lunes, 24 de septiembre de 2007

Cayó la bomba

Super Estación de Servicio Las Mercedes, engrandecida por el "Mástil radiante" de Alejandro Otero. Caracas (1959).


Esta columna de arquitectura, de ser generalmente orgullosa, festiva, celebrante de sí misma y auto glorificada por nos, ha pasado a ser (más a menu
do de lo que yo quisiera) lo que Pereira, el personaje tabucchiano de la redacción del Lisboa, llamara una “necrológica”.1


Necrológica, pues, va la de hoy, y plañidera como tantas, y deprimente -e iracunda- para dar fe de que cayó una bomba en esta ciudad sin que nadie se diera por enterado: la Super Estación de Servicio Las Mercedes, de 1959, diseñada por el arquitecto Carlos Gramcko y complementada por el elemento vertical que le hiciera Alejandro Otero. Acaba de ser demolida (1988) por su nuevo propietario, Texaco, en esta ciudad.


Ya en 1959, la Revista Integral, la nunca igualada revista nacional de arquitectura, en su primer número, celebraba su excepcionalidad: “Tanto en el concepto como en los detalles, rompe con la línea tradicional para este tipo de construcciones. U
n conjunto que, además de cumplir ampliamente las condiciones de funcionamiento deseadas, no sólo no desentona en el importante sector en que está ubicado, sino que más bien contribuye a su ornato. Por otra parte, es de destacar, como muy favorable, la íntima colaboración que, por primera vez en estas construcciones, se estableció entre los arquitectos y el conocido artista que tuvo a su cargo el estudio y resolución del elemento vertical”.


Hace de estas palabras cuarenta años, y parece mentira que ya entonces se entablara una discusión muy parecida a la actual frente a los despersonificantes procesos de la globalización, sobre el irrespeto al contexto geográfico y urbano de la arquitectura trasnacional y de la banalidad de sus códigos corporativos. Y sigue en este sentido: “conviene pensar en que cada estación debe tener un distintivo que podríamos llamar “marca de fábrica”. De ahí que se considere a veces la posibilidad de utilizar formas preconcebidas para estaciones, lo mismo que el empleo de determinados colores o texturas. Esto, si bie
n en principio es una idea acertada, no debe ser el factor predominante, pues resulta un contrasentido pensar que el diseño para una estación de servicio en Caracas o Maracaibo debe ser igual exactamente a otra en Estocolmo o en Ginebra, en donde las condiciones son enteramente diferentes...”


La estación del 59 (Shell) se concibió, pues, lo más contextual posible. Eso significaba, como hoy “honrar los vecinos”: el entonces impecable Automercado de Las Mercedes de Don Hatch y el pequeño y querido Edificio San Carlos de Tomás J. Sanabria, ambos modernos y relucientes en ese momento, aún inocentes del travestismo mall-reduccionista o pseudo-constructivista Russanov que sus dueños se empeñan en forzarles encima. Pero, ¿cómo sonaba ser contextualista en los años cincuenta? Si me lo permiten, leamos un poco más: “con el objeto de armonizar con la arquitectura de los alrededores (líneas horizontales muy predominantes) se construyó una placa horizontal que sirve para la protección del sol, creando un confortable sitio de estar para el público (...) Todos los materiales: piedra natural, arcilla porcelanizada y cerámica tipo veneciano, son de gran calidad, contribuyendo al ornato del sitio, de acuerdo con las características residenciales de la zona y el tipo de construcciones de los alrededores”.2 ¡La honorable voz de un pasado legendario!


Hoy, la irónicamente llamada “remodelación”, no sólo sustituye una estación de servicio urbana importante, de arquitectura diáfana, un establecimiento modelo, una pieza de la memoria de la ciudad, por una bomba más (la Star 21) de banal arquite
ctura interestatal, con anodinas formas, colores y logos hechos para ser reconocidos a ciento veinte kilómetros por hora, sino que en su demolición troglodita se llevó al traste, junto con la arquitectura y parte de la historia urbana de Las Mercedes, la primera colaboración arquitectónica de Alejandro Otero.


El elemento vertical creaba un contraste violento con las líneas predominantes del conjunto. Al ser una “obra en función arquitectónica hecha en el momento mismo de la gestación del edificio”, Otero debió trabajar dentro de límites: “definí la proporción, determiné los materiales y procedí a diseñar (...) El resultado es una torre metálica en aluminio anodizado gris y oro con dos caras principales (...) Algunos se preguntan qué es: una señal metálica para un moderno jagüey de gasolina. Nada más”.3


Pues bien, los señores de Texaco creen que por haberlo desmontado (arrancado las platinas de anclaje, tirado de los tornillos de sujeción con aisla
miento plástico, desalojado los perfiles estirados especiales), han salvado para sí el valor millonario de esta obra. Pero nosotros sabemos que se equivocan: nunca será la misma sin la arquitectura para la cual fue diseñada y calibrada. ¿Al diablo con la arquitectura? Ese es el castigo en dólares para su ignorancia. Estoy segura, además, de que se le doblaron los perfiles al obrero que martillando, los desalojaba brutalmente esta semana (1998) de su santo lugar... Ni siquiera para eso les sirvió la Revista Integral I que tan esperanzada les mandé cuando aún había tiempo para una remodelación respetuosa.


"Mástil radiante", Alejandro Otero (1959) (f. Alfredo Boulton).

NOTAS:
1. Tabucchi, Antonio, Sostiene Pereira, Anagrama (1994).
2. Revista Integral, I, Caracas, (1959).
3. Boulton, Alfredo, Alejandro Otero, Caracas.

Publicado en: Arquitectura, EL NACIONAL. Caracas, lunes 14 de Septiembre de 1998; Arquitectura.com

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