lunes, 6 de julio de 2009

La muralla de Fernando VII

Muralla de Montagnana.

Ahora que ya no bastan los textos disponibles sobre la historia de la ciudad, cuando ya se han vuelto demasiado trajinados los pocos libros que existen, cuando hay que conocer definitivamente la evolución de la forma urbana de Caracas, la lupa se ha vuelto mi principal objeto de trabajo. Con ella en mano, he retornado al escudriñamiento planimétrico, y a la pesquisa de la Caracas dibujada. Bella experiencia, la de leer sus planos. Escrutarlos, interpretar sus signos, descifrar el texto gráfico, hacer hablar sus trazos, “ordeñarles” toda la información que encierran, para intentar describir, descifrar, explicar cada dibujo con mil palabras. Sólo los hábiles lectores de las planimetrías caraqueñas han podido contar habilidosamente su historia. La tarea no está para nada concluida. Quedan todavía muchas maravillas pendientes por leer.
Extraigo un pequeño ejemplo de la historia de la ciudad. Mucho se habla hoy del tema del Urban Sprawl, del desparramamiento urbano
contemporáneo. La ciudad, incontenible, va desbordándose hasta donde el destino la alcance. En Caracas pasa lo mismo. Nada la detiene, todo se suburbaniza. Le echamos agua a los territorios urbanos, como a la sopa, para que rindan, olvidando aquéllo de que el que mucho abarca, poco aprieta. En consecuencia, las fronteras se borran, el centro se aleja y se debilita, los contenidos se diluyen. Al final, todo es ciudad, pero nada es ciudad.
Curiosamente, este tema también le devanaba los sesos a los ciudadanos de la antigüedad. Estaban angustiados por el crecimiento incesante de sus ciudades. La angustia no era tanto porque crecieran, sino por hacer que se mantuvieran dentro de sus propios límites para poder defenderlas. El primer Urban Sprawl es la historia incesante de los sucesivos anillos de fortificaciones sustituyéndose los unos a los otros para contener a las ciudades. El ciclo se repetía una y otra vez: la ciudad se fortifica, la ciudad se defiende, l
a ciudad prospera, la ciudad crece, la ciudad rebasa su muralla. La ciudad se desborda en suburbios, y hay que construir una nueva muralla para que todo pueda volver de nuevo a comenzar.
Paradójicamente, dichos muros de contención, como escribió Horst de La Croix en Fortificaciones: Consideraciones militares en el planeamiento de ciudades (1972), aunque no fueron pensados para ello, sirvieron también para “mantener intacto el cuerpo cívico por siglos”. Los dolores de crecimiento de las ciudades, contenidas por sus cercos de piedra, se grabaron profundamente en la fábrica urbana. Gracias a la mur
alla, la fábrica se aprieta, se consolida, y completa exitosamente todo su ideario formal, en vez de expandirse infinitamente sin calidades a campo traviesa.
Desde los tiempos de la muralla de Jericó, 7500 años AC, la memoria urbana registra este conocimiento mil veces repetido. Las plantas magníficas de las ciudades reticulares encerradas en fortificaciones, como las de la Priene, la Selinonte o la M
ileto amuralladas asemejan a un tesoro que se perfecciona dentro de un cofre inexpugnable. Más adelante, ciudades romano/medievales como Spalato, Aigues-Mortes o Montagnana, enjoyan el cofre-receptáculo con la parafernalia arquitectónica de sus fortificaciones, enriqueciendo el bagaje formal de la ciudad. La tradición urbana abraza así las ideas de la muralla-edificio, como la Muralla Aureliana, de la puerta monumental, como Porta Ortiensis, o de la ciudad entera como tectónica “roca” resistente a los asedios extramuros.
El repertorio aumenta con el tiempo. Torres poligonales, redondas, ovales, diques, terrazas, bastiones, fuertes, baluartes, flancos, cortinas, contraescarpas y parapetos florecen en los alrededores de las ciudades en una profusión cada
vez mayor y en una complejidad cuasi fantástica. Ya en el siglo dieciocho los expansivos cinturones fortificados, “de muchos metros de ancho y a menudo empequeñeciendo las ciudades que protegían, se convirtieron en el elemento dominante en el paisaje”. Ninguna construcción civil era tolerada dentro de los confines de estos bordes vacíos que rodeaban la ciudad.
El concepto de la muralla como la más efectiva medida para contener la ciudad fue manejado también en Caracas a principios del siglo XIX, pero de una manera genialmente abstracta. Caracas, ciudad naturalmente amurallada por sus altas montañas, no necesitó nunca de fortificaciones de arquitectos. Sin embargo, en 1820, en ti
empos revolucionarios cuando en España reinaba Fernando VII, el Ayuntamiento de Caracas dictó una memorable e increíble Ordenanza que declaró la “zona que lleva el nombre de Caracas” y prohibió tajantemente construir fuera de ella. La ciudad quedó así con esta ley limitada por un borde virtual, por un cinturón imaginario, por una muralla no-pétrea fuera de la cual le era prohibido desbordarse. Cada barrio nuevo debía constar de al menos cuatro manzanas, y los propietarios de solares vacíos deberán cercarlos con muros de tapias. La idea era forzar a que la ciudad se construyera y se perfeccionara. Gracias a la imposición de la “Muralla de Fernando VII” Caracas deberá alcanzar un nivel de desarrollo suficiente antes de que se le permita exceder sus fueros legales. Cada plaza se concluirá y ornamentará, cada barrio se poblará y consolidará, cada solar se llenará de sólidas y elocuentes arquitecturas. En la ley no se contempla la posibilidad de faux-bourgs ni de suburbias. La Caracas de 1820 fue, por un tiempo, como la Palmanova fortificada: cautiva y señora de su forma urbana.
Quienes diseñaron esta Ordenanza sin duda
estaban muy conscientes de que históricamente toda muralla incita en los ciudadanos un sentimiento de orgullo urbano. Un lugar limitado y definido, se perfecciona palpablemente con el tiempo y ello trae consigo sentido de pertenencia. Caracas, hoy por hoy anárquica ciudad fuori le mura, debería recordar que una vez estuvo fortificada... y en éso ando: indagando, lupa* en mano, en los planos de la ciudad cercanos a 1820, rastreando las formas urbanas propiciadas por la Muralla de Fernando VII.

Lupa tripode antigua.

(*Mi objeto de trabajo más preciado es una lupa. Es la mía una lupa singular, ya que no es del tipo usual de lente y mango, sino del tipo en forma de trípode, o mesa manual de aumento, que consta de tres patas con ruedas para que ruede la lente deslizándose sobre las superficies. Permite también “aterrizar” sobre cada plano a manera de módulo espacial, y quedarse varado confortablemente en un punto. Es la mía una lupa muy contemporánea, una especie de animalito en acero inoxidable de los que produjo en los noventa la casa de diseño Vinçon, del Paseo de Gracia, en Barcelona, y a la que he tomado, sobra decirlo, harto cariño).

Publicado en: Arquitectura, EL NACIONAL. Caracas, 24 de Junio de 2002.

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