martes, 3 de abril de 2007

El peligro de los clásicos

Fortaleza de Pedro y Pablo, San Petersburgo.


La subversión en una ciudad premeditada.
Hace sólo tres siglos, el emperador Pedro I decidió fundar sobre el pantanoso archipiélado 
del delta del Neva, literalmente contra viento y marea, la nueva capital de Rusia. 
Sólo la epopeya de su construcción le había valido en la historia su alias de “el Grande”. 
Mas la grandeza verdadera estaría en la forma de esa ciudad. 
San Petersburgo, aunque no sea más la capital, 
sigue gobernando a los rusos más allá del tiempo y de los cambios políticos.

1. Aquí, junto al mar, construiremos una ciudad
Hace poco cayó en mis manos un nuevo libro de ensayos de Joseph Brodsky. Allí leí la que ha resultado ser la historia más hermosa de subversión urbana que he conocido jamás. Con el nombre Guía para una ciudad rebautizada, Brodsky revela en 1979 desde Nueva York, a través de la historia de su ciudad natal, San Petersburgo, y la de su alter ego, Leningrado, la manera como una ciudad se convierte en una forma perfecta de resistencia cultural.1 Casualmente, mis hijas también tenían en su biblioteca un librito de cuentos infantiles, Cuentos de la historia rusa, de Serguei Alexeiev. 2 En las páginas iluminadas con acuarelas se narra de manera muy sencilla la historia de Rusia hasta la Segunda Guerra Mundial. Y fue allí donde leí cómo había empezado esta fantástica historia.

Pedro I, zar de la Rusia continental, estaba obsesionado con ver el mar. Había emprendido una nueva guerra contra los suecos, y, victoria tras victoria, había logrado llegar con los suyos hasta el Golfo de Finlandia, en la desembocadura del río Neva. Las riberas del río estaban desiertas, llenas de pantanos y de bosques inextricables. El sitio lucía inhabitable. La historia dice que a los pocos días, Pedro, acompañado de su consejero el príncipe Ménshikov, se dirigió en bote hacia el mar. Y en la desembocadura misma del Neva, vieron una isla. Echaron pie a tierra y la recorrieron. Alexeiev la describe así: “era ancha y pareja, como la palma de la mano. Aquí y allá se veían raquíticos arbustos; el musgo, húmedo, se doblaba bajo los pies”.


Ménshikov dudaba, siguiendo a su emperador (-“¡Vaya lugarcito, Su Majestad!”). Pero Pedro seguía caminando hacia el mar. De pronto, el consejero real se hundió en un lodazal, dejando perdidas en el fango las botas. Su enojo se asemejaría al que después tendría toda Rusia los cien años siguientes, luchando contra los pantanos del delta para construir San Petersburgo. “¡Maldito sitio!” -mascullaba enojado el príncipe Ménshikov- “Vám
onos de aquí, que no nos hacen falta estos pantanos”. Pero el zar seguía avanzando. Allí habían llegado como dueños y no de visita. Y no paró hasta llegar al Báltico, descrito para los niños como “un mar grande y oscuro, con olas como jorobas de camellos que rompían contra las rocas de la orilla”.

Pedro se detuvo y respiró a pleno pulmón el viento marino, mientras contemplaba la lejanía. Allá a lo lejos, al oeste, había otros países y otras costas. Y finalmente, se volvió hacia Ménshikov, trazando con la mano un semicírculo: “Aquí, junto al mar, construiremos una ciudad”.

2. El zar carpintero

Quien haya visto armar un barco junto al mar sabrá lo que sintió el zar en aquel momento. En la construcción de un buque están presentes casi todos los problemas de diseño que enfrenta la arquitectura: matemáticas, geometría, estructura, materiales, espacio, forma, construcción. Lo único que no concurre es el contexto urbano, porque a lo más que llega un barco es a relacionarse con su puerto. El resto es el mar. Pedro I cuando le hablaba así a Ménshikov, ya había construido con sus propias manos un primer bote, adiestrado en los atracaderos holandeses e ingleses durante sus años europeos. Allí empezó tanto a aprender a diseñar como a desear una marina.

El zar-carpintero estaba tan enamorado del espacio como lo estaba del océano. Mucho antes de comenzar a construir la ciudad, ya tenía una visión de ésta: en
ella veía a Rusia con la cara hacia el mundo. La ciudad estaba destinada a ser una “ventana sobre Europa”, y por ello era ideal este enclave en el absoluto borde oeste del territorio. Sería un puerto para la flota, una fortaleza contra los suecos, y una capital europea para los rusos.

La evolución de San Petersburgo es asombrosa, porque las cosas que en otras partes habían tardado mucho más tiempo en ocurrir, aquí tuvieron que suceder en décadas. San Petersburgo se construyó en el siglo XVIII, cuando ya hacía rato que las grandes ciudades europeas eran las grandes ciudades europeas. Hasta Caracas llevaba ya más de un siglo de fundada. Pedro tuvo a su disposición el universo completo de ideas de la historia del diseño urbano, maduras e, inclusive, comprobadas. Sus arquitectos pusieron a su dis
posición el catálogo vivo de formas monumentales y de espacios públicos; sólo debía proceder a escoger y ejercitar su poder absoluto a gran escala. Afuera el terreno se extendía, plano y horizontal.


Brodsky asegura que “lo mejor que puede ocurrirle a un visionario es que también sea emperador”. Entonces puede actuar despiadamente. Y un zar-corbusier, a fin de ejecutar su proyecto, no dudaría en recurrir a los métodos más terribles. Por ejemplo, en Octubre de 1714 un ukase (orden imperial) prohibió nada menos que la construcción en toda Rusia: “San Petersburgo está avanzando lentamente por las dificultades en encontrar albañiles y otros artesanos relacionados. Por lo tanto, se prohibe en todo el imperio el construir cualquier estructura de piedra bajo la pena de exilio y expulsión”. Puede que no encontrara otra manera. O puede que viese, como militar que era, a los caídos muertos en lodazales y fundaciones de las obras como a los guerreros en el campo de batalla, muriendo cubiertos de honor.

Pedro I tomó la regla pero no la escuadra. Trazó tres calles derechas e infinitas que nunca se cruzan (“donde los pensamientos de un caminante viajan más lejos que su destino”), para flanquearlas luego con columnatas eternas. Empezó frente al cruce del gran y del pequeño Neva, sembrando en la orilla norte, en la Isla de Petersburgo, la fortaleza de Pedro y Pablo, y en la sur el Almirantazgo. Desde esta última sacó hacia afuera, hacia Rusia, las líneas de fuerza que definirían la poderosa forma urbana de la ciudad. Eran líneas provenientes del renacimiento y del barroco. Líneas que aseguraban la belleza clásica.


La ciudad fue evolucionando desde 1707 en adelante con pasos firmes. Y lo que era mejor: se autocorregía. Las líneas se reforzaron hasta fraguar el tridente (constituido por tres Prospekt, el Nevskoi, el Vonesenskoi y el Gorochovai) que marca el punto donde iniciaron su contacto el mar y la ciudad. La iglesia de San Isaac se transformó en la Catedral de San Isaac, volteándose para enfrentar las nuevas calles paralelas al río; los edificios a través del espacio del agua se modificaron hasta equilibrar las fuerzas de un apropiado Statement marítimo; el espacio tras el Palacio de Invierno se modeló hasta construir la monumental exedra del Ministerio de Guerra, la fachada arquetipal de la ciudad.


Aunque todo lo supervisaba el zar, éste pronto empezó a traer invitados ilustres, como Jean Baptiste Alexander Leblond, discípulo de Le Nôtre, quien vino especialmente en 1716 para ayudarlo por un tiempo como Jefe de los Arquitectos de San Petersburgo. Las técnicas, ideas y experiencias de estos europeos no tardaron en notarse. Los muelles a lo largo del espacio de agua fueron forrados de bloques de granito para proveer unidad en el diseño. El muelle Dvortzovaya frente al fuerte fue desarrollado como un aristocrático Waterfront real con el desfile de los Palacios Imperial y de Invierno, del Hermitage, del Teatro, del Palacio de Mármol y del Jardín de Verano del zar. Más tarde se cambió la escala del Almirantazgo para acentuar su rango monumental como punto focal de toda la composición.

Pero no sólo en la planta y en la escala de sus paisajes urbanos la ciudad maneja un lenguaje formal clásico. Los detalles complejos, relacionados y múltiples de las larguísimas fachadas, de los ritmos entre vanos y aperturas contribuye, junto con la repetición de los colores, del amarillo, del azul, del naranja, a aumentar y modular la fuerza espacial de la ciudad. Pedro era totalitario, pero exquisito. Y muy consciente. Estudiando sus numerosos ukases adivinamos su preocupación por la consistencia del plan urbano que estaba creando. Quería una ciudad moderna y bien construida con todos los servicios, de calles alineadas con densas casas de ladrillo y grandes jardines; quería incorporar las vías de agua como el Neva
y los canales en el plan general, y fue duro al requerirle a todos los edificios que se adecuaran a sus especificaciones estrictas.

Trató el lugar como un mapa, con trazos enérgicos, donde un giro basta, donde una línea recta basta. Con astucia, a golpe de ukases convirtió los problemas en ventajas. Ayudado por el lugar, naturalmente impresionante por la convergencia de los cuatro grandes cursos de agua, tuvo oportunidades excepcionales para sus dramáticos diseños urbanos y arquitectónicos. Y el barco no se le hundió, aunque hiciera mucha agua, zurcado por decenas de canales. Sus decisiones hoy todavía se sienten, y la presencia de su espíritu es aún mucho más palpable en la ciudad que los de épocas más recientes.


3. La lección de literatura

Pero los espíritus, igual que las formas, necesitan de los vivos para insuflarles su presencia, y de toda la grandiosa epopeya urbana que vivieron Pedro I y el pueblo ruso, lo más importante iba a ser justamente su influencia sobre esa población. Hasta ahora hemos hablado sólo de las formas de la ciudad, mas no de sus habitantes. Pedro también fue grande en términos de poblar su creación, porque sabía que no hay nada peor ni nada más fácil de tener que un palacio vacío. Así, también elaboró mandatos para reglamentar y ordenar el poblamiento de la ciudad, y ésta pasó de cero en 1700 a sus actuales (1994) cinco millones de habitantes.

Allí había de todo. Todas las clases sociales mezcladas en su justa medida, como en una receta demográfica que había salido bien. La única diferencia e
ra que estos nuevos peterburgueses traídos de todos los confines del imperio verían recortadas por primera vez sus miserias y sus grandezas contra el magnífico telón de fondo que Pedro tenía preparado para ellos. Y así, junto a esos lujosos escenarios urbanos, los pobres lucían más dramáticos, la nobleza y la realeza aún más magníficas, y la clase media, que era de donde generalmente salen los artistas y los poetas, empezó a estar más inspirada que nunca, con mucho más que decir, gracias a todos estos reenfocados cuadros humanos.

Es por ello que dicen que la literatura rusa nació en San Petersburgo. Surgió de la confrontación natural entre la sociedad nacional y la magnífica arquite
ctura clásica de la ciudad, que, entre otras cosas, a fuerza de su grandiosidad y eclecticismos, se iba rusificando a pasos agigantados. Los escritores asentados en la nueva capital, se obsesionaban primero con ésta, y luego con sus dramas y con sus personajes. Ello era sólo una muestra de que Pedro I había alcanzado su meta: la ciudad se había convertido en un puerto, y no sólo literalmente; metafísicamente también. Según Brodsky, “no hay otro lugar en Rusia donde los pensamientos partan tan deseosos de la realidad”. Y nada mejor para la existencia de la literatura.

San Petersburgo pronto empezó a verse reflejada en ésta cada vez con mayor intensidad. Y lo que es peor: la realidad y la literatura se parecieron tánto que empezaron a confundirse. Las mismas situaciones describen sitios urbanos notables siendo recordados como escenario de hechos históricos y como escenario de hechos ficticios. Las casas se rotulan porque allí vivió Dostoevsky o porque aquí murió uno de sus personajes. La ciudad literaria vive tanto como la ciudad real. Y ambas se nutren mutuamente, hasta casi si
mular la una el reflejo de la otra.

Pero las realidades cambian, y con la llegada de la revolución, lo primero que perdió la ciudad de Pedro, luego de la vida de Eisenstein, fue su rango capitalino. Lenin no se sentía a gusto a las orillas del Neva. El resultado fue el congelamiento de San Petersburgo, la cual languideció desde entonces una larga noche soviética. Mientras tanto, todo lo ruso, todo lo zarista, todo lo que oliera al antiguo régimen era desterrado de la patria para siempre. Menos la literatura. Y la razón es muy simple: es porque no había otra.


Nadie llegó a sospechar jamás -no me explico cómo- que “la poesía rusa, desde Lomosonov y Derzhavin a Pushkin y a su pléyade (Baratynsky, Vyazemsky, Delvig), a los Acmeístas -Akhmatova y Mandelstam en este siglo- ha existido seg
ún el exacto signo bajo el cual fue concebida: el signo del clasicismo”. Un clasicismo consecuencia, como hemos visto, del clasicismo urbano y arquitectónico.

Pues bien, resulta que durante todos los años que duró el sistema soviético, en las aulas de todo el país era obligatorio, para llegar a graduarse, el saberse bien las lecciones de literatura. ¿Y quiénes estaban allí, listas para ser recitadas? Ya lo han adivinado: las formas de la literatura rusa, que no son otras, si hemos entendido bien, que las formas de la ciudad que las inspiró. Es evidente, que cuando se le pedía a un alumno que memo
rizase y recitase un gran poema de la literatura rusa, ese profesor no realizaba que mentalmente, estaba enseñando a devolverle la supremacía a aquella otra ciudad y que estaba así “transformando a los niños escolares soviéticos en gente rusa”. Ese profesor, ignorante del peligro de los clásicos pedía:

-Recítame a Pushkin.


Y su alumno, inocentemente subversivo, le respondía:


-"Abre las ventanas del Palacio de Invierno..."


"A Guide to a Renamed City", in Less Than One—Selected Essays, New York: Farrar Strauss Giroux, (1986): p. 80.

NOTAS:
1. Brodsky, Joseph. Guía para una ciudad rebautizada. Nueva York, 1979.
2. Alexeiev, Serguei. Cuentos de la historia rusa.

 

Publicado en: Arquitectura, El Diario de Caracas. Caracas, domingo 23 de Octubre de 1.994.

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