Mostrando las entradas con la etiqueta Avenida Francisco de Miranda. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta Avenida Francisco de Miranda. Mostrar todas las entradas

jueves, 21 de agosto de 2008

El traje del emperador

El traje nuevo del emperador (Hans Cristian Andersen).




Cuando éramos niños, mis hermanos y yo compartimos una indestructible colección ilustrada de cuentos compuesta de varios tomos que se titulaba Fabulandia. Tan fascinantes eran dichos libros, que ya no acierto a imaginarme a Sigfrido, por ejemplo, de otra manera que asomado a un acantilado en apretado escorzo, o a la Cenicienta que como una Simonetta renacentista pintada de perfil… Así como hoy (2001) no puedo, tampoco, acertar a ver las deplorables fachadas que les están montando por doquier a los pobres edificios de esta ciudad, sin dejar de pensar en aquel emperador sin traje del cuento que salía en Fabulandia.
 
No importa cuántos emperadores desnudos haya yo visto después: veo un edificio en trance de ser forrado con lajitas de ladrillo, e inevitablemente se me aparece el mismo monarca bonachón, barbudo bajito y barrigón, en trance de medirse el invisible traje que le sostienen con rufianes dedos dos sastres burlones. "¡Pobrecillo!" –siempre pienso- "¡cómo lo han engañado!". Me daba tánta pena aquel rey, vulgarmente desnudo cuando creía estar ataviado de la manera más rica… casi tanta pena como me dan ahora estas arquitecturas caraqueñas revestidas con el mediocre falso arquitectónico en su más reciente racha fashion. 

Nunca me hizo mella la moraleja del cuento sobre la vanidad humana, etcétera. Es más: la desnudez del emperador, en toda la crudeza de su lesa gordura revelada despiadadamente por las medievales interiores indumentarias, al hacerlo verse más que tonto, indefenso, me hizo siempre lamentar antes su realeza burlada que su vanidad escarmentada. En cuanto a los sastres, jamás supe muy bien si había que repudiarlos por el engaño o más bien maravillarse con sus magistrales argumentaciones y malabarismos mímicos de proto-Marcels Marceau.

Pero todo ésto es mucho más aleccionador en la ciudad. Helas allí, las reales arquitecturas, como emperadores viejos y desgastados, a todas luces necesitadas de traje nuevo, de algún remozamiento. Desgraciadamente, atrás quedó la época heroica de la historia cuando los sastres desgarraban toda tela, hasta las de las propias vestiduras, si no lograban expresar honestamente los materiales en las fachadas. La verdad constructiva era su Gran Ideal: hacer lo que fuera para expresar la dura piedra, los colores nacidos de las entrañas de un friso, la nobleza de la madera, la calidad portante de los ladrillos, que mientras más aplastados bajo su propio peso más hermosos lucían a sus honrados ojos.

Por casi dos siglos, desde principios del ochocientos hasta los ochenta en el siglo veinte -con la llegada del posmodernismo arquitectónico-, se celebró en toda fachada ininterrumpidamente el mito de la ligera “envolvente” que limita el espacio arquitectónico, y a la cual la estructura de todo edificio debe subordinarse como su soporte. Lo que hoy estamos sufriendo son las postrimerías de ese mito, las últimas deyecciones casi irreconocibles del mismo.

Tómese, por ejemplo, al más distinguido emperador de la Avenida Francisco de Miranda, el edificio Easo, hito de los cincuenta (pero también sirve cualquier arquitectura del valle de Caracas, porque por todas partes está pasando lo mismo). Resulta, señores sastres, que hay que hacerle un nuevo traje. Hace tiempo que su cincuentona envolvente se está desconchando, haciendo caso omiso de su antigüedad. Los mosaiquitos vitrificados que sobriamente lo recubrieron (y caracterizaron) por más de medio siglo ya no se  hacen  más aquí. ¿Qué hubieran hecho sastres más comprometidas con el mito solar de la ligera envolvente, y con el llamado “Principio del Revestimiento”, heredero de Gottfried Semper, quien reconocía al revestimiento y al color como los componentes esenciales de la calificación arquitectónica? ¿Qué solución hubieran ofrecido para vestirlo de nuevo?

Los más estrictos habrían seguramente desafiado todo “delito”contra la verdad de la estructura y expresado sus planos sin ambages: Adolf Loos habría dictaminado una vitrificada superficie blanca y azul sin suturas, mientras que Frank Lloyd Wright hubiera querido ver sutilmente tejidos los nuevos mosaicos en la superficie. Otros, más preocupados por lo sublime de la superficie de la envolvente, habrían, à la Otto Wagner, argumentado una subestructura para recibir limpiamente láminas de mosaicos; habrían, à la Josef Hoffman, orlado extensamente la superficie de las pequeñas aristas de éstos, o habrían, à la Josef Plecnik, jugado con la aparejadura muraria para lograr las viejas texturas iniciales. La verdad del revestimiento brillaría con toda la ligereza del ornamento, tal como le hubiera gustada a Louis Henry Sullivan, o como la evanescente cortina de mosaicos que seguramente habría recetado Hendrik Petrus Berlage…

Todos estos honrados maestros de la costura constructiva no habrían querido nada de cortinas colgantes de ladrillos, nada de procesos de anulamiento de las paredes como entidades constructivas, nada de barnices superficiales de última hora, fáciles, baratos, inscritos en la misma saga epidérmica y execrable de las granizadas de Kenitex de los ochenta y los curtain-walls de colores de los noventa.

Al ir a buscar el tomo de Fabulandia del cuento en cuestión para ilustrar esta columna, resulta que no apareció. Perdido como estaba, apelé a uno de mis hermanos para ver si se acordaba del dibujo. Y me dijo con exactitud: “tenía unas ridículas calcetas rojas que parecían estallar a la altura de la barriga, sostenidas por unos tirantes chillones amarillos y una sudadera blanca que parecía quedarle pequeña”. El, como yo, nos acordamos con cariño y con detalle siempre de los viejos emperadores. Nunca de los sastres ladinos de los cuentos.


Edificio Easo, Avenida Francisco de Miranda. Caracas, 1952 (f. "Torre Easo". Luis Romero R. Facebook "Caracas en retrospectiva").




Publicado en: Arquitectura, EL NACIONAL, Caracas, lunes 20 de Mayo, 2001.



domingo, 11 de mayo de 2008

La Miranda virtual

La visión diseñante (f. http://www.inventorspot.com/).




Mucha curiosidad despierta hoy (2000) la realidad virtual en todo el mundo. La gente quiere experimentarla como sea. Para ello, se han inventado colosales pantallas de proyección tipo Imax para sentir cómo nos traga un tiburón o nos cercena el tórax un T-Rex y se han diseñado aparatosos e incómodos cascos que los individuos se ponen para lograr lo que no pueden en el mundo real: entrar de alguna manera en un universo imaginario y visualizar una utopía en el espacio, aunque sea la de otros, y no la propia. Esta es la situación que más nos permitiría explicar hoy cómo es la condición delirante del arquitecto cuando transita por su ciudad. Supóngase un escenario urbano cualquiera, preferiblemente uno donde haya ahora algún tipo de acción inmobiliaria, como la Avenida Francisco de Miranda en Caracas, por ejemplo. Colóquese el susodicho casco. Es usted ahora un arquitecto armado de años de experiencia. En el centro del campo visual aparece un punto rojo que titila –es el punto central de fuga. Miles de haces de líneas multicolores entran a formar parte ahora de su mirada, moviéndose con usted cada vez que mueve la cabeza… pero no se preocupe demasiado por ello. Molesta un poco al principio, pero uno se acostumbra. El universo que ahora va a ver reconstruirse delante de sus ojos sigue un Programa Arquitectónico de Apreciación del Paisaje Urbano, algo muy especializado y complejo, pero que también le es familiar porque tiene algo que ver con lo que veía Robocop cuando buscaba implacablemente a su presa por las calles… A medida que aplique su vista a ambos lados de la Avenida Francisco de Miranda, va usted a ver cómo se levantan telescópicamente las masas de los edificios fugándose hacia los lados y hacia el punto rojo, los volúmenes de sus arquitecturas siendo automáticamente descompuestos en cientos de planos que parecen explotar en el espacio, donde se quedarán por un fragmento de segundo hasta dilucidar cuál es el principio de su composición formal. La sensación es la de una especie de alucinación deconstructiva. Cerca del rabo del ojo izquierdo y del derecho una barra automática de medición sube y baja, dando las medidas de todo lo que se ve vertical y horizontalmente: quince metros cincuenta hasta la cúspide final de la estatua de Francisco de Miranda por el este más los que debería tener si su escala fuera la apropiada; ciento ochenta metros por doscientos para el vano central del edificio Parque de Cristal de Jimmy Alcock, un escaso metro diez para la acera frente al edificio Mene Grande. Esto tiene una explicación en el programa: y es que a su paso por la ciudad los arquitectos miden, miden y miden incesantemente. La delirante realidad virtual generada por la mente arquitectónica no es algo que desaparece en ningún momento, como le pasaría a usted con el simple acto de quitarse el casco o desenchufar el ordenador. La visión diseñante (Designing Vision) permanece siempre, y es por ello que las ciudades evolucionan, y por ello que los arquitectos están en perenne estado de ensoñación, imaginando proyectos para todos los sitios. Esta proyectación contínua se hace incluso más intensa por los cientos de gigabytes de información que van insertándose como recuadros en la pantalla, mostrando el universo de todas las construcciones y urbanismos importantes de la historia. Así, usted verá cuando lleve su pupila a la insignificante reja Odryca que todavía bordea el Parque del Este, cómo a discreción se insertará la reja de hierro del Parque El Retiro de Madrid, anclada en sendos muros perimetrales de piedra; usted verá cómo se digitalizan las delicadas casas de Diego Carbonell y los escultóricos muebles de Cornelis Zitman cuando su ojo se deslice por el mudo edificio de Tecoteca; y verá cómo irán cayendo a capas los execrables mantos de barato revestimiento que envilecen la arquitectura original de la vieja embajada de los Estados Unidos hasta que quede en toda su esplendente sencillez de los sesenta. Pero, vamos: deje el miedo, que ésto solo es un experimento virtual. Colóquese usted ahora en medio de la vía, y mire hacia el oeste, o si lo prefiere, hacia el este. Vea cómo la irregular línea de las anárquicas aceras se regulariza, en color, material y ancho. El efecto armonizador es instantáneo. Parece Miami. Vea cómo aparecen en cada esquina las rampas para minusválidos y cómo inevitablemente desaparecen haciendo “¡Blop!” al comprender su inutilidad en la escena todos los obstáculos para peatones: vallas ilegales, kioskos ranchificados, tanquillas abiertas, “chupetas” publicitarias, muñones de postes precámbricos, tubos encadenados. Observe cómo una precisa línea de fuga azul arranca de la Torre Europa para definir por arriba la cornisa ideal de la Miranda, y experimente con placer cuán rico es el orden urbano cuando se aplica con tino matemático en esta ciudad. Wonderful. En el acto, usted ha comprendido cuáles son los edificios que se portan bien y cuáles los que se portan mal a lo largo de toda la avenida, y empezará a aplaudir la cuadra del edificio La Primera y el conjunto de edificios de la Plaza Altamira, al mismo tiempo que odiará con negro furor (como todo el gremio de los arquitectos) al adefesio del Hotel Four Seasons, que ahora está viendo salirse gráficamente trescientos metros por encima (constatado por la barra automática) de la Línea de Cornisa Ideal (Ideal Skyline). Suponga, como postre, que usted desea que su target sean los vacíos existentes en la avenida. Quiere saber qué será de ellos, de los huecos al norte del Centro Comercial Bello Campo y del vacío pavoroso del edificio Galipán. Aquí la realidad virtual lo sorprende con todo su poder, y ve aparecer de nuevo al Cine La Castellana, con su fachada curva y su recio glamour cinematográfico; ve reconstruirse la esquina del edificio La Castellana, plaqueta por plaqueta de travertino, en toda su elegancia neovéneta; ve flotar en el ciberespacio la masa de un edificio de mirandina arquitectura que nada tiene que ver con el monstruo verde de Arquitectónica, y siente de nuevo, con toda su fuerza espacial, las curvas nobles del viejo edificio Galipán… Pero, no, por favor: ¿qué hace? ¿está usted llorando? ¡Quítese ya ese casco! La Miranda virtual ha sido demasiado. Aquí nadie debe flaquear: porque los arquitectos no lloran.


Avenida Francisco de Miranda, Caracas (f. C. 2000, Archivo Fundación de la Memoria Urbana).





Publicado en: Arquitectura, EL NACIONAL, Caracas, lunes 19 de Noviembre de 2000.


viernes, 14 de marzo de 2008

El valle de los caídos

El Valle de los Caídos. Arquitecto Pedro Muguruza, Madrid, 1959.




No, los caídos no son los que imaginan: no los que exalta el monumento franquista a sus héroes en la Guerra Civil Española (1959) ubicado en la Sierra de Guadarrama; no esos fantasmas encapuchados de mármol, semiocultos entre la caverna, no, aunque en lo tenebroso se les parezcan mucho en este valle falangista.

No los concejales de la Cámara Municipal de Chacao, al dar hasta ahora (1999) su brazo sin tregua para defender desinteresadamente la memoria urbana de su municipio a pesar de la incomprensión y la negligencia que abunda entre quienes mal los rodean, nombrando patrimonio monumental del municipio al edificio Galipán; al haber detenido por todo este tiempo la avalancha destructora que se cierne brutalmente sobre este querido fragmento arquitectónico de la avenida más importante del este de Caracas; al haber dado aquella inolvidable primera señal de ALTO, OJO: AQUI TENEMOS UNA CIUDAD, tenemos una historia, un carácter y un sabor urbano legítimos, y nuestra resposabilidad es defenderlo; Caracas no puede ser por todas partes borrón y cuenta nueva, nosotros sí sentimos orgullo ciudadano por lo poco que nos queda, no todas las parcelas del municipio son iguales, hay lugares de respeto, hay cosas inviolables, deben nacer nuevas modalidades para desarrollar y construir, sí, pero sin inmolar los íconos de la memoria urbana que nos hicieron como somos. Seamos responsables. Reflexionemos.

No. Tampoco la Academia, con un Consejo Universitario y un Consejo de la Facultad de Arquitectura que han dado magistralmente la talla sabiendo llevar a la opinión pública el peso de la verdad y demostrando cuán inamovible es la dignidad cuando se ancla en el conocimiento verdadero. Nunca habíamos tenido en materia urbana y arquitectónica una respuesta de tanto consenso y tanta severidad proveniendo de nuestra suprema Alma Mater, así como nunca habíamos estado armados en nuestras luchas urbanas de una figura tan heroica (heroica dije, sí, en toda su dimensión) como la de nuestro actual Decano de Arquitectura y Urbanismo, Abner J. Colmenares (1999).

No. Tampoco son los vecinos, solos como individuos o agrupados en asociaciones, ni sus alertas dirigentes, velando por lo que les pertenece, ellos como los primeros afectados ante la degradación del entorno, ni tampoco la colectividad caraqueña, gigantesca masa hasta ahora aparentemente inasible y apática en estos temas, que por todas partes se manifestó con las maneras que le brinda la ciudad, desde el murmullo hasta la airada queja en todas sus formas, ni, finalmente tampoco, el gremio periodístico, la mayoría de los críticos de arquitectura incluidos allí, llenando las páginas de periódicos y revistas con sus trabajos abogando por la conservación, aún sin ponerse muy de acuerdo en la forma, pero todos igualmente atemorizados ante lo que significaría la pérdida irremisible de este gran edificio convertido en símbolo y el duelo por la derrota de la ciudad en esta hora. No. Ellos no son los caídos.

Caído está el Alcalde, máxima autoridad del municipio, quien no quiso refrendar la tan honorable declaratoria de monumento de sus pares, avalándola aunque fuera con una simple firma, por temor a comprometer los dineros de su cartera, cuando lo que tenía que hacer era promover una campaña para cambiar las leyes, coordinar un concurso de arquitectura para salvar el edificio construyendo unas áreas adicionales atrás, y erigirse en el país como Adalid Político de la Memoria y Promotor de la Evolución Legal de la Ciudad (Señor Alcalde, la oportunidades en la vida que nos da Dios para llegar a ser inmortales son fugitivas); caído está el Instituto de Patrimonio Cultural de este país, especialmente en la figura de su Director, quien se está ocupando no se sabe de qué peregrinos menesteres sin encargarse como debiera de lo suyo, es decir, de salvar el patrimonio monumental, de ganar para todos y para siempre esta batalla icónica, de entender de una vez por todas qué es lo hace de Caracas Caracas, de buscar la mejora legal y de convencer a los descreídos de lo que significa el lenguaje de la ciudad; caídos están todos esos otros directores de institutos y directores de páginas de arquitectura que han puesto en duda hasta la esencia misma de lo caraqueño pensando que cualquier cosa estará mejor en esa parcela que el humillante montón de basura al que sus dueños han reducido el edificio y celebrando como una victoria un entendimiento que es un fracaso disfrazado; caídos están los asesores que han decretado la debilidad de la estructura del edificio, porque si les diéramos crédito entonces habría que demoler también toda la Caracas de esos mismos años, el Palacio de Miraflores incluido; caídos están los abogados que, ignorantes en materia de arquitectura y urbanismo, elaboran dossieres de doscientas páginas para descalificar a la arquitectura de Caracas, híbrido excitante y elusivo, linterna mágica, tesoro inédito aún ni siquiera tasada del todo ni por nuestros especialistas ni por nuestros mismos poetas.

Caídos, aún sin que haya caído siquiera el Galipán, ellos están. Y caída, como ninguna, la Presidente del Colegio de Arquitectos, quien aún no se sabe a nombre de quién -porque que se sepa nunca se hizo ningún referendum para preguntarle su opinión a todos los colegiados sobre el asunto- asumió su destructiva, inescrupulosa, irresponsable, pública y ejecutiva postura de “echarle encima la lápida” -usando sus propias palabras- al Galipán, y ahora prosigue logrando acuerdos mochos y engañando a la opinión pública haciéndole creer a todo el mundo que clavar un Richard Meier en la Avenida Miranda puede perdonarlo todo (a mí, como a muchos ilustres colegas, ella NO nos representa un rábano, y lo único que queremos es ver su nefasta acción fuera del Colegio).

Veánlos caer. Veánlos cayendo. Por promotores destructores de la memoria, por plegables mediatizadores de la verdadera arquitectura, por acomodaticios mediocres sin fe en nuestra ciudad. Puede que aún no hayan llegado los tractores, pero ya quien lo desee puede verlos caer.



Edificio Galipán, Gustavo Guinand van der Walle. Caracas (f. Archivo Fundación de la Memoria Urbana, 1950s).





Publicado en: Arquitectura, EL NACIONAL, Caracas, lunes 15 de Noviembre de 1999 y en arqa.com (http://1999.arqa.com/columnas/hannia11.htm)



domingo, 9 de marzo de 2008

El pacto

Hércules y la Hidra. John Singer Sargent, 1922-25 (f. Museum of Fine Arts, Boston).




Ha llegado el día en que tenemos que apelar -nosotros también, los arquitectos, los diseñadores urbanos y los urbanistas-, al poder de la recién electa Asamblea Nacional Constituyente (1999), en nuestro caso para que defienda los derechos de la ciudad y de los ciudadanos. Algo paradójico, porque en la Declaración de los Derechos del Hombre estos derechos han sido siempre los mismos del ciudadano y viceversa (como cuando comenzó la civilización), y las prerrogativas de ambos, entre ellas la calidad de vida en la ciudad, deberían estar naturalmente garantizadas por igual.

No obstante, de todas las candidaturas que vimos proponerse en las pasadas elecciones, ninguna asumió totalmente la bandera de la reforma urbana como baluarte fundamental para llevar a la Constituyente. Ello dejó vacías las expectativas de ca
mbio radical que en este ámbito queremos y necesitamos urgentemente todos. Estamos hartos de ciudades feas e inhóspitas, antifuncionales y autodestructivas. Queremos belleza, queremos bienestar, queremos caminar a nuestras anchas, queremos recordar: estamos listos para cambiar. Más que listos: las comunidades urbanas han madurado. Saben que la ciudad les pertenece, que es propiedad de todos los ciudadanos, que es la “otra” propiedad, y que deben defenderla: Omnes Cives, Res Publica.

Nada más que con la maravillosa polémica encendida en torno a la conservación del Edificio Galipán en la Avenida Francisco de Miranda (maravillosa por haberse convertido en polémica-símbolo, presta a servir de ejemplo en todo el país urbano), la cual se desarrolló en memorables sesiones a las que concurrieron todas las
fuerzas de la ciudad, la colectividad entera, las instituciones y el gobierno, estos actores se han dado cuenta de cuán absurda es la actual organización de la planificación urbana. Así como de lo arcaico, inútil e inoperante de las leyes que padecemos y arrastramos para proteger a duras penas el patrimonio construido y controlar el desarrollo urbano. Unas y otras necesitan ser transformadas de raíz, actualizadas, deben evolucionar hacia formas más sofisticadas, contemporáneas e inteligentes.

En vista de la falta de práctica política de nuestro medio arquitectónico -y de ésto no me escapo yo tampoco- no nos hemos organizado aún para redactar los puntos básicos que alguien ha de defender por nosotros, de manera que sean incluidos en la nueva Carta Magna. Y no es que no sepamos exactamente qué es lo que hay que cambia
r. Lo sabemos de sobra: las ordenanzas de planificación vigentes son unos dinosaurios antediluvianos, caducas, que languidecen prácticamente intactas desde que fueran introducidas ¡hace medio siglo! La actual Gaceta Municipal es una verdadera Biblia Negra del urbanismo, vieja, gorda y fea, que cuando se aplica a pies juntillas produce el caos vociferante que ya todos nos sabemos de memoria y al cual aborrecemos todos. La ley de patrimonio es incompleta y débil, a cuyas expensas a nuestro alrededor continúan cayendo como hojas secas los pocos vestigios construidos que nos quedan de una ciudad donde la arquitectura todavía hablaba de ideas y esperanzas y donde el urbanismo todavía respetaba el sentido del lugar. La hidra de siete cabezas de la planificación urbana actual, oculta en otras tantas oficinas de Gestión Urbana local, desguasa a diestra y siniestra la ciudad a dentelladas como hábil verdugo de la anarquía y el desconcierto, de la discordia y la esquizofrenia urbana.

Los propietarios privados y la ciudad van a la mesa de negociaciones en condiciones desiguales a pelear por sus intereses, y la ciudad casi siempre sale perdiendo. Peor, aún no se ha inventariado por completo todo lo que nos queda de hermoso en la ciudad, y si se ha hecho, no ha sido dado a conocer, y si lo ha sido, no lo han defendido, y si lo defendieron, no se afanaron hasta finalmente ganar la batalla.

Por eso, les aseguro, esta vez no pasarán. Las cosas han cambiado, y para siempre. No pasarán, no hasta que la mal llamada alharaca se torne en
algarabía, en júbilo por la victoria de Caracas tras salvar un fragmento brillante de sí misma para el bienestar de todos, inclusive de sus propietarios. Porque aquí no se trata de hundir a nadie. Creemos, incluso, que lo que hace falta son nuevas y mejores ideas arquitectónicas, un proyecto de desarrollo más inteligente que resuelva el problema de la ampliación y la renovación del edificio ¡con el mismo retorno! Dentro del precario marco legal existente, aún muchas cosas se pueden hacer si hay buena voluntad. Y para ello todos quieren ayudar: la Facultad de Arquitectura y Urbanismo, el Concejo y la Ingeniería Municipal, el cronista, los críticos de arquitectura, los periodistas, los vecinos, los institutos de patrimonio y de urbanismo, el Colegio de Arquitectos y el de Ingenieros, y Last But Not Least, el alcalde mismo. ¡Qué consenso, dios mío! El pacto del Galipán se firmará, y no como un pacto de Punto Fijo, sino como una alianza, una coalición de honestidad que marcará un punto de inflexión en la historia urbana de Venezuela. Y, lo que es mejor: de paso en el pacto del Galipán ya quedarán naturalmente escritos y descritos todos los cambios que queríamos hacerle a las leyes que afectan la fábrica urbana, para que se trasladen después inmediatamente a la Constituyente, porque ese documento será inevitablemente nuestra nueva constitución urbana. Urbi et orbi.

Ciudadanos asambleístas: estén atentos, pues; tomen notas. Sigan con atención el juicio del Galipán. Para empezar, ya se ha redescubierto en la gaceta vigente un artículo muy interesante a rescatar que nadie usaba (no sabemos por qué), pero que desde hoy vuelve a ponerse en boga: el de la Transferencia de Derechos de Construcción. Lo recomendamos mucho para salvar monumentos desvalidos en amadas ciudades, pero también sirve para salvarle el pellejo -y el prestigio- a promotores descarriados que hayan perdido momentáneamente el rumbo. Esperamos que pronto se retracten y vuelvan al camino correcto. Redimidos. Ilustres. Ciudadanos. Y, encima, célebres. Todos nosotros los esperamos con los brazos abiertos, en la mesa de negociaciones.


Alzado norte. Edificio Galipán, Caracas 1950s (Archivo Fundacion de la Memoria Urbana).





Publicado en: Arquitectura, EL NACIONAL, Caracas, lunes 26 de Julio de 1999 y en: http://1999.arqa.com/columnas/hanniag9.htm

miércoles, 23 de enero de 2008

Véanlo caer

Primera plana del diario caraqueño EL UNIVERSAL. Caracas, 28 de diciembre de 1999 (f. Archivo Fundación de la Memoria Urbana).




No, el que caerá no es el que imaginan: no es el edificio Galipán. No es esa obra de arquitectura emblemática de la Avenida Francisco de Miranda que diseñara un buen día el arquitecto Gustavo Guinand van der Walle, el Gentilhombre de Arambao, el diseñador de estatura internacional de varios de los edificios protagonistas de esta ciudad, como el Hotel Tamanaco, el Edificio Easo y los desaparecidos cines Lido y La Castellana, hoy (1999) igualmente amenazado de muerte por una Orden de Demolición Total que está presta a ser llevada a cabo por los diligentes esbirros de Constructora San Vil.  

No. Lo que caerá no será su noble mole de mármol, vidrio, cemento y ladrillo, no. No será su reposada figura de aristócrata elegante de los cincuenta; no será su corpolenta composición de masas escalonadas ni su vieja planta orlada en forma de estrella; no será su inmensa ancla urbana afianzada a un costado de la segunda avenida más importante de la ciudad, inaugurando con su presencia naval toda personalidad, carácter y sabor urbano en la zona, siguiendo el mismo pionero patrón de conducta urbana del Hotel Fontainebleu cuando fue plantado por Morris Lapidus en la Collins Avenue de esos mismos años, lanzando hacia el norte virgen la balística del desarrollo de Miami Beach.

No. El Galipán no es el que caerá. Aunque le hayan rayado con vergonzantes graffitti de “Prohibido el Paso” todas las lujosas paredes de mármol; aunque le hayan arrancado sus lámparas de cristal de las paredes de la rotonda una madrugada; aunque le hayan tapiado una por una todas sus ventanas; aunque le hayan dejado crecer adrede el monte y la maleza; aunque le hayan sacado uno a uno los reculantes inquilinos y borrado de un zarpazo su curvo pasaje ilustre de la más tradicional vida urbana del municipio; aunque lo hayan permitido envilecer de basura, polvo, lodo y todo cuando hay de horrible para afear y hacer disgustante la cara de un edificio. A pesar del lamentable estado en que lo han dejado, vivimos la paradoja de la persistencia de su sabia arquitectura luciendo mejor que la cualquiera de sus vecinos de acera...

Este monumento arquitectónico de una era gloriosa no será el que rodará por el fango. Aunque su caída aleccione fatalmente a los ciudadanos y todos comprendan
de un golpe mortal que a partir de su demolición cualquier cosa ya podrá también caer; las arquitecturas notables, paisajes urbanos enteros, las casas clasificadas, tipologías completas, los cascos y los distritos históricos, las avenidas plantadas, los jardines de autor, los monumentos, las calles queridas, las vistas seductoras, las memorias, los árboles, los recuerdos, todo. Si cae El Galipán a estas alturas cualquier cosa puede perderse ya en la ciudad. Significaría que las autoridades urbanas de Chacao no saben lo que vale su arquitectura para la Miranda; o lo que es lo mismo: que no comprenden, entonces, absolutamente nada de nada en materia urbana.

En cambio, lo que sí va a caer con estrepitoso estruendo, con un estertor espantoso que se hará legendario en la Historia Urbana de Venezuela, lo que todos sí verán rodar por el suelo asfaltado de la Miranda salpicando los retiros, reventándose en cascotes disparados por los aires, erizado de cabillas, afiladas reventándose contra las fachadas, desmo
ronado en escombros, mordiendo el polvo, partido en mil pedazos, en medio de una nube de vidrio molido que se levantará por kilómetros a la redonda... es su Grupo Promotor.

Veánlo caer. Vean cómo cae la dudosa reputación de todo un combo arquitectónico e inmobiliario que dice estar aquí para “asegurarnos el bienestar, el lujo y la belleza”. Vean como rueda por el mismo lodo con el que han degradado con fruición (hasta hoy impunemente) uno de nuestros más queridos íconos arquitectónicos, burlándose de nuestra tradición arquitectónica, de nuestra memoria urbana y de nuestras legítimas protestas. Veánlos promover en el sitio de El Galipán una nueva y mediocre floración vítrea, esta vez, seguro, en tonos violáceos, que es la que les falta en su larga lista de oropeles mercadeables... Y vean
cómo esta arquitectónica Columna se declara Anti-Salomónica abierta y ferozmente a partir de esa dolorosa demolición. Auguramos que nada de lo que en ese terreno se construya tendrá éxito, porque no puede triunfar una operación que nace de despojar cruelmente a la ciudad... A todo lo que allí quiera levantarse le caerá una maldición gitana: lo matará la nostalgia del magnífico edificio de Guinand.

Veánlo caer. Y observen cómo cae junto suyo en pleno la respetabilidad de la Oficina de Gestión Urbana del municipio Chacao, que ha validado en el pasado todos sus chimbiles rediles y “alegres” campos alegres, y cómo se desploma el nuevo Plan de Ordenamiento Urbano Local que se quiere hacer aprobar para ese municipio, que con esa sola Orden de Demolición Total, tan clara, tan prístina, tan desconocedora de la evolución
de la Ciencia Urbana, se ha automáticamente invalidado también ella a su vez por no contar siquiera con lo que cualquier ordenanza urbana de menor cuantía en ese mundo tendría: una conciencia absoluta y responsable de lo que significa el Sentido del Lugar, respaldada con un Plan Catrastal Patrimonial Arquitectónico y Urbano del que poder aferrarse para defenderlo.

Veánlo caer. Por promotor destructor de la memoria, por constructor de basura arquitectónica, por irrespetuoso mercenario inmobiliario. Y con él, vean desplomarse a la planificación cómplice de las autosuficientes y excluyentes Oficinas Locales de Planeamiento Urbano que funcionan en esta ciudad. A este esquizofrénico, inoperante y destructivo esquema de autoridades urbanas fragmentadas operado por planificadores eficientistas y sordos los unos de los otros, con Chacao, Sucre, Petare, Libertador y Baruta cada uno tirando de la
ciudad por su lado y peleándose entre sí hasta que la ciudad se les rompa. A la anarquía, a la mediocridad y al engaño: al cadáver del enemigo. Cuando mande sus tractores. Veánlo caer.

"El Edificio Galipán en la Avenida Miranda, Caracas", c. 1950s  (Postal. Tipografía Cervantes. Costa Salas - Archivo Fundación de la Memoria Urbana).





Publicado en: Arquitectura, EL NACIONAL, Caracas, lunes 17 de Mayo de 1999.

domingo, 26 de agosto de 2007

Flores al Galipán

"El Galipán en la Miranda" (Postal, Costa Salas - Archivo Fundación de la Memoria Urbana, 1950s).




Sentada a la mesa de un bar de la Avenida Francisco de Miranda, disfruto a través de la vidriera de una de las mejores vistas urbanas de Caracas. El edificio Galipán, justo enfrente, luce espléndido, gran trasatlántico de los cincuenta. El vidrio de la fachada donde estoy le ha desdibujado el escombroso abandono y le confiere ciertos brillos empañados. Asimismo, las masas estridentes de sus dos monstruosos vecinos, confundidas en el reflejo de la vidriera, desaparecen un tanto y casi me molestan menos. Disfruto inmensamente de la vista, y de mi Gin & Tonic.

Imagino cómo era aquel lugar en 1952, cuando se inauguró el edificio. La avenida como dijéramos una vez en un libro del Instituto de Arquitectura Urbana, luciría “nueva y flamante”, prácticamente construida para el uso exclusivo de la “gigantesca megaestructura en medio de grandes lotes baldíos de terreno”.1 El edificio se asienta majestuosamente a su orilla como un “mundo urbano en sí mismo, como un pedazo aislado de ciudad”. En aquel entonces lo habíamos escogido entre los diez mejores edificios de vivienda multifamiliar de los años cincuenta y le redibujamos cariñosamente sus plantas, sus secciones y sus alzados, cuidando mucho en delinear bien cada antepecho, cada baranda, cada alero (que tánta familiaridad tienen con los de su notable pariente, el Hotel Tamanaco, otra espléndida obra del arquitecto Gustavo Guinand van der Walle), a fin de salvarlos para la posteridad, erigiéndolo con nuestro devoto esfuerzo en un sitial de honor: una de las operaciones de mayor confianza urbana de la época.

Arriba en el último piso, un amplio restaurante coronaría la corpulenta fábrica a lo largo de una terraza sobre la curvatura central del volumen, rutilante de luces festivas y repleta de gente, y desde cada uno de los dos penthouses en las cinco puntas del edificio, los inquilinos, todos gente muy chic que se daban codazos para conseguir aquí apartamentos para rentar, abrían sus elegantemente decorados balcones a la vista de la nueva Caracas. Eran las primeras terrazas escalonadas de la ciudad y habían sido modeladas según los hermosos y sofisticados balcones urbanos en los rooftops de Nueva York.

Los tres triángulos estrellados de los tres edificios unidos que es el Galipán hacen una planta residencial formalmente agraciada, que resulta bien difícil de cambiar de uso. Más en los tiempos actuales, aunque aún viva allí mucha de la gente inicial, el edificio es prácticamente de oficinas. Sincerar el cambio de uso sin destruir el edificio es un reto para quien quiera remozarlo en el futuro. El respeto, además para la arquitectura del autor del Easo y del Tamanaco, quien ya ha visto desaparecer un edificio suyo (el Cine Lido) en las inmediaciones, es un deber moral que tendrá que ser tomado en cuenta. Y no hay nada menos “guinandiano” que los vidrios-espejo de colores galácticos.

Imagino también la Librería del Este en la planta baja, que empezaba a elaborar su larga trayectoria librera de calidad, y por el oeste la Galería Adler-Castillo, que quizás más tarde, haría otro tanto con el arte. Veo esta arquitectura urbana, recién construida, cuyos lobbies son un muestrario de materiales de lujo graciosamente encastados, con la Sastrería Carlone (que aún sobrevive) y la casa Christian Dior, y una espléndida exhibición de automóviles BMW en el local central, convirtiéndose en el enclave del dandysmo caraqueño de los cincuenta.




Este hábil cuerpo transparente longitudinal, del cual su arquitecto está muy orgulloso (1997) y que recibe encima horizontalmente el nombre del edificio, elabora con otra serie de elementos una “oda al automóvil” de la que también hablábamos hace trece años. Armando un frente continuo a la avenida, se yuxtapone a las concavidades de los volúmenes del edificio. Aún podemos apreciar el grandioso rond-point y la calle interna que permite poder llegar en automóvil “hasta la puerta misma de las viviendas” y sentir los restos del señorío y el lujo perdidos de una época de bonanza y gentilicio.

Indiscutiblemente, desde donde estoy, una mesa del bar La Mostaza en la planta baja de la Torre Europa, cruzando la avenida, el panorama, majestuosamente dominado por la presencia urbana del Galipán, es añejadamente bueno, de ya casi medio siglo, y la fuerza de la arquitectura del edificio, aunque envilecida por el deterioro y los cambios forzados de uso, es más fuerte que la erosión. Aún como bella ruina le gana a todo lo que tiene alrededor. ¿Por qué haberlo dejado deteriorar tánto? ¿Por qué no remozarlo de nuevo y restituirle la calidad de antaño?

En la revista semanal New York aparece la influyente sección de crítica turística y gastronómica de Gael Greene. Este personaje tiene la peculiaridad (común a la mayoría de los críticos) de practicar el anonimato. Se rumorea que es una mujer madura, que anda muchas veces tocada de extravagantes sombreros, la mayoría de las veces con gafas oscuras, cuyo rostro nadie sabe describir muy bien, unos porque se atemorizan demasiado al reconocerla, otros porque de tan significativo como es, ponen los pies en polvorosa para mejorar el servicio, no vaya a ser que ella ventile sus errores a los cuatro vientos. Gael desayuna, almuerza, merienda, cena, barea y juega todos los días de su vida sin descanso. Sabe dónde está todo lo que se trama y todo lo nuevo, todo lo que llegó esa mañana a puerto y todo lo que se pudre en las neveras, todo lo que persiste con sabiduría a través de las generaciones y todo lo que cambia irremisiblemente para perderse por siempre. Genio del genius loci restaurateur, Gael todo lo dice y todo lo señala, y es amada y temida por ello. En una ciudad como la nuestra, donde hasta los chefs matan por una receta de cocina, su vida sin duda correría peligro, aunque no creo que sea probable que ésto lo atemorise.

¿Qué haría Gael, en Nueva York, para proteger un manjar añejado como el Galipán? ¿Apresuraría a sus lectores a degustarlo como un plato fuerte del paladar de otros tiempos que pronto desaparecerá? ¿Criticaría los nuevos planes de los arquitectos y los promotores que lo rondan para ponerlos verdes? ¿Iniciaría una campaña de opinión? ¿O daría un voto de confianza, escribiendo una calmada nota en la que alabaría todas y cada una de las virtudes arquitectónicas y urbanas de tan preciada pieza de la ciudad, dándole crédito a su honorable creador y conminando a que cuando el edificio vuelva a ser metido al horno, se le trate con cariño y respeto...? 


Mucho cuidado, amigos míos, con este manjar urbano. Estamos vigilantes.


La "crítico insaciable", Gael Greene.




NOTAS
1. "Edificio Galipán", La vivienda multifamiliar: Caracas 1940-1970, Instituto de Arquitectura Urbana, Caracas, 1983.



Publicado en: Arquitectura, EL NACIONAL, Caracas, 23 de Junio de 1997.


sábado, 25 de agosto de 2007

La cornisa encabritada

Hotel Four Seasons, Caracas, 1997.






Pasé otra vez por la Plaza Altamira. En un instintivo gesto de defensa, desarrollado para poder enfrentar agresiones y pesares cuando recorro la ciudad, me aparté con repulsión, como la estatua de Bernini frente a la borrominesca Sant'Agnese en Piazza Navona. Con una mano conducía, y con la otra intentaba ocultar de mis ojos el objeto de mi horror.

En la esquina noreste con la Avenida Francisco de Miranda, la más visible de todas, en ese inmejorable terreno sobre uno de los más preclaros espacios urbanos de toda la urbe, se alza la masa del más novel engendro del averno desde la aparición del Adefesio de la Casanova (el tristemente famoso Hotel Meliá Caracas).

Es el nuevo Adefesio de Chacao. Este arrancó minando de innobles estacionamientos sus primeros pisos, acabando así con los niveles más públicos sobre la acera (fruto de una maligna ordenanza que hay que erradicar, donde los promotores se ahorran la construcción de sótanos a costa del envilecimiento ambiental de la calle). Luego la fachada fue despachada con una simplista sección-tipo, la misma trátese de carros como de huéspedes. La amorfa masa de concreto fue creciendo, densa y torpe, llenando hasta el último rincón del terreno, desbordando aturdidamente el metraje de construcción permitido. Luego, pisos y más pisos de fachadas ciegas subieron hasta unas alturas inverosímiles, desprovistas de toda relación con la escala y respeto por la proporción urbana de la plaza enfrente o de la avenida adyacente. Una actitud egoísta y hegemónica que debería estar prohibida en la ciudad.

Fue entonces cuando la cornisa del Adefesio se encabritó. No contento con hacernos sufrir su pobre arquitectura groseramente comercial y brutalista (no por “Brit”, sino por bruta), con haber enanizado a los edificios circundantes (de elegante estilo Rocheano en su mayoría de los cuarenta y los cincuenta) y ridiculizado al obelisco de Manuel Mujica Millán -introduciendo unas volumetrías marcianas que lo desconocen-, el objeto de mi horror empezó a encorvarse en todas direcciones, como guiado por una mano diabólica, “demboníaca.” En contorsiones arbitrarias y torpes, rompió la armonía del entorno y banalizó la esquina, erigiéndose como el más cabreado remate de que se tenga noticia en los anales de la anarquía constructiva caraqueña desde que Arquitectónica intentara introducir el suyo en el nefasto edificio “Castellanía”, un poco más al oeste, avenida abajo, severamente criticado en esta misma columna, hace pocos meses (ver “Más vicios de Miami”, Arquitectura, El Nacional 1/4/96).

Hay que patear un edificio cuando se lo merece. La ciudad resiente en carne viva el abuso, la falta de respeto, porque si en algún lugar de Caracas todavía (1997) es posible entender de qué se habla cuando se dice “arquitectura urbana” es en la Plaza Altamira. La plaza “Is Almost Alright”, sus valores aún son evidentes y aleccionadores, y lo que hay que hacer es protegerla. Esta no es la urbe caótica que conocemos: la ciudadanía aquí entiende qué quiere decir “romper con las líneas de las fachadas circundantes”, “desoír el lenguaje arquitectónico”, “desconocer las líneas de fuerza del espacio” y en definitiva “irrespetar el contexto”. Aquí los caraqueños pueden comparar, frente a la nobleza arquitectónica del edificio Altamira o del edificio Mónaco, lo que significa Malo, Nocivo y Feo en arquitectura. Y, además, lo que implica tener que sufrir éso a diario.

Desgraciadamente, el Adefesio avanza impune. Cuando todavía Chacao no se ha recuperado de la demolición de la quinta “La Atalaya” de Manuel Mujica Millán en Campo Alegre para sustituirla por una mediocre construcción intitulada cínicamente “El Manantial”, la arquitectura galáctica vuelve a hacer de las suyas, ahora queriendo arruinar un hermoso espacio urbano... Mas corren tiempos en que las demoliciones penales y moralizantes todavía podrían volver a tener vigencia.

Esperamos sinceramente que reinen la Ley y el Orden, y que se le pueda practicar su dote de dinamita a cada encabritado e ilegal volumen. Desde el Municipio Chacao, como lección para todo el país urbano, este triste episodio en dos actos podría tener como moraleja un racional “ojo por ojo”, o mejor aún: polvo por polvo. 



Detalle de la Fontana dei Quattro Fiumi, GianLorenzo Bernini. Piazza Navona, Roma (f. Martin Moos. Art.com).




Publicado en: Arquitectura, EL NACIONAL, Caracas, 3 de Marzo de 1997.



sábado, 11 de agosto de 2007

Más vicios de Miami

El "Castellanía", a construirse (1996) en la Avenida Francisco de Miranda, frente al terreno del Cine La Castellana, Bello Campo, Caracas. Arquitectonica International Corporation, 1996.








1. Memorias de Bryckell 
Nunca el director artístico de una serie de televisión tuvo tánta influencia en la cultura arquitectónica como la que alcanzó en los ochenta el de la serie Miami Vice. En efecto, con el viaje aéreo de la cámara sobre algunos de los principales íconos de la imaginería miamera, especialmente a través de la ventana monumental del hoy globalmente célebre edificio "Atlantis on Bryckell", este desconocido profeta de los medios a la vez que le daba la bienvenida popular no cibernética a lo que serían las animaciones arquitectónicas por computadora de los noventa, propulsaba el salto a la fama internacional del team iniciador en la península de la Florida de lo que se conoce como el estilo Miami Postmoderno, es decir: la Arquitectonica International Corporation, una oficina de arquitectura con sede en Miami.

Con la repetida escenificación de episodios en los más hedonistas espacios de los proyectos de Arquitectonica, es decir, cientos de besos y balas entre bloques de vidrio, barras de neón y planos de colores pastel, el gusto internacional fue entrenando su ojo en el pasticho formal de estos arquitectos, fruto del matrimonio concertado entre una versión local de las enseñanzas de Las Vegas y un alegre catálogo personal de los clichés más cotizados de lo postmoderno. En muy poco tiempo las imágenes de Don Johnson y su partner se nos confundían con las de Laurinda Spear y su Partner, su marido Bernardo Fort-Brescia, y la seducción de ambos pares de galanes rodaba simultánemente por el mundo vendiendo un mismo producto: la estética y el vicio arquitectónicos de Miami, Fla.

Atractiva y desinhibida, lúdica, banal y, ocasionalmente, original, nadie sin embargo puede olvidar la buena impresión que causó la primera arquitectura de Arquitectonica (un nombre, además, en español), cuando Laurinda develó su primer proyecto: una sensual casa para sus padres sobre Biscayne Bay (Spear House, 1979), inmortalizada por la televisión en una violenta lucha librada a puñetazos, que terminó (como todos soñábamos entonces que sucediera), con los elegantes narcos vestidos de negro arrojados de cabeza en la piscina heredera de la proposición de Rem Koolhaas (Delirious New York) para Roosevelt Island.1

A partir de entonces, la arquitectura de proyectos como “El Palacio”, “Babilonia” o “Ivanhoe”, con su típico despliegue mezcla de frivolidad y suntuosidad, su monumentalización de masas y vacíos rompiendo la escala de los edificios y su formalismo caprichoso, se convirtió en una nueva forma de Vicio Global de enorme aceptación que les proveyó de encargos repartidos por todo el mundo. Entre ellos, los más recientes (y polémicos): un banco en Lima (el Banco de Crédito de Lima, 1990), un complejo recrecional/hotelero en Nueva York (el Disney Vacation Club de la Calle 42, que comienza su construcción en estos días -1996-) y un apartotel en Caracas (el Castellanía, 1996-?).

2. Otro hereje para el eje

 ¿Qué pasó con el encanto inicial de Arquitectonica? ¿Dónde quedaron los delicados jokes de los ochenta, los traviesos detalles eclécticos, su inteligente sonrisa sardónica, sus alusiones críticas a la historia de la arquitectura moderna? ¿Se vuelve una broma pesada el que los talleres de arquitectura se conviertan en corporaciones internacionales? Al contemplar el partido con el que ganaron el concurso privado para el área de Times Square (que costará trescientos tres millones de dólares) y la idea que le vendieron al Banco de Lima para su sede, la primera una idea no-arquitectónica, la de un meteoro estrellándose contra el asfalto, “tomada prestada”, como se escribió en Arquitectura Viva el año pasado (1995), “del reino de la animación para aplicarse a un edificio” y la segunda, una provocadora imagen para la realidad peruana de un supuesto claustro colonial “típico de la arquitectura limeña” que haría llegar ¡finalmente! la sofisticación a América Latina, nos damos cuenta que la arquitectura resultante allí es mucho menos que promisoria, que quien se estrella es Arquitectonica, y que su propósito recurrente de satisfacer los delirios de sus clientes hasta el mismísimo delirio lo que más logra es evidenciar que hay un límite real para lo que constituye una idea en arquitectura.2

Mas si la provocación a la realidad peruana queda minimizada frente a la seducción descomunal del atrio elíptico hecho de doce mil bloques de vidrio y la monumentalidad boba (producto típico de las empresas Disney) del parque de ocio prefigurado para 42nd Street quedan casi disculpadas por la grandeza del despliegue mediático y publicitario en sus fachadas en el más furibundo espíritu venturiano, ¿qué maniobra genial justificará la Green Whale (ballena verde) de la Francisco de Miranda?

Por ahora, la reflectante contribución al lamentable Genius loci de la avenida, el canto en la encabritada cornisa y en la irregular fenestración al caos arquitectónico de la ciudad de esta versión disminuida y pobre del Atlantis de Bryckell, lo único que parece ser es una muestra de flagrante desprecio a Caracas. ¿Será que para resolver los encargos menos importantes la pareja se inventó un alter ego, es decir, la No-Arquitectonica International Corporation? ¿O será, más bien, que el verdadero vicio de esta malacrianza de Miami está en la abominable ordenanza que permite su construcción y la de tántos otros insultantes desafueros urbanos en Chacao?



NOTAS:
1. Rem Koolhaas. Delirious New York.
2. Arquitectura Viva, 1995.


Publicado en: Arquitectura, EL NACIONAL, Caracas, 1996.


martes, 7 de agosto de 2007

Contra la libertad de expresión

Avenida Francisco de Miranda, Caracas (Postal, 1950s. Archivo Fundación de la Memoria Urbana).




De las avenidas de Caracas, la Francisco de Miranda, con sus particulares expresiones arquitectónicas, es la que tiene más posibilidades de completar en el futuro cercano su imagen urbana. Polo de atracción de sedes corporativas y centros comerciales, amplia, dinámica y progresista, la avenida es el receptáculo de la inversión y el espejo de la acción de los más pujantes grupos económicos, empresas constructoras y oficinas de arquitectura.

Allí desfilan las imágenes de los sueños de nuestra sociedad corporativa, o los que sus arquitectos han logrado venderle; allí se prueban primero los materiales constructivos y las formas que luego ella pondrá de moda por toda la ciudad; allí se practican con fe y ademanes primermundistas los ejercicios de la civilización, de la seducción, de la pulcritud y del decoro. Allí, sobre todo, se ha mudado el ansia caraqueña por la monumentalidad y por la urbanidad.

Esta es la avenida que todo viajero busca cuando dice: “Llévenme a la ciudad”. El recinto donde están los edificios modernos por él esperados: la cara fresca y tecnológica del país en desarrollo. Ese viajero, sin la Miranda, se sentiría en la selva amazónica. Sin la Miranda, dudaría de la contemporaneidad caraqueña. Es la imagen más reciente de nuestra sociedad urbana. Una circunstancia que no ha pasado desapercibida por nadie: la sociedad está consciente de su Gran Avenida, y, como se debe, invierte y sigue construyéndola y mejorándola. O, por lo menos, intenta hacerlo.

Desde la apertura de la Línea Uno del Metro en los ochenta, destacándola con su paso subterráneo, la avenida no ha hecho sino despegar en su ascenso de escalafón urbano. Hoy es Prime Real State, eje monumental de primer orden, salón de fiestas del Municipio Chacao. Su remozamiento, lento pero seguro, llama hacia la reflexión de lo que arquitectónicamente se puede, se debe o no se debe hacer. La Avenida Francisco de Miranda está lista para empezar a limitar la libertad de expresión arquitectónica. Enhorabuena.

Límites. Palabra aterrorizante para muchos. Bozal, confín, frontera, barrera, coto, mordaza, cadenas, trabas. Y todo lo que ello conlleva de amenaza al libre albedrío del diseñador inspirado, del promotor ambicioso, del banquero visionario. Límites segadores de alturas excesivas para torres, reductores de paletas de materiales para fachadas, ortopedias para volúmenes, moldes para los retiros, tijeras para los anuncios, tablas para las tipologías y los lenguajes. Camisas de fuerza para hacer entrar en razón a quien la haya perdido, frenos al irrespeto y a la falta de sensibilidad por lo que hay de bueno en este magnífico eje de la ciudad. Paradójicamente, la esclavitud necesaria para ascender hacia una cultura urbana verdaderamente libre.

Cuando uno conocía una avenida hecha de edificios Galipanes y Torres Europa, de edificios Canaima y edificios Easos; cuando uno estaba acostumbrado a la dignidad constructiva de los alrededores de la Plaza Altamira y a la certidumbre de la franja contínua del segmento junto al casco colonial de Chacao. Cuando uno disfrutaba de la experiencia solitaria y rotunda del Cine Castellana y de su noble tocayo neovéneto, el edificio La Castellana, uno no podía sino esperar que todos aquellos espacios vacíos que quedaban por llenarse lo harían con el respeto arquitectónico necesario. El problema estaba propuesto, las bases, claras: sólo había que comprender lo existente, y construir en consecuencia.

Pero he aquí que los arquitectos franciscanos (de la Miranda) no han querido seguir los principios establecidos por su Orden. La herejía urbana los poseyó, y una normativa llena de vicios ocultos los terminó de arrastrar al infierno. Cinco de los recientes grandes Herejes del Eje, la Torre Oiza, el Edificio Sudameris, el Centro Lido, el adefesio del Four Seasons y los asesinatos del Galipán, y del Cine y del Edificio La Castellana, son el resultado de tánta libertad de expresión. Introduciendo baches volumétricos entre sus nobles vecinos, anulando con sus colores reflectantes la posibilidad de la continuidad este-oeste de los matices nobles que la avenida tiene, despachando con un mero detalle de ventana todas sus partes, o ejecutando (éso sí, al dedillo) la abominable ley que permite que se llenen de estacionamientos el piano nobile de los edificios, volviendo garages las plantas bajas, abortando la vida urbana.

Estamos en contra de la excesiva libertad de expresión arquitectónica y urbana. Con ella, los arquitectos y promotores no hacen sino perder la compostura. Que se establezca, ahora que se emprende en Chacao la remodelación de la avenida, un verdadero Tribunal de Inquisición que haga la Reforma de las Leyes Franciscanas, estableciendo nuevos, fuertes y exactos límites basados en las cualidades arquitectónicas y urbanas del lugar. Que todo no se quede en planta baja. Que se castigue a los herejes y se tenga preparado un bozal para todo aquél que amenace con ser peligrosamente elocuente (Arquitectonica, Beware!) Sólo imponiendo nuevos límites podremos terminar de construir la hermosa avenida urbana que merece la ciudad, aprendiendo y diseñando también a partir de lo bueno que hay (y hubo una vez) en ella. Porque como decía Jorge Luis Borges, los límites son “el mejor abono posible para la imaginación.”1




Avenida Francisco de Miranda, Caracas (f. Archivo Fundación de la Memoria Urbana, 1950s).






NOTAS:
1. Jorge Luis Borges. Límites.

Publicado en: Arquitectura, EL NACIONAL, Caracas, 1996.