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lunes, 6 de octubre de 2014

Los ojos de John Ruskin



1. Retrato de John Ruskin (f. LIFE Photo Archive).


"Cuando construimos,
debemos pensar que construimos para siempre".
John Ruskin. La Lámpara de la Memoria (1849).1

1. Helicoidales
Hace dos semanas asistí a una bella charla de arquitectura. La dictó Ricardo Daza, arquitecto colombiano, durante una fugaz visita a Caracas. Era un resumen de El Viaje de Oriente (2009), su tesis doctoral, dedicada a revisitar el Kavalier Tour que emprendiera Le Corbusier en su juventud, viaje en el cual le fue revelada su vocación de arquitecto.

En una larga y placentera lectura que ojalá hubiera durado por siempre, Daza fue brindándonos capitulo a capitulo el recuento del iniciático tour de quien luego se convertiría en uno de los maestros de la arquitectura moderna: "Praga, Gótica o Barroca"; "El Danubio, diez perlas a lo largo del río"; “Una desviación en el camino tras la pintura del Greco”; “Aventuras y desventuras en ruta hacia Turquía”; "Atenas: Una oración en la Acrópolis”… me resultaría muy difícil resumir aquí todas las maravillas develadas esa tarde de la vida de Corbu. Pero hubo un momento en que, súbitamente, se detuvo el tiempo: fue cuando Daza proyectó la imagen de los ojos de John Ruskin, el gran teórico ingles de la conservación de monumentos (1819-1900).

La visión de los azules y profundos ojos de Ruskin me llegaron hasta el alma, me alcanzaron, como escribiera Ernest Renan, "hasta el fondo del ser". A quien no conmovería hasta los tuétanos este retrato, proveniente de los archivos históricos de LIFE magazine? Esta es la clara mirada que nos sedujo al encanto de las ruinas y que nos vigila desde fines del siglo XIX para que permanezcamos atentos para salvaguardar  su autenticidad histórica. Y es que para Ruskin, la ruina era "el legado más precioso" que nos llega de la arquitectura de épocas pasadas y a la que no debemos propiciarle ni decaimiento, ni alteración ni destrucción.

A la ruina de un monumento "debemos gozarla". Su preservación es un deber fundamental para ir en contra de las "reconstrucciones groseras, burdas y totalmente irrespetuosas del valor histórico y de la personalidad de un edificio". Así, decía: "Velad con vigilancia sobre un antiguo edificio; guardadle como mejor podáis y por todos los medios de todo motivo de descalabro. No os preocupéis de la fealdad del recurso de que os valgáis; más vale una muleta que la pérdida de un miembro. Y haced todo esto con ternura, con respeto y una vigilancia incesante y todavía más de una generación nacerá y desaparecerá a la sombra de sus muros. Su última hora sonará finalmente; pero que suene abierta y francamente y que ninguna intervención deshonrosa y falsa venga a privarla de los honores fúnebres del recuerdo".

Retornado a la charla de aquella tarde, contaba Daza que el futuro Le Corbusier había preparado su viaje con antelación, y muchos libros formaron el marco de su distendido periplo. Así, aprendimos que las palabras de Las Siete Lámparas de la Arquitectura (1849), resonaron en 1914 en los pensamientos del joven viajero Charles-Edouard Jeanneret por los Balcanes, por los Cárpatos, por Rumania y por Bulgaria. En  Bucarest, Constantinopla y Estambul. Sobre el monte Athos y en Delfos, en Nápoles y en Pompeya; en Roma, Tivoli, Florencia y Pisa. "La Lámpara de la Memoria" lo acompañó en su visita por todas las antigüedades del cercano Oriente, incitándole a cada paso a ver las ruinas y los monumentos de la antigüedad en mítica contemplación, suscitándole emociones trascendentales. Luego, en su arquitectura, no dejaría nunca de recrearlos en infinitos avatares modernos.

2. Pancho Quilici, Fragmentos de una memoria, XII (2009).


2. Oración en el Acrópolis
Nosotros aquí, mientras tanto, continuamos con la fascinación por las ruinas, pero ahora de la modernidad. Con el cambio del siglo, una creciente conciencia por la preservación histórica ha incluido a los monumentos modernos en general. Hay también los extremos, como el caso del nuevo rizoma que se ha desviado -pero proviene- de la posición literaria, moralista y romántica del Ruskin del siglo XIX, como lo es el gusto global reciente por el Ruinporn, o pornografía de la ruina.

Todo esto viene a colación por la inauguración de la exposición "Helicoides posibles: Visiones fantásticas", con la curaduría de Celeste Olalquiaga y la asistencia de un amplio equipo de colaboradores y artistas en el Centro Cultural Chacao. Esta es una exposición (por entregas) que hace, efectivamente, memoria urbana, esta vez de una obra monumental de la modernidad, El Helicoide (Jorge Romero Gutiérrez, Caracas, c. 1955). Esta muestra, junto a la recientemente inaugurada "Panorámica Arte Emergente en Venezuela 2000-2012", curada a su vez por Félix Suazo en la Sala TAC del Trasnocho Cultural, continua con la interesante saga reciente de exposiciones dedicadas a la ciudad y a la arquitectura en la capital.

Para solo adelantar una reflexión de todas las posibles sobre los helicoides actuales y sobre los que vendrán, recuerdo otro de los libros que acompañaron al veinteañero Le Corbusier en su viaje, mencionados por Daza: La Oración enel Acrópolis, de Ernest Renan (1883). Desde aquella otra rocosa cima al poeta "el mundo entero le pareció bárbaro"; en aquel edificio encontró a sus ideales "cristalizados en mármol pentélico", y ello le hizo proferir: "Ojalá el efecto de este milagro durara eternamente…!" Un buen breviario para nuestras futuras disquisiciones,  reflexiones y circunloquios helicoidales.





NOTAS

1. "When we build / let us think that we build for ever". John Ruskin, Capitulo VI: "The Lamp of Memory", Las Siete Lámparas de la Arquitectura, 1849.

2. J. Ruskin. Op.Cit., 1849.

3. "La vérité des dieux était en proportion avec la réalité solide des temples qu'on leur a élevé". Ernest Renan. Capitulo II, "Souvenirs d'enfance et de jeunesse", Prière sur l'Acropole, Édouard Pelletin Éditeur, Paris (1883): http://gallica.bnf.fr/ark:/12148/bpt6k1033189




Publicado en: Opinion, @ElNacionalWeb, 6 de Octubre de 2014: http://www.el-nacional.com/hannia_gomez/Desentierrame_0_491950939.html






domingo, 10 de enero de 2010

Sobremesa

Comedor de la casa de Phillippe Daverio en Milán (f. Gianni Basso - info@vegamg.it / marie claire.it maison).



 


Cuando las ciudades de Praga y Dresden están inundadas y no se sabe a ciencia cierta qué se perdió de ellas para siempre; cuando es imposible pasearse por la plaza principal de la ciudad más amada que uno tiene en el mundo sin el riesgo de ser apedreado o amenazado de muerte; cuando ya hemos corroborado que es imposible hacer crítica de arquitectura en Caracas sin peligro de ser demandados por difamación, no nos queda otro recurso, no hay otra escapatoria que apelar al verano. Al verano largo, mórbido e indolente. Al verano sensual que todavía se nos promete y sobrevive en la ilusión mediática del cable del televisor.

Turn it on, queridos lectores sobrevivientes. Ocurre que en la RAI aún subsiste la importancia del programa cultural. Y la única apuesta vigente en esa televisora hoy –producto de un proyecto que data ya (2002) de diecinueve programas consecutivos- es “Passepartout: Notturno dalla Maremma”, la versión estival del espacio semanal original del crítico de arte, galerista alsaciano-milanés y especialista en arte italiano del siglo XX (futurismo, metafísica, novecento, escuela romana) Philippe Daverio.  

"Passepartout”, como su nombre lo indica, es un sobrevuelo por todo aquéllo que alude a un tema artístico apetitoso, sobre todo si ha vuelto a ser puesto en boga por alguna sublime exposición en los mejores museos del mundo. Es, en realidad, un recorrido, un Kavalier Tour de la mano de un curador excelso, de un presentador sin precedentes, de un entertainer –para usar el término más en boga en el país nacional-, de un escritor que escribe a la vez que nos lee el texto inmenso y variopinto del mundo conocido, muy consciente de que es un mundo “construido”, uniendo con maestría los discursos estéticos que más valoramos: el de la ciudad, el de la arquitectura, el de los escenarios históricos memorables, el del lienzo, el del paisaje, y, sobre todo, el de la amena e irremplazable forma más superior del arte: la conversación.

“Passepartout”, es en esencia, una sobremesa. Es de noche, los comensales ya han comido. Los encontramos ahítos de risotto, de pastaciutta, de viandas exquisitas que no nos atrevemos a imaginar siquiera –a riesgo de ser arrebatados de la razón brutalmente por una verde envidia-. Ellos están, incluso, bebidos. Y los espirituosos licores les transan el camino para que se dejen de ñoñerías y remilgos y nos suelten mediáticamente sus opiniones más verdaderas. Somos sus voyeurs confesos.

Sobre la mesa exquisitamente puesta, el mantel es una voluptuosa alfombra persa de color rojo. Desde allí empiezan galopar -con nosotros a cuestas- la utopía de la Nápoles borbónica o de Nápoles como epicentro del gusto; la relación de la Villa Borghese con el coleccionismo; lo ocurrido al norte del Renacimiento; las visicitudes suscitadas en el castillo de un Papa rey; el arte y la muerte en Venecia (a propósito de la actual Bienal de arte) o la revisión crítica de dos siglos de Design.

Camarógrafos y mesoneros invisibles se visten de negro como en el mejor teatro negro de la anegada Praga: nadie los percibe, pero filman y sirven la mesa, captando alucinantes close-ups de las personalidades invitadas. Las mujeres lucen sus mejores joyas. Fuera no quedan ni Fashion TV, ni MTV, ni Corazón-corazón, ni el Telegiornale: “Passepartout” es televisión, es moda, es chismografía, es literatura, y, sobre todo, es arquitectura palpable -y palpada- de primera mano, para disfrute de los televidentes, pero presentada junto con una historia suculenta que la rinde irresistible hasta el más indiferente de los corazones…

Pero, ¿qué hace Daverio para que la Turín tradicional se lea como la raíz del cine, para develar la desconocida Bari del año mil, o para leernos, una vez más, y maravillosa, contemporáneamente, a Praga? ¿Qué hace este pequeño, robusto, incomparablemente vivaz y sagaz galerista y editor, armado de su pajarita y de su traje de lino o bien de una negra capa napoleónica, dueño de una casa editorial en Milán y de una librería, autor de una cincuentena de títulos diversos como el Catálogo razonado de la obra de Giorgio de Chirico entre 1924 y 1929, para dejarnos semana a semana con la boca abierta? ¿Qué inventa para que más allá de la magia de la televisión, nos sintamos igualmente irrigados de grappa, embebidos de postres, de uvas y de café, y entremos en silencio en la insuperable conversación que suscita con sus tres notables contertulios convocados, en su villa dalla Maremma, especie de cuadro toscano de Magritte, y nos elevemos a su mismo sublime estado de gracia semietílica y status divino de meditación postcondumio?

De Pierre Restany a Gaetano Pesce a Lina Wertmuller a nosotros, sus invitados tropicales, todos estamos bien comidos y bebidos para disertar sobre “el Nuevo Clásico” o sobre el Museo Poldi Pezzoli, sobre libros o sobre el dioscuro. Una lap top trae sobre la mesa las imágenes de los cortos documentales que ellos y nosotros vemos juntos y al únisono. De la mano de Daverio subimos escaleras de caracol, entramos en las estancias, accionamos mecanismos ilusionistas precursores de la guillotina francesa; una puerta se abre y aparece el salón ecléctico más delirante de la Nápoles barroca, un postigo se empuja y se abre el Mediterráneo: es la vista que tenía Napoleón soibre la bahía de su exilio en la Isla de Elba. El carmesí Palacinese de la costa amalfitana no guarda ningún secreto a nuestro recorrido peatonal por su arquitectura: la cámara nos acompaña, y hemos estado ahí, esta noche, este nocturno, en vigilia.

Columnista de Panorama, Liberal y Vogue, Philippe Daverio es un historiador del arte. Pero ahora finalmente ha descubierto a su público más acertado. Nunca la arquitectura o la ciudad fueron mostradas con tánta gracia ni tánto humor; nunca despertaron el interés de la gente común tánto a la par que el gozo. Uno puede decir: es la cultura arquitectónica que ha permeado en Italia en todos los aspectos de la vida. No importa la razón. “Passepartout” es un sublime consuelo y regalo de la RAI.



Passepartout de y con Philippe Daverio. Dirección Mauro Raponi. RAI Tre. 


 


Publicado en: Arquitectura, EL NACIONAL, Caracas, lunes 18 de Agosto de 2002.