sábado, 3 de marzo de 2007

El valle sin retorno


“¡Dios! Qué bonita excursión vengo de hacer al valle sin retorno”.
Paul Morand 1.

Acostada sobre la cama, con los ojos abiertos fijos en el techo, regresaba de una nueva incursión por la geografía de la ciudad. Se había acostumbrado a un sencillo método de renovación urbana, nacido de una vida dividida entre la arquitectura y la literatura, y de su debilidad por la relación entre las palabras y el diseño (“...se lanzan a través de mi ruta nombres mágicos, encantamientos a los que yo cedo”) 2.


Cuando la jornada en la ciudad había sido demasiado atroz, extendida sobre el lecho, desplegaba planos, cartas de rutas, diccionarios gastronómicos, hojeaba albumes turísticos, leía prospectos,y especulaba hasta la saciedad itinerarios posibles por la ciudad que probablemente no se producirían nunca. Al caer por azar sobre un bello nombre en el plano de Caracas, se reportaba a la guía-plano y a los escasos libros que existían sobre la arquitectura de la ciudad, y empezaba a viajar hasta ese paraje del plano, del cual ya solo le importaba el nombre y su escueta memoria escrita. Algunas viejas imágenes completaban la información...

“En los confines del plano hay una bifurcación con dos grandes avenidas: una lleva hacia la salida del valle a Guarenas, y la otra a Petare y hacia los valles del Tuy. Son dos caminos que nacen de uno solo principal trazado largamente por la ciudad, de oeste a este. En el ángulo del bidente, se alza un enorme edificio de piedra en forma de cuña, parecido al Flatiron Building; me detengo en la intersección y contemplo, alternativamente, sus dos fachadas, aparentemente simétricas. El resto del triángulo del bidente está claramente construido con los edificios alrededor. En abierta indecisión, me quedo delante del ángulo más agudo de la ciudad, frente al letrero del edificio: Los Dos Caminos. Hacia el norteste y hacia el sureste, las dos avenidas sombreadas se alejan, rigurosamente contínuas. Sin decidirme por una de ellas, me retiene la arista desafiante de la esquina, que se eleva vertical como una columna”.

Afuera iba atardeciendo. Recuerda que tarde o temprano debe salir, debe volver a bajar a la calle. El pensamiento la asusta. Pero un poco más allá en el plano se leía “El Paraíso”. La arcaica imagen del Jardín Celestial inmediatamente la atrapó. Y así, entró en la vieja urbanización que ya nunca volvería a ser la misma...

"Era un suburbio, comunicado antaño al centro por vía férrea. Para recorrerlo, caminé desde la antigua estación largo rato, prácticamente solo. El lugar no parecía estar habitado. De lado y lado de la larga avenida arbolada, la vegetación todo lo ocultaba. Al apurar el paso, fui descubriendo una por una decenas de villas eclécticas instaladas en medio de otros tantos parques privados. La urbanización era en realidad un gran y geométrico Jardín Latino, sólo que su gran tamaño disminuía sobre quien la recorre el efecto de la geometría, y termina pareciendo más bien una selvática foresta. Al fondo de las alamedas, tras la filigrana de las verjas de hierro, los palacetes fin de siglo, modernos o neoclásicos, todos distintos, conservados y restaurados, compitiendo en refinamiento. La avenida se abrió en una gran explanada cubierta de césped y pude finalmente divisar lo que estaba buscando: el volumen apaisado del hipódromo con su esbelta cubierta metálica. Cierro los ojos: los olores de la astromelia, del jazmín, junto a la humedad sombría de los árboles se mezcla con los de la gasolina y el asfalto”.

De haber sido asidua viajera, se le habían quedado grabados los modos, las sutilezas y las costumbres del paseante. Tenía fresco el caminar pausado de quien recorre a pie un sitio sin rumbo fijo, el estado de alma de quien paso a paso va buscando encontrarse cosas maravillosas, y la costumbre de quien va atesorando indicios y sugerencias que provienen de todas partes: aromas traídos por el viento, vistas en la lejanía y descubrimientos de calles, casas y edificios. Sus excursiones la llevaban hasta lo que parecía ser otra ciudad, mayor que la suya, más antigua, más cosmopolita, más densa y más compleja; hasta lugares que, insospechados, estaban escondidos tras los escenarios conocidos; a parajes de vanguardia, o tradicionales y antiguos, a lo que parecían pueblos y aldeas dentro del valle, a grandiosas encrucijadas con edificios importantes, a plazas, parques y avenidas. La vieja geografía urbana, archiconocida, gastada, aparentemente agotada, por la catapulta de este método se reinventaba, se repotenciaba y renacía…

“Este es el Rincón del Valle. La montaña ha creado al recogerse este recinto natural, un valle menor con personalidad propia. Voy caminando por cualquiera de las calles largas llena de pacíficos edificios de baja altura, pequeños bloques tranquilos que recorren todo el borde de las manzanas, detrás de los castaños que le dan nombre al barrio. Es un espacio beatífico. Al final, se abre el anfiteatro natural, y en él, el camposanto. De lado a lado, un largo muro pesado y ritmado, como un dique enclavado en las colinas, lleno de pilastras, pabellones y molduras, recibe las calles que le llegan perpendiculares. La avenida central da con el portal principal, y una vez dentro, el muro es en realidad un rosario de capillas adosadas, acristaladas, enrejadas o apatiadas, que recorren el perímetro. El cementerio es la metáfora de una gran ciudad-jardín, con sus calles y avenidas, con sus parques, glorietas y plazas, donde las tumbas son entre la vegetación como los remates y pináculos de torres y agujas, compitiendo en gracia e ingenio conmemorativo”.

Abajo, vislumbrada desde la ventana, se abría la calle. Allí la vida urbana continuaba entretanto, vulgar e indiferente. Tanto el cuarto como el espacio de la calle compartían una gris singularidad, pues pertenecían al mundo inmediato de lo irremediablemente cotidiano, y tan solo el interruptor de la lámpara, del cual a veces tiraba para apagar la luz y atizar con la oscuridad la imaginación, la mantenía unido a la realidad física de su habitación, de su edificio y de su ciudad...

“Al culminar la escénica desde La Guaira, legendaria por su belleza, traspasé la Puerta de Caracas. Franquearla, y recordar lo que se siente cuando se ingresa a una ciudad medieval amurallada fue lo mismo. Sólo que aquí la monumentalidad de la arquitectura moderna, y las dimensiones del portal, guarnecido por dos grandes torres centinelas, estaban muy lejos de tener nada de medieval. Era una puerta a escala metropolitana. Subiendo la cuesta de la autopista, ingresé perpendicularmente por el cañón edificado, y una vez dentro, ví como cambiaba su carácter de vía rápida alrededor de la gran plaza que estaba detrás, para convertirse en la urbana Avenida Sucre. Catia, tras la plaza, era la primera fachada de la capital, y, antes de entrar a ella, decidí internarme por el bulevar, y visitar sus edificios públicos”.

En el plano y la ciudad aguardaban otros nombres. Ya se había dado cuenta de que en Caracas era poca la nomenclatura que estuviese satisfecha de celebrar la condición urbana. Los nombres cantaban más bien el emporio natural que fue el valle. Hay muchas más Floridas, Florestas, Bosques, Campos, Prados, Sabanas, Algodonales, Cafetales, Samanes, Acacias, Caobos, Vegas, Campiñas, Chaguaramos, Cedros, Jabillos, Rosales, Naranjos y Palmas, que Altamiras, Bellavistas, Puertas, Fuentes, Estanques, Quintas, Casaltas, Retiros, Pedregales, Castellanas, Polvorines, Cortijos o Puentes, es decir, que nomenclatura celebrando una imagen urbana o arquitectónica. Y justamente, esos nombres que escaseaban eran los que le resultaban más evocadores...

“Decidí pasar a la otra margen por todos los puentes de esta ciudad, famosa por ellos. Empecé cruzando el río hacia el norte por el Puente de Los Leones, en Bella Vista (en Santiago de León, es frecuente encontrar muchas versiones de este animal, y las parejas de piedra del puente están apostadas simétricamente en ambas riberas, marcando el umbral abierto norte-sur y la condición especular de los frentes de un río urbano). De lado y lado el frente fluvial se había cuidado como la fachada más importante y más larga de todo el valle. Quiero perseguir esa condición en los cientos de otras calles que cuando tocan el borde se lanzan con sus naturalezas internas al paso del río, creando una colección única de tipologías de puentes a todo lo largo del cauce. A medio camino me gusta detenerme e imaginarme barcos pasando por debajo. Me volteo y los veo alejarse por los confines del valle. Luego prosigo y, con mi zigzagueante paseo sobre los pequeños puentes, voy cosiendo indeleblemente la ciudad: norte-sur, sur-norte, norte-sur. Por decenas, como el de Las Acacias y como el de Las Mercedes, salvan la brecha fluvial, adornados con una fauna escultórica alusiva a los temas de sus barrios, farolas empotradas en sus barandas y anchas aceras. La ribera derecha, y la izquierda son un largo balcón para contemplar Caracas”.

La abandonaba la ansiedad. Prefería a la ciudad así, sin visitarla en persona. Ya no deseaba poder llegar algún día a recorrerla completa, a abarcarla toda, a palparla de primera mano. Su dura, hiriente e insatisfactoria realidad, que tánto la había atormentado, había perdido toda importancia. Bastaba con volver a echar un vistazo al plano a su lado, escudriñándolo con suficiente atención largo rato, hasta que un nuevo lugar perfilaba su nomenclatura y su memoria con el hechizo suficiente. Entonces, se dejaba caer de nuevo sobre sus espaldas y empezaba a viajar hasta él, hasta diseñarlo por completo.

Toda la ciudad podía ser visitada. En todas partes era posible conseguir una idea que la transformase, un sueño que la convirtiera en algo sensible. Bastaba un nombre, bastaba un indicio, bastaba un buen edificio, o la memoria de algo que fue, un recodo atractivo, o un simple detalle arquitectónico. Con su imaginación, y el deseo fervoroso de poder pasear por la ciudad, había logrado ir poblando el plano de Caracas de bosquejos, ideas, proposiciones, proyectos y utopías urbanas.

Así, fue apareciendo un nuevo plano del valle, que completaba feliz desde el rincón de su habitación. Era el plano de una ciudad sublime, sin retroceso, sin retorno, imposible de destruir o revocar, en la que había terminado por habitar sin darse cuenta.

NOTAS
1. 2. Paul Morand. Propos des 52 Semaines. Le VAL-SANS-RETOUR.

Publicado en: El Diario de Caracas. Caracas, 25 de Julio de 1993.

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