jueves, 19 de abril de 2007

Van Doesburg en la torre


Planta del patio-jardín en el contexto de la esquina de La torre; dos aspectos internos del proyecto y vista general desde la torre de la Catedral. Jorge Rigamonti, Mario Quiroz y Alfredo Caraballo (1995).

A comienzos del año 1995, Asdrúbal Aguiar, Gobernador de Caracas, leyó el veredicto del Concurso Nacional de Ideas para el nuevo patio-jardín a contruirse a partir de Octubre próximo en la esquina de La Torre. La solución ganadora, de los arquitectos Jorge Rigamonti, Mario Quiroz y Alfredo Caraballo, restituye finalmente a la Plaza Bolívar la continuidad de su perímetro urbano. Dos altos y solemnes muros contendrán un sereno patio en el que la torre de la Catedral y una esfera suspendida de Jesús Soto compartirán el protagonismo.

1. Menos, de nuevo, es más


Mediante un proceso riguroso y ejemplar, durante estas últimas semanas la Gobernación de Caracas y el Instituto Nacional de Patrimonio han conducido un concurso de arquitectura que, a diferencia de los que nos hemos acostumbrado en los últimos años, sí va a llegar a feliz término, es decir, a construirse. De las cinco notables entradas seleccionadas por el jurado para competir en la última vuelta, la de Jorge Rigamonti fue la escogida, y nos congratulamos nosotros y lo congratulamos a él y a su equipo porque es la que más acertada nos pareció. Muy pronto tendremos en la Esquina de La torre unos altos y desnudos muros de calibrada monumentalidad que nos devolverán la percepción espacial del recinto urbano más importante de la ciudad, por tánto tiempo escapándose en esa esquina por entre un hiriente gamelotal abierto.

El proyecto del equipo de Rigamonti es una proposición muy sobria que manejó todas las variables con desnuda exactitud. Su insistencia arquitectónica, es decir, su deseo de construir la esquina a pesar de la premisa de hacer un jardín y no un edificio en esa esquina (marcada por la crisis que vivimos, y no por en error de concepto de parte de los organizadores del concurso), le valió las exigencias del jurado en la primera vuelta para reducir los costos y ajustarse más al énfasis de espacio abierto del problema. Es, por lo tanto, uno de esos proyectos que con lo mínimo busca lograr lo máximo, que hace del problema una catapulta para la solución, burlando el cerco trazado por las restricciones de presupuesto. Pero no es éso lo que encontramos más gratificante. Lo más gratificante es que en él, (y en todo el proceso de evaluación de las entradas de este concurso) además vemos también resumidas las reflexiones del concurso anterior para la misma esquina, llevado a cabo en el año de 1982 sin resultados concretos para hacer las oficinas administrativas de la Gobernación del Distrito Federal .

Hoy, el patio-jardín de Rigamonti es riguroso en los alineamientos con los demás edificios de la esquina y de la plaza, como entonces se quería; es sutilmente monumental, como entonces se aprendió que debía ser; tiene su dosis necesaria para los gustos del momento del recurso tecnológico, sin desmanes ni retóricas exageraciones, como entonces se concluyó y, especialmente, recupera y nos devuelve las tipologías que entonces ganaron (tanto en ganadores reales como sentimentales) del patio interno y la esquina silente que no entran en competencia arquitectónica con la torre de la Catedral. Así, vemos corroboradas dos cosas: una, que como siempre, los proyectos en arquitectura tienen una vida larga y espaciada de años antes de que finalmente cristalicen y dos, que el tiempo que pasamos discutiendo frustrados sobre el fallido concurso para la esquina de La Torre nos llevaron a todos a afinar el juicio.

2. Torre solo hay una


En las perspectivas hechas con computadora del patio-jardín ganador se nos habla claramente de las filiaciones más íntimas del proyecto. Allí adivinamos al vuelo sus primeras dos deudas: con la solemnidad escultórica del Pabellón de Barcelona de Mies van der Rohe y con la composición neoplástica de arquitectos como Theo van Doesburg. Conversando con Jorge Rigamonti, se agregaron dos alusiones menos evidentes: en los muros vegetales, al interior del Mausoleo de Adriano, y en el juego aéreo de vigas y elementos suspendidos para justificar la exigencia de colgar de alguna parte la esfera de Soto, a la Ciudad Suspendida de Kiesler. Hay más cosas, que entrevemos, como las torri de Rossi en la fachadas, pero, de toda esta controvertida manipulación de imágenes arquitectónicas, lo que nos interesa en realidad es el solemne y sereno carácter final que le confieren al patio-jardín. Ya que no podemos tener en la esquina de La Torre un edificio, como hubiéramos querido, bien podemos tener al menos la rigurosidad geométrica del muro límite de un jardín que en su ambigüedad figurativa nos permita confundirlo con arquitectura.

Pero de toda esta operación malabarista, una perspectiva, hecha desde el interior del patio-jardín mirando hacia la esquina, fue la que seguramente hizo ganar a esta entrada el concurso. Esta muestra cómo por la rendija que dejan los dos muros, se cuela la vista de la torre de la Catedral, alzándose protagónica en su esquina. El vacío entre los muros es, como en aquéllos proyectos de Van Doesburg, el que señala la máxima atención y tensión de toda la composición. Hacia allá van las directrices y los vectores, y hacia allá va el espíritu respetuoso, urbanamente devoto, de la solución.

Hay sin embargo dos cosas que Theo o Mies, como arquitectos, o incluso Adriano, como gobernante, no dejarían suceder. Una, el anaranjado chillón de la esfera cinética, impensable en medio de la elegancia y la gama de colores del ámbito de la Plaza Bolívar y de su nuevo pabellón, a la cual debería bajársele el tono hacia el neutro color original del material de las varillas, y dos, la decisión (por razones presupuestarias) de hacer pisos y muros en ladrillo de Carora. Theo, Mies y Adriano se rasgarían las vestiduras por hacer este patio en piedra, como Dios manda. Y aunque las condiciones económicas les fueran adversas, aspirarían al menos al económico y nacional Gris Avila de los pisos de la plaza, clamando públicamente la cooperación de la ciudad para su donación por metros cuadrados. Al fin y al cabo, Esquina de La torre sólo hay una.




Publicado en: Arquitectura, El Diario de Caracas. Caracas, 1995.

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