sábado, 20 de octubre de 2007

Las nuevas flores del mal

En 1983, la Revista Nacional de Arquitectura Punto convocó a un número monográfico sobre Arquitectura y Política. La escogencia del tema en lo que eran los dulces inicios de los años ochenta no tenía, como pudiera creerse, matiz político alguno en la Facultad de Arquitectura de la Universidad Central de Venezuela de entonces: internacionalmente se estaba celebrando un Revival de la arquitectura totalitaria a raíz del desenterramiento que hiciera Leon Krier del arquitecto del Führer, Albert Speer, y de la fascinación que tenían los italianos de la Tendenza con los clasicismos, sobre todo mussolinianos... Punto lo que quería era estar al día.
A una distancia prudencial de la última dictadura, significando ésta ya nada más que un mal recuerdo, los arquitectos en los años ochenta sentíamos que sus edificios podían, exentos ya del contenido político que les dió el ser y persistiendo en la ciudad como poderosos acontecimientos formales y espaciales -las Torres del CSB, el Círculo y la Academia Militar, el Hotel Humboldt, los Próceres- ser proclives a una reivindicación en los anales de la Arquitectura Moderna venezolana. Estábamos hambrientos de edificios proscritos, de arquitectos-tabú y de arquitecturas del régimen. Y no nos faltaba razón.

Ese número de "Punto", por circunstancias que no vienen al caso, tardó catorce años en publicarse. Eso nos coloca ante la macabra situación de tener
que leer de nuevo nuestros textos (el mío se titulaba “Las flores del mal”, p.49), cómicamente inéditos desde que los escribimos en nuestra más tierna edad, esos nuestros artículos maravillados con el EUR, esas nuestras palabras atónitas frente al Reichstag, esos nuestros deleites inocentes con la Delhi Imperial, esas nuestras expresiones boquiabiertas ante la Casa del Fascio; pero fatalmente sin la alegría y el desenfado de entonces... Porque entonces la confianza nos permitía observar libremente la historia de la arquitectura como un repertorio de soluciones formales inocuas.
¡Cómo nos hicimos arquitectónicamente pseudo-totalitarios por mero gusto estético en aquellos tiempos! Las flores del mal emanaban un perfume tan inquietante, irresistible y arrobador... Yo aún me confieso una demócrata aficionada “incorrectamente” a los mármoles, al ónix, al bronce, al alabastro, a las columnatas, al monumentalismo y a todo el c
hic fascistoide; una especialista en el estilo Pérezjimenista, una fanática de todas sus vertientes Kistch que se regocija en las incoherencias estilísticas del guzmancismo y goza frente a cada naïf miniatura del gomecismo.
Ahora (1998) lo que tengo es la piel de gallina: todas esas arquitecturas ya no me resultan tan inocuas. Habiendo pasado de refilón por el vértigo de considerarlas vigentes y resucitables, viví por varios días un delirio entre la pesadilla y el sueño dorado. En medio de una febril alucinación de Bunkers oxidados, torres de Tatlin desvencijadas, bloques obreros destartalados y Narkomfims nevados girando sobre mi cabeza, despertaba jadeando, pero sin encontrar alivio porque, ¿cómo hacía para exclamar “¡Oh, soñaba!”, cuando la realidad resulta que supera a mi delirio? Con las elecciones se ha elegido una opción tras la cual s
e ve venir un neototalitarismo arquitectónico y urbano muy peligroso: el populista. Yo, quien fuera la primera embebida del aroma de la flores del mal, olfateo con precaución la amenaza matizada en la futura flora del nuevo gobierno. El populismo a la democracia nunca le ha sentado bien: es el mismo causante de la pobreza de espíritu en los proyectos públicos en nuestras ciudades y de la falta de grandeza en las concepciones arquitectónicas de las que tanto nos hemos quejado todos estos años...
Veo con temor la incubación de unas nuevas flores del mal: las flores del desprecio, las flores de la ignorancia. Flores desnudas, desprovistas hasta de las corolas que (Dios quiera que me equivoque) podrían ser execradas de los tallos por ser lenguaje de papas, de reyes, de príncipes, de emperadores, de arquitectos, de urbanistas; es decir, d
e oligarcas, mientras temo que la ciudad de la tabula rasa soltará, como escribiera Colette, “...su tóxico aroma de ácido prúsico” desde un desierto de la incultura. El perfume chavista es una especie de seductor poison, cuyo efecto peligra por querer ser tan barato. Tánto, que puede que ya no necesite siquiera, ni siquiera, de las flores, en el buen sentido baudelaireano de la palabra...
Por lo tanto, en momentos como éste, es sano que esta columna se pronuncie por lo que debe ser una buena arquitectura y una correcta ciudad de masas. Lo primero que deberá tener es justamente eso: masa, volumen, corporeidad y, en definitiva, presencia; virtudes que no podrá honrar si no maneja impecablemente su propia cultura. Nada más lejano de una verdadera arquitectura de masas que una torpe solución habitacional, que un mediocre edificio hecho para despachar una emergencia, que la infraestructura
construida con chatarra, que los espacios públicos definidos con basura. Es inútil tratar de construir un país con bahareque.
Nada más lejano, por otra parte, de una ciudad de masas, que el batiburrillo al descampado que se produce al aplicar las anárquicas decisiones de ciertos alcaldes incultos y de las rebeldes oficinas de gestión urbana que operan a su antojo en la ciudad, tratando de materializar sus inconexos y sordos PDULes respectivos. La ciudad de masas no puede sino ser tratada masivamente, organizando a grandes trazos su forma urbana según ideas que se anclen con fuerza en la memoria histórica y broten legítimamente del diseño urbano de acuerdo a un previo plan maestro.
Para construir los nuevos espacios patrios, habrá que hace
r de tripas corazón y salvar, para las propias masas, lo que históricamente ha sido el privilegio de unos pocos: la noble cultura urbana y arquitectónica de siempre, flores aristócratas que, si se siembran sin prejuicios, florecen igualitariamente por doquier.


Publicado en: Arquitectura, EL NACIONAL. Caracas, 1998.

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