viernes, 14 de marzo de 2008

El valle de los caídos

El Valle de los Caídos, Madrid (1959). Arquitecto Pedro Muguruza.

No, los caídos no son los que imaginan: no los que exalta el monumento franquista a sus héroes en la Guerra Civil Española (1959) ubicado en la Sierra de Guadarrama; no esos fantasmas encapuchados de mármol, semiocultos entre la caverna, no, aunque en lo tenebroso se les parezcan mucho en este valle falangista.
No los concejales de la Cámara Municipal de Chacao, al dar hasta ahora (1999) su brazo sin tregua para defender desinteresadamente la memoria urbana de su municipio a pesar de la incomprensión y la negligencia que abunda entre quienes mal los rodean, nombrando patrimonio monumental del municipio al Edificio Galipán; al haber detenido por todo este tiempo la avalancha destructora que se cierne brutalmente sobre este querido fragmento arquitectónico de la avenida más importante del este de Caracas; al haber dado aquella inolvidable primera señal de ALTO, OJO: AQUI TENEMOS UNA CIUDAD, tenemos una historia, un carácter y un sabor urbano legítimos, y nuestra resposabilidad es defenderlo; Caracas no puede ser por todas partes borrón y cuenta nueva, nosotros sí sentimos orgullo ciudadano por lo poco que nos queda, no todas las parcelas del municipio son iguales, hay lugares de respeto, hay cosas inviolables, deben nacer nuevas modalidades para desarrollar y construir, sí, pero sin inmolar los íconos de la memoria urbana que nos hicieron como somos. Seamos responsables. Reflexionemos.
No. Tampoco la Academia, con un Consejo Universitario y un Consejo de la Facultad de Arquitectura que han dado magistralmente la talla sabiendo llevar a la opinión pública el peso de la verdad y demostrando cuán inamovible es la dignidad cuando se ancla en el conocimiento verdadero. Nunca habíamos tenido en materia urbana y arquitectónica una respuesta de tanto consenso y tanta severidad proveniendo de nuestra suprema Alma Mater, así como nunca habíamos estado armados en nuestras luchas urbanas de una figura tan heroica (heroica dije, sí, en toda su dimensión) como la de nuestro actual Decano de Arquitectura y Urbanismo, Abner J. Colmenares (1999).
No. Tampoco son los vecinos, solos como individuos o agrupados en asociaciones, ni sus alertas dirigentes, velando por lo que les pertenece, ellos como los primeros afectados ante la degradación del entorno, ni tampoco la colectividad caraqueña, gigantesca masa hasta ahora aparentemente inasible y apática en estos temas, que por todas partes se manifestó con las maneras que le brinda la ciudad, desde el murmullo hasta la airada queja en todas sus formas, ni, finalmente tampoco, el gremio periodístico, la mayoría de los críticos de arquitectura incluidos allí, llenando las páginas de periódicos y revistas con sus trabajos abogando por la conservación, aún sin ponerse muy de acuerdo en la form
a, pero todos igualmente atemorizados ante lo que significaría la pérdida irremisible de este gran edificio convertido en símbolo y el duelo por la derrota de la ciudad en esta hora. No. Ellos no son los caídos.
Caído está el Alcalde, máxima autoridad del municipio, quien no quiso refrendar la tan honorable declaratoria de monumento de sus pares, avalándola aunque fuera con una simple firma, por temor a comprometer los dineros de su cartera, cuando lo que tenía que hacer era promover una campaña para cambiar las leyes, coordinar un concurso de arquitectura para salvar el edificio construyendo unas áreas adicionales atrás, y erigirse en el país como Adalid Político de la Memoria y Promotor de la Evolución Legal de la Ciudad (Señor Alcalde, la oportunidades en la vida que nos da Dios para llegar a ser inmortales son fugitivas); caído está el Instituto de Patrimonio Cultural de este país, especialmente en la figura de su Director, quien se está ocupando no se sabe de qué peregrinos menesteres sin encargarse como debiera de lo suyo, es decir, de salvar el patrimonio monumental, de ganar para todos y para siempre esta batalla icónica, de entender de una vez por todas qué es lo hace de Caracas Caracas, de buscar la mejora legal y de convencer a los descreídos de lo que significa el lenguaje de la ciudad; caídos están todos esos otros directores de institutos y directores de páginas de arquitectura que han puesto en duda hasta la esencia misma de lo caraqueño pensando que cualquier cosa estará mejor en esa parcela que el humillante montón de basura al que sus dueños han reducido el edificio y celebrando como una victoria un entendimiento que es un fracaso disfrazado; caídos están los asesores que han decretado la debilidad de la estructura del edificio, porque si les diéramos crédito entonces habría que demoler también toda la Caracas de esos mismos años, el Palacio de Miraflores incluido; caídos están los abogados que, ignorantes en materia de arquitectura y urbanismo, elaboran dossieres de doscientas páginas para descalificar a la arquitectura de Caracas, híbrido excitante y elusivo, linterna mágica, tesoro inédito aún ni siquiera tasada del todo ni por nuestros especialistas ni por nuestros mismos poetas.
Caídos, aún sin que haya caído siquiera el Galipán, ellos están. Y caída, como ninguna, la Presidente del Colegio de Arquitectos, quien aún no se sabe a nombre de quién -porque que se sepa nunca se hizo ningún referendum para preguntarle su opinión a todos los colegiados sobre el asunto- asumió su destructiva, inescrupulosa, irresponsable, pública y ejecutiva postura de “echarle encima la lápida” -usando sus propias palabras- al Galipán, y ahora prosigue logrando acuerdos mochos y engañando a la opinión pública haciéndole creer a todo el mundo que clavar un Richard Meier en la Miranda puede perdonarlo todo (a mí, como a muchos ilustres colegas, ella NO nos representa un rábano, y lo único que queremos es ver su nefasta acción fuera del Colegio).
Veánlos caer. Veánlos cayendo. Por promotores destructores de la memoria, por plegables mediatizadores de la verdadera arquitectura, por acomodaticios mediocres sin fe en nuestra ciudad. Puede que aún no hayan llegado los tractores, pero ya quien lo desee puede verlos caer.

Edificio Galipán, Gustavo Guinand van der Valls. Caracas, 1950s (f. Fundación de la Memoria Urbana).

Publicado en: Arquitectura, EL NACIONAL. Caracas, lunes 15 de Noviembre de 1999, y en arqa.com (http://1999.arqa.com/columnas/hannia11.htm)

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