sábado, 17 de mayo de 2008

The Wall

Avenida Principal del Caracas Country Club, c. 1940s (f. Postal - Archivo de la Fundación de la Memoria Urbana).

Dice la leyenda que cuando Caín construyó la primera ciudad, lo hizo tratando de recordar el Jardín del Edén. Esto dió origen al llamado "Síndrome de la nostalgia del paraíso”, una afección de la memoria que ha aquejado a infinitos diseños de arquitecturas, ciudades y jardines desde tiempos inmemoriales, y que afecta a todos los hombres por igual. Dice también la leyenda que así como dicha primera ciudad partiera de la idea de un jardín que Adán cultivaba, se asegura que el paraíso último, es decir, la Jerusalén celestial del fin, será una ciudad.
Todo será ciudad un día; para allá vamos -Caracas también- y habrá de tenerse mucho cuidado en cómo llegaremos. Una manera negativa de hacerlo sería observando la urbanización progresiva del mundo y la desaparición de toda naturaleza virgen como un mal; otra manera más creativa sería adjudicándole desde ya valores urbanos a lo que antes era natural, transformando en patrimonio de la ciudad aquellos escenarios y panoramas vegetales aledaños a las urbes o encerrados en ellas.
Con ésto quiero entrar en la polémica de estos días en torno a la decisión de la Directiva de la urbanización Caracas Country Club de ocultar tras un vulgar muro la vista de sus campos de golf. Como toda diatriba sobre la cosa público-privada en las ciudades, es una controversia cuyo punto de partida y llegada sólo puede ser el bienestar colectivo. Es verdad que nadie puede desconocer que los campos son propiedad privada de sus dueños, pudiendo hacer éstos con aquéllos, en principio, lo que quieran. Pero tampoco, por otra parte, nadie podría desconocer que en las ciudades todos tenemos un derecho legítimo a defender nuestros bienes estéticos, ya no tan sólo los edificios y los distritos históricos, sino también los paisajes naturales urbanos, aunque no contemos aún (2000) con jurisprudencia -local- sobre el asunto.
Los caraqueños hemos adquirido el “derecho de uso” de las vistas sobre esos jardines olmstedianos de los campos a fuerza de recrearnos por años con ellos al pasearnos por allí. En un país en el que a los abusadores invasores de terrenos la ley les otorga a los no sé cuántos años de habitación ilegal la propiedad de la tierra; en una nación en la que los vecinos de las haciendas convienen otorgarse entre sí un “derecho de paso” para que todos se beneficien de los caminos, nosotros, benignos invasores de la mirada, inocuos usurpadores del paisaje, nostálgicos paseantes, urbanos pastores, ¿no tenemos entonces derecho alguno sobre el paisaje al que desde hace más de medio siglo nos hemos acostumbrado a disfrutar? ¿No tenemos un “derecho de admirar” estas otras tierras cultivadas? ¿A compartir el paisaje?
Una ley no escrita impide en Madrid que le pongan un muro bloqueador al Parque del Retiro, en París al Bois de Boulogne, en Nueva York al Central Park. La misma ley sí escrita en Viena prohíbe con pelos y detalles erigir muros en las áreas aledañas al Tiergarten, solo permitiendo rejas no aobstrusivas soportadas por un zócalo de cincuenta centímetros. ¿Por qué? Muy simple: en esas ciudades las áreas verdes cultivadas todavía están inscritas en la zaga simbólica del jardín. El peso de un elemento tan poderoso como el muro es reconocido profundamente, y manejado con respeto y exactitud. Aquí, pareciera que la única zaga paisajística de la que se dispone es la de un maléfico síndrome, esta vez local: el llamado “Síndrome de Playa Pantaleta”, de torvo recuerdo para los propietarios de otro club caraqueño, el vilmente saqueado Club Camurí Grande. Allí se usó por años el muro en una sola de sus acepciones fundamentales: como separación-frontera-propiedad entre los individuos, como muralla creadora de un recinto de un mundo ilusoriamente inexpugnable. Y es que los muros, virtualmente armas de doble filo, aunque son compañeros indispensables, sí, de deliciosos jardines secretos, tienen el inconveniente de que al proteger el dominio que encierran, son adalid de la separación y la comunicación cortada en su doble incidencia psicológica: seguridad y a la vez ahogo; defensa pero también prisión; protección pero también provocación y potenciación violenta del deseo.
Si los paraísos terrenales se tornan inaccesibles, la aspiración al paraíso perdido se volverá universalmente brutal. ¿No creen ustedes, señores miembros de la Junta Directiva del Caracas Country Club, que ese muro de los lamentos se les va a volver en su contra? ¿Que es la operación equivocada? ¿No valdría la pena gastarse más bien esos dineros ya no en seguir erigiendo tan horrible obstáculo visual, sino en replantar los campos con más vegetación seductora visualmente accesible a todos, en encomendar una reja divina de fina raigambre olmstediana por la que trepará el verde y -lo más importante- en blindar legalmente a la urbanización como lo que ya es para todos los caraqueños, nuestro Coral Gables, Jardín de las Hespérides, Parque Visual, Distrito Histórico, santuario ambiental y refugio arquitectónico, y para, en fin, protegerlo de la voracidad inmoniliaria que ya desde hace tiempo lo está rondando? Como dijera Alexander Pope (1688-1744), paisajista inglés, profeta del paisaje total, en su “Epístola a Lord Burlington”:

“Behold the Wall!” 1.

"Alexander Pope y su perro Bounce", c. 1718 ( f. www.allposters.com/-sp/Alexander-Pope-and-His-Dog-Bounce-circa-1718-Posters_i1349671_.htm).

NOTAS:

1. Pope, Alexander. Epístola a Lord Burlignton.

Publicado en: Arquitectura, EL NACIONAL. Caracas, 2000.

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