martes, 27 de marzo de 2007

Vivir en El Silencio, cincuenta años después

Urbanización El Silencio, Caracas. Carlos Raúl Villanueva (1940s).

Rotival y Villanueva tiraron el anzuelo urbano, y la ciudad lo picó.
La historia se muerde la cola. El urbanista francés Maurice Rotival, en el Plan para Caracas de 1939, había dispuesto que en el cruce de las dos vías principales de acceso a la ciudad debía haber un centro urbano de carácter monumental. El plan se aprobó, pero no hubo dinero. En vez de Capitolio, Ministerios y Plaza Mayor, se hizo vivienda para la clase media.
No importa: el genio de Villanueva logró hacer una magnífica ciudad sólo con apartamentos. Hoy (1994), cuando El Silencio deja de ser una solución habitacional frente a las dimensiones actuales del problema de la vivienda, su rol monumental como centro urbano,
por el contrario, crece pod
erosamente cada día más.

Un monumento que no lo es

Hay un acuerdo tácito entre quienes manejan el problema de la conservación del patrimonio arquitectónico, que dice más o menos así: “ningún edificio debería declararse monumento histórico si no tiene por lo menos cincuenta años de vida”. Ese acuerdo, que no figura escrito en ninguna ley de patrimonio, es sin embargo, a veces el único imbatible durante las espinosas polémicas que suelen suscitarse al discutir los valores de un edificio de la modernidad.


Un edificio notable candidato a ser declarado monumento, cuando es reciente, pareciera que es mas difícil de nominar como patrimonio (lo cual no implica que un gran edificio no pueda ser nombrado, en teoría, monumento desde el momento mismo que se corta su cinta inaugural). Se supone que con el paso de los años, los ánimos se calman, y los valores de la arquitectura genuina se hacen más evidentes. Siempre es más sencillo demostrar, por ejemplo, que una
iglesia colonial de Cojedes es monumento histórico que una casa neocolonial de Mujica.

El problema es que si las discusiones acerca del valor del edificio notable en cuestión tardan en tener un desenlace, el proceso se troca en cómplice de la ruina y hasta de la desaparición misma del objeto en discusión. Es por ello que por ahí van tumbando todo nuestra modernidad. De aquí a que los expertos se pongan de acuerdo en que era lo que había que proteger, que lo inventarien, y que lo decreten, ya no quedarán vestigios de nuestra mejor arquitectura y urbanismo modernos. Remember Campo Alegre. No nos queda más remedio que correr.

Todo monumento no declarado, mientras envejece, ve crecer equitativamente el
peso de sus valores junto al desprecio por éstos. Véase nada más la situación del conjunto El Silencio del arquitecto Carlos Raúl Villanueva, pero no desde su cincuentenario del martes pasado, sino desde el momento mismo de su inauguración. Ya en Julio del 44, El Silencio reunía todas las condiciones para inmediatamente pasar a ser protegido como patrimonio. Condiciones históricas, condiciones arquitectónicas, condiciones urbanas. Recordemos el júbilo ciudadano de entonces, la aclamación pública, el Pueblo y el Gobierno de manos en las fotografías. De todos los edificios de esta ciudad, los Bloques de El Silencio han sido, son y serán siempre un monumento histórico nada más que por la voluntad del colectivo.

Aunque en todos estos años se ha pregonado muchísimo que es mag
nífico, tanto como arquitectura como ciudad, es evidente que no ha sido suficiente. ¿Que han pasado cincuenta años y que todavía no lo han declarado monumento? ¿Que todavía hoy, en teoría, cualquiera puede intervenirlo, tumbarlo, degradarlo, y lo que es peor, subestimarlo? Es cierto. Al parecer, sólo algunas fieles y aguerridas presidentas de las juntas de vecinos del propio Silencio son las que están conscientes de ésto y lo defienden con todo su corazón.

Estándares de vida y función social de la arquitectura

Como un conjunto habitacional modelo para clase media que reunía todas las ventajas de la vida moderna, se le definió en los tiempos en que fue diseñado. Si enumeráramos las características del ideal de vida del ciudadano promedio que diseñaron entre la Comisión de Urbanismo y el arquitecto de la obra, describiríamos una sublime Arcadia Doméstica que hoy no se consigue ni aún en los desarrollos de mayor lujo de todo el valle. La gran diferencia estriba en que en El Silencio, cuando se le otorgaba a una persona una vivienda, no se le estaba dando tan sólo un apartamento, sino también se le daba un pedazo de ciudad.

El estándar de vida de aquella clase media nos asombra por su calidad. En estos cincuenta años nuestro propios estándares lo que han hecho es erosionarse y desmerecerse. Tánto, que empezamos a suspirar por un contrato de inquilinato o por comprar en El Silencio, aún incluso con la desmejora del ambiente circundante y la peligrosidad reinante
s. Pero, ¿por qué lo deseamos? Veamos: lo deseamos, por ejemplo, por las aceras con arcadas, anchas y cómodas, desarrollándose a lo largo de los frentes ordenados y sincopados de los comercios. Pensemos en que originalmente se había dispuesto que esas aceras fueran de granito vaciado con flejes de bronce, en un dibujo organizador de diagonales partiendo de cada columna. Ese hombre clase media que por allí caminaría, nunca pudo ser más un hombre de clase media. No importa su proveniencia, era ya un paseante glorificado.

Lo deseamos, si no, por los portales de ingreso a los bloques, con las célebres interpretaciones de portadas coloniales, personalizadas para cada manzana. Aquel hombre de clase media que por allí pasaba cada día hacia su vivienda, terminaba identificándose y hasta aprendiéndose su portal, producto de una investigación arquitectónica. Si no dejaba su condición de clase media, de sólo transitar el umbral, por lo menos se iba intelectualizando.

O lo deseamos, aún más, una vez puertas adentro, por aquellos apartamentos, reducidos (si entre 100 y 215 metros podemos considerarlo vivienda mínima), pero donde la vida podía transcurrir noblemente, con entrepisos rasando los tres metros y con simples pero sofisticados detalles. Aquel hombre clase media que allí vivía no lo acogotaba la estrechez del espacio, ni lo atormentaba la torpeza de la planta. Su apartamento, planificado, iluminado y ventilado científicamente entre la amplia terraza trasera y los balcones del frente, no era en realidad un apartamento vulgar sino un piso generoso y avantgarde que hoy haría palidecer a muchos condomios de lujo.

Pero es en su disposición urbana donde El Silencio realmente eleva la calidad de la vida de sus habitantes. Y la eleva hasta niveles nunca hasta entonces vistos en el país (ni nunca vueltos a ver más tarde). El arreglo urbano de los bloques, sus gestos monumentales para acompañar a plaza, calles y avenida, la cinta contínua de arcadas, la ornamentación y al mismo tiempo la pureza, no son nada clase media. Y si a Villanueva se le puede acusar de aristócrata por haber decidido que la ciudad que construía y que nos legaba no era nada clase media, sino que por el contrario, aspiraba al horizonte urbano más alto posible, como en los mejores pasajes de cualquiera de las hermosas capitales del mundo, le estamos agradecidos. El Silencio log
ró, sobre todo, éso: aprovechar la oportunidad de construir una gran ciudad valiéndose de viviendas de interés social. La función social de la arquitectura también reside en saber meter un strike a tiempo.

Location, location, location

La primera regla del negocio inmobiliario, como todos saben, está fundamentada en la ubicación de la propiedad. Intenten vender un apartamento en La Tahona y lo desc
ubrirán. Una parada de metro, un parque cercano, unas buenas vistas, hacen toda la diferencia en la venta de una propiedad. Este asunto, mucho más sofisticado en las demás ciudades del mundo, donde estar en un edificio o una calle histórica, o vivir en una avenida o una plaza importante son apetecibles y tienen un precio, aquí en Caracas aún está en pañales.

¿La razón? Pareciera que aquí vivir en la ciudad es oneroso, la única man
era aceptable de disfrutarla es de lejos, como telón de fondo. Una deformación psicológica del caraqueño le hace creer que odia la ciudad. Esta fobia sorprendente es lo que le ha hecho es olvidar el arte de vivir en ella, arte que existía hace tan sólo cincuenta años. Hoy, por ejemplo, nadie ni pensaría en vivir en las áreas más densas, como Sabana Grande, La Candelaria o el centro. Esos son considerados barrios de los menos pudientes o ghetos para extranjeros o indocumentados. El retiro lateral y de frente, el éxodo a las colinas y los valles aledaños, las torres aisladas, las quintas que quedan y el frenesí por el aislamiento, todos síntomas recurrentes en el caraqueño, forman parte de esta deformación... pero, ¿quién se imaginaría que esos mismos caraqueños que desdeñan La Campiña, Bello Monte o Quinta Crespo, cuando van a París o a Madrid no pernoctan felices si no se hospedan en los más céntricos lugares?

Es explicable entonces que El Silencio, aunque lo nombren monumento histórico, aunque lo pinten cien veces y le arreglen por enésima vez la fuente de Narváez, todavía no sea apetecible para nadie (sólo para sus veteranos y felices inquilinos). Al menos por
ahora. Es predecible vaticinarle al Silencio un inminente renacer inmobiliario, si ya vemos que no porque apreciemos su arquitectura, ni su urbanismo, ni su historia, nada más que por estar donde está: ubicado en el corazón de la ciudad.

Cómo hacer una renovación urbana de una renovación urbana

La buena arquitectura se gana sola su lugar en la historia. Los Bloque
s del Silencio han esperado por nosotros, y aunque paupérrimos y desvencijados, su recuperación está en las puertas. Lo paradójico es que ahora lo que habrá que hacer es la renovación de una renovación. Un problema típicamente contemporáneo.

Medina Angarita, picota en mano, emblematizó el paso del tenebroso barrio que era El Silencio a la luminosa reurbanización que lo sustituyó, y al mismo tiempo emblematizó el paso a la modernidad. Hoy, con el conjunto rodeado de ciudad miserable, no nos queda sino afrontar con la misma seguridad el problema, que no pasa de ser otro que el mismo de entonces: la amenaza de la miseria, la inseguridad y la insalubridad en la ciudad.

Como Medina, pico en mano, debemos asumir la re-renovación urbana de El Silencio, aunque de manera un poco diversa: lo que habrá que diseñar es una inversión inmobiliaria, buscando la forma de invertir en los bloques y explotar su real valor. Hay que apostarle al centro de Caracas, porque entre otras cosas, es Prime Real State. Los edificios históricos en esta ciudad deben empezar a crear su propio mercado.

Como todos los otros centros urbanos que le son relativos por su ubicación y sus condiciones en el mundo, la Place de la Concorde, la Piazza Spagna, el Paseo de la Castellana, Park Avenue, High Park, la calidad de El Silencio (¿quién podría negarlo?) es internacional. Y se cotiza en dólares. Que no nos venga un Realtor de Sotheby’s a decírnoslo un día como un gran dscubrimiento. Su brillantez urbana, comprendida así y recuperada desde adentro para toda la ciudad, volverá a irradiar, literalmente, su beneficio renovador sobre los deteriorados alrededores.

Ese es el reto, o, si lo prefieren, el negocio.

Sección de El Silencio, Caracas. Carlos Raúl Villanueva (1940s).

Publicado en: Arquitectura, El Diario de Caracas. Caracas, 1994.

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