viernes, 18 de enero de 2008

Torre de marfil

La torre donde Michel de Montaigne trabajaba.





Todo comenzó en 1568 con la muerte del poeta Etienne de la Boètie. Su pérdida irreparable haría que su mejor amigo, Consejero del Parlamento de Bordeaux y luego alcalde de la ciudad, se retirase para siempre a la propiedad de la familia en el Pèrigord, en la ciudad de Montaigne. Como todo señorío que se preciase en el sureste de Francia, éste contaba con un espléndido château. Sobre el portal habría de grabar el nuevo señor de Montaigne, aficionado a las inscripciones, dos palabras en latín: "Negotium-Otium". Todo lo dejaba para dedicarse por entero a escribir, no sabía aún muy bien de qué.

El más grande ensayista que haya existido jamás hizo de su retiro una postura que hoy idealizamos sin remedio: a diario salía a caballo a recorrer interminablemente sus campos y bosques, elaborando largamente los pensamientos que al regresar hilaba en su estudio sobre todos los temas. El castillo tenía una gran cava y una gran biblioteca. Madame de Montaigne lo aguardaba, prefiriendo las copas de vidrio a las de metal y amando como él las salsas. Michel comía, leía y escribía, e iba explorando el nuevo co
ntinente de su propio ser. El fantasma de la Boètie era el interlocutor eterno de sus ociosas exploraciones.

Su postura resulta aún más idílica conociendo el éxito editorial que tuvieron los libros que de allí resultaron. Sus editores se mantenían en contacto desde las grandes ciudades, las imprentas estaban permanentemente activas, se multiplicaban las ediciones; Montaigne tenía audiencia total. Logró así ser influyente, consultado y consentido. Todo a distancia. Su torre de marfil estaba conectada fieramente en la red… a la manera del Seiscientos.

Aunque ésta no es una historia de fin sino de plenitud de siglo, es la mejor imagen para ilustrar el ideal arquitectónico global en este cambio de milenio. Hoy todos quieren retirarse, como Montaigne, a un lujoso château, construido con los más sensuales materiales, en medio del más vasto y verde de los campos, entre botellas y libros, pero manteniéndose conectados –y cabalmente informados- con el resto del planeta. Su éxodo suburbano es el mismo
que iniciaron las oficinas de las grandes corporaciones en los ochenta, ahora ejercida por la nueva tipología de la casa/oficina que permiten las comunicaciones y que con bombos y platillos está por celebrar el 1 de julio próximo (1999) el MoMA con una nueva exposición de arquitectura de corte futurista, curada por Terence Ryley, "The Un-Private House" (http://www.moma.org/exhibitions/1999/un-privatehouse/index.html).

Mas los ideales futuristas han cambiado. Ya casi nadie habla netamente del futuro: está passé. Nada de casas flotantes, de ciudades en Marte, de estéticas de viaje a las estrellas, de comidas en forma de píldora, de robots. Ni los Supersónicos ni Tomorrowland. Comparados con la visión de futuro que se tenía en los setenta, somos unos desabridos, parecemos despistados, y aunque todo el mundo ansía a rabiar con ser “moderno”, y tiene la fe ciegamente puesta en las blobs de Terry (estructuras encerradas por formas geométricamente com
plejas), la verdad es que en el fondo lo que se prefiere es la privacidad, la exclusividad y el lujo en sus recipientes tradicionales… Eso sí, modernamente equipados.

No es éste, sin embargo, el rechazo al progreso del hombre del fin de siglo pasado. No es el mismo Síndrome de Maupassant, almorzando a diario en el restaurante de la Torre Eiffel, torre de marfil del diecinueve, porque era “el único lugar donde no tenía que verla”.1 Hoy todos adoran los avances tecnológicos –cuando efectivamente los hay-. No hay quien pueda que no tenga un teléfono celular, ni que no esté conectado a la Internet… pero,
¿es que hay otro futuro por ahí con el cual excitarse? Como dijera Umberto Eco la semana pasada en un artículo (“Habíamos inventado tánto”) el siglo de las grandes invenciones, tan enamorado de los grandes retos tecnológicos, prácticamente no le dejó nada a éste que inventar.2 De allí el actual gusto híbrido por lo “moderno” junto a lo “retro”, porque como dijera Eco, reclamando de vuelta su viejo pizarrón, “el progreso no consiste necesariamente en ir hacia adelante a toda costa”.

Los nuevos futuristas aman los derivadismos, las refacturas, las reinterpretaciones. Una canción pop se burla de ellos en la radio: “I think I’ve seen it before” (creo que lo he visto antes). La revista de moda W (más ágil que las de arquitectura en atrapar las fluctuaciones volátiles del gusto) se lamenta que ya no tienen “la misma actitud positiva hacia lo moderno que acostumbraban”.3 Para ellos, el futuro ya llegó. Sólo se
adaptan emocionalmente los avances al ansia espiritual de que las cosas se “mantengan familiares y sin cambios”, y ya. Los re-revivals de los clásicos del siglo veinte se irán afinando y la tecnología irá abrazando los eclécticos estilos de vida y la diversidad local, y no al revés. En cambio, para Ada Louise Huxtable habrá que esperar que “la sociedad produzca nuevas formas sociales y económicas para que se produzcan las nuevas tipologías”.4 Sólo entonces podremos sacudirnos este elegante limbo melancólico.

Entretanto, hay una gran expectativa por el advenimiento de las veintiséis blobs del MoMA: la blob ambientalmente amigable, la blob de titanio, la blob voyeurista, la blob cinemática, seleccionadas con dedo analógico. La última gran exposición de arquitectura de este milenio es nuestro futuro más cercano. Architectural Record la anuncia como un desempolvamiento más del legado Viejo-Pero-Bueno (Oldie-But-Goodie) de M
ies, esta vez en su visión “no pura, clásica y sobria, sino 'Hollywood' y delirante”.5

Ante ello, los miles de sofisticados Michel de Montaignes diseminados por el planeta, cada uno en su torre de marfil, han empezado a sentir una voz que desde el fondo del inconsciente les tararea quedamente:


“Yeah, I’ve seen it before-
and I see it again,
and again…”

¿Será la de Etienne de la Boètie?


"The Un-Private House". Museum of Modern Art, 2002.





NOTAS
1. Roland Barthes. "The Eiffel Tower and Other Mytologies", The Eiffel Tower, Hill and Wang, Nueva York, 1979, p.3.
2. Umberto Eco. "Habíamos inventado tánto", Il Corriere della sera, 1999.
3. James Fallon. W2000, Architecture & Design, W, volumen 28, 3, Marzo, 1999.
4. J. Fallon. Op Cit., 1999.
5. Architectural Record.




Publicado en: Arquitectura, EL NACIONAL, Caracas, lunes 26 de Abril de 1999.


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