jueves, 16 de abril de 2009

El Coliseo

El Coliseo, Roma. 

Leer la prensa a fin de año (2003), especialmente esos recuentos de los hechos que fueron noticia, fue esta vez sumamente iluminador desde el punto de vista urbano. Una de las cosas más gratas fue ver cómo la ciudad está ahora siempre presente -por no decir está cada vez más presente- en al ánimo de los periodistas y de los lectores. Los reiterados titulares que reseñan puntualmente las peripecias de la basura en las calles, la toma y la retirada por buhoneros de los territorios peatonales, las luchas contra invasores por edificios y terrenos, los enfrentamientos a las feroces maquinarias de promotores privados o públicos para arrebatarles de las fauces el patrimonio colectivo, los volvieron indiscutiblemente en protagonistas del muy urbano año que acaba de terminar.
      Los días de asueto navideño, tan perturbadoramente pacíficos, nos devolvían como objeto de estudio a una ciudad-arena, que en medio del fragor de la batalla política se nos ha vuelto tan espectacularmente reactivada, sus espacios urbanos tradicionales trocados en las piezas clave de todas las estrategias, sus sitios usualmente funcionales -autopistas, calles, distribuidores o loops de la más rancia estirpe automovilística-, mutados en nuevas zonas en reclamación para los ciudadanos de a pie, y sus arquitecturas y obras de arte, antes almas impenitentes de un limbo olvidado, ahora refulgiendo en las primeras planas de los periódicos con el derecho que les da su recién renovado protagonismo en el corazón de la población. Pareciera que en medio del desastre, la buena nueva adicional del despertar ciudadano está justamente en esa su acepción más originaria: en la de su pertenencia a una ciudad.
      En este sentido, la reflexión inevitable es la de una inminente vuelta al futuro, en el que las cosas en la ciudad deberán, de nuevo, hacerse como siempre, es decir, simplemente bien: las aceras son para caminar, las plazas y los bulevares son para reunirse, la ciudad reclama todos los días nuevos espacios acordes a las necesidades y al gusto modernos, y la protección, la restauración y la conservación de la memoria urbana es, sencillamente, crucial. Reclamos básicos de toda la vida. Solo que, ahora ya no lo exigimos nada más los críticos de arquitectura, sino que lo está reclamando la gente. Nada menos. Y esa es una buena nueva extraordinaria.
      Por demasiado tiempo se nos dijo que aquí estábamos de paso. Que a nadie le importaba la memoria de la ciudad, que las estatuas caminaban, que los edificios caían y que el alma de un caraqueño, parafraseando mal a Baudelaire, cambiaba, Hélas!, aún más rápido que el corazón de un mortal. Abofeteados en el rostro por tan pesado dictamen, cargamos largamente con este fardo fatídico, teniendo que soportar la intermitente galería de imágenes de nuestro desastre auto-proclamado en todo su negro esplendor, silenciosos y sin prácticamente derecho a pataleo: aceptando que nuestra identidad urbana eran, ¡horror! el caos, el abandono y el olvido. 
      Pero he aquí que los hechos nos llevan por delante para demostrar lo contrario. El año pasado hemos seguido marchando por las autopistas en contrasentido, apreciando el paisaje urbano revelado al revés como en la escritura de Leonardo da Vinci, tal cual un arcano maravilloso. La vida en la calle nos ha puesto finalmente en vivo y en directo frente a la presencia rutilante de las arquitecturas urbanas de esta ciudad, y a la vez, frente a su bombardeo y destrucción despiadada y galopante. La crisis misma, en lo que ha tenido de auto-contemplación crítica de los escenarios de nuestras vidas, los ha redimido forzosamente ante nuestros ojos. Y, si como dijera una vez Aldo Rossi, “con el tiempo, la ciudad crece sobre sí misma, y adquiere conciencia y memoria de sí misma”, lo que ha pasado es, sin duda, que sabemos que le llegó su tiempo a Caracas. 
      Las pruebas hablan por sí solas. Hemos visto la toma por asalto de la infrestructura vial para su transformación alquímica en espacios urbanos emergentes a la escala monumental de la ciudad contemporánea. Los ciudadanos, hartos, han decidido que ya no van a esperar más a por las autoridades a que les den la visionaria ciudad del futuro que necesitan, ¡y se convirtieron en sus propios arquitectos! Hemos visto la continuada recuperación de la calle que han hecho como escenario de su vida política, con su subordinado renacimiento de la conciencia y circunstancia peatonal no-utilitaria; hemos visto cómo el Tribunal Supremo de Justicia, en una decisión inédita, ha ordenado que se reconstruya el patrimonio urbano de la Avenida Lecuna para redimirlo de la destrucción a que lo sometió Cametro con la excusa de las obras de la Línea 4, con lo cual sentó un precedente legal para la defensa ya no solo de los monumentos históricos declarados, sino de toda la llamada arquitectura de la ciudad, ésa en la que reside realmente el alma urbana; hemos visto el surgimiento del activismo patrimonial en todos los rincones de la ciudad por organizaciones no gubernamentales defensoras de la memoria urbana, y cómo éstas han detenido las ilegales demoliciones tanto de bienes declarados como de arquitecturas inventariadas. Allí siguen, dignas, injuriadas y a la espera, como testigos de la historia, la Casa No. 27 en Campo Alegre y las Casas No. 14 y 16 en la Plaza de San José, cuyas reconstrucciones inminentes van a ser ejemplarizantes. Y hemos visto, finalmente, la monumental ola de opinión y el activo frente de oposición que está en pie de lucha frente al ignominioso intento de mudanza de la estatua de María Lionza de su icónico lugar en la autopista, absurdo inaceptable para la memoria urbana de la Caracas moderna. Repitamos: la Caracas moderna. Una ciudad que no aceptará ni una sola arbitrariedad más en contra de su propia historia. 
      Porque la ciudad, dijo Rossi, es en su historia. Y si para retomar el hilo de esta historia hace falta convertirla en un coliseo de piedra, no será sino uno más de los avatares en que habrá de enmascararse para vencer. Porque la ciudad debe ser entendida como una arquitectura que construimos todos juntos… así sea vestidos de gladiadores. 
Marcha en la Autopista del Este. Caracas, 2003.

Publicado en: Opinión.
EL NACIONAL. Caracas, domingo 25 de Enero de 2004.

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