaría a realizarse.4 El segundo, amén de su gran influencia en la ciudad y su participación junto a con Robert Moses y Prost, Lambert & Rotival en el Plano regulador de Caracas (1951-1952), por haber sido el autor de una residencia unifamiliar en el Caracas Country Club, la Casa Carrillo (1952), la cual tampoco se realizó. 5
  


Vista de  la Iglesia Ntra. Sra. de Fátima. San Agustín del Norte, Caracas (f.  Lápiz, 1959. Jose Benet Espuny).




* Suite IBERIA; la arquitectura de influencia española en Caracas. En la Sala TAC, Trasnocho Cultural, Caracas, Julio-Agosto, 2015.
 



NOTAS
1 R. Bergamín Gutiérrez. "Urbanismo" (30 de agosto de 1938), en: 20 años en Caracas 1938-1958, Graficas Reunidas, Madrid, 1960, p. 13.
2 Fernando Castillo Cáceres. Madrid y el arte nuevo: vanguardia y arquitectura 1925-1936, Ediciones La Librería, Madrid: 2011.
3 F. Castillo Cáceres. Op.Cit., 2011.
4 Juan José Martín Frechilla y Carlos Sambricio (editores), "Proyectar y construir en Venezuela. El exilio republicano entre crisis política y bonanza económica, 1936-1958", Arquitectura Española del Exilio, Lampreave 2014: p. 286.
5 Josep Lluis Sert (1902-1983). The Josep Lluis Sert Collection: An Inventory, Harvard University Library: http://oasis.lib.harvard.edu/oasis/deliver/~des00010




Publicado en: catalogo de la exposicion "Suite IBERIA; la arquitectura de influencia española en Caracas", Docomomo Venezuela/Sala TAC, Trasnocho Cultural, Caracas, Julio-Agosto, 2015.

 

miércoles, 26 de septiembre de 2007

Ben

El arquitecto Moisés Benacerraf (1924-1998), en la obra de la Torre América, hacia 1977 (f. Luis Vásquez Monch).


 




In memoriam. Moisés Benacerraf.

Un hombre joven maneja un deportivo descapotado por las ondulantes colinas de un paraje del sur de Francia, cercano a Marsella. No lleva prisa, porque precavido ha salido con suficiente antelación. Mientras maneja, y la brisa lo despeina varias veces, sus pensamientos danzan por los temas de la nueva arquitectura, y va dando tras cada recodo subyugante del camino con algunos puntos clave. Le Corbusier lo estaba esperando puntual en una flamante Unidad de Habitación recién construida. Iban a recorrerla juntos. Al joven le interesaban, sobre todo, las fachadas inteligentes del edificio; llevaba en la mente premonitoriamente lugares tórridos y soleados como Maracaibo y Puerto Ordaz y la Plaza Altamira. A discreción empezó a acribillar al maestro: “¿Cómo se comportan realmente los quiebrasoles? Muéstreme usted hasta dónde entra la luz cuando el sol del verano se introduce agudo por los bloques calados y por estas inmensas aperturas de la fachada...”

Alguna sutileza sobre las permutaciones de la composición o sobre las alternancias de pasillos y escaleras en la sección vertical del edificio habría urdido, porque Corbu, a pesar de su conocida arrogancia, le contestó sin falta a todo cuanto quis
o: la conversación había sido formulada con la suficiente inteligencia y perspicacia. No era ya posible resistirse al elocuente encanto del joven arquitecto sudamericano, tan elegante pero austero, tan seductor pero severo, tan joven pero ya tan cultivado, llegado en un Bentley desde París, desde Yale o desde Caracas, no se sabía muy bien...

El hombre joven también solía alquilar una barcaza amarrada en un puerto del Sena, en París, por largas temporadas. Era una nave realmente hermosa, toda de madera, amoblada como una casa. Y como una casa, nunca se movió del puerto. La exposición constante y prolongada a los influjos urbanos de esa ciudad lo marcaron profundamente, porque luego, a lo largo de toda su vida, habría siempre en él algo como de navegante a punto de zarpar, como de marinero en tierra, como de callada fiesta duramente contenida a la que pocas veces dejó soltar las amarras. Bogaba, sí, pero anclado firmemente. La ciudad se c
olaba por las claraboyas del barco. Los cientos de proyectos que vió este hombre joven nacer por sus sucesivas oficinas de arquitectura y planificación urbana y empresas de todo tipo estaban todos animados del mismo “espíritu de la péniche”: un delirio joven por el avance, por la modernidad a ultranza, un deleite en usar lo nuevo... pero todo dentro de un férreo realismo que lo hacía parecer a veces como un hombre duro. 

Nada más lejano de la verdad: este hombre dulce sólo lo hacía para construir sus sueños. Los viajes imaginados luego se volvieron proyectos imaginados. Una imaginación incontenible, incansable y proyectual que abarcaría los mares de la arquitectura y del urbanismo, pero también los de la banca, la ganadería, los seguros, la agricultura, la pesca, los caballos... y de muchos otros océanos. Así, cuando se trató de su arquitectura, ella fue “experimental, pero dentro de una disciplina”. Lo fueron sus nuevas ciudades y campamentos petroleros en Guayana y el Zulia, esquemas radiantes, que hizo en “Planificación y vivienda” con Francisco Carrillo Batalla, Carlos Guinand Baldó y dos jóvenes amigos de Yale, José Luis Sert y Paul Lester Wiener; lo fueron sus primeros edificios, pequeñas joyas modernas de austeros quiebrasoles marselleses y rígidas composiciones yaleanas a las que Emile Vestuti doró de sutilezas; lo fueron sus premiados edificios y sus proposiciones urbanas de la madurez, que desde la Torre Europa y para siempre proyectó con Carlos Gómez de Llarena, interlocutor entrañable y eterno. Y en todo, haciendo siempre la observación precisa para no decaer hacia lo banal, lo inocuo, lo meramente pragmático. Sus observaciones eran diseños, y volaban en sus palabras como palmas de oro de la elocuencia arquitectónica.

París se balanceaba por las claraboyas del barco
. A cada cabeceo de la barcaza, el joven acompañaba a fundar para nuestras ciudades el Instituto de Arquitectura Urbana, o decidía que “una serie de sitios en el centro de la ciudad tienen que re-escalarse como hizo Villanueva en El Silencio, empezando por la Plaza Bolívar”, y proponía el Recinto Histórico de las Nueve Cuadras, o criticaba las plantas bajas de todas las torres de Benacerraf y Gómez para se hicieran cada vez más urbanas, o repasaba cada elemento del Plan Maestro del Parque Vargas hasta la obstinación para mejorarlo. Vanguardista moderado, radical contenido, hombre de negocios ilustrado, gentilhombre obstinado, arquitecto tutelar, amigo querido.

Hace poco, habiendo quedado atrapado entre dos luces de un semáforo en los Campos Elíseos, en medio del vértigo de la ciudad, se volvió hacia mí y me aseguró, intenso y feliz: “¡Ninguna como ésta!”... ¿Puede ser que el oasis de esa ciudad te distrajera tánto como para no darte cuenta de que nos estabas dejando?



La Torre Europa, Premio Nacional de Arquitectura 1976. Benacerraf,  Fuentes y Gómez, Caracas, 1975.





Publicado en: Arquitectura, EL NACIONAL, Caracas, sábado 7 de Noviembre de 1998.