miércoles, 12 de septiembre de 2007

Estufas jubilares (I)

El antiguo Crystal Palace de Londres (1851), del arquitecto Joseph Paxton.

Cada ciudad que se precie en el mundo prepara, con alto espíritu competitivo, un programa de obras monumentales para celebrar la llegada del nuevo milenio. Esto se corresponde con la antiquísima costumbre de dejar por sentado “en piedra” para la posteridad, con visibles transformaciones de la ciudad, el advenimiento de un hecho histórico, en este caso, los dos mil años de la Cristiandad. Los dirigentes se reconocen necesitados del asesoramiento de quienes desde siempre han sido los encargados en perpetuar la memoria de los pueblos. En este fin de siglo, la historia se vuelve a repetir.
La tradición conmemorativa alcanzó su epítome festivo el fin de siglo pasado, cuando, por todas partes, una contagiosa fiebre ferial transformó a los grandes capitales del mundo. Las ferias mundiales eran el lugar y el momento más justo para exhibir los últimos adelantos de la humanidad. El Crystal Palace de Joseph Paxton, destinado a albergar la Exposición Universal de 1851 en Londres, fue un edificio-muestra cuya sola presencia hacía vivir a los visitantes el vertiginoso avance del arte. Nuestro propio viejo edificio de la Corte Suprema de Justicia, originalmente Palacio de la Exposición -sede de la Exposición Nacional de 1883-, constituyó en la Caracas guzmancista un optimista acto de progreso.
El optimismo es, por lo tanto, el ingrediente sine qua non de la conmemoración urbana. Para celebrar, hace falta tener algo de fe en el progreso. Veamos solamente el trance de dulce delirio que está viviendo Francesco Rutelli, el joven alcalde de la caótica Roma. Rutelli está nada menos que en la misma posición histórica del papa Sixto V, reorganizador de la Roma barroca; la prepara para recibir a los millones de peregrinos del Jubileo. La capital italiana, limpia, acicalada y pulida, parece en este momento (1997) la Barcelona Pre-Olímpica. Rutelli construirá una nueva línea de metro entre el Coliseo y San Pedro; pondrá en marcha un tren hacia la periferia; terminará de remozar todos los monumentos que llevan años con el cartel “cerrado por restauración” y, por supuesto, contará con suculentos proyectos arquitectónicos de gran envergadura, entre ellos un gran auditorio sinfónico en la Vía Flaminia, un complejo cultural en la ladera de Villa Borghese y la remodelación de la Domus Aúrea a orillas del Tiber, no se sabe aún si por Frank Ghery o Richard Meier.
La brillante gesta urbana de Barcelona no pasó sin dejar huella. Los artífices de su modernización son hoy los héroes de la Feria del Milenio. O bien son llamados de todas partes como asesores, o la actitud renovadora de sus grandes planes es copiada con fruición. La conmemoración del milenio es entendida como el último chance del siglo para resarcirlo, para exorcizar viejos males urbanos, tumbar barricadas, hacer planes y construir viejos y nuevos sueños, In Deo Nomine. Cada ciudad jubilar lo está haciendo a su escala y de acuerdo a sus posibilidades. Pero la más eufórica de todas, quizás por ser cuna del arquetipo entre los arquetipos del sueño ferial, el Crystal Palace, será Londres. Mediante el Millenium Fund, un esfuerzo que usa los fondos de la lotería para invertirlos en proyectos culturales, toda una lista está siendo preparada. La encabeza el Domo del Milenio de Greenwich de Richard Rogers y la remata, significativamente, el nuevo Crystal Palace de South London, propuesto por Ian Ritchie, tercer rey mago de RFR (Ritchie, Francis & Rice), la llamada Tech Gang.
El edificio se levantará en el tope del Crystal Palace Park, donde en 1936 un fuego destruyera el original. El proyecto debe terminarse en diciembre de 1999. En el espíritu del viejo, será completamente transparente; como entonces, su diseño será innovador, esta vez con paredes de vidrio sin carpintería, inclinadas a cuarenta y cinco grados como nunca han sido construidas antes. Mas el nuevo Crystal Palace, aunque adalid de la arquitectura ingenieril de vanguardia que blande Inglaterra como su nueva identidad, se basa todavía en un viejo principio del viejo edificio, señalado por Kenneth Frampton: el Principio de la Estufa.
El Principio de la Estufa nace de las experiencias de Paxton, quien fuera jardinero, con los viveros de nenúfares y los grandes invernaderos horticultores, y del uso del simple principio de la convección del aire. O lo que es lo mismo: cómo no achicharrarse dentro de un centro de convenciones. Ya viejo, está tras el nuevo Palacio de Cristal de Londres al competir en la Feria Global que se avecina, y es inevitablemente la base de todo proyecto de recinto ferial que se emprenda.

Millenium Dome, Londres. Richard Rogers, 2000. (f. greenwich2000.net)

Publicado en: Arquitectura, EL NACIONAL. Caracas, 1997.

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