domingo, 23 de septiembre de 2007

Poesía del Archivo N. 7

"...elegantes pasamanos dobles de madera de nogal..." Detalle de una baranda de las escaleras de la Torre Rental.
Carlos Raúl Villanueva, 1956.





Era el invierno. Los cielos se desgajaban por completo cada tarde, llevándose consigo todo lo que encontraban en su camino al Guaire. Tejas viejas, sobre todo; en especial, aquellas centenarias que por haber sobrevivido a su argamasa, eran arrastradas como hojas secas por las pendientes de los techos hasta abajo, hacia el torrente. La cuneta era un revoltijo de ramas rotas y cascotes partidos rodando por la cuesta... Al descubierto iba quedando la frágil cubierta de la casa, medio podrida en la intermitencia anual de los aguaceros.

Unos metros más abajo, en la penumbra de su lecho metálico, sumidos en un largo sueño que no alcanzaba a quebrantar el irrespetuoso golpe de las goteras, una foresta de papel. De frágil, amarillento, quebradizo papel vegetal. De ese que se pulveriza de un simple papirotazo. Planos, miles de planos, agolpados unos contra otros, como hermanitos abrazados en la cama patrimonial, chicos y grandes, en medio del fragor de la tormenta, aterrorizados por los truenos, contando juntos los segundos hasta el próximo relámpago (¿la tempestad se aleja o más bien se acerca?), temiendo morir como los árboles...

Al pie de las planeras verticales crecía un pequeño lago veraniego, un charco de agua de lluvia. De tenue agua de lluvia, de cristalina agua de lluvia. De la que se recoge con el trapo del coleto para vertirla en un tobo de limpieza, una y otra vez, cantando una alegre canción; agua salpicando agua, por entre las rendijas de los armarios, los cuales, a su vez, se asomaban al espejo del charco como Narciso en las aguas del río: contemplando peligrosamente su propia belleza. Agua que de allí llegaba hasta lo más profundo para anegar los balcones del Hospital Universitario y dar de beber a una ingente colonia de hongos, cada vez más arraigados en las profundidades de la fibra vegetal, moteándolo todo, fachadas, cortes y escaleras, marquesinas, barandas y pabellones con funguíferas motas de color beige. El hospital había sido puesto en cuarentena otro invierno. Se temía que contagiara al resto de la familia. Como en el cuento, la princesa estaba sumida en un sueño profundo que se parecía a la muerte.

Si en la penumbra se llegaban a destapar los proyectos de la Universidad Central de Venezuela, ellos sacaban asustados las cabezas debajo de la sábana, y se podía disfrutar -todavía- de su incomparable belleza a punto de esfumarse, sumida mágicamente en una infancia de cuarenta años atrás. Magníficos, cándidos, lúcidos, íntegros, prometedores, secretos, indefensos y perecederos. Una infancia sin fotografías, sin filmes, sin escáneres, sin récords, como si más bien transcurriera en los tiempos arcanos de aquella casa histórica que los cobijaba absurdamente con todos sus huecos, con todas sus urticarias, con todas sus colonias de huéspedes indeseables. Sólo dos ángeles (que nadie podrá echar jamás del Paraíso), San Iván y San Henrique, custodiaban humildemente aquel surrealista sueño ottocentesco.

Mas resulta que un archivo, más que ninguno, mantenía en condiciones perfectas el papel y el lápiz, y por ende, la arquitectura desde el año 1957: el archivo número siete, una rupestre planera horizontal que guarda el proyecto de la Torre Principal de la Zona Rental, que por Dios sabe qué celestiales designios se mantuvo fuera de la trayectoria de las goteras y otros males durante casi medio siglo a pesar de su anchísimo cuerpo metálico.

Las superficies inmaculadas de los planos despedían un perfume de túnel del tiempo al develar su contenido prodigioso. Sólo un milagro, una explicación paranormal, quizás la epifanía de un alma inquieta que no se resigna desde las alturas a aceptar las malas intenciones de los hombres que quieren obrar sin memoria sobre la Tierra, podría explicar este fenómeno de conservación impecable de seiscientos veintidós planos contra viento y marea.

Los haberes del archivo eran vastos. Sin lagunas. Las fachadas, plantas y cortes eran tan grandes que habían sido dibujados por mitades para narrar completos todos sus esplendores, más todas las puertas y ventanas en exactos cuadros, detalles que florecían junto a la firma floral inconfundible de Villanueva, largas listas de acabados que no dejaban lugar a dudas ni para un centímetro cuadrado. En total, setenta y siete planos de arquitectura más que acotados.

Los trescientos ochenta y tres planos de estructura, exquisitamente calculados, eran el retrato fiel de fundaciones que ya están más que fundadas, moteadas de columnas numeradas, pantallas laterales, cajas de ascensores, losas, vigas y escaleras.

No faltaron tampoco los planos de instalaciones sanitarias, sesenta y siete, con plantas, diagramas y detalles, y sesenta y tres de instalaciones eléctricas, con las canalizaciones de piso, techo, señales y tomacorrientes y todas las especificaciones de alumbrado. En aire acondicionado (plantas, cortes, detalles) había treinta planos, más dos planos generales de conjunto y de replanteo. Para rematar, elegantes pasamanos dobles de madera
de nogal, dramáticos tragaluces de angular perfilería, ábacos solares para todas las posiciones imaginables de los quiebrasoles y una que otra deliciosa luminaria... Más que suficiente para un proyecto completo.

Pero era el invierno. La Planoteca, ciudad universitaria de papel, resistía al descampado. El techo parecía a punto de ceder. Tomé entre mis brazos una copia de uno de los detalles más hermosos del proyecto de la Torre Rental, y salí corriendo hasta aquí para probarles que hoy es más que nunca posible construirla.




Casa de la Hacienda Ibarra. Ciudad Universitaria de Caracas.




Publicado en: Arquitectura, EL NACIONAL, Caracas, 27 de Julio de 1998.






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