martes, 15 de diciembre de 2009

El plano cero de la escritura de la ciudad


El lugar natural de Caracas, sin Caracas.(intrevencuòn del plano de E. Rohl (1936), primer plano de la ciudad levantado a partir de un vuelo aéreo).

“La forma es costosa”, dijo una vez Paul Valéry. La forma no es algo que deba subestimarse. Es una cara posesión, y su producción un artesanado: se lima, se corta, se pule y se extrae con gran esfuerzo “exactamente como hace un joyero durante largas horas con su materia prima”.
La larga y amorosa labor de años –o mejor, de siglos, si hablamos de la ciudad-, de obtención de la forma urbana es también una tarea preciosista, porque se trata, igual que en la literatura, de la construcción de un estilo. La escritura de la ciudad como una forma de arte, resiste el símil con la definición de escritura que hace Roland Barthes en El grado cero de la escritura (1953): “Ecriture” en francés significa "escribir a mano" o "el arte de escribir”, de acuerdo a los sentidos del verbo “écrire” (escribir), que significa estilo, el hecho de componer una obra, o las acciones que le son propias a un escritor”. De la misma manera, una ciudad se escribe con un estilo urbano cada vez más claro a lo largo de su historia, es una obra que se compone a través del tiempo mediante acciones propias, por muchas manos sucesivas pero que a la vez son la misma.
La forma de la ciudad está compuesta de arquitecturas urbanas y de urbanismos arquitectónicos que arman un vocabulario de morfología acusada y por lo tanto legible. Mas, antes de la aparición de cualquiera de éstas debe existir, “libre de toda atadura a un estado pre-organizado del lenguaje, un término neutral o un elemento cero, una suerte de lenguaje básico, trasparente," que en el caso de la ciudad es el lugar natural. El grado cero de la escritura de la ciudad es su geografía, su topografía, el conjunto de formas de los cauces de los ríos, lagos, colinas, valles, llanuras, costas y montañas que forman la base para todas las otras fornas que serán luego escritas por la mano del hombre. Es la forma base anterior y primigenia que “consiste precisamente en la ausencia” de todas las que vendrán.
El lugar natural es la primera variable morfológica que define el carácter de una ciudad. El lugar será, desde antes del inicio del proceso de formación de la ciudad, su primer gesto urbano, su primera decisión formal premonitoria. Es por él que la ciudad allí se asienta. Por él son distintas las ciudades costeras que conocemos, un Rio de Janeiro distinto a una San Sebastián o a una Barcelona; por él se diversifican las ciudades de montaña, de los valles, en los estuarios, de las llanuras, aún antes de que ellas mismas se hayan incluso “forma-do”. Tan grande es la importancia del lugar para la forma urbana, que Víctor Hugo escribó en El pasado (1867): “Hay puntos en el globo, cuencas de valles, cuestas de colinas, confluencias de ríos, que tienen una función. Se combinaron para crear un poblado. De su soledad, emana una atracción. El primer pionero que allí llega, se detiene. Una cabaña a veces basta para depositar la larva de una ciudad. Cartago nace del mar, Jerusalén de la montaña…Veamos esta campiña. ¿Cómo la calificaríamos? De alguna manera: aquí y allá algunos matorrales. Pongamos atención. La crisálida de una ciudad está en estos matorrales. A esta ciudad en germen, el clima la incuba. La llanura es la madre, el río es la nodriza. Es viable, cuaja, crece. Y a cierta hora, es París”.

Veamos ahora a estos valles, a estas montañas y a esta costa. Pongamos atención. El paisaje natural original caraqueño es de una belleza dramática, poderosa. Surge de la mezcla explosiva entre un cerro perfilado, protagónico e hipnotizante, un valle elevado como un altiplano unido a altas montañas que caen violentamente al mar y una larga y lineal costa brava –como la llamara Don Juan de Pimentel en 1577-. Este lugar, como la llanura de París, nació para ser una ciudad. No en vano está poblado por indígenas ya desde el año 300 dC, y es de inmediato apetecido por los conquistadores para una fundación desde el momento en que lo avistan al surcar Tierra Firme. Siendo el paisaje fuertemente escénico, la ciudad se sitúa en uno de los mejores puntos para dominar todo el panorama del Valle del Río Guayre y controlar todo el territorio: la Sabana de Maracapana (en piedemonte), suavemente elevada entre los ríos Catuche y Caroata, un lugar distinguido por los indios y luego reafirmado por los españoles. Desde allí Caracas podrá extenderse segura hacia el este y hacia el sur y bajar hacia al mar.
Describamos de nuevo la forma original de este lugar previa al proceso de urbanización, para recapitular sobre sus valores perdidos y sobrevivientes. Revisitemos el significado del Valle del río Guayre como una depresión de origen tectónico que alguna vez fue un gran lago, sin olvidar que en Caracas el suelo ha temblado y temblará aún muchas veces, y ello ha signado repetidamente la naturaleza morfológica de su historia urbana. Reaprendamos el rol formal de la depresión tectónica y de sus terrazas inmediatas emnarcadas por las montañas y colinas del Ramal de la Costa y el del Interior, y los valores escénicos de la vertiente Caribe de la Fila Maestra con sus terrenos de marcada pendiente y grandes acantilados, su sucesión de cuencas independientes y sus pequeñas playas. Reafirmemos que la forma natural tan definida de la depresión del río y de la costa determinará la posterior configuración alongada de la ciudad.
El desaparecido Bello Monte y la colina de Petare, topografías desfiguradas o eliminadas por el proceso de urbanización; los valles menores como unidades espaciales unidas a sus ríos; las seis lagunas; el río Guayre y su lecho variable; el trazado original rocoso de sus quebradas tributarias de múltiples pozos y cascadas como anchas zanjas que la ciudad ha ido borrando, y cuyos lechos al igual que el del río, habrán de ser reconstruidos ya que desde hace décadas se hayan embaulados; los bosques de galería y las forestas que de ellos salían; las sabanas continúas que seguían las ondulaciones del tereno y los árboles de gran talla que se destacaban en el paisaje como solitarios hitos naturales.
¿Quién duda que el plano cero de la escritura de la ciudad es un instrumento para su reconstrucción futura? Un “Back to the Future” del Diseño Urbano. Con éste como base, la nueva escritura de la ciudad, como quiso Barthes para la literatura, puede liberarse de sus compromisos formales con otras historias que no sean la propia.

Roland Barthes. Le degré zéro de l écriture (1953)

Publicado en: Arquitectura, EL NACIONAL. Caracas, lunes 8 de Julio de 2002.

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