sábado, 31 de marzo de 2007

Simpatía por el dédalo

Love is Strong. The Rolling Sornes (1994) (f. rockpics.com/)

Ciudad, rock y video-tape.
No es casual que los Rolling Stones hayan escogido al Giants Stadium de la ciudad de Nueva York como parada estelar de su 1994 Voodoo Lounge Tour. Una canción, titulada “Love is Strong” es el hit encarnado en el video-tape que promociona la gira. Como unos diabólicos Giants, los Rolling invaden New York City, mientras rítmicamente repiten que sólo la ciudad es dulce, When Love is Strong…

1. Downtown Love

La cámara se aproxima a lo que parece ser un pequeño y cuidado jardín. Saltando sobre la grama y entre los arbustos (que no les llegan más arriba de la rodilla), encontramos a los integrantes de la legendaria banda de rock The Rolling Stones ejecutando una informal danza.

La simpleza aparente de la escena, en blanco y negro, nos hace sospechar. Esto no puede ser todo. De pronto, un Mick Jagger gigante nos asalta desde la pantalla del televisor, elevándose descomunal en el espacio central de una avenida flanqueada de edificios, entonando las primeras estrofas.

Love is strong
And you’re so sweet
You make me hard
You make me weak

Para entonces, ya entendemos que el pequeño jardín de la danza inicial es nada menos que la diva pastoral de la ciudad de Nueva York: Central Park, y que de lo que se trata es de un nuevo video urbano. La filmación continúa por las demás avenidas, por las calles, los techos, las terrazas, las aceras, los puentes y las fachadas de la ciudad, fotografiadas con la pasión de un fotógrafo de arquitectura. Los sitios en que Mick, Charlie y Ronnie (y una troupe de modelos bellísimas, sudorosas y semidesnudas) bailan, han sido seleccionados con la experticia de un curador de arquitectura urbana: lo que vemos no son fragmentos cualesquiera de la ciudad. Son nuestros pasajes predilectos, pertenecientes a la iconografía de Downtown y Lower Manhattan, con un par de tomas en Midtown, como son las del mismo parque y la de un segmento célebre de la Quinta Avenida.

Mientras contemplamos, aterrorizados, el baile, los escarceos, las persecuciones y las luchas cuerpo a cuerpo de estos gigantes, la melodía, sulce y sincopada, fluye. Cada vez que Keith Richard patea furiosamente al Brooklyn Bridge mientras toca la guitarra; cada vez que Charlie Watts golpea con sus baquetas percusivas los tanques de agua de Chelsea, sentado sobre varios brownstones; cada vez que Ronnie Carter derriba atronadoramente a una mujer sobre el asfalto; cada vez que Mick Jagger extiende sus brazos al cantar, tememos por los edificios…

Una toma de la señal urbana de Lafayette Street nos ubica en el espacio. Estamos en el Village. Una mujer aparece y desaparece brincando rítmicamente tras una cornisa. A otra la vemos desde un interior, a través de una ventana. Una tercera toma el sol recostada sobre los techos de un gran edificio. Jagger, gesticulando frente al Municipal Building de McKim, Mead & White (el rascacielos neoclásico de 1949, que hoy alberga justamente la mayor parte de las oficinas de la gobernación de la ciudad), pareciera competir con la estatua que corona el pináculo del edificio: la escultura de Adolph Weinman, titulada Virtud cívica. Cuando repite el estribillo de la canción, pareciera que el amor al que se refiere no es el que se puede sentir por la ninfa tipo Kate Moss que en un momento dado del video surge empapada de las aguas del East River, y que, sacudiéndose su transparente vestido blanco, viene bajando –desfilando, casi- por Broadway, tres veces más alta que las fachadas. El amor al que le canta es al que sólo se puede producir en la ciudad, donde algún día / nos tendremos que encontrar / en cualquier parte / afuera en el parque / afuera en la calle. Un amor urbano o, más aún: un amor por la ciudad que permite esos encuentros.

La ciudad, el dédalo máximo, y nosotros, dicen los Stones, hacemos un gran equipo. Por ello, mientras nuestro amor sea más fuerte, la ciudad será más dulce. A la ciudad no deben los jóvenes temerle, ni pensar que su ideal es sólo un sueño…

II. Faithful

Exprimiendo hasta la última gota su relación con los Stones, Marianne Faithful, la célebre primera mujer de Mick Jagger, lanzó al mercado su autobiografía, titulada, prometedoramente, Faithfully. Coincidiendo jugosamente con la publicitada gira del grupo, el libro viene a convertirse en el side dish de los conciertos para todos aquellos fanáticos que quieran ampliar su data rockanrollera.

En un párrafo de una entrevista citado por la revista semanal New York, de comienzos del mes de agosto, la Faithful narra cómo cierta vez, en los setenta, en los tiempos de mayor torridez del romance y cuando el LP Simpatía por el Diablo era número uno del hit parade, le preguntaron acerca de la veracidad de los vínculos de Jagger con Satán. Ella respondió: “Con Satán, no sé. Pero en todo caso, Mike siente mucha simpatía… por el satén".

Siendo admirablemente fiel a la verdad, Marianne abre al mundo la puerta de los verdaderos Stones. Refinados gentlemen, personajes mundanos que, haciendo lo que les ha dado la gana, han mantenido al mundo a sus pies durante casi treinta años…

Mas hoy, pisando los cincuenta ¿qué puede hacer un Rolling para que las cosas sigan siendo así? ¿Qué decirle a las nuevas generaciones, cómo seducirlas, cómo atrapar sus escépticos y delicados corazones neowoodstockianos? Nada. Muy simple: decidieron enseñarles algunas verdades inquebrantables de la vida, de ésas que no envejecen. Decidieron mostrárseles tal cual son, parte Jekyll, parte Hyde, serles “faithful”… y compartir con ellos su altamente sofisticado romance con la ciudad.

III. Los Invasores

Desde los tiempos en que Lewis Carroll colocó a una Alicia cada vez más grande dentro de la casa del conejo blanco, y sus brazos salieron por las ventanas del segundo piso y sus piernas se perdieron entre los marcos de las puertas hacia la lejanía del País de las Maravillas, un largo historial de gigantes ha querido invadir la morada del hombre.

Seguramente, el más pefecto de los invasores de moradas, individuales o colectivas, es el gigante. ¿Qué otro ser, fantástico o real, puede “invadir”mejor un lugar? ¿Quién podría llenarlo más, quién podría abarcarlo más, quién podría ocuparlo o, a fin de cuentas, habitarlo más (ya que invadir es un habitar superlativo) que un gigante? ¿Cómo podía Alicia expresar mejor su deseo del conejo blanco que invadiendo hasta el último recoveco de su casa, hasta sacar la cabeza por la chimenea?

Los invasores tienen siempre algo de gigante, y de la misma forma, los gigantes algo de invasores. Mucho tiempo después de Carroll, Orson Wells también apeló a esta analogía, cuando desató el pánico en ese otro país de las maravillas, New York City. La ciudad entera tembló ante la posibilidad de una invasión de extraterrestres. Aunque los gigantes no aparecieran nunca, todos creyeron verlos subiendo amenazantes desde Downtown. Corriendo despavoridos por las calles, los newyorkers anticiparon las imágenes que, muy poco después, King Kong, trepando por el Empire State Building, cosecharía para su película. La ciudad que éste invade, avasalla, pisa, demuele y destruye, está siendo, paradójicamente, celebrada. El rascacielos que escala como un árbol, y del que luego se desploma estrepitosamente, nunca captó mejor la atención colectiva. Esta imagen tan poderosa logró su propósito: nos invadió.

Años más tarde, los innumerables Godzillas que Ultraman combate, como King Kong, también asaltan una ciudad que se resiste a sucumbir a la invasión. Como torres de naipes caían los edificios, destruidos por los zapatos y los revolcones del monstruo y el superhéroe, ambos enormes. ¿Cuántas maquetas de esa pseudo-Nueva York hicieron los productores de la serie japonesa de televisión? Nadie los sabrá, pero el placer de sus aparatosas demoliciones y el pánico de las hordas de peatones en fuga jamás podrán ser olvidados.

Siempre que usamos la frase “me invade una emoción” sabemos que un sentimiento se ha apoderado de nosotros. Significa que nos está habitando, que nos ha tomado. Dependiendo del tipo de emoción del que se trate la invasión –odio, ambición, amor, deseo-, lo invadido se transforma, y puede ser entendido de manera distinta. Por eso, cambian las ciudades según el temperamento del conquistador que les ha puesto sitio. Por eso, Alicia, mientrasenloquece, va gradualmente aceptando las maravillas de su entorno; por eso, los marcianos, mientras carecieron de rostro, pudieron fácilmente aterrorizar y apoderarse de Nueva York; por eso, King Kong y Godzilla, mientras más salvajes y monstruosos, más completamente fueron vencidos por la ciudad triunfante; y por éso, finalmente, los Rolling Stones, mientras más insultantes e irreverentes nos luzcan entre la arquitectura de Manhattan, a punto de llevársela por delante, pateándola, bailando y revolcándose entre los edificios, más nos estarán comunicando el placer que en la ciudad encuentran.




Publicado en: Arquitectura, El Diario de Caracas. Caracas, 4 de Septiembre de 1994.

No hay comentarios.:

Publicar un comentario

Related Posts with Thumbnails