miércoles, 8 de agosto de 2007

Botta reciente: la persistencia de la geometría

Espace Malraux, Chambèry. Mario Botta (1987).


En 1982, en el libro La Casa Rotonda, entre los diversos textos incluidos estaba una carta abierta de Rob Krier a Mario Botta.1 El único de los dos Hermanos Krier que había logrado hasta entonces superar (y con suma dificultad) el estereotipo de arquitecto de papel de los ochenta, reconoció su torpeza en las lides constructivas (“propia del destino de un arquitecto frustrado”) al escribirle: Caro Mario: desde que conocí tus primeros trabajos he admirado tu virtuosismo artesanal, el cual hasta ahora no he podido igualar. Yo, en cambio, debo constantemente disculparme por las múltiples faltas en mis construcciones.”

Botta, por el contrario, podía mostrar “todos sus edificios tanto por dentro como por fuera”, los cuales, encima, envejecían bien. Para Krier, así como para toda una generación de arquitectos, Mario Botta era el “retrato ideal de un constructor”, el refinado virtuoso de la forma y de los detalles, obsesionado con el objeto de su trabajo y, claro está, con la arquitectura.

Esa condición suya colocó su obra por encima de las muchas y muy flamboyantes otras expresiones arquitectónicas de la década: era la respetuosa obra “en deuda” con Louis I. Kahn, era la severa expresión exhaltante del paisaje natal ticinés, era el esperado eslabón perdido que reanudaría los lazos entre el lenguaje de la arquitectura tradicional y el de la arquitectura contemporánea, y era la austeridad necesaria que, uniendo finura y fortaleza, justificaba, ¡oh, sí!, la explosión formal arquitectónica más estridente acaecida en los últimos tiempos.

Ni que decir que la “Bottamanía” se convirtió en una corriente clave de los ochenta, influyendo a diestra y siniestra desde Oriente a Occidente, desde Tadao Ando hasta los Españoles, sumiendo a Venezuela en una intensa fascinación piemontesa, sobre todo entre los ya más confesamente kahnianos de nosotros. Una fascinación premonitora, diría yo, que habla muy bien de la clarividencia y el olfato tectónico de una generación que se sabía de memoria la simetría exacta y redonda del State Bank de Friburgo; que recitaba en verso cómo se insertaba el puente en la hendidura de la Casa en Riva San Vitale; que no se imaginaba mirando al cielo si no era a través de un lucernario metálico transversal como el de la Casa en Pregassona, que suspiraba por pilones cuadrados y escalones en esquinas urbanas como las del Ransila de Lugano; y que copió y reinterpretó hasta la saciedad la rayada zebra de ladrillos del paralelepípedo de Ligornetto... Hoy, conociendo cómo anduvieron las cosas, vemos que no estaban tan equivocados quienes entonces abrazaron con entusiasmo el construccionismo Bottiano durante los turbulentos años del artificio verbal y visual del Postmodernismo. Mucho menos los fieles clientes seguidores del arquitecto.

Sin embargo, habiendo quemado una década de fogosa celebridad, Botta pareció eclipsarse y desaparecer del horizonte del Star System... pero por solo un momento, y solo en apariencia. Su búsqueda característica de la pureza geométrica, su genuino don de síntesis que hacía (y hace) de cada uno de sus edificios un monumento que se destaca en el paisaje (urbano o natural, para bien o para mal), su peculiar estilo de hacer escisiones esenciales en los volúmenes, de tallar cornisas, de trazar arcos rebajados y de reelaborar leitmotivs, llegó a configurar una arquitectura personal, un repertorio formal, una forma de arte, tan única como las botellas de Morandi o los blues de Miles Davies. Son los “cofres engastados” que bautizó Alberto Sartoris.

Paradójicamente, con todo y su preocupación original por el Genius loci, la arquitectura de Mario Botta, (como le pasó también, por ejemplo, a Alvaro Siza Viera), se convirtió en un producto para el global market. Así, a pesar que suelen escucharse críticas internacionales (“una catedral así sólo podía construirse en una suburbia como la de Evry”) o (“el Museo de Arte Moderno de San Francisco es la única construcción de ladrillo en las inmediaciones del centro”), Botta ha seguido construyendo, y profusamente, más allá del Cantón del Ticino. Sus arquitecturas van por el mundo con los mismos fresnos y chopos sembrados en los techos, las mismas matrices reelaboradas de siempre, y los mismos ricos materiales de su tierra: ellas están entre las más cotizadas del planeta. Tanto el maestro, como su geometría, persisten.

Pues bien, Mario Botta visita Caracas por segunda vez (1996) y, como evento de clausura de la Exposición “Un lugar, Cuatro arquitectos”, dictará una única conferencia audiovisual sobre su “Arquitectura Reciente” el miércoles 28, a las 6:30 de la tarde en la Sala Experimental del Museo de Bellas Artes. Una oportunidad perfecta para visitar una de las mejores exposiciones de arquitectura hechas en Venezuela, preparada por la acuciosa Curadora de Arquitectura del Museo de Bellas Artes de Caracas, Fabiola López Durán. Refresquemos nuestra “Bottamanía” y, con amicizia, como Rob, reiterémosle a Mario Botta nuestra admiración de siempre por su ilustre artigianato.

Petra, Suvereto. Mario Botta (f. 2009, Argante. Panoramio).

NOTAS:
1. Botta, Mario. La Casa Rotonda. 1982.

Publicado en: Arquitectura, EL NACIONAL. Caracas, 1996.

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