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miércoles, 22 de agosto de 2007

Manifiesto de la belleza de Margarita

Isla de Margarita, Venezuela.

 


El hombre es también memoria de su existencia.  
Curzio Malaparte.
1. El Convenio del Paisaje 
Un largo y triste historial de arquitectura costera errada, hermética y encerrada, de grotescos edificios irrumpiendo en lo que fueron impresionantes playas y bahías, de parajes mal comprendidos y destruidos por desarrollos paisajísticamente equivocados, de casas monstruosas que son como pedradas en el ojo del paisaje, arrastra el país penosamente. A ese mal nacional no es invulnerable la Isla de Margarita. Sus sitios de elevados valores ambientales (algunos protegidos en sus ecosistemas y recursos no renovables), aún aguardan por ser contemplados desde la óptica de la arquitectura, y esperan por la redacción de un Convenio Estético de su Paisaje. Lo cual no es una práctica estrambótica: desde los confines de este siglo viene la tradición legal sobre tutela administrativa del paisaje.

Recordemos un importante precedente, también en una isla de incomparable belleza. En 1923 se le dió el poético título de El Convenio del Paisaje, a una de las primeras leyes diseñadas en el siglo para proteger un ambiente y su arquitectura: para preservar la escénica Isla de Capri. En las cientos de las llamadas “Páginas de la Isla” (Pagine dell’Isola, 1923) que lo componían, se describía dónde, cuánto y cómo se podía construir, se definía cómo eran las características arquitectónicas de la edilicia del lugar, se señalaban los conjuntos de valor ambiental y/o histórico intocables, se demarcaban las áreas vírgenes donde toda construcción estaba prohibida. Y se era muy estricto...

2. Salvis Juribus  

Era tan magistral el Master Plan de la isla, que también se le conocía como Manifiesto de la Belleza de Capri. Su regla brillante (“Il Paessagio di Capri e la sua tutela administrativa”) fue diseñada para proteger “el más bello paisaje en el mundo”. La Ley empezaba por considerar al paisaje de la isla como un bien común. Se lo describía detalladamente tal y como se hace en un cuidadoso Código de Diseño Urbano. La Isla era tratada como si fuese una Ciudad, sus playas sus calles, sus bahías sus plazas, sus montañas sus hitos, sus perspectivas escénicas sus panoramas urbanos... De hecho, la autoridad que administraba y hacía cumplir el Convenio era la misma Ciudad de Capri, quien otorgaba o no todas las aprobaciones para construir en la Isla. Ningún “ciudadano” podía pemitirse el lujo de intentar violar tan preciado bien colectivo. En el Convenio del Paisaje, el importante principio legal rector del Salvis Juribus, dictaminaba muy claramente que había que “guardar el paisaje por los derechos de toda la gente."

La isla salvaje se volvió humana gracias a la mágica reinterpretación cívica de la realidad de sus eventos naturales. Y no por ello perdió nada de su magnífico "primitivismo caprese": la arquitectura y el paisaje, que desde tiempos inmemoriales habían iniciado un diálogo de mutua comprensión y dinámico equilibrio, al redactarlo en leyes, articulos y cláusulas, vieron proscrita para siempre la posibilidad del error ambiental, de las equivocaciones estilísticas y lingüísticas, de las ópticas urbanas erradas y del abuso y el libertinaje constructivo.

Ya va siendo hora de que la Isla de Margarita entre en esta tónica de la reflexión paisajística. El paisaje margariteño, si queremos salvarlo, ha de ser escrutado críticamente e iniciar una reflexión sobre los efectos reales de la arquitectura de la costa. Su geografía, sus pueblos, el mar y su arquitectura deben revisarse para que el "primitivismo ambiental" margariteño sea preservado como tesoro patrimonial de los venezolanos.

Una nueva ciudad devendrá así la Isla de Margarita. Una ciudad en la cual, a todo terrateniente, privado o estatal, deberá hacérsele comprender que el hecho de ser propietario de una parte de un sitio tan excepcional es una responsabilidad que lo convierte automáticamente en su más devoto deudor. Los lotes más apetecibles para el desarrollo así como los más improductivos son ambos partes de un sitio maravilloso, y por tanto, terrenos públicos. Toda intervención en el entorno urbano así definido debería aplicar con su proyecto adjunto a una nueva "Comisión de la Construcción de la Ciudad de Margarita" para obtener permiso y así construir solamente de acuerdo con el paisaje.

3. Breviario de la Isla  

Aunque en Margarita, como en Capri, también es fácil, "dejarse sobrecoger por la naturaleza, convertirse en su esclavo, ser aplastado por sus delicadas y violentas mandíbulas, y ser tragado por ella como Jonás por la ballena", no debe pensarse que los valores escénicos/naturales de la isla son los únicos susceptibles de ser conservados. La verdad es más compleja, porque no habrá nunca Bahía de Pampatar sin el Castillo, ni Ensenada de La Restinga sin pueblo de La Guardia, ni valle sin torre de la Iglesia de la Virgen del Valle. En el paisaje de esta isola, estuvo muy claro desde el principio para sus primeros pobladores la función de una arquitectura que realzara y se ajustara al lugar salvaje y delicado.

Los españoles aquí no hicieron concesiones totales a la naturaleza, sino que crearon lugares a partir de ella, inscribiendo retículas en el sentido justo de los valles, trazando frentes de mar, erigiendo atalayas... Fue como si, magistralmente, hubieran comenzado por sentir la tierra sobre el nivel del mar, para hacer de la arquitectura una extensión del sitio. La exploración original que ellos hicieron de la tierra, "mano a mano", para leer allí el rumbo de la población, "el horóscopo de la arquitectura" y el sentido de la Ciudad que se estaba creando, recuerda el dicho que dice que en Capri las "arquitecturas emergen de la roca con la que están casadas." Hoy en día deberíamos volver sobre nuestros pasos y recordar la manera sensible como nacían los edificios junto al mar, como se manifestaban las estructuras frente a las elevaciones del terreno, en las cumbres, en las calas, en los riscos, en esta tierra de Margarita de Austria, quien, no debemos tampoco olvidar, era Princesa de Castilla, un reino de sabiduría incomparable cuando se trataba de aposentar respetuosamente arquitecturas y ciudades en el paisaje...

En Margarita, la naturaleza se expresa a sí misma con fuerza incomparable. Ello ha permitido que al menos el paisaje de La Sierra esté protegido. Sin embargo, una totémica predisposición del venezolano que le hace adorar toda formación elevada que recuerde un tepuy, hizo que, mientras que el Cerro de Guayamurí era decretado bajo régimen de administración especial por sus valores paisajísticos y ecológicos, en cambio el Morro de Porlamar fuera dejado rebanar inmisericordemente. No es suficiente con confiarse en la majestuosidad de la Naturaleza, ni con inventariar sus valores. El potencial constructivo del paisaje debe ser también tomado en cuenta: a través del tamiz de lo ambientalmente ideal. Si no, muy pronto tendremos una costa totalmente afeitada de accidentes naturales... y sembrada de adefesios.

El futuro paisaje de la Ciudad de Margarita deberá ser urgentemente diseñado... para hacerlo entrar en cintura. Como lo fueron una vez el claro acantilado de Matromania, las tres gigantescas rocas de los Farallones, la península de Sorrento, las islas de las Sirenas, con la lejana línea azul de la costa de Amalfi, y las doradas arenas de Paestum, brillando en la distancia. Así, reglamentados, el plateado Arco de La Restinga, Macanao y Arapano, Puerto Fermín y El Tirano, la Ensenada de La Guardia, la Laguna de Las Marites, la Playa de El Yaque, los valles de Santa Lucía, de San Juan, de Santa Ana, de Paraguachí, de La Asunción, del Espíritu Santo y de Fuentidueño, Los Robles, las Villas del Norte y todos los Pueblos de la Mar, desde Juan Griego hasta Punta de Piedras, al ser descritos y evaluados por lo que sería el primer Breviario de la Isla, estarían listos para hacerse civilizados.

La Ciudad de la Isla de Margarita es el más bello paisaje del mundo. Su Manifiesto, asentado en el Derecho Urbano y en el Salvis Juribus (la mejor forma de poesía colectiva), traería sin duda orden al desorden, le daría forma a lo amorfo, ayudaría a erradicar lo indeseable. Una verdadera arquitectura podría volver a acompañar el paisaje de la isla. El Manifiesto de la Belleza de Margarita queda como su única esperanza... ¿Quién redactará estas necesarias Páginas de la Isla?







 


Publicado en: Opinion, @ElNacionalWeb, Octubre de 2019 y Revista Royal Vacations, Caracas, 12 de Marzo de 1996.


domingo, 4 de marzo de 2007

La Mala Parte

Villa Malaparte, Cabo Masullo, Capri. Curzio Malaparte, 1940.



“...en el más lejano balcón de Capri...”
Curzio Malaparte. Retrato de Piedra, 1940

I. Ferragosto

Empieza el mes de Agosto. Dispuestos a ejecutar nuestra toma de posesión anual de la costa, emigramos desde la ciudad. Una vez sumergidos en las aguas de nuestra playa favorita, el paisaje natural se va apoderando de nosotros. Sin embargo, no bien hemos traspasado el primer par de horas de paradisíaca inmersión, nos asalta el lado férreo de nuestra vacacional contemplación del paisaje. Volvemos la cabeza a la costa y comenzamos nerviosamente a buscar entre las palmeras cualquier signo de civilización: una construcción, un edificio. A algunos les ocurre por una atávica mortificación de saber dónde van a comer o pasar la noche, pero a nosotros nos asalta simplemente por nuestra deformación profesional. Nuestro segundo vistazo es para escrutar críticamente el paisaje y reflexionar sobre la arquitectura de la costa.

II. El convenio del paisaje
Un largo y triste historial de arquitectura costera errada, hermética y encerrada, de grotescos edificios irrumpiendo en lo que fueron impresionantes playas y bahías como las de Puerto Cruz, Cata o Porlamar, de parajes mal comprendidos y destruidos por desarrollos paisajísticamente equivocados, de casas monstruosas que son como pedradas en el ojo del paisaje, arrastra el país penosamente. Sitios de elevados valores ambientales como Los Roques, el Edén, el Litoral Central, Morrocoy o la Isla de Margarita, (protegidos en sus ecosistemas y recursos no renovables), aún aguardan por ser contemplados desde la óptica de la arquitectura, y esperan por la redacción de un convenio estético de su paisaje. Lo cual no es una práctica estrambótica o desconocida: desde los confines del siglo veinte viene la tradición legal sobre tutela administrativa del paisaje.

Recordamos un caso paradigmático. En 1923 se le dió el poético título de “El Convenio del Paisaje”, a una de las primeras leyes diseñadas para proteger un ambiente y su arquitectura: para preservar la escénica Isla de Capri. En las cientos de las llamadas “Páginas de la Isla” que lo componían, se describía dónde, cuánto y cómo se podía construir, se definía cómo eran las características arquitectónicas de la edilicia del lugar, se señalaban los conjuntos de valor ambiental y/o histórico intocables y se demarcaban las áreas vírgenes donde toda construcción estaba prohibida. Y se era muy estricto... salvo con la honrosa excepción de la regla. La de Capri fue una excepción verdaderamente paradójica.

III. La excepción de la regla
Era tan magistral el Master Plan de la isla, que también lo llamaban Manifiesto de la Belleza de Capri. Con un documento tal, fue necesario juntar dos ingredientes igualmente excepcionales para lograr quebrantar su justeza y legalidad: la personalidad avasallante e influyente políticamente de un hombre (el escritor Curzio Malaparte), y el deseo de éste de apoderarse como fuera del enclave más salvajemente romántico de toda la isla (Cabo Massullo, sobre el cual el Convenio prohibía construir). Malaparte quería ser el autor de algo único en sitio igualmente único, “el más bello paisaje en el mundo”.

Como resultado del acto de corrupción de un poeta, nació una singular obra de arquitectura: la Villa Malaparte, la cual se adjudicó en la década de los ochenta el título, tras una encuesta nacional, de “la más admirada obra de arquitectura” entre los arquitectos italianos. La villa destaca primero así, entre otras famosas por malcontentas o por rotondas, por “mala parte”, por ser la excepción deshonrosa de una regla brillante, uno de los primeros manifiestos ambientales /estéticos del siglo.

Paradójicamente a esta violación del bien común, el mismo proceso de creación de la villa va a reinvindicarla en el campo de la reflexión sobre arquitectura y paisaje. La villa también es legendaria por ocasionar la ruptura entre el escritor y su famoso arquitecto, Adalberto Libera. Sus diferencias intelectuales (Romanticismo-Surrealismo-Clasicismo vs. Racionalismo-Funcionalismo-Abstraccionismo) no pudieron reconciliarse nunca para decidir cómo debería ser la casa a construir sobre el promontorio más hermoso sobre el Mar de Ulises. La arquitectura queda como testimonio de la polémica entre ambos.

IV. El amoral y el riguroso
Malaparte se había caracterizado en su obra literaria por ir siempre hasta el fin de las cosas, apasionado de la idea de que “el mundo que la fantasía evoca es el mismo, alto y puro”. Egocéntrico, obsesivo, romántico, no pudo soportar por mucho tiempo el riguroso racionalismo moderno del arquitecto que había seleccionado para el proyecto de la villa. Ni el de él, ni el del proyecto. Una vez lograda la aprobación por la ciudad de Capri, el escritor se deshizo de Libera y empezó a elaborar sobre sus propias ideas de una villa en el acantilado, cometiendo errores y aciertos, y apropiándosela (“...el día que comencé a construir una casa, no sabía que dibujaría una pintura de mí mismo; la mejor de todas las que he dibujado hasta ahora en literatura”).

Ayudado por la mano sabia de un maestro local, Malaparte fue transformando el paralelepípedo original en la estructura híbrida que conocemos, de marcado corte surrealista. Al percibir que sólo una completa indiferencia a las demandas del uso diario permite a la arquitectura tomar el aspecto mítico que él estaba buscando y que el paisaje demandaba, decidió que todo signo de función debía desaparecer. el paisaje demandaba, decidió que todo signo de función debía desaparecer. Ni siquiera dejó las barandas de la terraza sobre el acantilado, porque los finos tubos se hubieran visto demasiado funcionalistas...

Lo que fue un eslabón en la saga recitilínea de la arquitectura de Libera, un gesto simplista y si se quiere una solución torpe para un paraje tan especial, fue convirtiéndose en un inquietante museo de imágenes de la poética personal del escritor: las escaleras de la iglesia de la iglesia de la Annunziata en Lipari, donde estuvo exilado; el rojo pompeyano de las tumbas romanas en el mediterráneo; un atrio cubierto; la fenestración de su toscana natal; un mausoleo; un teatro a la montaña; una pista para montar bicicleta o para dar un final salto suicida…

De la villa insignificante e insensible con el lugar que había imaginado Libera, Malaparte hizo un monumento a sí mismo, un retrato de piedra, (una “Casa come me”). Puede que no juegue con la naturaleza como un proyecto de Frank Lloyd Wright, pero logra trocar ese pedazo de costa caprense, ese salvaje promontorio entre los farallones que le había robado a la isla, en uno de sus lugares más memorables y visitados. Que es, por lo demás, lo último que hubiéramos esperado que hiciera un amoral con la naturaleza y lo primero que esperamos que haga un arquitecto cuando interviene en el paisaje.


Montada en su promontorio rocoso, la villa de Cabo Massullo continúa desafiante y solitaria mostrándonos a los vacacionistas que la evocamos desde el mar, sus dos caras frente al paisaje: a veces mala parte, y a veces, malapartiana.



Publicado en: Arquitectura, EL NACIONAL, Caracas, Agosto de 1993.