martes, 2 de septiembre de 2008

Metro por metro

"En la esquina de Miracielos agoniza la tradición...". La Sastrería La Habana, sobreviviente de las garras de Cametro (f. Archivo Fundación de la Memoria Urbana).

Cada día, nos estamos batiendo a duelo. Como en una batalla campal, le estamos disputando palmo por palmo estratégicos territorios urbanos al enemigo. Metro por metro, la línea de las calidades urbanas y de la decencia arquitectónica se corre y se descorre en este valle perennemente atacado: hoy este territorio es nuestro, mañana lo perdimos; hasta ayer este bastión aún estaba en pie, esta madrugada lo han derribado. Cuando por un extremo del campo ganamos esperanzados posiciones, en el otro perdemos plazas que considerábamos fuertes; cuando creemos que el enemigo se bate en retirada, lo cierto es que siempre regresa repotenciado. Así, no nos queda más remedio cada mañana que salir de nuevo a la calle armados hasta los dientes.
Nuestros contendores no se quedan atrás. Feroces, astutos y recurrentes como son, su peor característica es su conmovedora ingenuidad: no se consideran asimismos enemigos de la ciudad. De ningún modo. ¿Los amnésicos promotores? Ah, no: ellos son “inversores” que favorecen el florecimiento de la economía urbana. ¿Los anárquicos entes gubernamentales trabajando cada uno por su lado? Ah, no: ellos tienen cada uno en la mano la solución mejor a todos los problemas de la ciudad. ¿Los antiéticos arquitectos y urbanistas? Qué va, ellos menos: son tan geniales que cada uno aportará una brillante proyecto que sustituirá no importa qué había antes ni quién había trabajado en cada lugar caraqueño.
El discurso urbano está militarizándose -quién puede dudarlo. En esta polis democrática hasta la anarquía ya no podemos salir a batir nuestras luchas urbanas románticamente como los espartanos, es decir, con solo una lanza de bronce y una toga de lino: los laureles del honor y los juegos florales ya no sirven para nada. Como los generales, ahora debemos flanquearnos de refuerzos, y colocar a diestra y a siniestra renovadas legiones de especialistas en derecho urbano y de ingenieros duchos en todas las lides para defender nuestras posiciones, si es que queremos lograr alguna victoria.
La configuración del ejército nacional puede ilustrarnos en esta encrucijada bélica. Como cuenta el senador José Giacopini Zárraga en animada tertulia, el Sexto Cuerpo del Ejército es nada menos que el de los Ingenieros, conformado por tres regimientos de Ingenieros de Combate que llevan los nombres de Agustín Codazzi, Luciano Urdaneta y Juan José Aguerrevere Echenique. Estos a su vez se organizan en batallones que también están dedicados a otros ingeniosos ingenieros y constructores de obras, como el del ingeniero español de fortificaciones Casimiro Isava Oliver o el del Jefe de la Legión Británica Thomas Hilderton, pasando por los batallones Manuel Villapohl, Pedro Aldao, Juan Uslar y Abreu y Lima hasta llegar al del supremo hacedor Antonio Guzmán Blanco con sus legiones de Arquitectos Ingenieros. ¡Ay, qué no hubiéramos dado por contar con esa inteligencia militar esta semana, frente a la guerra a muerte que se libra en los sitios de la Avenida Lecuna o de la cima del Humboldt, donde nos tienen rodeados y estamos tan necesitados de refuerzos!
En las mesas de trabajo diseñadas para conseguir la concordia necesaria para tener tanto Línea 4 del Metro como patrimonio urbano hay que tener mucho más que buenas intenciones: hay que decidirse a dar la vida en la pelea. Todo son dificultades ante cada propuesta, todos son obstáculos. Todo es “no se puede”, sin explicar demasiado (un recurso que los arquitectos bien nos conocemos: el oscuro argumento ingenieril de la “complejidad” arcana de la técnica dirigida a hacernos callar): las patas de las grúas constructoras “deben” aposentarse “únicamente” en los espacios ocupados por las casas republicanas; las vías “deben” ampliarse para dar cómoda cabida a las inamovibles nuevas servidumbres subterráneas (¡oh, divino Hades ingenieril de las profundidades de los subsuelos!) sin importar los metros lineales superficiales de fachadas urbanas alineadas que se pierden por ello sin misericordia en El Conde. Rodar una escalera mecánica en la esquina de Miracielos o una casita frente a Parque Central son migajas que no representan la envergadura de lo que habíamos acordado, señores del Metro. Este proyecto acaba con cuadras de enteras de fábrica urbana, !diablos! Empero, descuidad: hemos de llamar al campo a nuestros propios Ingenieros de Combate.
Juzgando por la filantrópica presentación a la prensa de “Avila Mágica” todos creían que Tomás Sanabria avalaba los desmanes emprendidos o por emprenderse (¿quién puede saberlo?) contra el conjunto de su obra. Pero ya queda más lugar a dudas: si no, contemplen cómo el pobre Alejandro Pietri se revuelve en su tumba ante la caída en pleno de sus paraguas metálicos en Maripérez y viendo además como los substituyeron de una con una solemne banalidad a lo bomba Texaco. Habrá que enviar un pelotón contra Totón si se atreve a seguir interveniendo montaña arriba el resto de esta obra declarada Bien de Interés Cultural de la Nación de uno de nuestros Premios Nacionales de Arquitectura. ¿O es que creerán que la ética profesional es una práctica del pasado, algo ya no en boga, que se quedó también allá en los años cincuenta como el Hotel Humboldt? Nadie que tenga en sus manos ya no siquiera la propiedad, sino el manejo temporal de un Bien de Interés Cultural que es de todos los venezolanos, no tiene derecho a modificarlo en secreto y a su antojo, sin tomar en cuenta ni su autor ni a la ciudad. El irrespeto a las obras de nuestros arquitectos se está convirtiendo demasiado en una práctica común. Y el Magic Humboldt sería su sacralización como modus operandi.
Empero, descuidad: ingenieros, hoy es lunes 16 de julio: ¡presenten armas! Good morning, Vietnam.

Aspecto interior original del Hotel Humboldt (f. Archivo de la Fundación de la Memoria Urbana).

Publicado en: Arquitectura, EL NACIONAL. Caracas, lunes 16 de Julio de 2001.

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