sábado, 1 de octubre de 2011

El llano

Edificio Valderrey, urbanización San Bernardino (f. Archivo Fundación de la Memoria Urbana)


Lateralmente a una pequeña plaza, al seguir la curvatura del Rione Carità, y pasada Via Roma, se encuentra IlPunto, la exquisita librería de arquitectura de Nápoles. Haciendo honor a su nombre, ésta no pasa de ser, paradójicamente a lo que podría esperarse en una ciudad donde los haberes urbanos y arquitectónicos dan para llenar una enciclopedia completa, una diminuta habitación donde los libros se amontonan hasta el techo.

La pequeñez insólita del lugar fuerza a que novedades y antigüedades se confundan en un mismo y delicioso apretujamiento. Por arte de magia, bórranse fechas y desmerécese el lujo de las ediciones. Toda publicación compite en igualdad de condiciones, y es tan apetitosa una destartalada guía de la arquitectura moderna napolitana como la flamante edición del día de ayer de la revista DOMUS; lucen tan imprescindibles las polvorientas obras completas del olvidado Pallazzeschi (poeta futurista de nombre incomparable) como las obras completas del últimamente (2001) muy publicitado Renzo Piano, autor de la primera Maison de Verre que ha dado el nuevo siglo, la casa Hermés de Ginza, en Tokyo.

Es el Rione Carità, de por sí un sitio que se presta muy copiosamente a las mágicas difuminaciones de la conciencia, sobre todo de la conciencia espacial. Basta cerrar por un momento los ojos y moverse por cualquiera de las calles de la renovación urbana que transformó esta parte del centro histórico durante los años treinta, para que, no bien vueltos los ojos a abrir, se sienta uno transportado, a, por ejemplo, Los Chaguaramos, Caracas. Edificios como los de Ferdinando Chiaramonti en Via Cesare Battisti, 15, o en Via Diaz, 24, con su "extraña esquizofrenia arquitectónica" y "fragmentariedad" -nadie como los italianos para inventar palabras que describan la naturaleza arquitectónica- logran el aplastante milagro del viaje de vuelta. Y tan fuerte es su efecto, que de inmediato hace que salte con renovado vigor del anaquel donde descansaba hasta entonces en la pequeña librería, la mencionada Guía de Arquitectura Moderna de Nápoles, guía que podría que podría servirle a quien la supiese leer de tónico para el alma y de manual-bastión para calificar con mayor justicia a las arquitecturas modernas caraqueñas, que por virtud de tan simple analogía urbana, pueden ser ahora elevadas al rango "d'oltremare," y convertirse en prestigiosas modernidades de ultramar.

Los edificios seleccionados como monumentos por L˙Università degli studi di Nápoli, son apenas mejores (salvo en el caso egregio del Pallazzo delle Poste, Piazza Matteoti) cuando no igualmente buenos que muchos de los edificios de los años cuarenta y cincuenta que produjo aquí nuestra mal llamada arquitectura "menor." Que fue tildada de menor porque no está compuesta por grandes obras maestras, sino por magistrales pasajes sueltos; porque está ausente de toda preocupación dogmática; porque no fue hecha por prime donne ni por héroes, dramas y protagonismos, y porque está fabricada con base en aislados actos individuales de poesía que, como dijera Bruno Zevi una vez (en otro pequeño e interesante librito, Dialectos arquitectónicos, también ofrecido por IlPunto): "a pesar de la anonimidad de sus autores, contienen una intensidad irrepetible de mensajes, trasmutan en dialecto las reglas de los códices dominantes, restituyen en versiones inéditas los signos que no eran suyos y construyen la fisionomía más auténtica de los tejidos urbanos."

También Benedetto Croce estuvo tan preocupado como nosotros aquí hoy (2001) dirimiendo las calidades no inventariadas de las arquitecturas de la ciudad, "intentando distinguir a la poesía popular de la artística." Para ello logró argumentar un análisis genial. Decía que durante el Medioevo (la larga era del tono popular) "Dante, Petrarca y Bocaccio eran como tres cimas de montañas con algún pequeño cerro interpuesto o vecino, a los pies de los cuales se extendía un llano fertilísimo, herboso, todo cubierto de arbustos y de humildes mirtos." Pues bien, es a este extenso llano, ameno y consolador, el lugar donde los hombres acudían cuando "las tres montañas se hacían demasiado sublimes." Desdeñar sus productos, por rudos o bárbaros, es, pues, impensable.

Zevi, inteligentemente, agrega que del paisaje natural evocado por Croce es muy fácil transferirse al paisaje urbano: basta pensar en Florencia, donde Arnolfo di Cambio, Giotto y Brunelleschi representan cumbres elevadas, en diálogo esporádico, a menudo polémico y conflictivo, con las colinas y las llanuras circundantes, es decir, con los artistas "de tono menor." En Caracas, las luminarias de los años cincuenta son también figuras "encumbradas," y poco o nada hemos intentado para merodear por las llanuras, las sabanas y los prados del valle, en busca de otros consuelos.

Habrá, pues, que cuidarse lo más posible de las preferencias por la prosa arcaica de la ciudad, hecha sólo de sus capítulos más inefables. Habrá que aprender a hablar los dialectos de las arquitecturas locales, e internarse en "el birignao de las condesas, en el dialecto de los spazzini, en la lengua sículo-partenopea-comisarial de los funcionarios, en el portugués, en el francés, en los castellanos, en todas las voces del italiano." Y puede que de este coro filológico-lírico-narrativo-ensayístico-onomatopéyico, salga la nueva épica de la novela urbana que aún ¡todavía! Estamos por contar, desde el Rione Carità a la Avenida Victoria, desde Bello Monte hasta Monte Bello, desde el Centro Histórico de Nápoles hasta el de Caracas.

"Napoli - Nuevo Rione della Carità", 1940 (Postal - Archivo Fundación de la memoria Urbana)

Publicado en: Arquitectura, EL NACIONAL, Caracas, Lunes 26 de noviembre de de 2001

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