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viernes, 27 de septiembre de 2013

Piso con garbo

Pájaros, liebres, venados, jabalíes y cazadores de escopeta o halcón (f. Hannia Gomez, 2013. Archivo Fundacion de la Memoria Urbana).



“Pisa morena,
pisa con garbo”.
El relicario, 1914 (pasodoble).

Las alfombras califales de la Casa del Caracas Country Club
En 1929 el mundo entero vivía una nueva fascinación por el estilo neohispánico. Este revival no era casual. Ese año se celebraba en Sevilla la Exposición Iberoamericana –donde Venezuela tuvo un memorable pabellón-. El Hotel Alfonso XIII, obra del arquitecto sevillano José Espiau y Muñoz, se convirtió en el epítome del nuevo gusto. Sus opulentos interiores neomudéjares fueron la vitrina de un estilo que rápidamente se volvió internacional y del cual la azulejería en paredes y techos fue uno de los elementos fundamentales.

Vemos así como otros de los grandes edificios de la época, como el Hotel Nacional de Cuba (McKim, Mead & White, 1930) y su entrañable contemporáneo, la Casa Club del Caracas Country Club (Clifford Charles Wendehack, 1929), son dotados de sendos pavimentos con azulejerías a la sevillana, que, además de ser entre sí prácticamente iguales, remiten ambos a su común referente arquitectónico, los pisos de ladrillo intercalados de pequeñas losetas vidriadas de los Reales Alcázares de Sevilla.

Azulejo es una voz que deriva del nombre árabe “al Zulaija” que quiere decir “piedra bruñida pequeña”. Gustaban los califas de alfombrar sus palacios para la eternidad con complejas composiciones geométricas polícromas, creando verdaderas alfombras construidas. Y este mismo arte de los alfareros musulmanes, depurado con el tiempo, llegó en los 1920s al repertorio seleccionado para la Casa Club.

Como cualquier palacio neohispánico, las alfombras neocalifales de la Casa Club presentan variados despieces del ladrillo, pero principalmente el llamado de “entrelazado”. Los ladrillos sin vidriar se intercalan con pequeñas losetas cuadradas que se conocen como “Olambrillas”. Estos olambrillas fueron a su vez del llamado “azulejo de montería”, una forma arcaizante de azulejo tambien conocida como "Delft" y que fue emblemática del siglo XVIII en adelante en Triana. Este tipo respeta el esquema compositivo tradicional holandés de un tema central e independiente para cada pieza, enmarcado con un circulo tangente a los límites cuadrados del azulejo, en cuyos  ángulos se dibuja un punto o una flor de trazos groseros, realizados en policromía. 



En la Casa Club hay cuatro series diferentes de estos azulejos de montería, hoy ya casi borradas por el paso del tiempo. El tema más frecuente son las figuras de animales ibéricos (pájaros, liebres, venados, jabalíes y cazadores de escopeta o halcón (porches y patio). 

Otros motivos son los arquitectónicos, como la torre de la Giralda o el molino (segundo salón), 


  Torres (f. 2013, Hannia Gomez - Archivo Fundacion de la Memoria Urbana).

o los astronómicos, como el sol naciente (rotonda) (3),

Naciente, carabela, poniente (f. Hannia Gomez, 2013. Archivo Fundacion de la Memoria Urbana).

y los que ilustran bustos de personajes (el potro, el asno, la dama, el letrado con quevedo, el guerrero, el paisano, el mastín y la menina) de la entrada a la Casa Club, Otros motivos sueltos son el olivo, la carabela, el mortero y la guitarra. Bordean estas azulejerías de montería una cinta de azulejos musulmanes de arista con lacería en azules y blanco que limita los pisos por doquier y sirve de transición con la madera y los exteriores.  

Afortunamente, los pavimentos de la Casa Club han sido conservados en toda su belleza casi centenaria. Su noble desgaste nos habla de recorridos preferidos, rutas favoritas, recodos solitarios y puntos predilectos que los miembros han labrado en noventa años de tránsito, pausa y deleite sobre su piso con garbo.

El potro, el asno, la dama, el letrado con quevedo, el guerrero, el paisano, el mastín y la menina (f. Hannia Gomez, 2013. Archivo Fundacion de la Memoria Urbana).



 Publicado en: Pluscuamperfecto, Entresocios, Caracas Country Club, Caracas, 11 de Julio de 2013.

jueves, 13 de septiembre de 2007

El país azul


Exposición Mundial de Lisboa 1998.




1. Edificios permanentes
La Exposición Mundial de Lisboa, la número cien de la historia y la última del siglo, está por abrir sus puertas el 22 de Mayo (1998). La Capital inmemorial del Atlántico protagoniza una grave crítica urbana del lujurioso despliegue de su alegre antecesora sevillana que “sin tema” dejó una Cartuja plagada de maravillas arquitectónicas con las que nadie sabe qué hacer. La visión deprimente de la espléndida naos vacía del Pabellón de la Navegación fue demasiado: la referencia de la Expo ’98 es más bien a Barcelona ’92 y a la exitosa renovación urbana que permitieron las obras para los Juegos Olímpicos.

El reto fundamental es a la reconversión urbanística del degradado territorio (mil ochocientas hectáreas de vertederos y una patética suburbia). Un nuevo parque inmobiliario, promovido por una compañía llamada simpáticamente Expo Urbe, intenta hacer renacer esta periferia como un nuevo centro para la ciudad equipado por la propia Expo.

En Sevilla los pabellones fueron construidos por cada país participante; allí tuvimos el nuestro. Mas aquí todo ha sido construido por y para Lisboa. Como dice el arquitecto del Pabellón de Portugal, Alvaro Siza Vieira: “la exposición tiene un ambiente dado por edificios permanentes”. Comparándola con la experiencia de Barcelona (la más importante de este fin de siglo), la Expo ’98 nos luce casi tan sensata y ejemplar.

Y no menos hermosa. Los lisboetas (y los visitantes) contarán con una flamante colección de arquitecturas de vanguardia, entre ellas la transparente Estación de Oriente, diseñada por Santiago Calatrava. En el área internacional, los pabellones de los cuarenta países, en siete manzanas y setenta mil metros cuadrados, devendrán luego Centro de Exposiciones de Lisboa.

2. Magallaneros
En Septiembre de 1996 el Ministerio de Relaciones Exteriores convocó un concurso creativo sobre el tema de Venezuela en la Expo ’98. Se buscaban ideas para los contenidos, para un diseño gráfico y, además, para un pabellón. El jurado seleccionó al equipo de los arquitectos Ricardo González, Matías Pintó y Roberto Weil, que presentó con los requisitos un atractivo proyecto de arquitectura basado en el ciclo del agua.

La información real llegaría más tarde. Sabrían que el edificio para el pabellón ya estaba construido. Sabrían que nos tocaron tres módulos de 18 por 18 metros, en total novecientos setenta y dos metros. El espacio asignado es muy bueno: sobre dos avenidas que llevan al agua y una de las plazas interiores, entre Bolivia y Africa del Sur, diagonal a Japón. Durante todo el año el equipo se dedicó a rediseñar la arquitectura (vestigio del proyecto original), pero también a hacer el audiovisual y hasta la música: la mutación del proyecto tripartito de un edificio en el proyecto multimedia de un montaje.
La obra arranca este 28 de Febrero (1998). Ya han licitado las compañías portuguesas que lo construirán en el sitio. Los proyectos están recibiendo sus toques finales: Maciá Pintó y Pedro Sanz afinan el de los contenidos y la museografía; Miguel Noya y Wyzton Borrero terminan el del sonido, la musicalización y la acústica; Roberto Nunes con un equipo formado por Mateo Pintó, Roberto Ramírez y Roberto Sosa culminan el de diseño gráfico; Massimo Dotta finaliza el del audiovisual y la compañía C&M el electroacústico. Pronto embarcan para la tierra de los navegantes…

3. Curso de las aguas desde las fuentes hasta el mar
El país es azul: primero llueve, luego fluye, desemboca, se expande y finalmente se evapora. Una metáfora en metal y vidrio inmersa en una semi-penumbra Soft-Tech, cuyo recorrido total es de veinte minutos a través de tres salas en “L”.

La Sala de la Lluvia, en seis por cinco metros, será un literal “aguacero” de información. Un gran plano de referencia tipo valla luminosa la cerrará por un lado, mientras seis paneles de doble cara de vidrio superpondrán sus lecturas múltiples de los accidentes geográficos lindantes con las aguas. Luego el flujo caerá por una vertiente en la Sala del Río: un largo pasillo ritmado que se ha trabajado como dos orillas enfrentadas, del pasado (izquierda) y del presente. En una secuencia de dieciséis monitores suspendidos, las imágenes de la producción minera y energética se encadenarán como la soberbia corriente en movimiento de un río, en tanto que un largo plano de espejos la duplicarán con el Saludo al Siglo XXI de Alejandro Otero.

El caudal desembocará en la vasta Sala del Mar (diez minutos), manso vacío rectangular de treinta y dos metros de largo con una pantalla de seis de alto, y tres planos reflectantes, uno inclinado en el piso y dos laterales que reproducirán la profundidad marina (como en el Pabellón de Francia en Sevilla). El audiovisual mostrará el recorrido del agua por la geografía, “mas no como un documental”, sostiene Pintó, sino “como un ensamblaje donde la imagen está trabajada en términos plásticos”.

Finalmente, los visitantes se evaporarán de nuevo por la plaza de la Expo. Mas un espacio de información, que es como el envés arquitectónico de la Sala de la Lluvia, intentará recondensarlos, para que lluevan copiosamente sobre las suculentas publicaciones venezolanas que allí los esperan…






Pabellón de Portugal. Alvaro Siza Vieira, 1998.




Publicado en: Arquitectura, EL NACIONAL, Caracas,  2 de Febrero de 1998.

domingo, 26 de agosto de 2007

El viaje andaluz

La Cartuja, Sevilla.




En el año 1991, un escritor granadino recordaba su primer viaje en tren a los catorce años, viaje que lo llevaría entre otras cosas, a través de las tierras de Andalucía, a encontrar por primera vez el mar. Su memoria recuenta un desfile de “ciudades de casas blancas con rejas hasta el suelo y palacios barrocos y miradores de vigías, una playa del Puerto de Santa María, desde donde se ven las murallas de Cádiz y la cúpula dorada de la catedral, convertida por el feroz levante en un arenal de locura, el verde hondo y frío del agua en mitad de la bahía, el faro de Chipiona y el faro de Santa Catalina destellando a lo lejos en una noche sin luna y los inviolables paraísos secretos que esconden las tapias blancas de Granada o de Córdoba”. Este primer y crucial viaje va a convertirse para Antonio Muñoz Molina en un tránsito eterno. Todos sus demás viajes, desde entonces, vienen a confundirse en este primero. Su gran y excitante aprendizaje es que aunque se marche y se pierda, sabe que una parte de sí mismo “permanece siempre en la misma ciudad”.1

Así encontramos ayer al arquitecto sevillano Guillermo Vásquez Consuegra. Estaba en Caracas, como en Sevilla. Habiendo venido a “contarnos sus obras más detenidamente”, por invitación que le hiciera la Escuela de Arquitectura de la Universidad Simón Bolívar, va estos días (1997) por un paisaje y una ciudad que le son completamente nuevos, “como el peregrino en su patria”.

Primero que nada -¿dónde más?- puso pie en El Silencio. Allí los resabios urbanos y residenciales de las hoffes tropicales de Villanueva le retrajeron a las colonizaciones racionales que hiciera en sus propios proyectos de viviendas en Sevilla, en Cádiz y en Madrid. No hay pórticos, sólo pérgolas en Ramón y Cajal o en Sierra Elvira, pero por ellas andaba, entre los retranqueos de los cincuentenarios bloques perimetrales y la balconería variada que rodea la Plaza O'Leary. No hay duda de que Villanueva era también un sutil operador de colonizaciones urbanas, viejo mago de la resistencia y del combate en asentamientos caóticos “con las solas armas de la arquitectura”.

Más allá, la estructura de un paraguas de una fuente de soda caraqueña (algo que encontró en un detalle de las varillas y de los flejes), se convirtió en la solución para el diseño de una papelera urbana en Galicia. Puede que lo use en el proyecto más importante que tiene sobre el tablero: la organización del borde marítimo de Vigo. Un paseo que, siguiendo la línea que reinauguró el ejemplarizante Mol de La Fusta en Barcelona, va a permitir que Vigo “se abra al mar”, ese mar tan importante de reencontrar para los peregrinos, esta vez el mar de la “permeable costa gallega”, de rías altas y bajas, que Vázquez Consuegra sueña con pavimentar en lajas de granito rojo de Guayana.

Contemplando desde una terraza los cerros, poblados de ranchos, recorrió otros caminos andaluces. La vida en los barrios, el recuerdo del vivir apretado, casa contra monumento contra casa, respirar por los patios como por los poros, fue ver surgir los pensamientos sobre la dificultad y el sueño de la ciudad en la periferia. No obstante la fuerza sevillana de la contigüidad, afirmó que es “imposible la aplicación de la estrategia del centro histórico” sobre los ahora llamados “terrains vagues” de la suburbia, tanto neo-andaluza como global. Para él, el centro histórico es uno y en su sitio ha de quedarse: “los arquitectos y los urbanistas habrán de formular nuevos modelos para dar acomodo a las dinámicas cambiantes del crecimiento. Este es el gran tema que hay pendiente”.

Mas por encima del paisaje en la distancia, había otro viaje prometido. Tras el Parque Henry Pittier, en Choroní, bajo la vegetación cacaotera, pronto se hallaría como “en tierras de olivar”, buscando de nuevo una hacienda. De los ensanches de las ciudades, las tipologías nuevas u obsoletas y la calidad de la vida suburbanita, nos pareció que regresaba a la casa/estudio en la Mairena de Aljarabe. Por haber catalogado en el 92 en la Guía de Arquitectura de Sevilla las haciendas de olivar, estos patios coloniales de secado que se le aproximan, ya los vislumbra con “plantas de exacta y precisa geometría”, con “hermosas portadas”, con “magnífica fábrica”, “línea de pérgolas y paseos arbolados”, y con previstos “señoríos y dependencias de labranza”.2 Y es que Vázquez Consuegra tiene también entre manos la reestructuración de una antigua hacienda en Tomares. Allí le hará al pueblo, cuyo núcleo es justamente este conjunto arquitectónico/urbano, su nuevo ayuntamiento.

Es lógico que para todo viajero la reflexión sobre el lugar sea muy importante. Vázquez Consuegra ha afirmado que si es necesario, un proyecto suyo destruiría el lugar para poderlo recrear por completo, para poder reintroducir orden en él, para poder “emplear la memoria de un modo creativo y no sólo mimético”, para poder, en fin, formar frente contra la degradación del entorno. Un profundo conocimiento de las reglas de la arquitectura urbana y de los lenguajes vernáculos y no vernáculos de su ciudad de origen se lo permiten. Sus edificios, así, “mejoran cuando se visitan”. No es de extrañar por qué a este arquitecto se le considera, además del más “aplacado” y “agraciado”, el más “civilizado.”

Hoy y el jueves, a las 6:00 pm (1997) en el conjunto de auditorios de la Universidad Simón Bolívar, se realizarán sus dos conferencias: “El proceso del proyecto” y “Proyectos en proceso.” Allí podremos disfrutar con detenimiento de una miscelánea de sus edificios, célebres en gran parte porque “no renuncian a nada” (especialmente a la ciudad).


Hacienda de olivar de San Antonio de Clavinque, Sevilla.





NOTAS:
1. Antonio Muñoz Molina. El viaje andaluz, 1991.
2. Guía de Arquitectura de Sevilla, 1992.
Publicado en: Arquitectura, EL NACIONAL. Caracas, 9 de Junio de 1997.