martes, 1 de julio de 2008

En busca de Atenea

Hypnerotomachia Poliphili. Francesco Colonna, 1499, fol. p iii v (f. edoc.hu-berlin.de/master/zadek-elise-2005-05-13/HTML/N12033.html).


En una página del libro del Renacimiento Hypnerotomachia Poliphili (Francesco Colonna, 1499), reluce la imagen de un templo en ruinas.1 Su techo se ha desplomado, y el suelo está cubierto de los fragmentos desordenados de lo que fueran sus columnas, dinteles, trozos de entablamento, arcos rotos, como las piezas caóticas de un pesado rompecabezas. En el suelo, también, está la huella aún no borrada de la planta del edificio, donde las dos dimensiones del futuro y del pasado se superponen, siendo “la planta el primer gesto del proyecto de la edificación y también su último resto, la ultima ruina del edificio destruido”. 

Una palmera luce frondosa sobre una cornisa. Todo lo va cubriendo la vegetación mientras crece, naturaleza y artificio mezclados finalmente en una sola realidad. En medio de aquel escenario en movimiento, dos personajes conversan en voz baja. Es Polifilo, el peregrino que busca eternamente por el mundo a Atenea-Polia, su amada, y a quien una sibila muestra el espectáculo fantástico de la ruina.

La imagen se titula “La búsqueda amorosa a través de las ruinas de edificios antiguos”, y es sintomático que aparezca ilustrando también las primeras páginas del último número de la principal revista de arquitectura francesa, L’Architecture d’aujourd’hui (331 Nov-Dic.2000).2 Esta le ha querido dedicar todo su interés finisecular al tema de "trabajar con el tiempo" ("Le temps en chantier"), aprovechando la vigencia de éste por el coloquio “Rescate del patrimonio construido del siglo veinte” realizado en Septiembre pasado en Ginebra, a la vez que celebrarse a sí misma en su setenta aniversario (la revista fue fundada
por André Bloc en Noviembre de 1930). Resulta ser que todos aquellos flamantes edificios modernos con los que la L’Architecture estrenó sus páginas, todos aquellos sueños de abstracción, todos aquellos poemas heroicos de ruptura con el pasado, hoy (2000), mientras que la revista sigue galopando saludable por las nuevas técnicas de producción e impresión blandiendo los temas de mayor actualidad y brincando ágilmente el milenio, aquellas construcciones se han ido arruinando hasta unos extremos nunca presenciados antes en la historia de la arquitectura.

Y es lógico. Han pasado muchos, muchos años, y la modernidad nunca tuvo entre sus obsesiones la preocupación por convertirse en una bella ruina. El pensar moderno quería serle fiel al instante artístico, a los materiales más nuevos, a las luchas más ac
tuales; la belleza radicaba en reflejar crudamente el presente. Esas arquitecturas fueron frágiles flores no de un día, pero sí de un siglo. Los nuevas perfilerías de hierro de la era industrial se doblaron y se corroyeron, los planares frisos blancos se cayeron dejando aflorar el vulgar ladrillo, el concreto se manchó y las cabillas se asomaron, las ligeras barandas náuticas se desengancharon de sus anclajes, los alados volados cedieron a sus flechas. Patético retrato de Dorian Gray para las idealizadas vanguardias de la eterna juventud.

Vemos entonces ahora a los boyantes europeos como unos nuevos Polifilos, nostálgicos, ansiosos, desesperados, recorriendo el jardín exquisito del continente para tratar de reencontrar a ese gran amor, a esa dulce amada, a esa dorada y elusiva Atenea en que se les está convirtiendo la arquitectura moderna. Pero lo que en cambio hallan por doquier, son cifras espeluznantes: en toda Europa, aunque el grueso construido pertenece esencia
lmente al siglo veinte, de éste “sólo el dos por ciento pertenece al parque de obras protegidas”. Y en éso están. Discutiendo cómo hacer para proteger esa memoria del futuro, tan volátil, tan poco comprendida por la gente, ese patrimonio vastísimo, regado por todo el territorio pero confundido entre la fábrica mediocre, que es “maltratado pero sobre todo ignorado, esa mutitud de edificios significativos, anónimos y discretos o acompañados de una firma célebre, que son transformados o desaparecen sin la lucidez de ninguna experticia, intervención o plan estratégico”. Suena familiar el problema, porque particularmente aquí en Caracas, vivimos la misma situación. Pero con un atenuante. Veamos por qué.

En la población de Europa, la presencia simultánea d
e la arquitectura de todas las épocas ha acostumbrado no a la idea de lo bello, sino de lo simplemente “bonito”. De tánto convivir con catedrales góticas, con palacios del Renacimiento, con villas neoclásicas; de tánto pasarle la mano a tersas columnas de mármol, a espléndidas sillerías de piedra, a lujuriosos empanelados de roble, se crearon otros estándares que les hace imposible apreciar ¡aún hoy!, paradójicamente a las expresiones de un pasado reciente que valoraba otras cosas menos tangibles, como por ejemplo, una cierta forma de sensibilidad, un arte de vivir o una nueva estética. Las obras maestras de la modernidad, despojadas de los personajes de cuento que les dieron vida, desiertas de sus elegantes jardines de nueva geometría, saqueadas de sus tapices y de sus obras de arte, lucen baratas y difíciles de defender frente a otros lujosos patrimonios. Se ven, como siempre se vieron (y se querían ver), desnudas, y nadie tiene que preguntarse demasiado porqué en la Costa Azul la paradigmática villa E.1O27 de Eileen Gray es devastada, plagada de grafitti y convertida en albergue de squats invasores, sin que nadie haga nada; o cómo la magnífica Villa Cavroix, de la célebre trilogía de Robert Mallet-Stevens, lleve ya más de veinte años cayéndose sin que la rica alcaldía de Lille encuentre de dónde sacar cuatro millones de francos para comprarla (aquél que quiera sorprenderse, puede visitar www.nordnet.fr/mallet-stevens/, donde verá el esfuerzo que llevan adelante sus fanáticos en todo el mundo).

Pero ese problema lo tienen ellos, los europeos. Nosotros,
más ligeros de carga, prácticamente sin huellas de pasado alguno que le haga competencia, vivimos cotidianamente inmersos en el maremágnum de la epopeya moderna como en un nuestro único lujo, inquietante y desconocido. En una ciudad sin villas ni castillos, la belleza pobre y elusiva de lo moderno nos cautiva y nos espera. Es el lenguaje que mejor sabemos hablar, sus técnicas y costumbres son las que más nos conocemos. Por éso, ya que toda búsqueda empieza por las ruinas, cuando finalmente queramos salir al encuentro con Atenea, vamos a ser nosotros quienes daremos primero con ella.

"...di antiquaria forma..." (f. blog.booklistonline.com/2008/02/).

NOTAS:
1. Colonna, Francesco. Hypnerotomachia Poliphili. 1499.2. "Le temps en chantier". L’Architecture d’aujourd’hui 331. Nov-Dic.2000.
Publicado en: Arquitectura, EL NACIONAL. Caracas. lunes 18 de Diciembre de 2000.

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