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jueves, 19 de septiembre de 2019

Salve Regina


1. Marquesina floral y escalera volante (f. Sara Maneiro, 2005 - Archivo Fundación de la Memoria Urbana).

"La historia no se repite, pero rima".
Mark Twain. 1


1. El misterio de la postal renversée
Villa Regina es una centenaria arquitectura estancial caraqueña de la primera década del siglo veinte, una de las primeras villas "de temperamento" de la urbanización Los Chorros.2 La patrimonial residencia campestre, también conocida como la "otra casa" (o second home) del General Manuel Corao, es de seductora belleza. Tiene mediana escala y un aparente doble eje de simetría orientado a los cuatro puntos cardinales y luce como un chalet suburbano europeo 1900. Se erigió  al centro de la manzana a una cuadra de la Avenida principal de Los Chorros -por ende no muy lejos de los auténticos chorros en la montaña-, en la por ella bautizada Avenida Corao.

Como un delicado bibelot chorriguerense,3 la villa aguarda deliciosamente al fondo de la enramada de su bosque de Mangos, alzada en su piano nobile como sobre un pedestal, profusamente tallada por doquier con detalles "de aquel estilo hibrido de las exposiciones universales", como dijera una vez Mariano Picón Salas.4 




2. "Faldas del Ávila - Los Chorros - Caracas" (f. Postal (intervenida). La Margarita, J.M. Chirinos, Caracas - Archivo Fundación de la Memoria Urbana).
 

Es posible vislumbrarla desde la calle. A través del delicado encaje de hierro de su verja original, que se instala diagonalmente en la ochava de la esquina con la Transversal 1. Su portal hace juego con otro portal en la esquina: el de la Villa Las Magnolias, su vecina contemporánea al cruzar la calle (hoy sepultado en el muro, pero todavía perceptible).

Villa Regina hizo su epifanía en la imaginería urbana caraqueña de manera muy enigmática, al ser representada en una postal de los años treinta publicada por La Margarita, J.M. Chirinos en Caracas, titulada "Faldas del Ávila". Allí estaba ya, cual pequeña pagoda tropical ecléctica, emergiendo del piedemonte del Ávila en medio del campo, ubicada en primer plano un poco más abajo de la otra hermosa arquitectura estancial que aparece en la postal, la Villa Los Caobos, o Casa N. 27 (atribuida al ingeniero Ricardo Razetti, 1920s).5 Dicha estancia, de gran rótulo pintado sobre las tejas alemanas de cemento, sombrío porche delantero y cubierta a dos aguas, todavía se encuentra en la avenida principal.

Y decimos "de manera enigmática", porque el lugar donde Villa Regina está en la postal de La Margarita no es el sitio de Los Chorros donde hoy realmente se encuentra. Si juzgáramos por la postal, la casa estaría más o menos en las adyacencias de la Plaza Los Chorros; y sin embargo, todos sabemos que Villa Regina se levanta mucho más allá, al noroeste. Pensando que a lo mejor la postal estaba invertida, hicimos un flip horizontal a la imagen; pero aun así, la posición de la casa no coincide con la real.

Este pequeño enigma -como ustedes podrán imaginarse-, nos ha hecho desde hace muchos años dar vueltas por Los Chorros buscando infructuosamente tras los muros los vestigios de la que ha debido ser la gemela de Regina… Finalmente, ya que -como la estancia fantasma que es-, no aparece por ningun lado, decidimos darle al menos un nombre: Villa Elvira. Para que así, como Regina, exalte la memoria de otra de las hijas del General Juan Vicente Gómez, de cuyo régimen el general Manuel Corao era un personaje destacado. 




3. Herrería de la ochava, Villa Regina(f. Sara Maneiro, 2005 - Archivo Fundación de la Memoria Urbana).

2. Sous la manguière
En 1969, gracias a la breve mención que hiciera Egdar Pardo Stolk de Villa Regina en su libro Las casas de los caraqueños, ésta entra oficialmente en la historiografía arquitectónica venezolana. Allí Pardo Stolk nos habla de la casa del General Corao en Los Chorros "con muchos de los detalles y ornamentos de Villa Zoila".6 Villa Zoila, naturalmente, fue el extraordinario palacete que el arquitecto Alejandro Chataing diseñara y construyera en El Paraíso para el General Cipriano Castro y su esposa Doña Zoila de Castro en 1904 y cuyos "motivos" tuvieron, como observara este autor, muchas y muy variadas reverberaciones en la urbanización Los Chorros.

4. La casa del general Corao, cuando aun conservaba sus dos ejemplares de esplendidas palmas Sagu (f. Edgar Pardo Stolk, 1969 - Las casas de los caraquenos).

Pero volvamos a la villa. Las columnas cilíndricas con capiteles corintios prevaciados del porche, los falsos sillares en los muros, las molduras sueltas sobre las ventanas, los balaustres y el rusticatto de piedra continuo, indican la raigambre neoclásica del diseño. 

Por otra parte, la "escalera volante" que emerge del volumen de la villa para acompañar el gesto grácil de la marquesina, y la marquesina misma tipo ala de libélula -tipo joya de Lalique-, pertenecen por su parte, más a la ligereza dinámica del Art Nouveau. Esta combinación ecléctica de los lenguajes, así como la fuerza de los elementos de Villa Regina, típicas de la arquitectura gomecista, efectivamente refieren a la mano de Chataing, autor de más de una villa célebre en Los Chorros, en particular de la desaparecida Villa Henriqueta y de sus jardines.8

Tanto Regina como Elvira, con su juego de los techos y su "abundancia de hierro pintado ornamental", tan típicos de Villa Zoila, reflejan el gusto del célebre ingeniero/arquitecto. Peculiaridades que le valieron a Villa Zoila el famoso epíteto de "Pajarera de los Trópicos", acuñado por la prensa de la época (y reseñado por Gasparini & Posani en 1969).7 



5. Villa Regina en 2011 (f. 2011- Caracas en retrospectiva).

Dicho todo esto, queremos confesarles que fue realmente la espectacular marquesina floral de hierro y vidrio, tan afin a la desaparecida del Teatro Nacional (1905), la que realmente nos hizo atribuirle la villa a Chataing en 2005.

(…Mas, Shhh! Por favor, no se lo digan a nadie! …no vaya a ser que el que despojó de su marquesina al Teatro Nacional se le ocurra venir a querer llevarse la de Villa Regina, también).




7. Plano de ubicación. Villa Regina, Avenida Corao con Transversal 1, Los Chorros (f. 2005- Archivo Fundación de la Memoria Urbana).



NOTAS:
1.  "History never repeats itself, but it does rhyme". Tambien "…but the Kaleidoscopic combinations of the pictured present often seem to be constructed out of the broken fragments of antique legends". En: Mark Twain y Charles Dudley Warner, "The Gilded Age: A Tale of To-Day", American Publishing Company, Hartford, Conn., 1873.
2. La Casa Corao principal se encontraba en el Centro Histórico de Caracas en la desaparecida Plaza España, en la actual Avenida Urdaneta. Hannia Gómez. "Villa Regina". Preinventario Arquitectónico, Urbano y Ambiental Moderno de Caracas,  Instituto del Patrimonio Cultural/Fundación de la Memoria Urbana, Caracas, 2005-2007.
3. Mariano Picón Salas. Los días de Cipriano Castro. Citado en: Graziano Gasparini y Juan Pedro Posani.  Caracas a través de su arquitectura, Caracas, 1969..
4. Chorriguerense: invariante típico de Los Chorros. Neologismo acunado por nosotros en 2005 durante la realización del preinventario de la urbanización.
5. H. Gómez. "Villa Los Caobos". Preinventario Arquitectónico, Urbano y Ambiental Moderno de Caracas,  Instituto del Patrimonio Cultural/Fundación de la Memoria Urbana, Caracas, 2005-2007.
6. Edgar Pardo Stolk. Las casas de los caraqueños, Gráficas Herpa, Caracas, 1969.
7. G. Gasparini y J. P. Posani.  'La pajarera de los trópicos', Op. Cit., 1969: pp. 276-277.
8. Leszek Zawisza. Breve Historia de los Jardines en Venezuela, Oscar Todtmann editores, Caracas, 1990: pp.112-116.


Publicado en: Opinión, @ELNACIONALWeb, Caracas, Abril de 2018: https://www.elnacional.com/opinion/columnista/salve-regina_232044/



martes, 2 de abril de 2019

Diamantina



Villa Arreaza, llmada La Diamantina, circa 1955 (f. Archivo Fundación de la Memoria Urbana).



"Una pequeña casa".
Gio Ponti.

Entre los otros proyectos caraqueños de Gio Ponti -"islas coloreadas, nubes sólidas y mariposas inmensas"- que respiraron el mismo sensualismo desplegado por Gio Ponti en la Villa Planchart de Caracas, esta la Villa Arreaza, o "Diamantina", la única italiana villa pontiana del Caracas Country Club, ya desaparecida, que llegó a feliz termino en 1955.

De todas la obra de Ponti, la hermosa Diamantina es considerada universalmente como "una de las etapas mas felices del itinerario de las domus del arquitecto milanes". La atención de Gio Ponti se mantiene aquí, como en El Cerrito, en el interior de la casa. Y como en El Cerrito, esta villa fue sin falta una casa con patio, en este caso siete. En la Diamantina, "el cielo cuenta su propia historia". La tropical casa se caracterizaba por sus "ventanas colocadas en el cielo", sus "frentes perforados", sus macro-celosías tropicales y por estar al resguardo de una gran cubierta, bajo la cual Ponti construyo "escenarios de mutantes e infinitos paisajes artificiales", logrando "un  gran y único ambiente".

La pequeña Diamantina, aunque era un diamante en bruto, no tenia una forma tan pura como la de El Cerrito. Esta tropical casa a la italiana, lamentablemente demolida, fue un  interesante hibrido de los principales temas formales pontianos de la década de los cincuenta. Es como si Ponti hubiese estado buscando la versión que mejor se adaptase al clima y a las características del Caribe, mezclando con libertad el tipo de sus casas del "gran techo-planta libre", el tipo de la "forma finita" y el tipo de la "fachada independiente".

En la Diamantina, Ponti quebrara aun más el ángulo de la planta, desplegándola como un abanico ante el paisaje. Porque para Ponti 'quinta' en español quiere decir 'villa': una forma de vida inmersa en el verde lujurioso de la naturaleza, con el solaz de las grandes vistas sobre la cadena montañosa del Avila. Esta quinta caraqueña era transparente y ligera, aislada como un objeto en el paisaje y profusamente colorida en azul, contrastando con el siempre dominante blanco mediterráneo. En ella se mantuvieron incólumes, no obstante, los cuatro axiomas de la primera Triennale de Milán: "modernidad de interpretación, originalidad de invención, perfecta ejecución y eficiencia de producción".

En ella fluía libre el espacio. En ella llamaba la atención la irrupción de multiformes y anti-estándar estancias tropicales "alla italiana": jardines internos, pérgolas, comedores al aire libre. En ella, las marquesinas y los aleros de las cubiertas-mariposa "a farfalla" y a "mezza farfalla" en concreto armado -la especialidad constructiva de la industria local- emprendieron un osadísimo vuelo.

Aparte de El Cerrito, Gio Ponti guardó especial afecto para con la "pequeña Diamantina". Asi lo manifestó en la revista Domus N. 329, en diciembre de 1958: "Soy feliz de haber arquitecturado la Diamantina" (…) El bello espectáculo arquitectónico que fue la Villa Diamantina hasta que fue demolida en 1994, fue posible porque en ella también Ponti, gracias a sus propietarios, pudo prodigar todas las urgencias de su fantasía. Gracias a ellos, la quinta "dipinta di blu" pudo ser totalmente bicolor. Y escribía: "Estoy contento porque esta toda motivada sobre un color, como me gusta: toda blanca y azul").1

Así fue la Diamantina, uno de los mas bellos capítulos de la historia del Caracas Country Club.





NOTAS
1. Hannia Gómez, El Cerrito: la obra maestra de Gio Ponti en Caracas, Ultreya Edizioni/Fundacion Planchart. Caracas, 2009, pp. 147 -148.




Publicado en: Pluscuamperfecto, Entresocios, Caracas, Octubre, 2015.





viernes, 11 de enero de 2019

Sogno*


Villa Monzeglio. Antonio Montini Foschi, 1953 (f. Postal, 1963. Archivo Fundación de la Memoria Urbana).


 "Pienso que un sueño así no regrese jamás".
Domenico Modugno.1

                                                                             A Jorge Francisco Rivas Pérez.

1. Secuestrado por el viento

En la Sabana Grande de hacia 1946, en la esquina de la Calle Las Flores, se abrió una vez una tienda de víveres muy distinta de todas las demás. Era la primera en vender ultramarinos gastronómicos en toda la ciudad. Un matrimonio de inmigrantes italianos estaba importando desde todas las regiones de la península toda suerte de delicias: salami, mortadella, vinos, pastas, dulces, quesos. La clientela crecía. La fama de los Olari se acrecentaba. Su fortuna aumentaba entre hornos, levadura y pasta de almendras.

El S. Olari adoraba a su mujer. Ella era quien cuidaba del equilibrio de la frescura de los víveres, y por ende, del prestigio del local. Si la mozzarella se ponía demasiado blanda, si el aceite de oliva se hacía demasiado turbio, si el mazapán amanecía sospechosamente tieso, allí estaba la Sra. Olari con sus dulces manos inmaculadas.

El le dijo, "Un día te construiré una villa como la que nunca soñaste tener". Ella sonreía, y cambiaba las bandejas de antipasti. "Una villa que demuestre con su arquitectura lo que hacemos en Italia". Ella asentía, nerviosa, y frenaba el hervor del café en la gigantesca máquina de espresso automática. "Etérea, como la grappa". Ella, sin mirarlo, probaba la pannacotta. "Ligera, como la pannacotta". Gruñía, -la pannacotta estaba ácida-. "Blanca," agregó el S. Olari, "como el mascarpone". La Sra. Olari empezaba a temblar. "Bella, firme y valerosa, como la pastaciutta en el aire..." (sus espléndidas manos vacilando entre la harina) "...cruda, airosa, ténsil, ¡Una escultura justo antes de lanzarse al vacío!".

La escultura en cuestión estaba así una mañana tomando forma tras el mostrador pletórico de Da Olari, cuando apareció por la puerta del negocio un arquitecto. Buscaba el café del desayuno. Era un parroquiano del que se decía que era experto en precipicios, muros de contención, voladizos de concreto, y cosas por el estilo de la época. El S. Olari le obsequió con lo que podía. Y no era poco, con lo que podía.

Entre sorbos de café y bocados de pan dulce le susurró suplicante: "Dottore, yo lo necesito. Yo cocino -usted calcula las cantidades. Yo pongo el sueño, usted la argucia". Mas el doctor en Ciencias Físicas y Matemáticas no se inmutaba. ¿Con qué podría soñar este italiano? Olari se impacientó. Desde la mesa del arquitecto, inesperadamente se alzó de un salto para gritarle a su mujer: "¡Ehhh...! ¡Cuéntale tú del terreno! ¡Cuéntale cómo es de inclinado, como si fuera la Liguria! ¡Cuéntale al Dottore del precipicio! ¡Dile si miento cuando digo que es el terreno más retador de Caracas! ¡Pregúntale si su ciencia se atreve con ese barranco!". Y éste y ella se miraron, cruzando una interrogación muda a través del local repleto de comensales. Hubo un silencio. El Dottore y la Signora habían entendido que ya nada le impediría a Olari construir su sueño.


La quinta Olari en Colinas de Bello Monte (f. 1950s - Archivo Fundación de la Memoria Urbana).

2. Volare

"Abre la puerta, mujer". Ella no se movía. "Abrela". Tras el mostrador, en ese pequeño rincón oscuro y conocido, había cocinado un pequeño universo durante demasiados años. Cuando subía la santamaría y abría la tienda al amanecer estaba entre los agrestes campos de trufas de Alba. Se arremangaba las enaguas y al éstas llenársele de un pegajoso aroma dulzón, sentía a las uvas ya pasas colgando de las pérgolas de Tiranto. Brillando tras las vitrinas veía extenderse en la calle los valles de trigo del Piemonte; los corrales de San Daniele colgaban del techo en cada jamón sobre su cabeza mientras que los frascos de caramelos le refractaban todas las cosas, las caras de los clientes, la luz de la tarde, los carros pasando, los vendedores ambulantes. Entre sus vidrios ella se asomaba a la vida... era natural que ahora no quisiera asomarse a otra vida. Frente a la puerta erizada de nerviosos arabescos de hierro, sentía vértigo como frente a un abismo.

"Entra, te lo ruego," la empujó dulcemente su marido. De la mano la llevaría. La izaría. "No abras los ojos". Del piso principal a la derecha, escaleras arriba, directo hasta el piano nobile. "Arriba, arriba". Los entrepisos eran los de un palacio urbano. Altos, altísimos. Los escalones parecían no terminar jamás. El vitral de la escalera, atravesando raudo todos los descansos, hacía sentir la verticalidad aún más dolorosa. "Aún no". En el piano nobile las estancias tenían una escala asombrosa. Tríos de escalones intentaban rebajar la magna escala de las habitaciones. Los baños tenían las piezas en cada ángulo, para disculpar en algo su inmensidad, mientras que las ventanas, dándole la espalda a las esquinas, se tragaban el paisaje de las colinas. Espejos cruzados de diagonales quebraban los ámbitos en geometrías esmeriladas; plafones surcados de neones dirigían las miradas y los sentidos hacia el vacío. En un alocado juego de formas cúbicas entrecruzadas, la tensión dinámica del espacio lo arrastraba todo hacia el balcón principal, supremo protagonista, palcoscenico, a nueve metros suspendido en voladizo sobre el talud de la vertiente.2 "Aún no, amor mío, aún no". Y el S. Olari tiraba de las manos blancas de su amada, blancas como el mascarpone, blancas como la fior di latte, blancas como la villa que había construido sólo para ella: "¡Ahora!".

Y ella los abrió. Y vio cómo se abría también a sus pies el vacío enorme del valle de Caracas. Lanzando un grito desgarrado de pavor, se desprendió de los brazos de Olari, y, corriendo enloquecida, desapareció, huyendo escaleras abajo, para siempre.





NOTAS
1. "Penso che un sogno così non ritorni mai più". Domenico Modugno, Volare, 1958.
2. Hannia Gómez. "El personaje Montini", catalogo de la exposición Las Italias de Caracas, Sala TAC/DocomomoVenezuela, Caracas, 2012, pp. 80-83.


*Este relato es una ficción. Fue escrito en 2011 a propósito de la exposición de la Sala TAC/Docomomo Venezuela "Las Italias de Caracas".







Publicado en: @ElNacionalWeb, Caracas, Mayo, 2015.



miércoles, 25 de junio de 2008

Jardín litoral (II): La Bluette de Macuto

La Azuleja. Paseo marítimo, Macuto. Litoral central 
(f. Hannia Gomez, 2000. Archivo Fundación de la Memoria Urbana).





El botánico preparó su primera expedición. Calibrando sus instrumentos, cargó su cesta con las vituallas de su oficio: lápices, redes, lupas, pinzas. No quería esperar a que las vicisitudes del tiempo o de las circunstancias empeorasen, poniendo en peligro los frágiles y exquisitos especímenes. Planeaba partir de inmediato para tratar de reconstruir, con lo que quedaba, el jardín litoral... al menos en su cuaderno de apuntes. Sería un viaje largo, de muchas jornadas.

Ya iba caminando por la costa. Aguzó la vista. Aquí y allá
brotaban entre el barro las especies sobrevivientes al desastre natural de 1999, aflorando entre roca y roca, ilesas, como flores desvalidas. Nada más el viento podía llevárselas. El viento, el desprecio, la ignorancia, la mediocridad o el simple azar. Había que darse prisa.

Un prisma blanco cercano al playón le indicó que estaba frente al primer hallazgo valioso del viaje, y allí mismo acampó. Sobre sus rodillas abrió un cuaderno en blanco. Sacó también un libro, la novela Ifigenia de Teresa de la Parra. Y se dijo: “si mal no recuerdo, por la página 43 de esta edición habla que Macuto era... aquí está: "nuestra playa elegante, nuestro balneario de moda, el Deauville de Venezuela´.1 Y repitió "…el Deauville d
e Venezuela". Mientras tanto, una elegante villa se alzaba frente a él, sola y erguida como un signo de interrogación en un barrial sobre lo que antes era un paseo frente al mar.

Deauville y Macuto. Efectivamente, a dos horas de París y de Caracas, estas dos ciudades del agua compartían, a la vuelta del siglo, el privilegio de ser la playa de la capital. A lo largo del siglo diecinueve, con la reactivación de las virtudes del termalismo y sus cualidades terapéuticas, las élites y el cuerpo médico europeo -y local- quisieron racionalizar la moda del baño de mar y hacerla evolucionar como una práctica mundana. El equipamiento balneario litoral se fue disponiendo poco a poco en los sitios adecuados, naciendo así las llamadas “villas de baños de mar”, o también “villas de curas y placeres”. Arquitecturas todas al borde del mar.

El botánico continúaba hablando para sí: “más adelante
en Ifigenia aparece que '...en Macuto muchas casas las construyeron según planos originales de las viviendas de verano de la Costa Azul'". Con esto, empezaron a desfilar en su memoria las villes d’eau que hacia 1875 florearon nuevas sobre la Mancha: Saint-Malo, Granville, Luc-sur-Mer. Cabourg, Trouville, Honfleur, le Havre, Boulogne, Calais, Malo-les-Bains... Entretanto, la blanca floración real que es La Azuleja reverberaba inquietante bajo el fiero sol, como un acertijo radiante. Y apuntó: "Nombre: La Azuleja; Reino: vegetal-litoral; Familia: de las Balnearias caribenses; Especie: villa; Subespecie: Art Nouveau; Género: ...Género: un objeto 1900. Lista esta clasificación, se dispuso a dibujar la planta.

En La Azuleja las paredes blancas se acentúan, justamente, con azulejos; una operación ornamental típica del momento floral por el que transitaban t
odas las artes. Es, por otra parte, alta, fina y profunda. La entrada central por un porche está oculta, mientras que la fachada, marcadamente anclada al este en la torre-escalera, no acusa esta simetría interna. El botánico dio fe de esta curiosidad en el cuaderno: “una falsa asimetría... ¿Será un duelo entre distintas aspiraciones formales? ¿Una inspiración versus una tradición, una influencia versus un ascendente?”. La planta iba naciendo en el papel: la sala frente al mar, la ubicación directa sobre la franja de mar, el revestimiento quebradizo de los muros, el azul en los detalles, el sutil juego de planos, el gracioso balcón frontal, la entrada por un porche, el vidrio esmaltado, la avanzada circular de la torre... El botánico tuvo que detenerse para echar mano violentamente de su Manual de las Especies Art Nouveau de la Costa Normanda. Una urgente asociación iba creciendo en su mente...

Otra joven villa de fin del siglo diecinueve, pero de la Côt
e Fleurie, en la región de Calvados, languidecía nostálgica por los ecos marítimos de La Azuleja en el paseo, la estrella de la villeggiatura balnearia macuteña. Era La Bluette, un excéntrico chalet próximo a Deauville, la única obra de Hector Guimard en toda la costa normanda y su único monumento clasificado en la zona. Como su tocaya Art Nouveau del Caribe, también es azul, con una torre-ventana circular en el extremo derecho de su fachada al mar. Se levanta a la salida de la ciudad en el 272 de la rue du Pré-de-L'Isle, en Hermanville-sur-Mer, habiendo sido preservada prácticamente sin cambios hasta hoy (2000).

Guimard la diseñó en paralelo a sus dos otras excéntricas villas: el Castel Moderno, en Garches (hoy  transformado), y el Castel Henriette, en Sèvres (hoy destruido). “Esta casa” -reza el Manual-, “la más célebre de Hermanville-sur-Mer, fue construida en 1899 por Guimard para Prosper Grivellé, un abogado de París. Es una de las más bellas obras conservadas del gran arquitecto del Art Nouveau. Allí encontramos una sabia imbricación de los volúmenes y de las líneas, en particular un sorprendente plano falso de madera doblada. El uso de gallets y de conchas le confiere a la construcción su carácter marino. Sobre el portal, la placa en lava esmalatada que lleva el nombre de la villa proviene de la casa de Gillet en París, mientras la que llevaba la firma del arquitecto desapareció”.2

"La Bluette
traduce perfectamente como La Azuleja", se dijo el botánico. “Mas esto no basta como prueba de su parentela. Sin embargo, ¿quién se atrevería a cuestionar que esta obra del arquitecto de las entradas del Metro de París no gozaba de suficiente reputación internacional como para poder haber sido recordada, emulada o hasta parodiada transoceánicamente? ¿No existe en la naturaleza acaso la polinización intercontinental?”.


Y sacó una foto de La Bluette. El juego multiplicado de los quiebres y de las avanzadas circulares reforzaban la articulación continua de las fachadas, alejando al edificio de la concepción clásica en la que domina un prisma unitario. “En ésto puede que sí que se distancien”, gruñó molesto, para sí. La arquitectura guimardiana lucía más escultórica y conectada con el universo medieval, de cierta evocación japonesa tratada de un modo fantástico; entretanto, La Azuleja sometía sus formas a un universo lírico indudablemente mediterráneo... Aunque ambas arquitecturas elevaban por igual sus nervaduras arborescentes y puntualizan la fusión vegetal con elementos de vidrio esmaltado, como finas gemas iridiscentes sobre la fach
ada atlántica.

El botánico concluyó: “el litoral es una zona de contactos e intercambios entre las culturas, no importan cuán lejanas éstas estén entre sí. Quién sabe cuánto tiempo estuvieron mirándose en silencio estas dos villas a través del océano, hermanas gemelas de continentes errantes…”

Y, dándose cuenta de que atardecía, decidió levantarse. Mañana retomaría su trabajo.



La Bluette. Rue du Pre-de-L´isle, Hermanville-sur-Mer. Calvados (f. Villas de Lion-sur-Mer et de Hermanville-sur-Mer. Calvados).









NOTAS
1. Teresa de la Parra. Ifigenia.
2. Yannick Lecherbonnier y Hervé Pelvillain. Villas de Lion-sur-Mer et de Hermanville-sur-Mer. Calvados, 125 Itineraires du Patrimoine, Développement culturel en Basse-Normandie/Direction régional des Affaires culturelles de Basse-Normandie et des communes de Lion sur mer et Hermanville sur Mer.



Publicado en: Arquitectura, EL NACIONAL, Caracas, lunes 24 de Abril de 2000.

domingo, 4 de marzo de 2007

La Mala Parte

Villa Malaparte, Cabo Masullo, Capri. Curzio Malaparte, 1940.



“...en el más lejano balcón de Capri...”
Curzio Malaparte. Retrato de Piedra, 1940

I. Ferragosto

Empieza el mes de Agosto. Dispuestos a ejecutar nuestra toma de posesión anual de la costa, emigramos desde la ciudad. Una vez sumergidos en las aguas de nuestra playa favorita, el paisaje natural se va apoderando de nosotros. Sin embargo, no bien hemos traspasado el primer par de horas de paradisíaca inmersión, nos asalta el lado férreo de nuestra vacacional contemplación del paisaje. Volvemos la cabeza a la costa y comenzamos nerviosamente a buscar entre las palmeras cualquier signo de civilización: una construcción, un edificio. A algunos les ocurre por una atávica mortificación de saber dónde van a comer o pasar la noche, pero a nosotros nos asalta simplemente por nuestra deformación profesional. Nuestro segundo vistazo es para escrutar críticamente el paisaje y reflexionar sobre la arquitectura de la costa.

II. El convenio del paisaje
Un largo y triste historial de arquitectura costera errada, hermética y encerrada, de grotescos edificios irrumpiendo en lo que fueron impresionantes playas y bahías como las de Puerto Cruz, Cata o Porlamar, de parajes mal comprendidos y destruidos por desarrollos paisajísticamente equivocados, de casas monstruosas que son como pedradas en el ojo del paisaje, arrastra el país penosamente. Sitios de elevados valores ambientales como Los Roques, el Edén, el Litoral Central, Morrocoy o la Isla de Margarita, (protegidos en sus ecosistemas y recursos no renovables), aún aguardan por ser contemplados desde la óptica de la arquitectura, y esperan por la redacción de un convenio estético de su paisaje. Lo cual no es una práctica estrambótica o desconocida: desde los confines del siglo veinte viene la tradición legal sobre tutela administrativa del paisaje.

Recordamos un caso paradigmático. En 1923 se le dió el poético título de “El Convenio del Paisaje”, a una de las primeras leyes diseñadas para proteger un ambiente y su arquitectura: para preservar la escénica Isla de Capri. En las cientos de las llamadas “Páginas de la Isla” que lo componían, se describía dónde, cuánto y cómo se podía construir, se definía cómo eran las características arquitectónicas de la edilicia del lugar, se señalaban los conjuntos de valor ambiental y/o histórico intocables y se demarcaban las áreas vírgenes donde toda construcción estaba prohibida. Y se era muy estricto... salvo con la honrosa excepción de la regla. La de Capri fue una excepción verdaderamente paradójica.

III. La excepción de la regla
Era tan magistral el Master Plan de la isla, que también lo llamaban Manifiesto de la Belleza de Capri. Con un documento tal, fue necesario juntar dos ingredientes igualmente excepcionales para lograr quebrantar su justeza y legalidad: la personalidad avasallante e influyente políticamente de un hombre (el escritor Curzio Malaparte), y el deseo de éste de apoderarse como fuera del enclave más salvajemente romántico de toda la isla (Cabo Massullo, sobre el cual el Convenio prohibía construir). Malaparte quería ser el autor de algo único en sitio igualmente único, “el más bello paisaje en el mundo”.

Como resultado del acto de corrupción de un poeta, nació una singular obra de arquitectura: la Villa Malaparte, la cual se adjudicó en la década de los ochenta el título, tras una encuesta nacional, de “la más admirada obra de arquitectura” entre los arquitectos italianos. La villa destaca primero así, entre otras famosas por malcontentas o por rotondas, por “mala parte”, por ser la excepción deshonrosa de una regla brillante, uno de los primeros manifiestos ambientales /estéticos del siglo.

Paradójicamente a esta violación del bien común, el mismo proceso de creación de la villa va a reinvindicarla en el campo de la reflexión sobre arquitectura y paisaje. La villa también es legendaria por ocasionar la ruptura entre el escritor y su famoso arquitecto, Adalberto Libera. Sus diferencias intelectuales (Romanticismo-Surrealismo-Clasicismo vs. Racionalismo-Funcionalismo-Abstraccionismo) no pudieron reconciliarse nunca para decidir cómo debería ser la casa a construir sobre el promontorio más hermoso sobre el Mar de Ulises. La arquitectura queda como testimonio de la polémica entre ambos.

IV. El amoral y el riguroso
Malaparte se había caracterizado en su obra literaria por ir siempre hasta el fin de las cosas, apasionado de la idea de que “el mundo que la fantasía evoca es el mismo, alto y puro”. Egocéntrico, obsesivo, romántico, no pudo soportar por mucho tiempo el riguroso racionalismo moderno del arquitecto que había seleccionado para el proyecto de la villa. Ni el de él, ni el del proyecto. Una vez lograda la aprobación por la ciudad de Capri, el escritor se deshizo de Libera y empezó a elaborar sobre sus propias ideas de una villa en el acantilado, cometiendo errores y aciertos, y apropiándosela (“...el día que comencé a construir una casa, no sabía que dibujaría una pintura de mí mismo; la mejor de todas las que he dibujado hasta ahora en literatura”).

Ayudado por la mano sabia de un maestro local, Malaparte fue transformando el paralelepípedo original en la estructura híbrida que conocemos, de marcado corte surrealista. Al percibir que sólo una completa indiferencia a las demandas del uso diario permite a la arquitectura tomar el aspecto mítico que él estaba buscando y que el paisaje demandaba, decidió que todo signo de función debía desaparecer. el paisaje demandaba, decidió que todo signo de función debía desaparecer. Ni siquiera dejó las barandas de la terraza sobre el acantilado, porque los finos tubos se hubieran visto demasiado funcionalistas...

Lo que fue un eslabón en la saga recitilínea de la arquitectura de Libera, un gesto simplista y si se quiere una solución torpe para un paraje tan especial, fue convirtiéndose en un inquietante museo de imágenes de la poética personal del escritor: las escaleras de la iglesia de la iglesia de la Annunziata en Lipari, donde estuvo exilado; el rojo pompeyano de las tumbas romanas en el mediterráneo; un atrio cubierto; la fenestración de su toscana natal; un mausoleo; un teatro a la montaña; una pista para montar bicicleta o para dar un final salto suicida…

De la villa insignificante e insensible con el lugar que había imaginado Libera, Malaparte hizo un monumento a sí mismo, un retrato de piedra, (una “Casa come me”). Puede que no juegue con la naturaleza como un proyecto de Frank Lloyd Wright, pero logra trocar ese pedazo de costa caprense, ese salvaje promontorio entre los farallones que le había robado a la isla, en uno de sus lugares más memorables y visitados. Que es, por lo demás, lo último que hubiéramos esperado que hiciera un amoral con la naturaleza y lo primero que esperamos que haga un arquitecto cuando interviene en el paisaje.


Montada en su promontorio rocoso, la villa de Cabo Massullo continúa desafiante y solitaria mostrándonos a los vacacionistas que la evocamos desde el mar, sus dos caras frente al paisaje: a veces mala parte, y a veces, malapartiana.



Publicado en: Arquitectura, EL NACIONAL, Caracas, Agosto de 1993.