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jueves, 21 de agosto de 2008

El templo de Abraham

Agencia VIP Banco Unión, La Castellana. Abraham Coriat, 1998 (F. Archivo Fundación de la Memoria Urbana).

Lo conocí de una manera muy peculiar. Me lo señalaron en la facultad diciendo: "Ese es Abraham, está en séptimo semestre", pero (y bajaron sigilosamente la voz, con cierto respeto) "ya es un arquitecto". Yo, que ya cursaba cuarto, no comprendí en absoluto el asunto. ¿Es que uno un día era un simple estudiante de arquitectura para el siguiente vivir, sin previo aviso, la radiante mutación?

Desde entonces, una veneración recóndita empecé a sentir hacia su trabajo, escaso y oculto, pero continuo y seguro; trabajo como de eremita, o mejor, como de elegido, como de ratón de biblioteca (preferiblemente de libros de Louis I.. Kahn), de corazón latiente en un rincón oculto de la ciudad. Si seres como éste diseñan todavía, lejos, perdidos por entre los antros tumefactos de la Avenida Urdaneta, algún consuelo nos queda… Basta un justo para que no se pierda toda la ciudad… por no decir toda la comunidad.

Es por éso que hoy quiero dedicarme a llorar –y me estoy convirtiendo en una plañidera irredimible- por la pérdida de la más inminente víctima que van a cobrarse la ignorancia y el desprecio por la buena arquitectura de Caracas. Hoy ya no se trata de un edificio antiguo, no de un vestigio del pasado remoto y legendario, sino de una obra reciente: la Agencia VIP del Banco Unión en la Avenida Principal de La Castellana (1993-98), de Abraham Coriat, arquitecto, con María Eugenia Sajía y Francisco Silva como colaboradores. Sus propietarios la han vendido como si fuera un árbol más de los existentes en el sitio junto con el terreno, a los dueños de Automercados Plaza. Poco tiempo le queda al que fuera nuestro único remanso arquitectónico en la zona… Y por éso les digo: corran, corran a por sus cámaras.

He visto a mis amigos suspirar ya nada más por el minimalismo de la reja perimetral, que el propio Abraham califica hecha de "nada de nada". Muchos habían incluso soñado con tomar la agencia para usarla como Centro de Arquitectura, tan ajustada les parecía en su proclama tectónica de muros de ladrillo-concreto y de alados aleros de ajustadas proporciones. Toda una generación de nosotros ha gustado de aleros como ésos, pero pocos los hemos logrado tan bien. Pregúntenle a quien quieran. La agencia, estoica en su belleza y en su incomprensión, abandonada a su suerte, cubiertos sus pisos de concreto -que habían sido amorosamente martillados durante todo un año- de las hojas secas de los árboles, es la imagen misma de la mejor arquitectura del país… escasa y exquisita. Hace poco la tuve como primera opción a candidata por Venezuela al Segundo Premio Mies de Arquitectura Latinoamericana, pero por su fecha de conclusión quedaba fuera del lapso establecido. Algunos lo llaman destino… Pero dedíquémonos mejor a contar el proyecto. Quedan poco espacio, tiempo y…

La Quinta Chaguaramo era una casa abandonada que había servido de lugar de temperar, como una especie de estancia. Cuatro parcelas fueron integradas para acogerse a la zonificación R-4, Código PC3, donde si uno mantiene la estructura original de las casas, puede hacer un comercio local. Pero Abraham no se contentó simplemente con mantener lo existente, sino que quiso "hacer su lectura" y rendirle un homenaje a la casa. Así se estableció entre lo nuevo y lo viejo esa conversación inteligente y creativa que distingue a los discursos arquitectónicos contemporáneos de altura y que tánta falta hace que se produzca más en nuestra nueva arquitectura.

La quinta, simple como era, tenía sin embargo un cierto carácter, de volúmenes claros y fragmentos destacados. "Yo leí éso", dice, y para "tratar de mantener su personalidad original, empecé por reconstruir la pérgola pobre de maderas gruesas, ese residuo de pérgola campestre", en la arcada de acceso a la agencia. Obsesionado con la geometría desde los tiempos en que trabajaba con Carlos Gómez de Llarena, Abraham la organiza y reconoce las simetrías existentes, trocando todas las partes, tanto viejas como nuevas, en "piezas" que se componen entre sí y están referidas todas a un gran muro de ladrillo de fondo de cinco metros de alto y ochenta centímetros de espesor al que "todo se ata": el segundo elemento primordial del partido. Aunque la construcción fue de "Re-Fast Track" (proyecto y construcción al mismo tiempo, de un modo más rápido de lo normal), el trabajo logró producir quinientos preciosos planos, donde aparecen registrados todos los pormenores por los que deseemos preguntar, desde los despieces de los marcos de madera, de los vanos, de las fachadas en ladrillo-concreto, de los dinteles, de los goteros metálicos y de los canales de agua de lluvia, hasta toda la arquitectura interior, la señalización, el mobiliario o la iluminación.

Un comentario final merecen el tema de los muros, que ya venía implícito en la Quinta Chaguaramo, y que aquí es desarrollado con una habilidad casi poética. La casa original era toda de ladrillo de carga. "Honrando los muros de carga", los nuevos muros fueron trabajados con cinco bandas de ladrillo de cinco centímetros intercaladas con bandas de concreto que permiten que hagamos una lectura tangible de la superposición de los dos edificios. Los ladrillos antiguos, de esta manera puestos en evidencia, guardan para el lector atento la revelación de las hermosas marcas de sus fabricantes originales… un regalo también Minimal dejado por un arquitecto que con modestia se precia -¡imagínense ustedes!- de "no saber hacer arquitectura liviana".


Agencia VIP Banco Unión, La Castellana. Abraham Coriat, 1998 (F. Archivo Fundación de la Memoria Urbana).

Publicado en: Arquitectura, EL NACIONAL. Caracas, lunes 11 de junio de 2001.

martes, 5 de agosto de 2008

Profesando ciudadanía


Pabellón de Barcelona, Mies van der Rohe (f. http://arquict.wordpress.com/2007/11/01/barcelona-ludwig-mies-van-der-rohe-pabellon-aleman/).

 


In Memoriam
Ignasi de Solà-Morales i Rubió (1942-2001).

"Yo diría, parangonando el Evangelio de San Juan, que en el principio estaba Louis I. Kahn". Así dijo una vez en Caracas, aludiendo a la crisis de la modernidad, el erudito arquitecto Ignacio de Solà-Morales. Sus disertaciones sobre las riquezas inexploradas de la arquitectura moderna -que arrancaba para él tan atrás como 1941, en el ensayo "Monumentalidad" de Kahn- en el seminario "Arquitectura y Eclecticismo" del Instituto de Arquitectura Urbana en 1981, nos habían deslumbrado con sus revelaciones sobre el eclecticismo histórico en arquitectura y urbanismo, al que nos presentó como "la única lengua común para construir urbes que va a durar más de cien años, todo un sistema de composición de la ciudad, capaz de darle a ésta una cierta congruencia que de alguna manera ha constituido la congruencia de las ciudades... por la que me temo que hoy estamos profundamente preocupados". Palabras proféticas aquéllas, porque el fenómeno urbano que ya inquietaba a Solà-Morales a principios de los 80 se volvería la mayor enfermedad urbana global que hoy nos queja, temor in antis que durante toda su vida le haría buscar el eslabón perdido entre la modernidad y la ciudad, para que ésta, "además de cuatro funciones, pueda tener un corazón". 

Un elegante catedrático barcelonés vestido de riguroso negro y camisa blanca, de contextura fuerte, aspecto distinguido y noble semblante, suelto por esta enloquecida ciudad que desconocía totalmente, su "método personal", según aclaraba, para hacerse con el alma de cada urbe, y del que no iba a disuadirlo nadie. Esa imagen nos permite mejor que ninguna entender lo que fue su intensa vida de catedrático de Teoría e Historia de la Arquitectura en la Escuela Técnica Superior de Arquitectura de Barcelona (ETSAB), de reconstructor de obras maestras, de embajador arquitectónico, de político urbano, y de teórico del pasado y del presente: el crítico español de arquitectura más respetado internacionalmente.

Un infarto al corazón lo sorprendió en Amsterdam hace una semana, adonde había llegado para la entrega del Premio Mies van der Rohe a la Arquitectura Contemporánea UE 2001, al que ayudó a fundar desde la Fundación Mies Van der Rohe de Barcelona. Nosotros y toda Latinoamérica debemos estarle eternamente agradecidos por haber creado el capítulo latinoamericano de este mismo premio, que nos ha sacado del hueco profundo de la marginalidad y la mediocridad infinita en que estábamos mediáticamente sumidos. Hoy es delicioso ver a la arquitectura latinoamericana presentada con los medios más exquisitos, y encontrarla tan magnífica y competitiva como sospechábamos que sería frente a las mejores del mundo.

Solà-Morales profesó su ciudadanía a través del estudio minucioso de la herencia arquitectónica de Barcelona en 150 años de modernidad, "desde los eclecticismos y modernismos hasta el racionalismo y las aventuras más recientes, integrándolo todo a las realidades internacionales contemporáneas", dijo Oriol Bohigas, "Rubio i Bellver, Gaudí, Jujol, Martinell, el Gatpac, fueron interpretados, quizás por primera vez, en claves innovadoras". Barcelona, ciudad hecha crítica, era lanzada de vuelta al mundo por el "ciudadano que fue capaz de comprender e identificar las esencias urbanas". Esta seguridad fue la que le permitió atreverse a dudar del término mismo de postmodernidad, para él, un término desafortunado, "una expresión maldita" que Charles Jenks jaló por los pelos desde el mundo de la literatura, y que intentaba "meter en un mismo saco todas las cosas a la vez, como si todo fuese lo mismo". Así creó su propia postura crítica.

Su duda retórica de la totalitaria condición moderna lo llevó en aquel día a presentarnos su análisis del pabellón de Mies van der Rohe -el cual más tarde reconstruiría exitosamente, lo que le merecería, junto con la del Gran Teatro del Liceu de Barcelona, la aclamación internacional- a partir de una vieja fotografía, donde se veía al Rey Alfonso XIII de chaqué visitando el pabellón el día de su inauguración. La confesión de Solá-Morales de las dudas que le asaltaban en ese momento viendo al rey tan grande junto al edificio, producidas por la naturaleza de un edificio que conocía sólo por fotografías; su atribulación ante la idea incierta que siempre tuvo y tenía de sus dimensiones, diciendo "ahora, por cierto, que se habla de reconstruirlo, me aterroriza lo que tiene de arqueológica esta operación y me aterroriza también el que de seguro no será como lo hemos imaginado", iban parejas a su arrojo de enfrentar la tarea a toda costa.

Pero Solà-Morales vino también para arengar nuestro amor propio por la arquitectura cívica. Y para ello usó al edificio del Capitolio. Explicándonos en qué consistía la riqueza combinatoria de su eclecticismo arquitectónico, nos dijo: "esta mañana los amigos me han llevado a ver este fascinante edificio, que es un ejemplo más de esta arquitectura producida a través de la máquina de hacer arquitectura del eclecticismo y (...) que en su ensamblaje de conjunto constituye una pieza de arquitectura urbana de valor inestimable que de alguna manera organiza y da carácter urbano a un área central de esta ciudad como todos los monumentos de las grandes ciudades desde comienzos del siglo diecinueve...". Había algo de evangelización en estas palabras suyas que hoy recordamos, algo de Carta a los Efesios, algo de crítico Evangelio de San Juan pregonado sensualmente desde el púlpito incomparable de su ciudadanía barcelonesa. Era la palabra urbana arrojada contra las jaurías del dogma, desde las certezas de una ciudad exitosa en el tiempo, para que, como Kahn, intentásemos volver a los orígenes de un siglo que se había desviado hacía tiempo de su camino urbano.



Ignasi de Solà-Morales i Rubió.




Publicado en: Arquitectura, EL NACIONAL, Caracas, lunes 19 de Marzo de 2001.