jueves, 1 de marzo de 2007

La ciudad perdida

Caracas (1861).

I
77 Helena –“Y tú, Héctor, ve a la ciudad…” 1

“Allí está. Tal y como lo suponíamos. Justo el valle del tamaño que coincide con las antiguas descripciones (“… acá y acullá de la llanura, entre las corrientes del Simoís y del Janto”). Justo la montaña al norte, y la altitud precisa. Lógicamente desde hacía tiempo se habían borrado todas las huellas de los cursos de agua, y la fauna y la flora autóctonas escasean a un punto que desaniman cualquier reconocimento botánico.

Fue larga la búsqueda. Antes de escalar esta colina donde ahora nos encontramos, llevábamos meses recorriendo penosamente los caminos entre la cordillera; sobrevolando decenas de valles, rastreando desde el aire los vestigios que hubieran podido subsistir; s
opesando geografías que hubieran podido ser (“así, también una densa polvareda se levantaba bajo los pies de los que se ponían en marcha”).

Aún antes de éso, llevábamos años leyendo y revisando las crónicas de los viajeros, las relaciones de los gobernadores, los partes de la conquista a la Corona española, los periódicos, las cartas de los Welsares y las descripciones y memorias de historiadores y hombres ilustres. Un proceso en el que compilamos centenares de imágenes, entre grabados y pinturas, miniaturas, planos, cerámicas y fotografías. Sí, fotografías. Porque esa ciudad se perdió mucho después que apareciese la fotografía, en algún momento del siglo veinte, algún día de algún año y por alguna razón que aún no se ha logrado precisar.

El caso es que fue dada por perdida. Perdida, desaparecida, esfumada, sepultada, abandonada o siniestrada. Nadie tenía memoria de cómo era exactamente, có
mo se vivía allí, cuáles eran sus costumbres; sólo quedaba la leyenda de su existencia, una ciudad legendaria que como todas las ciudades legendarias, basaba su memoria parte en la realidad, parte en la ficción, y parte también en lo que cada hombre tenga a bien considerar importante. La legendaria Caracas de Bolívar y Bello.

II

(760 “ Así habló, derramando lágrimas”).

Como ocurrió con la Troya de Príamo. El recuerdo apasionante de ese capítulo glorioso de la Arqueología del siglo pasado, en el que Heinrich Schliemann, a pesar de la desconfianza y el escepticismo general, se apegó ciegamente a los textos de Homero, y fue recorriendo las costas de Turquía hasta dar con ella, me fortalecía… (“de las ciudades que los hombres terrestres habitan debajo del sol y del cielo estrellado, la sagrada Ilión era la preferida de mi corazón…”).

No importa, pensaba, que nadie crea en la existencia de esta ciudad. No importa que hayan abandonado su búsqueda, y hasta los mismos descendientes de sus habitantes la quieran volver a fundar a orillas del Orinoco, o, lo que es peor, posiblemente sin saberlo, moren irresponsablemente sobre sus restos arqueológicos. Yo tengo fe ciega en que éste que desde aquí contemplo sea el mítico Valle de San Francisco, ese “hermoso valle, tan fértil como alegre, y tan ameno como deleitable, que (¡Señor, tan parecido a éste!) de Poniente a Oriente se dilata por cuatro leguas de longitud, y poco más de media de latit
ud, en diez grados y medio de altura septentrional, al pie de unas altas sierras…”, que describía José de Oviedo y Baños.

Pero, ¿qué veo? ¿Cuál es la conclusión que puedo sacar ante el panorama que se extiende frente a mis ojos? Muy poco queda en este lugar que pueda “acreditarlo paraíso”. El valle, hermoso como ninguno, y más que él, la montaña, son los que buscábamos, mas nadie diría que hubo aquí nunca nada que se parezca a una ciudad. Una gran costa informe, gris e irregular cubre toda la superficie del terreno, incluso trepando por las laderas de las montañas. Arena, cascajo, limo. Diríase gruesas sedimentaciones, el resultado de superponer piedras arbitraria y prolangadamente. En Troya, la ciudad apareció ante Schliemann como una dulce colina, como un reverdecido túmulo vertical construido por la mano
del hombre, hecho de ciudades superpuestas. ¿Será éste, quizás, el primer caso histórico de un tell horizontal?
III
(55 Agamenón – Perezcan todos los de Ilión, sin que sepultura alcancen ni memoria dejen).

Acampamos, y en la tienda, hemos revisado de nuevo nuestros libros. Me congratulo de haberlos traído, aunque muchas molestias ha ocasionado el peso de los baúles que los contenían. Pero lo importante es que han viajado bien, después de todo, y los tengo aquí conmigo.

El bueno de Oviedo y Baños continúa: “… calles anchas, largas y derechas, con salida, y correspondencia en igual proporción a todas partes, pendientes y empedradas”. El recuerdo de una inquebrantable retícula de calles, la más perfecta de América, extendiéndose ordenadamente hacia los cuatro puntos cardinales, con armoniosos edificios de altura semejante, “…los más son bajos, por recelo a los temblores…” (¿Debo considerar de nuevo la vieja teoría de la desaparición de Caracas tras un cataclismo telúrico? Porque, ¿qué pudo haber ocasionado si no la huida, el abandono inexplicable de esta maravillosa ciudad por sus habitantes? ¿Qué pudo forzarlos a que dejasen desaparecer esta ciudad de escala am
able, de calles regulares donde se paseaba, de repetidas esquinas y recodos donde era posible detenerse a conversar y dejar transcurrir graciosamente el tiempo? ¿Debo dar crédito al registro de los pintores del siglo diecinueve, y realmente asumir que luego de la ruina que trajeron consigo los terremotos a repetición, ningún hermoso edificio mereció la pena habérsele reconstruido? O simplemente, ¿Porqué la sepultaron inmisericordemente bajo ingentes torrentes de deformes construcciones?) “Hermoséanla cuatro plazas, las tres medianas y la principal bien grande, y en proporción cuadrada”.

Tomo el catalejo. Lo dirijo al este hacia el yacimiento. Siento el mismo sentimiento sobrecogedor de los primeros hombres al asomarse en Gizeh a las puertas del pasado: “cuatro siglos os contemplan”. Una retícula, ¿Quién podría sospechar dónde pudo quedar enterrada Caracas bajo todo este paraje lunar, aparentemente habitado? A vista de pájaro se me hace imposible lanzar una hipótesis. Habrá que echar mano de los pocos mapas antiguos o mirar más de cerca el paisaje arqueológico del valle. Comprobando el terreno
para buscar indicios directos del pasado ortogonal invisible de la ciudad.

IV

(733 “Nos hallamos en la llanura de los troyanos, de fuertes corazas, a orillas del mar…”

Descendiendo la colina, entre la rala vegetación, me viene a la mente una frase de Humboldt en 1800: “no me canso de repetir cuán feliz me encuentro en esta parte del mundo”.

Siento que empiezan a confirmarse mis sospechas. Hemos
pasado de arqueólogos observadores a arqueólogos excursionistas y ya en el valle sondeando el terreno tenemos la impresión de que hay muchas más claves en el contexto de las que se apreciaban a primera vista. Por lo pronto, lo que desde lejos aparecía como una masa informe es realmente un amasijo torpe y atosigado de estructuras edificadas sin ton ni son que, ¡quién lo diría!, parecen habitadas. Su solapamiento abigarrado dificulta el discernir sobre si lo que vemos son vías o zanjas abiertas, edificios o grises montículos, plazas o meros lodazales, monumentos o toscos pedernales, una borrosa estructura urbana o dibujops geológicos de sedimentos que la naturaleza acumuló en este valle al azar. Todo es tan confuso que ordeno acelerar los trabajos. Late mi corazón aceleradamente.

Nos planteamos hacer una disección del yacimiento. Excavaremos allí y sólo allí donde nuestra intuición nos lo indique. Seleccionaremos los puntos que nos puedan revelar más de este posible mundo subterráneo, indudablemente sepultado bajo e
l caos por el que nos movíamos. Como Robert Temple, viajero por Venezuela en 1812, ya creía tener “…al frente la ciudad de Caracas, ya creía distinguir las torres de las iglesias emergiendo entre la niebla matutina, ya comenzaba a oir repiques de campanas…” mientras organizaba la excavación y escogía los tipos de agujeros, las técnicas de medición y las herramientas que habríá que utilizar.

Excursionando por sobre el amontonamiento de horizontes petrificados, andaba buscando a la grácil Caracas urbana como a Ur, como a Nínive o como al mismísimo Camelot.

V

(142 “Piensa cómo en adelante defenderás la ciudad y sus habitantes…”)

Mientras iniciamos las excavaciones les leo a mis hombres en voz alta retazos de las memorias en Caracas del Conde de Ségur de uno de mis libros favoritos. Así, aspiro que no se desmoralicen y abandonen nuestra aventurada odisea. Muchos años y muchas dificultades rodean a la tarea del arqueólogo antes de ser recompensado con un modesto hallazgo. La perseverancia, y la fe, agregaría yo como Schliemann, son la clave de su empresa.

“En este sitio encantador, las flores y los frutos se suceden sin cesar”.

Todos los depósitos del yacimiento deben ser levantados de
manera estratigráfica, trabajando por estratos completos llevados a cabo meticulosamente.

“La ciudad se ofreció a nuestros ojos con la suficiente majestad…”

La superficie de los depósitos inferiores (los restos de construcciones coloniale en este caso) pueden variar de profundidad, y así, estamos preparados para excavar mucho tiempo antes de hallar nada.

“…Caracas nos pareció grande, limpia, agradable y bien construida.”

Nuestra aliada: la humilde paleta del excavador, que rasca simplemente la superficie sin dañarla, y un cepillo pequeño, para barrer la tierra.

VI

(531 “Abrid las puertas y sujetadlas con la mano hasta que lleguen a la ciudad
los guerreros que huyeron espantados”).

Tan pronto removimos algo los primeros restos de las mediocres estructuras, empezaron milagrosamente a aparecer en todos los frentes indicios, comisuras y marcas en el suelo como buenas señales. Antiguos muros, acequias y caminos, ruinas casi incólumes de soberbios edificios de distintas épocas y restos de avenidas como paisajes superpuestos que dan razón de horizontes arqueológicos interpenetrados.

Conviviendo con montañas de basuras sedimentaria, a
floraron finalmente las esquinas en cruz del damero, la huella de patios antes sombreados, las definidas calles que una vez fue grato recorrer, las arcadas y las aceras multiplicadas por doquier que garantizaban el paseo y la conversación, las complejas torres de enigmática arquitectura. Al lado de un gran cascote gris de desmenuzado tamaño, se empieza a dibujar el perfil de una casa que a todas vistas pudiera ser la de Bolívar. (Sin querer recuerdo otro pasaje de la Ilíada “…llegó al magnífico palacio de Príamo, provisto de bruñidos pórticos con cincuenta cámaras seguidas de pulimentada piedra…”) La arquitectura nos sirve de código del tiempo urbano.

Me llegan, atropelladamente, informes de todo el valle: e
n Caracas I apareció la Plaza Bolívar con todos sus magníficos palacios; en Caracas II y III la Hacienda La Vega, el Panteón Nacional, la plaza de Petare, Villa Zoila y dos teatros que pudieran ser el Municipal y el Nacional; en Caracas IV comienzan a perfilarse las ruinas del Helicoide y la excepcional Avenida Victoria, y dos moles gemelas como filones adivinan el gigante enterrado de las Torres de El Silencio. Una pirámide descubierta por azar era en realidad la punta del Obelisco de Altamira en Caracas V, y en la última capa surgen gloriosos cientos de estructuras que empiezo a identificar: el trazado de la Avenida Bolívar, orientado siguiendo la trama colonial, con el Palacio de Justicia, la Escuela Cristóbal Rojas, y las demás avenidas y calles y espacios de la trama reforzados con bellos edificios: la Miranda con el Canaima, el Galipán, la Torre Europa, el Atlantic; la Baralt con el Conjunro El Silencio, con el Madrid; la Universidad con el Banco Central, el Correo de Carmelitas; la Plaza Venezuela con la Torre Polar y las esculturas de Maragall… Me avisan de improviso que ya se ha detectado el sitio donde estaba la Ciudad Universitaria.

El hallazgo es extraordinario. Los tesoros desenterrados brillan más ante mis ojos que el famoso tesoro de Príamo. Queda aún por ser explicado el misterio de la desaparición de la ciudad y del éxodo de sus pobladores, pero le temo más a la incredulidad de la comunidad de arqueólogos. El hallazgo es tan apabullante, que presiento que no crean que ésta sea Caracas”.


Heinrich Schliemann dibujando en Troya (f. Tomado de Corbis)
 

NOTAS
1. Homero. La Ilíada.
2. McIntosh, Jane. Guía práctica de Arqueología (The Archeologist Handbook). Hermann Blume. Madrid, 1987.

3. Espagnol, Carlota y Becco, Horacio. La pintoresca Caracas: descripciones de viajeros. Colección Viajes y Descripciones. Fundación de Promoción Cultural de Venezuela. Editorial Ex Libris. Caracas, 1993.

Publicado en: Caracas 124 Aniversario: celebración de una ciudad. El Diario de Caracas. Caracas, Julio de 1992.

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