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domingo, 25 de enero de 2009

Infierno en las torres

World Trade Center, Nueva York. Minoru Yamasaki y Emery Roth and Sons, 1976.




 

Una nueva guerra
La insospechable tragedia vivida ayer (11/9) habla de un nuevo tipo de vulnerabilidad que se cierne ahora sobre las ciudades, y frente a la cual ahora la ciudad de Nueva York y el resto de las capitales del mundo lucen desesperadamente frágiles. Siempre nos sorprendía que se permitiera volar tan cerca del skyline de Manhattan, el poder despegar y aterrizar tan tranquilamente desde el Aeropuerto de La Guardia, justo enfrente de la ciudad, rozando prácticamente con las barrigas de los aviones los topes de los rascacielos. Cada vez que lo hicimos, nos erizaba el vértigo de tan cercana perspectiva, que entendido como afortunado panorama, era un espectáculo, pero visto también como tentación pudo sin duda un día encender los apetitos destructivos en más de un asesino en potencia, con tanta libertad urbana expresada abiertamente y tanto alarde arquitectónico exhibido con orgullo, tanta tranquilidad de ciudad abierta al mar, erguida frente al mundo.

Crecer hasta el cielo, hasta lo más alto, tener los edificios más grandes y hacer alarde de los más increíbles avances tecnológicos ha sido lo que caracterizó siempre a nuestra amada ciudad de Nueva York, hoy más cercana que nunca a raíz del ataque reciente (esa ciudad también es nuestra, todos nos reconocemos en ella). La carrera que vivió frente a su pariente del oeste, Chicago, por tener los edificios más altos desde comienzos del siglo veinte hasta pasados los años setenta, culminó justamente con la pérdida de la batalla al construirse en Chicago la Torre Sears (1974), de Skidmore, Owens & Merrill. Las dos torres del World Trade Center, con la colosal empresa que las hizo posible, fue la claudicación monumental frente a Chicago. Fueron las torres, sin embargo, perdedoras y todo, los más avanzados rascacielos de su época.

Cuenta Robert A.M Stern en su libro Nueva York, 1960 (1995), que todo empezó hacia 1960 cuando la Asociación de Lower Manhattan, patrocinada por los Rockefeller, lanzó un plan que cambiaría el área sobre el borde del agua del East River, una zona comercial deprimida, pero cercana a jugosos terrenos de alto valor inmobiliario.1 El World Trade Center empezó a convertirse así en un sueño colectivo, tanto por la carrera por la altura como por el gran negocio que prometía ser para todos.

En 1962 el NY Port Authority decidió seguir con esta idea de transformar lo que era un abandonado barrio comercial cercano a la más grande concentracioó de valores inmobiliarios de la ciudad. Dijo Rockefeller: “Queremos proveer un nuevo uso, y un centro mundial de comercio estaría muy bien cerca de los bancos y de la zona gruesa de mercado extranjero con los Estados Unidos”. El NY Port Authority, para esa fecha, le encargó el proyecto (luego de varias pruebas de arquitectos), a Minoru Yamasaki, basado en Michigan, que lo desarrollaría junto a la oficina neoyorkina de Emery Roth and Sons.

El ingeniero estructural fue John Skilling, y esa estructura que hemos visto pavorosa y estrepitosamente caer fue considerada muy innovativa en su momento, aunque estilisticamente dudosa. Dice Stern que “más que un tipico edificio aporticado forrado en piedra o vidrio, era en esencia un gigantesco encaje de acero”, actuando casi como una fachada auto-portante; esto es, estaba soportada por las apretadas columnas exteriores, que, junto con sus elementos cruzados, formaban una viga en ángulo recto tipo Vierendeel. Las cuatro paredes de las torres, constituian en efecto un tubo hueco ranurado con ventanas que se alzaba 110 pisos de altura, en el tope de la cual cambiaban un poco su ancho para hacer de remate. Las torres forradas de aluminio tenian columnas cada 50 centímetros y ventanas a intervalos de 55 centímetros, lo que redujo la cantidad de vidrio en un treinta por ciento, haciendo la fachada parecida, según la revista Time a “ranuras en una fortificación medieval”. Gracias a esta estructura, las enormes plantas de oficinas de mas de cuatro mil metros cuadrados estaban libres de columnas, interrumpidas solo por los núcleos ascensores y el núcleo de servicios.

Las ventanas eran de inspiración gótica, porque Yamasaki adoraba tanto las formas románticas del pasado tanto como las innovaciones tecnológicas. Según la crítico de arquitectura de The New York Times, Ada Louise Huxtable, eran de estilo “General Motors Gothic”. No obstante, las torres se tomaron inmediatamente el título de ser los edificios más altos de Manhattan (no los más altos del mundo, pero por lo menos sí los más grandes). Con toda su banalidad, ofrecieron, según el también crítico de arquitectura Paul Goldberger, “poco más que pura altura al skyline de la ciudad; sus techos planos e imensas masas tenian un efecto mortuorio en la vista, tan distintas de las vistosas remates del Chrysler y del Empire State”. Agradecía, sin embargo, que fueran dos torres y no solo una, porque “se relacionan entre sí más o menos con éxito como esculturas minimalistas. Si hubiera sido una sola el resultado hubiera sido horriblemente banal”. 
 
Entre las innovaciones que sí pesaron en la historia de la arquitectura, las dos torres del World Trade Center aportaron la idea de los “Sky-lobbies” para los ascensores (en los pisos 41 y 72). Un nuevo sistema de ascensores inventado desde que en los años treinta se hicieran las cabinas dobles, incluía inmensas cabinas que llevaban a todos los pasajeros arriba, donde cambiaban a cabinas locales Otra innovación fue justamente la piel, que no era un curtain wall colgado de un marco portante, sino una superfice metálica que de hecho sostenía una parte sustancial del peso del edificio, como una fachada auto-portante, fórmula empleada en los primeros rascacielos y que hacía tiempo había sido abandonada, y que volvía como pseudo-revolución tecnológica. Quizás fue ésta la que logró que las torres colapsaran verticalmente y no se derrumbaran diagonalmente sobre todo Lower Manhattan.

La arquitectura neogótica y sus dos cajas idénticas, de retaguardia y banales como eran, formaban parte del skyline de la ciudad. La tragedia que las ha volado de la faz de la tierra levanta un requiem urbano sin precedentes y la pregunta inédita de qué hacer para proteger a nuestras ciudades de posibles nuevos ataques de semejantes dimensiones.


New York City, 11 de septiembre de 2001.

 

(Arriba) el restaurante Windows on The World, en el piso 107 de One World Trade Center; (abajo) el lobby de Two World Trade Center. 
 






NOTAS
1. Robert A.M Stern. New York, 1960, New York City, 1995.


Publicado en: Cuerpo C, EL NACIONAL, Caracas, 12 de Septiembre de 2001.




domingo, 18 de mayo de 2008

El lado perdedor

“Woody Allen”, preservacionista histórico. Viñeta aparecida en The New Yorker el 14 de Febrero, 2000.




“Querido Woody,

Aunque no vivo en Nueva York, gran parte de mí habita en las riberas de Madison Avenue. A ratos la recuerdo como una letanía mental de lugares amables. A ella vuelvo cada vez, recorriéndola desde la esquina de la Calle 57 hacia arriba, lamiendo las vitrinas largas horas hasta llegar a la cumbre de la colina de Carnegie, cumbre de delicias urbanas, justamente en la Calle 92, de donde ahora sé que eres vecino. En tiempos pasados e
l premio gordo del trayecto era la llegada triunfal casi en la Calle 75 a la desaparecida librería Books & Co., pero también es verdad que justo después seguía con renovada energía mi camino colina arriba hasta el remanso del Bistrot du Nord, es decir, puerto.

Claro que sí. Claro que en tu ciudad las cosas funcionan por calles y avenidas, los sabores de los vecindarios se despliegan en sentido horizontal como la banda de un filme, cuadro por cuadro, y no se repiten; Madison no es la misma a todo lo largo, y no me extraña para nada que hoy seas tú, con más de treinta años filmando Manhattan, el más claro lector de esa circunstancia urbana, tan personal de Nueva York, ciudad reticular, matriz infinita. Hoy tengo el atrevimiento de escribirte porque me resultó increíble que ustedes los vecinos del Distrito Histórico de Carnegie Hill hayan tenido que llegar al extremo de tener que llevarle al Landmarks Preservation Commission tu “último trabajo”, un video de tres minutos
para demostrar ¡otra vez! el bondadoso lenguaje del vecindario, y defenderse de la inminente construcción en la esquina noreste de la Calle 91 de la torre de diecisiete pisos que planea erigir la Tamarkin Company. Realmente un acto desesperado. Un "performance”, como te achacan tus contendores.

Yo lo encontré parecido a las cosas que en materia de patrimonio suceden aquí en Caracas, mi ciudad. ¿Te suena increíble? Pues bien: una operación tan teatral, tan desesperada, tan propagandística como ésa es el tono que necesitan las luchas urbanas de aquí. Nosotros los caraqueños no contamos con una Ley de Monumentos como la de ustedes, ni con una Comisión que organice audiencias para salvaguardar la memoria urbana, nuestros contendores no han estudiado arquitectura en Harvard, aquí no existe la figura de los distritos históricos, ni la de los derechos de aire, ni conciencia alguna de los estilos arquitectónicos, ni aquí tampoco (salvo quizás muy, muy recientemente) la ciudad ha aparecido jamás como
“afecto” –para usar tus propias palabras- de ninguno de nuestros cineastas.

En el año ’84 tuve en mis manos por causalidad los números del lote del Citybank (1273-1277 Madison Avenue Project) de la esquina famosa, cuando se planeaba comprarle los Air Rights a la Dalton School, entre Madison y Park. Tú no soñabas todavía con aparecer en escena. Sólo los vaivenes de la economía salvaron al vecindario de esa torre en los ochenta. Pero lo que es asombroso es que hoy, tántos años después, los promotores están siguiendo los mismos pasos para desarrollar el lote, amparados bajo los mismos argumentos. ¡Cuánto sin embargo se ha perfeccionado la ciencia urbana desde entonces! Cuando el mes pasado (Febrero de 2000) le declaraste a Paul Goldberger en The New Yorker aquéllo de que “tienen que existir Carnegie Hill y lugares como Jane Street en el Village, o uno tiene Houston, Texas”, lo que estabas era simplemente hablando por boca del pensamiento urbano más
avanzado, anunciando lo que ya ronda como una futura enmienda para la Ley de Monumentos de Nueva York: la necesidad de reconocer, más allá de los estilos históricos en un vecindario, el exacto perfil ambiental de cada lugar urbano.

Al final declaraste con melancolía que ya una vez estuviste en contra de la adición al Guggenheim, que ya una vez luchaste para salvar los "cottages” de la Tercera Avenida y que ya una vez trataste de que no acabaran con Books & Company (a lo que yo también sumé un pequeño artículo: "Tenebrosa luce"), todo infructuosamente, por lo cual resientes haber estado siempre “en el lado perdedor de muchas batallas del desarrollo”. El lado perdedor. Yo también lo conozco, my friend. Fracasar, ver cómo caen los escenarios de nuestras vidas, sentir en carne propia la sorna solapada del enemigo. Al menos tú has podido salvar por fragmentos a tu ciudad en tus películas. Al menos has podido filmar una escena y desviar la cámara una pulgada a l
a derecha porque encontraste un edificio horrible. Tú, al menos, salvaste en Manhattan a esa Nueva York más amable, más antigua, más cálida a la que siempre podremos retornar.

Pero, Woody: no desesperes. Esa batalla, aunque fracasen, la ganarán los Amigos de Carnegie Hill. ¿Quién se atrevería a quedar como el que aplastó a Penny Whistle o como el que se erigió en prepotente nuevo clímax de la colina, quitándole su puesto a The Corner Bookstore y al Hotel Wales? Es impensable.

Una última cosa: ¿sería demasiado pedirte una copia del video? Estoy segura de que cuando nuestros enemigos de aquí vean cómo se desliza tu cámara, haciendo un traveling sobre las vitrinas de Madison Avenue hasta las elegantes mansiones de la
s Calles 91 y 92, y sobre la aguja de Brick Church hasta Park Avenue, ellos sabrán que a nosotros, los perdedores, nadie podrá vencernos.

Con mi admiración,


Hannia Gómez”.


Publicado en: Arquitectura, EL NACIONAL, Caracas, lunes 7 de Marzo de 2000.



The Loosing Side*

“Dear Woody:

I don’t live in New York City, but a great deal of me dwells constantly on the shores of Madison Avenue. From time to time I recall its sequence of gentle places. So, every time when I return, I go upward from the corner of 57th Street, licking the store windows for long hours until I reach the crest of Carnegie Hill, crest of urban delights, right on 92nd Street, of which now I know you are a neighbor. In past times the fat prize of my promenade was my triumphal arrival almost on 75th Street to the vanished bookstore Books & Co., but it is also true that right after I continued my path up the hill with renewed energy until the backwaters of the Bistrot du Nord, that is to say, harbor.

Yes, indeed. In your city things work indeed by streets and avenues, the flavors of the neighborhoods are displayed horizontally like on a film’s strip, frame by frame, not to be repeated; Madison is not the same all along, and it doesn’t seem odd to me that it is you, with more than thirty years shooting Manhattan, who is today the clearest reader of that urban circumstance so personal of New York, gridded city, infinite matrix. Today I have the audacity to write to you because it seemed incredible to me that all of you neighbors in the Carnegie Hill Historic District have had to reach the extremes of having to bring your three-minute movie to the Landmarks Preservation Commission in order to demonstrate (again!) the neighborhood´s kind language and defend yourselves from the imminent construction on the North Eastern corner of 91st Street of the seventeenth-floor tower planned to be erected by the Tamarkin Company. Really a desperate act. A “performance,” as your contenders ascribe you.

I found it similar to the things that in matters of Patrimony happen here in Caracas, my city. It sounds unbelievable to you? Well: an operation so theatrical, so desperate, so propagandistic like that is the tone all urban battles need here. We Caraquenians don’t count with a Landmark Law like yours, neither with a Commission that organizes hearings to safeguard Urban Memory; our contenders haven’t studied Architecture at Harvard, here the Air Rights legal figure doesn’t exist, neither any conscience whatsoever of architectural styles, nor here either (except maybe very, very recently) the city has ever appeared as an “affect” – to quote your own words- to any of our filmmakers.

In the year of 1984 I had by chance in my hands the figures of the Citybank’s lot (1273-1277 Madison Avenue Project) on the famous cornersite, when they were planning to buy the air rights from Dalton School, between Madison and Park. You didn’t even dreamed of showing up onstage. Only the ups and downs of the economy saved the neighborhood from that tower in the Eighties. But what is astonishing is that today, so many years afterwards, the developers are following the same steps to develop the property, sheltered under the same arguments. How much, however, has Urban Science been refined since then! When you declared to Paul Goldberger in The New Yorker (February, 2000) that “there has to exist Carnegie Hill and places like Jane Street in the Village, or one has Houston, Texas,” what you were doing was simply talking on behalf of today’s most advanced urban thinking, announcing what already is encircling as a future amendment to New York’s Landmarks Law: the necessity to acknowledge, beyond the historical styles in a neighborhood, the exact environmental profile of each urban place.

At the end you told with melancholy that you already were once against the addition to the Guggenheim, that you already fought once to save the cottages of Third Avenue and that already once you tried to stop the destruction of Books & Co. (to what I also summoned one little article: "Tenebrosa luce"), all ineffectual, because of what you resent having always been “on the loosing side of many development battles.” The loosing side. I also know it, my friend. To fail, to watch how the scenarios of our lives fall, to feel in our own flesh the covert snigger of the enemy. At least you have been able to shoot an scene and “deviate the camera one inch to the right” because you found and ugly building. You, at least, saved in “Manhattan” that kinder, older, warmer New York to which we may always return.

But, Woody, don’t dismay. That battle, even if lost, will be won by the Friends of Carnegie Hill. Who would dare to remain like he who crushed Penny Whistle or like he who erected himself as the stubborn’s hill’s new climax, taking the place of The Corner Bookstore and of the Hotel Wales? It’s unthinkable.

One last thing. Would it be too much to ask you for a copy of the video? I’m sure that when our enemies here see how your camera glides, traveling from the Madison Avenue stores windows to the elegant East 91st and 92nd Streets mansions and over Brick Church’s spire until Park Avenue, they will realize that we, the loosers, won’t be defeated by nobody.

With my admiration,

Hannia Gómez”.

Row House neogreca, Madison Avenue. Mark Hampton, 1982 (f. Archivo Fundación de la Memoria Urbana).





* (This letter was published as the March 7th, 2000 edition of the Architecture weekly column of Venezuelan major newspaper EL NACIONAL, Caracas).





domingo, 6 de abril de 2008

Hamlet y el Avila


Interior del Caspary Auditorium, Harrison & Abramovitz. New York City, 1957-58.




Nueva York. Primavera de 1994. El límpido bloque del Abby Aldrich Rockefeller Hall dejaba reflejar en su fachada la tersa superficie esmaltada de una semiesfera gigante que parecía haber rodado sola hasta aquel flanco tranquilo de Rockefeller University para anidar entre los árboles. Se entraba a ella semienterrándose poco a poco en el suelo, bajando bajo un cielo cubierto de burbujas blancas… Por su apariencia, el Caspary Auditorium, en vez de haber sido diseñado por Wallace K. Harrison, más parecía sacado del atelier de costura de André Courrèges… o de la Oficina Metropolitana de Arquitectura.

La agitada multitud, principalmente joven, confirmaba la presencia esa tarde allí de varias luminarias de la arquitectura. No era para menos: Rem Koolhaas, considerado el arquitecto más influyente, ambicioso y subversivo que ha existido desde Le Corbusier, había decidido volver a hacer hablar a su oráculo y leerle de nuevo la mano a la historia de la Arquitectura Moderna. Esta vez el homenaje era para la obra de un solo hombre, y estaban para asistirlo Max Abramovitz y Phillip Johnson en persona, ambos ágiles nonagenarios ya desde luego debidamente encaramados sobre el estrado en media luna. Koolhaas, el profeta, como un alocado flying dutchman, esperaba, micrófono en mano, el momento de empezar.

Las imágenes empezaron a sucederse con la serie de todos los retratos posibles que un hombre público puede hacerse desde su juventud. Allí estaba Wallace K. Harrison, delirantemente exaltado por Koolhaas, como un núbil adolescente vestido de Marine; como joven aprendiz tras la sombra de Raymond Hood, el más grande de todos los arquitectos de Nueva York; como arquitecto él mismo, saltando al ruedo del estrellato entre las maquetas de uno de los muchos Rockefeller Centers que fueron concebidos; o fumando, de pie, cinematográfico, apuesto, mientras lo escuchaban en vilo los Arquitectos Asociados, los “dos pisos” de arquitectos que lograron producir esa “arqueología de filosofías arquitectónicas” que es el Rockefeller Center… Y allí estaba Harrison, sonriente en la escalerilla del avión que lo trajo a Venezuela en 1940 para construir, de la mano de Nelson A. Rockefeller, el único hotel de su carrera, hoy (2000) en peligro de desaparecer.

Oyendo a Rem, todavía ninguno de los asistentes imaginaba que en Mayo del 2000 en Jerusalén sería galardonado con el premio máximo de la arquitectura. Oyendo a Rem, nadie podía ni soñar que este hombre que rendía tan sincero homenaje a una arquitectura del pasado, que se deshacía en tan emocionados halagos, pudiera ser el que tendría (según Jorge Silvetti, jurado del Pritzker) “la audacia de deshacerse de todas las desvaídas 'contaminaciones' que plagaron y debilitaron a la arquitectura en el siglo XX”. Sin embargo, ¿no había Koolhaas alcanzado la fama en 1978 justamente por haber publicado un libro en cuya portada el Empire State y el Chrysler Building hacen el amor encima de la retícula de la ciudad justo en el momento en que el Rockefeller Center, “Perfect Perfection”, los sorprende en flagrant délit? ¿No había escrito en esa misma obra que “la Metrópolis del Futuro y la Ciudad de Luz tienen un solo arquitecto: Wallace Harrison"? ¿Que sólo sus “manos sensibles y profesionales pudieron disolver la abrasividad abstracta de Le Corbusier en las Naciones Unidas”? ¿Que fue el último genio de lo posible y de lo sublime en Manhattan? ¿No había sido él, pues, Rem Koolhaas, quien entronizó ya desde entonces y para siempre a Wallace K. Harrison como el genial “Hamlet de Manhattan”?

To be or not to be.
Harrison era ambivalente, Koolhaas lo sabía, y éso le fascinaba. Su “Manhattanismo” se las tenía que ver día a día con su Beaux-Artianismo: a veces actuaba como si supiese los secretos más íntimos de su ciudad, y a veces como si los hubiera perdido o nunca hubiera sabido de ellos. En el nombre de la modernidad forzó con éxito en sus proyectos las más imposibles de las combinaciones, viviendo en carne viva la agonía de la ambigüedad estilística. Un día versionaba a Le Corbusier, para luego retornar a “los más persistentes ecos de Manhattan". Otro, enfrentaba la sensualidad de las curvas en planta o en sección a la rigidez de la geometría inmanente de la ciudad. “Este es el secreto”, -decía Koolhaas-, “de la obra de Harrison: su pathos es la ambigüedad entre lo viejo y lo nuevo”.

La obsesión dialéctica es también el secreto de su incomprendido hotel de Caracas (www.hotelavila.com.ve/). El edificio, cuya planta nace en el sitio de una orientación hacia unas vistas maravillosas y de una ubicación única en el lugar, lanza centrífugamente al paisaje sus dos esbeltas alas rectangulares. Estos racionales cuerpos calibradamente funcionales se articulan en un vértice, y es allí donde, siguiendo un impulso arquitectónico absolutamente personal, inserta las formas libres curvilíneas del techo de la entrada, del lobby y del salón de fiestas, formas todas derivadas del modernismo “de Calder, de Léger, de Arp, sus amigos”. El Hamlet de Manhattan se debatía de nuevo en la urbanización San Bernardino entre la conformidad del rectángulo y la forma libre del riñón, entre lo moderno y lo histórico, entre el Yacht Style y el Spanish Colonial, entre la rigidez y la libertad… El deliciosamente ambivalente Hotel Avila contó además en su entrada con dos astas donde ondeaban al unísono las banderas de Venezuela y de los Estados Unidos. Venezolano y americano, internacional y caribeño, no podría sino convertirse en una referencia inequívoca para toda la región desde su inauguración en 1942.

El harrisoniano Rem Koolhaas, sin duda, sería una buena opción para hacer una renovación hip del único hotel caraqueño que cuenta, abandonado como está, con una estrella refulgente en las guías Fodor. Ya una vez en Suiza, en un hotel en el paso alpino de Furka, hizo una delicada intervención. Pero hace falta primero que personas como el director de Fundapatrimonio puedan encontrarle, como Abramovitz, como Johnson o al menos como Koolhaas, nuevo Nóbel de la arquitectura, siquiera “algún” interés arquitectónico a esta pequeña obra hamletiana. Lo tiene o no lo tiene. To be or not to be… ¿O será más bien ese director el que no tiene ningún interés arquitectónico para los caraqueños?

Esa es la cuestión.


Hotel Avila, Wallace K. Harrison. Caracas, 1942 (f. Archivo Fundación de la Memoria Urbana).





Publicado en: Arquitectura. EL NACIONAL, Caracas, lunes 15 de Mayo de 2000.



miércoles, 31 de octubre de 2007

Proclama

Caracas aérea.



Si en un día despejado sobrevolásemos la ciudad de Nueva York, empezaríamos a divisar uno a uno sus espacios públicos. Primero, en la punta, fugándose sobre los viejos puertos, Battery Park; segundo, el breve City Hall Park, habitado por el ayuntamiento; Washington Square y el inicio de la Quinta Avenida; el paréntesis bajo llave de Grammercy Park; el recién renovado (1998) Bryant Park. Todos ellos hundidos en un denso océano de edificios, como vistazos furtivos al fondo del profundo mar urbano... 

Subiendo hacia Midtown, el océano recrudece. Por ello, el gran vacío del Central Park nos sorprende por igual a aviadores y peatones cuando se nos aparece en medio del inesperado retirarse de las olas. Las orillas del parque semejan aguas contenidas por mandato divino. La masa congelada aguarda en mansa tensión, a punto de volver a inundar de construcciones el apetitoso rectángulo. 


Pero una inundación semejante es imposible. En esa ciudad, las batallas arduamente ganadas a la avaricia no se revocan así como así: una victoria en la lucha urbana es una victoria para siempre. Central Park se volvió intocable desde el día en que fue decretado, desde que Frederick Law Olmsted lo convirtiera en esa ficción magnífica de naturaleza que todos admiramos, desde que los ciudadanos se apoderaron de su irresistible invitación a mejorarles la vida. Nadie se atrevería hoy a poner en duda el valor de este gran trozo de Prime Real State trocado espacio público, ¡ni por todo el dinero del mundo!

Cada ciudad se mira en el espejo de su corazón urbano. E
stos son, por lo general, espejos muy costosos, caros en dólares y al alma colectiva. Manhattan pule las torres de sus edificios para que surjan brillando entre los árboles del parque; Madrid retoca las fachadas en el cruce genial de avenidas sobre la Cibeles como una vieja actriz que no quiere nunca exponer descuidado el mejor ángulo de su cara; París repite hasta la saciedad el acicalamiento de los Campos Elíseos, colmándolos de alhajas de moda. Tener un corazón lo es todo para el éxito de las ciudades. Cuidar de él es luego, tan sólo, elemental.

Lo mismo Caracas. El corazón que fue la Plaza Bolívar, ahora es la espina dorsal que nace en las laderas de El Calvario. Este es el gran teatro de la ciudad para el tercer milenio: un viejo sueño de espacios públicos trenzados, de vértebras urbanas avanzando hacia el este; una obra de arte urbano que se viene escribiendo por entregas desde hace más de sesenta años. A estas alturas no basta con reconocerlo en su rol de nuevo corazón mon
umental de la ciudad, sino que hay que garantizar su preservación. Los caraqueños, poseídos o desposeídos, necesitan de un centro monumental, no sucio y andrajoso, sino limpio y restaurado; no oprimido y siempre a punto de retroceder, sino peatonal, digno, generoso, señorial, educativo, y sobre todo, eterno. No importa cuánto recrudezca la ranchería infinita: el espacio público es un arma eficaz contra todo tipo de miserias. 

Si en un día despejado sobrevolásemos Caracas, flotaríamos sobre kilómetros de mar abigarrado antes de avistar un solo espacio público. Entonces, descubriríamos que las aguas se lo están tragando ávidamente. Esta visión anegadiza del valle urbano es tan desesperada que entenderemos el drama de su corazón instantáneamente: un largo dique conteniendo un enloquecido océano que empuja; del otro lado, el paraíso en calma del espacio público. Desde el aire recorremos este ojo de huracán en el fragor de la tormenta, y a medida que avanzamos, entendemos que la historia no puede devolverse. Primero, en la punta, brillante sobre las viejas avenidas, El Silencio; segundo, el majestuoso Centro Simón Bolívar, admirable en su utopía moderna; el Parque Vargas sin amenazas de ser convertido otra vez en terrenos rentables (como quiere el Plan de Desarrollo Urbano Local-PDUL), y el inicio de la reconquistada Avenida Bolívar; el paréntesis verde del Parque Los Caobos; la recién reurbanizada Plaza Venezuela.

Las victorias de los ciudadanos sobre los fariseos de la ciudad son para siempre. Hay que proclamarlo a los cuatro vientos: tenemos derecho al espacio público.




Publicado en: Arquitectura, EL NACIONAL, Caracas, 1998.




sábado, 31 de marzo de 2007

Simpatía por el dédalo

Love is Strong. The Rolling Sornes (f. rockpics.com/, 1994).




Ciudad, rock y video-tape.
No es casual que los Rolling Stones hayan escogido al Giants Stadium 
de la ciudad de Nueva York como parada estelar de su 1994 Voodoo Lounge Tour. 
Una canción, titulada “Love is Strong” es el hit encarnado en el video-tape que promociona la gira. Como unos diabólicos Giants, los Rolling invaden New York City, 
mientras rítmicamente repiten que sólo la ciudad es dulce,  
When Love is Strong…

1. Downtown Love
La cámara se aproxima a lo que parece ser un pequeño y cuidado jardín. Saltando sobre la grama y entre los arbustos (que no les llegan más arriba de la rodilla), encontramos a los integrantes de la legendaria banda de rock The Rolling Stones ejecutando una informal danza.

La simpleza aparente de la escena, en blanco y negro, nos hace sospechar. Esto no puede ser todo. De pronto, un Mick Jagger gigante nos asalta desde la pantalla del televisor, elevándose descomunal en el espacio central de una avenida flanqueada de edificios, entonando las primeras estrofas.
Love is strong
And you’re so sweet
You make me hard
You make me weak

Para entonces, ya entendemos que el pequeño jardín de la danza inicial es nada menos que la diva pastoral de la ciudad de Nueva York: Central Park, y que de lo que se trata es de un nuevo video urbano. La filmación continúa por las demás avenidas, por las calles, los techos, las terrazas, las aceras, los puentes y las fachadas de la ciudad, fotografiadas con la pasión de un fotógrafo de arquitectura. Los sitios en que Mick, Charlie y Ronnie (y una troupe de modelos bellísimas, sudorosas y semidesnudas) bailan, han sido seleccionados con la experticia de un curador de arquitectura urbana: lo que vemos no son fragmentos cualesquiera de la ciudad. Son nuestros pasajes predilectos, pertenecientes a la iconografía de Downtown y Lower Manhattan, con un par de tomas en Midtown, como son las del mismo parque y la de un segmento célebre de la Quinta Avenida.

Mientras contemplamos, aterrorizados, el baile, los escarceos, las persecuciones y las luchas cuerpo a cuerpo de estos gigantes, la melodía, sulce y sincopada, fluye. Cada vez que Keith Richard patea furiosamente al Brooklyn Bridge mientras toca la guitarra; cada vez que Charlie Watts golpea con sus baquetas percusivas los tanques de agua de Chelsea, sentado sobre varios brownstones; cada vez que Ronnie Carter derriba atronadoramente a una mujer sobre el asfalto; cada vez que Mick Jagger extiende sus brazos al cantar, tememos por los edificios…

Una toma de la señal urbana de Lafayette Street nos ubica en el espacio. Estamos en el Village. Una mujer aparece y desaparece brincando rítmicamente tras una cornisa. A otra la vemos desde un interior, a través de una ventana. Una tercera toma el sol recostada sobre los techos de un gran edificio. Jagger, gesticulando frente al Municipal Building de McKim, Mead & White (el rascacielos neoclásico de 1949, que hoy alberga justamente la mayor parte de las oficinas de la gobernación de la ciudad), pareciera competir con la estatua que corona el pináculo del edificio: la escultura de Adolph Weinman, titulada Virtud cívica. Cuando repite el estribillo de la canción, pareciera que el amor al que se refiere no es el que se puede sentir por la ninfa tipo Kate Moss que en un momento dado del video surge empapada de las aguas del East River, y que, sacudiéndose su transparente vestido blanco, viene bajando –desfilando, casi- por Broadway, tres veces más alta que las fachadas. El amor al que le canta es al que sólo se puede producir en la ciudad, donde algún día / nos tendremos que encontrar / en cualquier parte / afuera en el parque / afuera en la calle. Un amor urbano o, más aún: un amor por la ciudad que permite esos encuentros.

La ciudad, el dédalo máximo, y nosotros, dicen los Stones, hacemos un gran equipo. Por ello, mientras nuestro amor sea más fuerte, la ciudad será más dulce. A la ciudad no deben los jóvenes temerle, ni pensar que su ideal es sólo un sueño…

2. Faithful
Exprimiendo hasta la última gota su relación con los Stones, Marianne Faithful, la célebre primera mujer de Mick Jagger, lanzó al mercado su autobiografía, titulada, prometedoramente, Faithfully. Coincidiendo jugosamente con la publicitada gira del grupo, el libro viene a convertirse en el side dish de los conciertos para todos aquellos fanáticos que quieran ampliar su data rockanrollera.

En un párrafo de una entrevista citado por la revista semanal New York, de comienzos del mes de agosto, la Faithful narra cómo cierta vez, en los setenta, en los tiempos de mayor torridez del romance y cuando el LP Simpatía por el Diablo era número uno del hit parade, le preguntaron acerca de la veracidad de los vínculos de Jagger con Satán. Ella respondió: “Con Satán, no sé. Pero en todo caso, Mike siente mucha simpatía… por el satén".

Siendo admirablemente fiel a la verdad, Marianne abre al mundo la puerta de los verdaderos Stones. Refinados gentlemen, personajes mundanos que, haciendo lo que les ha dado la gana, han mantenido al mundo a sus pies durante casi treinta años…

Mas hoy, pisando los cincuenta ¿qué puede hacer un Rolling para que las cosas sigan siendo así? ¿Qué decirle a las nuevas generaciones, cómo seducirlas, cómo atrapar sus escépticos y delicados corazones neowoodstockianos? Nada. Muy simple: decidieron enseñarles algunas verdades inquebrantables de la vida, de ésas que no envejecen. Decidieron mostrárseles tal cual son, parte Jekyll, parte Hyde, serles “faithful”… y compartir con ellos su altamente sofisticado romance con la ciudad.

3. Los Invasores
Desde los tiempos en que Lewis Carroll colocó a una Alicia cada vez más grande dentro de la casa del conejo blanco, y sus brazos salieron por las ventanas del segundo piso y sus piernas se perdieron entre los marcos de las puertas hacia la lejanía del País de las Maravillas, un largo historial de gigantes ha querido invadir la morada del hombre.

Seguramente, el más pefecto de los invasores de moradas, individuales o colectivas, es el gigante. ¿Qué otro ser, fantástico o real, puede “invadir”mejor un lugar? ¿Quién podría llenarlo más, quién podría abarcarlo más, quién podría ocuparlo o, a fin de cuentas, habitarlo más (ya que invadir es un habitar superlativo) que un gigante? ¿Cómo podía Alicia expresar mejor su deseo del conejo blanco que invadiendo hasta el último recoveco de su casa, hasta sacar la cabeza por la chimenea?

Los invasores tienen siempre algo de gigante, y de la misma forma, los gigantes algo de invasores. Mucho tiempo después de Carroll, Orson Wells también apeló a esta analogía, cuando desató el pánico en ese otro país de las maravillas, New York City. La ciudad entera tembló ante la posibilidad de una invasión de extraterrestres. Aunque los gigantes no aparecieran nunca, todos creyeron verlos subiendo amenazantes desde Downtown. Corriendo despavoridos por las calles, los newyorkers anticiparon las imágenes que, muy poco después, King Kong, trepando por el Empire State Building, cosecharía para su película. La ciudad que éste invade, avasalla, pisa, demuele y destruye, está siendo, paradójicamente, celebrada. El rascacielos que escala como un árbol, y del que luego se desploma estrepitosamente, nunca captó mejor la atención colectiva. Esta imagen tan poderosa logró su propósito: nos invadió.

Años más tarde, los innumerables Godzillas que Ultraman combate, como King Kong, también asaltan una ciudad que se resiste a sucumbir a la invasión. Como torres de naipes caían los edificios, destruidos por los zapatos y los revolcones del monstruo y el superhéroe, ambos enormes. ¿Cuántas maquetas de esa pseudo-Nueva York hicieron los productores de la serie japonesa de televisión? Nadie los sabrá, pero el placer de sus aparatosas demoliciones y el pánico de las hordas de peatones en fuga jamás podrán ser olvidados.

Siempre que usamos la frase “me invade una emoción” sabemos que un sentimiento se ha apoderado de nosotros. Significa que nos está habitando, que nos ha tomado. Dependiendo del tipo de emoción del que se trate la invasión –odio, ambición, amor, deseo-, lo invadido se transforma, y puede ser entendido de manera distinta. Por eso, cambian las ciudades según el temperamento del conquistador que les ha puesto sitio. Por eso, Alicia, mientrasenloquece, va gradualmente aceptando las maravillas de su entorno; por eso, los marcianos, mientras carecieron de rostro, pudieron fácilmente aterrorizar y apoderarse de Nueva York; por eso, King Kong y Godzilla, mientras más salvajes y monstruosos, más completamente fueron vencidos por la ciudad triunfante; y por éso, finalmente, los Rolling Stones, mientras más insultantes e irreverentes nos luzcan entre la arquitectura de Manhattan, a punto de llevársela por delante, pateándola, bailando y revolcándose entre los edificios, más nos estarán comunicando el placer que en la ciudad encuentran.








Publicado en: Arquitectura, El Diario de Caracas, Caracas, 4 de Septiembre de 1994.



miércoles, 7 de marzo de 2007

ACME URBIS

Landmarks Preservation Commision, Nueva York. Placa tipo.



Son famosas las batallas libradas en Nueva York por la Comisión para la Preservación de Monumentos (New York City Landmarks Preservation Comission, LPC). En una ciudad donde las decisiones sobre tierra urbana las toma más quien puede desarrollar un lote que quien legisla sobre él, la LPC llegó a tener poder casi como un ayuntamiento. Lograr extraerle un permiso para modificar, demoler o construir en la ciudad es el único paso que todavía (1993) asusta un poco a los promotores, el último escollo que puede hacerlos demorar o hasta fracasar en su empeño.

Cuando un Trump o un Tishman o un Kline deciden acometer un proyecto monumental en Manhattan (al fin y al cabo, es difícil oponerse al desarrollo y a la libre inversión en la ciudad: el fantasma de la bancarrota urbana asusta más que
la mala arquitectura), a la LPC siempre le queda la última palabra para defender la calidad ambiental de la ciudad y su herencia histórica. Cuando poco pueden hacer el Alcalde, la Municipal Art Society, el Urban Center, la Architectural League, el New York City Planning Commision, la Urban Development Corporation, los críticos y la opinión pública, el último baluarte son los dictámenes de la LPC.

Esta comisión pone trabas a proyectos de calidad dudosa, veta demoliciones, restringe acciones, inmortaliza edificios, calles o espacios urbanos, vigila nomenclaturas, vela por el decoro, congela fachadas, restaura, dictamina y controla sobre la
ciudad, con tánta fuerza como el New York City Building Code. Hace tiempo que traspasó los límites de acción de una simple Junta de Patrimonio para ser la entidad que vigila por la calidad de todo lo urbano, moderno o antiguo. Merece la pena recordarlo hoy (1993), cuando estamos ante la inminente aparición de otra institución que se le podría parecer, el Museo Ambiental de Caracas, en el espíritu de la cual aspiramos sinceramente influir con esta historia.

Cuenta Barbaralee Diamonstein en su libro New York Landmark Buildings que todo partió del amor por unos pocos edificios.1 En los años sesenta, cuando la ciudad estaba quebrada y sufriendo la mayor crisis ambiental de su historia
, un pequeño grupo de fanáticos de la arquitectura decidió reunirse para hacer una lista fundamental de los edificios y lugares notables que estaban en mayor peligro de desaparición por el abandono y la incomprensión. Eran los años en Nueva York cuando hablar de cultura urbana era todavía clamar en el desierto...

Con la lista en la mano, emprendieron el largo peregrinaje de las empresas, autoridades, periódicos y personalidades. Blandiendo la incuestionable bandera de la calidad de vida, la lucha empezó cuerpo a cuerpo. La LPC lo primero que logró recuperar fue la conciencia urbana de los neoyorkinos... de donde nace y reside su poder actual. Ocupando el vacío institucional en el área, el LPC pasó de ser la protectora de su grupo original de edificios y lugares para convertirse en una especie de mágica compañía ACME estatal para la urbe, con un mecanismo inapelable para cada problema ambiental, universalmente eficaz, temida e inexorable.

Y tomó la batuta sobre gran parte del mundo construido (esencialmente sobre todo lo que oliera a patrimonio): “Persistencia de la torre del Hotel Carlyle en Madison Avenue”, garantía de LPC; “Segmento preservado de la calle 54”, cortesía de LPC; “Veto contra espantosas adiciones al Museo Whitney”, esfuerzo de LPC; “Preservación de la arquitectura original de Central Park”, donación de LPC; “Contraorden de demolición del edificio de los Police Headquarters”, firmado LPC; “Obligación de uso reglamentario de materiales y estilo arquitectónico al este de la calle 72”, sellado LPC; “Recuperación de las farolas de hierro del puente de Brooklyn”, respaldado por LPC, etc... Grandes logros que comenzaron con una sencilla lista.


En esta misma página le ofrecemos al Museo Ambiental de Caracas una primera versión de esa Lista de Edificios y Lugares Notables... a manera de bienvenida.



Landmarks Preservation Commision, Nueva York. Sello.





NOTAS
1. Barbaralee Diamonstein. New York Landmark Buildings.




Publicado en: Arquitectura, EL NACIONAL, Caracas, 12 de Diciembre de 1993.