domingo, 4 de marzo de 2007

Madame J.

Biblioteca Nacional, París. Henri Labrouste.

Eran casi las nueve de la mañana cuando traspuse el portal de la rue Richelieu. Me había dado trabajo ser puntual, pero sólo los early birds eran premiados con la lozanía del personal experto, cuyo entusiasmo se esfumaba con la misma facilidad con que se me iba la mañana. Los adoquines cuadrados de la Cour D’honneur los crucé de seis en seis, casi contándolos, y una vez que había alcanzado el extremo opuesto me detuve, sin aliento, por primera vez desde que salí de casa.

Quienes han visitado la Biblioteca Nacional de Henri Labrouste, en París, saben porqué me paré justo allí, antes de ingresar al edificio. No cabe duda de que Labrouste sabía lo que quería lograr. Cruzar el umbral es lo mismo que ser asaltado por la visión del legendario espacio de la sala de lectura, vislumbrada a través de la cristalera del vestíbulo. No era fácil, como en mi caso, estar frente a uno de los más espectaculares escenarios de la arquitectura del siglo diecinueve, y seguir de largo. Nunca es fácil abandonar la arquitectura de carne y hueso por la arquitectura de papel. Sabía que si me dejaba llevar, un genuino impulso me haría tomar cualquiera de los cuarenta mil antiguos volúmenes con solapas de cuero colocados en las paredes, y permanecer quién sabe por cuánto tiempo bajo las nueve exquisitas bóvedas metálicas, anclada entre sus cuatro esbeltas columnas. ¡Y al diablo mi rendez-vous con Madame J.!

Madame J. había sido muy explícita el día anterior al darme audiencia para hoy. Al menos, tan explícita como se lo permitía el susurreo de rigor que imponía la disciplina de la biblioteca: NO ALZAR LA VOZ, y en lo posible, NO HACER RUIDO.


“Si usted está aquí mañana lo suficientemente temprano...” prometió severa, casi inaudible. Yo me esforzaba en entenderla, aguzando el oído. Ya no me quedaron más dudas sobre la aseveración universal que dice que el francés es el idioma del amor. Los franceses se encuentran absolutamente a gusto en el bisbiseo, el cual ejercitan con una fluidez y una comodidad asombrosas.

Semejante poderío del silencio me trajo a la mente el célebre retrato de Madame X., la misteriosa dama pintada el siglo pasado por John Singer Sargent. Pensé que si la estampa silente de Madame X. se convirtió en la extática y poderosa dueña de Sargent, Jacqueline B., diminuta y rubia, tocada de unos escandalosos lentes amarillos, mi “toute petite” Madame J., era por su parte la absoluta dueña contemporánea de las estampas originales de Boullée, de Lequeu, de Ledoux, de Durand, de Mansart, de Baltard, de Perrault... de sus acuarelas, de sus grabados, de sus dibujos y de sus planos. Eléctrica, parecía la imagen misma de la clarividencia impresa. Era el epicentro del Gabinete de Estampas, donde nadie puede hacer ni consultar ni ver nada sin su consentimiento... y ya hacía varios minutos que me estaba esperando.

No llegué a cerrar los ojos, pero logré mi objetivo de entrar y cruzar a la izquierda sin más titubeos. Al fondo del vestíbulo la caja vendía fichas para hacer fotocopias y poner en funcionamiento las máquinas de microfilms. ¿Una fortuna me gasté? La expectativa me hubiera llevado a empeñar la vida en aquél rincón de Francia a cambio de un montón de esas fichas. Afortunadamente, la mirada sarcástica de la cajera me recordó que ningún investigador que se precie se gasta demasiado en una jornada de trabajo, y que yo no estaba allí para llevarme todo el contenido del edificio de vuelta a Caracas.“Las fichas rojas, para hacer copias, y las verdes, para los ordenadores”. La gravilla fina del segundo patio, llamado Jardin Vivienne, más apacible y doméstico si se quiere, chasqueando húmeda bajo mis pasos, fue el último sonido del mundo exterior que oí de ahí en adelante. Me deslicé a lo largo de la fachada de la galería que Mansart había dispuesto en 1645, las manos entre los bolsillos de la chaqueta, repitiendo mentalmente mientras repasaba con los dedos los bordes de las fichas (como en las historias de niños que temen equivocar el recado, “las rojas, para las copias; las verdes, para los films; las rojas, para las copias, las verdes...”) Así, esperaba de manera absurda no fallar ningún paso en mi visita y defraudar a Madame J. En una esquina del jardín, aparentemente humilde, estaba la entrada que buscaba, sobre la cual se leía, en claras letras de bronce sobre la piedra oscura:

C A B I N E T D E S E S T A M P E S
Los templos de libros que eran estas bibliotecas ancianas tienen dos características principales, que se me hicieron patentes cuando se cerró la puerta que da acceso al Hall de la escalera: uno, la variedad formal de los espacios internos, producto de la vieja práctica de adicionar edificios contiguos en la manzana, viejos hôtels particuliers, casas de pisos o abadías, aprovechando sus patios y jardines. De esta manera, se lograba un Collage endiablado y unas salas de lectura y archivos de libros de formas inesperadas y laberínticas. Dos, basado en un recorrido de sucesivas esclusas espaciales, también se alcanzaba una insonorización total. Empezaba a entender lo del nombre mítico de “L’Enfer”...

Atrás, junto con el ruido de la calle, quedó también el siglo diecinueve. En 1936 le habían encargado al arquitecto Michel Roux-Spitz, discípulo de Garnier y estrella francesa de la arquitectura de los años veinte, la ampliación de la biblioteca. Roux-Spitz se convirtió en el continuador moderno de la saga de Labrouste, procurando como Arquitecto en Jefe de la biblioteca “reorganizar la planta en su mismo espíritu de innovaciónn y de progreso”. El nuevo hall por el que ascendía y el propio gabinete eran, pues, modernos, de esa modernidad francesa que arranca todo su placer de no renunciar a su herencia clásica. Mientras subía las escaleras, me volví a sentir mordida por las dudas. ¿No sería mejor si me iba por los modernos? Con cada peldaño, recordaba un nuevo nombre, me torturaba otra apetitosa posibilidad: Roux-Spitz, Mallet-Stevens, Perret, Guadet, Chareau, Boileau, Jourdain, Sauvage, Patout... ¡En fin! Aquí estaba ya la puerta.
Junto a uno de los gigantescos atriles de madera para libros de gran formato, esperaba Madame J. La sala estaba desierta, y llena de luz. Al descubrir que entraba, sonrió. Una vez junto a ella, me miró fijamente, y sin más rodeos, me preguntó:
-“Y bien, mademoiselle, ¿qué arquitecto desea?”
A lo que respondí, con un suspiro, contemplando los cien metros lineales de anaqueles repletos de grandes encuadernados rubricados en oro:
-“Labrouste, s’ il vous plait.”

1939-45. París. Biblioteca Nacional- Gabinete de Estampas.

Publicado en: Arquitectura, EL NACIONAL. Caracas, lunes 4 de octubre de 1993.

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