miércoles, 2 de abril de 2008

El tractorista demediado

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“Nací en Caracas, pero mi abuelo es de Lugo, Galicia. El es un sabio carpintero, que adora siempre pasearse por las obras. A mí me llevó a ellas siempre desde pequeño. Sus amigos me dejaban la maquinaria; por eso es que desde los ocho años mis juguetes eran las máquinas. Cuando los otros niños estaban jugando con camiones y tractores de juguete, ¡yo lo hacía con unos de verdad!
Me eduqué en el Colegio Don Bosco y ahora estudio Ingeniería Civil, pero la verdad es que de lo que
más sé es de cómo hay que hacer para que un edificio caiga rápido... y también, de cómo salvar, si lo deseara, las partes que quisiera: eso también es fácil. Casi tanto como tumbar. Empecé en serio con la quinta de un conocido de mi abuelo
en Los Palos Grandes. Allí fue que empecé a trabajar fino, aprendiendo a cargar camiones. Luego vino el trasplante de los setenta y ocho pinos del campo de fútbol de los curas del Colegio La Salle, donde iban a hacer unos edificios. La verdad es que a mis veinticuatro años he tumbado miles de arquitecturas en esta ciudad. Nadie sabe demoler como yo.
Cuando hicieron el Metro de Caracas demolí en Sabana Grande muchas casas viejas. Recuerdo una que cuando le levantamos el piso habían debajo muchas cucharas de plata. Ha debido ser un entierro, o una botija. Siempre me deja perplejo encontrar c
osas de valor en las demoliciones. Nosotros tenemos como norma siempre revisar adentro las cosas antes de tumbarlas por seguridad... pero esas cucharas de plata se me quedaron grabadas. Y pensar que ni siquiera se me ocurrió regalárselas a mi mamá. Es que cuando uno está entre los escombros, el sentimiento es que nada tiene valor. Lo importante es la técnica para deshacerse de ellos, para reducirlos a su mínima expresión, para hacerlos desaparecer... como a los árboles, por ejemplo. En cada obra mínimo se tumban siempre dos o tres árboles. Yo puedo acabar con un árbol en diez minutos. Primero, tumbarlo es empujarlo. Luego lo destrozo en cinco minutos y en cinco más lo monto en el camión.
Justo antes de que vinieran las casas de Campo Alegre me recuerdo de una de un primo hermano de Juan Vicente Gómez en La Florida. Esa
sí que era realmente vieja. Y dura. Verla desmoronarse bajo los equipos fue asombroso. Pensar tumbarla a pico y pala hubiera durado un año. Con un martillo neumático hubiéramos echado seis meses para derribar esa casa. En cambio, en un día estuvo en el suelo. Estos equipos son bestiales.
De ahí pasé a Campo Alegre. Yo tumbé "La Atalaya", "La Corteza", la "Quinta Gloria", entre muchas otras. Es mi trabajo, ¿qué puedo hacer? H
acerlo bien. También recientemente iba incluso a demoler el Edificio Galipán, pero decidieron hacerlo con las Demoliciones Hermanos Díaz usando su propia maquinaria. Pero "La Corteza" yo sí lo sentí. Recuerdo que me impresionó que tenía unos bellos pisos de mármol. Las vetas del dibujo de la piedra estaban tan perfectamente casadas que estaban incluso numeradas por detrás. Yo no sabía qué hacer con aquéllo. Caminaba por encima, y lo miraba. Al final, me decidí y lo levanté. Pero la historia de esta casa es especial. A "La Corteza" ya le habíamos tumbado todas las paredes y las columnas del frente, y no caía. No caía por nada. Estaba demasiado bien hecha... Entonces empecé a darle con el tractor por una columna de atrás. A las cosas difíciles hay que darles con la pala mecánica. Todos los ingenieros vinieron y me hicieron ruedo y también mucha gente me miraba trabajar desde la plaza. La casa se movía completa, para adelante y para atrás como si fuera de goma, hasta que de repente, de un solo golpe, se derrumbó, levantando una nube de polvo impresionante. No puedo olvidar que me molestó que la gente aplaudiera.
Pero peor había sido lo de "La Atalaya". Me recuerdo que me llamaron de urgencia porque la quinta había que tumbarla rápido porque “no había permiso”. Un viernes a las seis y media de la tarde llevé la maquinaria. La demolición tenia que ser el fin de semana. Y entonces empezó a aparecer un desfile de gente llevándose una maderita, un ladrillo, marcos de ventanas, pedazos de rejas a manera de recuerdos. Había hasta gente que llegaba con camionetas. Por ellos me enteré durante la demolición que la casa la daban en clase en la universidad. Yo no dejé de pensar ya más que en eso, encaramado sobre el Jumbo. Llegó alguien y me pidió los balaustres de la entrada. Pesaban muchísimo, pero los saqué con mucho cuidado y se los dí. Luego seguí bajando y subiendo con el tractor. Mientras tanto, la gente se sentaba en la redoma a mirarme y a llorar. Finalmente le tocó el turno a la torre, que era como un ancho campanario. Estaba lleno de libros. Tendría que caer como la casa, con los libros y todo. Me bajé a ver qué eran: eran biografías de San Francisco de Asís, de San Francisco de Sales y de San Ignacio de Loyola. Y era domingo en la tarde y allí estaba yo, sentado sobre los escombros, registrando los libros polvorientos y leyendo... Ya no pude continuar.
El lunes, la casa cayó cuando jalé el campanario. Habían amanecido las paredes de la quinta de enfrente rayadas: “Irene, permitiste que tumbaran La Atalaya”. Cargué el camión y me fuí. Hace ya años de éso, pero las demoliciones no paran. Hoy tengo más trabajo que nunca. Por eso quiero ayudarte en esa idea que se te ocurrió. Reunamos los fragmentos que queden de valor en todos mis inevitables trabajos por la ciudad para hacer juntos un Museo de los Monumentos Caraqueños. Ni qué decir que mis máquinas están a la orden”.

Quinta La Atalaya, Manuel Mujica Millán. Campo Alegre, 1930s (demolida en 1999. F. Gasparini & Posani / Archivo Fundación de la Memoria Urbana).

Publicado en arquitectura, EL NACIONAL. Caracas, lunes 28 de Febrero de 2000.

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