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lunes, 20 de agosto de 2007

El palacio

El Avila, Caracas.



 


Venezuela escasea en textos de arquitectura, pero es abundante en poesía y literatura. Basta considerar que la primera vez que se hiciera mención de la freudiana relación entre la ciudad y el paisaje fuese, justamente, en un verso de 1700. Es lógico que fuera así. Como refiere Rafael Angel Insausti en "El Avila en verso", ensayo publicado en la Revista Shell en el año 56, desde muy temprano, viajeros, pintores, músicos, poetas y “cuantos saben mirar, han sentido, para su gozo o tormento, la extraña fascinación del Avila”.1 

Cuando los españoles suben la cuesta que los trae desde el mar, buscando dónde hacer una nueva fundación, se sorprenden ante el panorama de un sitio particularmente ideal, que parecía reclamar, el nacimiento de una ciudad “que el monte venía pensando con milenaria ternura”. La fundación, de acuerdo al patrón en damero de las Leyes de Indias, le dio pronto forma y sentido a la idoneidad urbana innata de la arcadia natural. El resultado fue una dulce ciudad asentada en un enclave magnético, un paraje mítico. Sólo al final de los tiempos la amnesia reciente de las leyes que hicieron posible a esa primera Caracas, tiene en jaque este equilibrio.

En el poema “América”, Andrés Bello canta al enamoramiento ancestral entre la montaña y la ciudad. A raíz de un incendio que arrasa al Avila cruelmente un verano, Bello decide abrazar su mole de granito y la incluye, la ancla en los espacios de Caracas como un monumento más, como el edificio más grandioso. El deja por sentado para las generaciones por venir la cualidad arquitectónica de la masa, absoluta y eterna “del Avila eminente”:
“...brillan en las cornisas y portales
de un soberbio palacio mil labores
y grupos mil de antorchas y fanales
el resplandor de lejos reverbera
en calles, plazas, domos y miradores”.
El soberbio palacio estará siempre en la ciudad, la montaña se hace urbana. Toda otra arquitectura, toda otra fábrica se le es comparada. Es un monumento por antonomasia, un monumento que por virtud del poema entra a clasificarse razonadamente dentro de las tipologías urbanas que Caracas inventa. Bello ha dictado nada menos que un parámetro para relacionar a la ciudad y los hitos de la naturaleza.

De allí en adelante, los poetas que escriben de Caracas y del resto de las ciudades de Venezuela, siguen las indicaciones de Bello. Caracas y su actitud sobre el valle son repetidamente referidas, descritas y pensadas por décadas y siglos en los mismos términos de inclusión urbana del paisaje... la retícula es su inquietant étranger: salta las quebradas, trepa por las laderas, sus lapsus surreales siempre revelando algo; los edificios anidan geométricamente en las cuencas, en las sabanas y en las hondonadas, las villas se deshacen rectangularmente en jardines escalonados. El damero se multiplica, recreándose en cada elemento del paisaje, atándolo, domesticándolo, diseñándolo con imaginación. Algo que debía de haberse quedado en la memoria colectiva para siempre.

Caracas y el Avila se vuelven inseparables en la historia literaria, científica, política y social del país. Asimismo, su dialéctica urbana. En el romance de la tierra de Caracas, la naturaleza es, por lo tanto, el “gigante del cuento de la ciudad”. El orden de la una y la exagerada exuberancia de la otra hacen que nazca intuitivamente una tradición urbana diferente, propia. Esta intuición es a la vez intuida, empezada a ser reconocida y a tomar forma literaria en 1849, en una composición de un poeta llamado Abigaíl Lozano, titulada: “A Caracas”. Allí se ve a la ciudad por primera vez como:
“Sultana voluptuosa reclinada
del Avila en el seno colosal.”
Una década más tarde, en 1858, otro poeta, H. García de Quevedo, ya le hacía eco:
“En la falda de un monte que engalana
feraz verdura de perpetuo abril
tendida está, cual virgen musulmana,
Caracas la gentil.” 

El romanticismo criollo abraza con furor estas sensuales imágenes orientalistas. Mariano Picón Salas afirma que “todos los elementos de los que echará mano nuestro Romanticismo (...) ya aparecen en el canto de García de Quevedo; las ciudades son “sultanas” o “vírgenes” mientras que “Virgen desamparada y Reina del Occidente” llamará Abigaíl Lozano a Barquisimeto. Ninfas, hadas, son las ciudades. Náyade del Anauco es un nombre también para Caracas. Epítetos de la magia juguetona, del coqueteo erótico, del diálogo iluminado de la nueva condición urbana que propone esta ciudad de Indias, esta utopía renacentista implantada en el Edén. Las analogías literarias registran con fino olfato los primeros resultados del urbanismo criollo, y a su vez lo influyen. Hoy podemos decir que en el alba de esa poesía romántica está escrita la historia de la mejor tradición urbana caraqueña.

Finalmente, es en el poema de J. A. Pérez Bonalde “Vuelta a la patria” (1880) que se perpetúa definitivamente esta relación ciudad-naturaleza:
“Caracas allí está, vedla tendida
a las faldas del Avila empinado,
Odalisca rendida
a los pies del Sultán enamorado.”
“Caracas allí está, vedla tendida”. Esta estrofa se vuelve la más célebre de la literatura caraqueña del siglo XIX; se convierte en lo que podríamos llamar el lema urbano caraqueño. El verbo “tendida”, de tender, invita a la ciudad a permanecer por siempre acostada a los pies del Avila, como la favorita rendida, voluptuosamente vencida. Una entrega. Voluntaria... y mutua.

“Tender” en este caso evoca la postración romántica, la aparente sumisión a la naturaleza circundante. Como consecuencia de este conjuro poético, la ciudad de allí en adelante quiere emplear en el valle todos los sinónimos de “tenderse” a lo largo de éste como si de un diván estupendo se tratase: la ciudad, desperezándose, se estiró todo lo que pudo, se dilató intentando llenar cada resquicio, se expandió hacia los valles menores, se desplegó, se alargó de punta a punta, se desdobló, se dio vuelta, lentamente primero, aceleradamente después. Como siguiendo un deseo que la hacía querer abarcar con el cuerpo todo el territorio (sin haber estado nunca en la capacidad de lograrlo por completo, aún hoy), jugueteaba con la idea de que se lucía cubriéndolo todo con sus túnicas exquisitas, adamascando el paisaje...

La suburbana alfombra regional de comunidades dispersas por los valles, de edificios guindados de los riscos como alhajas y draperías y la caótica Babilonia de la periferia, fueron el miope producto, desafortunadamente, de esta “consabida imagen” de la poesía, la cual, no obstante, sigue profundamente grabada en el inconsciente colectivo como un arquetipo palpitante. 


Siempre vuelve, y tendrá que volver, constantemente transformada. Si en la “vieja metáfora”, como escribiera Insausti, “dialogan la tradición y el porvenir”, no importa si en el pasado perdimos medio siglo de crecimiento errado. Ello seguirá hablándonos de la hermosa mujer que fuera Caracas una vez... y de su soberbio palacio, cuya inteligente relación urbana, si queremos, todavía podemos retomar. Los manuales urbanísticos de Bello y sus discípulos siguen allí para ayudarnos.



NOTAS:
1. Rafael Angel Insausti. "El Avila en verso", Revista Shell, Caracas, 1956.

Publicado en: Arquitectura, EL NACIONAL, Caracas, 2 de Diciembre de 1996; Peter Lang, editor."The Hanging Suburbs", Suburban Discipline, Storefront Books, No. 2, Princeton Architectural Press, New York City, 1997.  




jueves, 1 de marzo de 2007

Gaya ciencia


Grabado de Juan de Caramuel y Leibkowitz (1606-1685)



“Comprende el nombre de Facultades Literarias, 
todas las que se ocupan en contemplar el Sonido y la Figura, 
la Proporción y la Belleza, la Potestad, y la Significación, 
Uso y Empleo de los Caracteres y las Letras. 
Y porque el Arquitecto, que se precia de ser en su profesión eminente, 
ha de tener de todas suficiente noticia.” 
Juan de Caramuel y Leibkowitz. 1


I. Metro mágico que al alma expresas
Una manera de explicar el efecto placentero de las proporciones en arquitectura es suponer que algunas formas son en sí mismas más agradables a la vista que otras. Fue creencia común durante el Renacimiento que los rectángulos más bellos eran aquellos cuyos lados tenían la simple relación numérica de las consonancias musicales. Posteriormente, los rectángulos que gozaron de mayor popularidad fueron aquellos cuyos lados están en la proporción de la Sección Aúrea 2.

Cabría preguntarse, ¿cuál sería el secreto de la proporción de los rectángulos, los prismas, los cuadriláteros inscritos en la trama tipográfica de una página en blanco? Una columna de un periódico, un artículo de una revista, un libro de “nueva planta”, sobre todo si versan sobre arquitectura, ¿podrían también diseñarse como una auténtica planta sobre el tablero de dibujo y buscar una idea que pueda estar también proporcionada en sus formas y en las relaciones entre ellas?

Pletóricas de líneas y geometrías entrecruzadas, de galeras, márgenes e indentaciones, las tramas tipográficas podrían convertirse en una obsesión para un arquitecto al que le guste escribir. El grid inmanente bajo su pluma haría temblar su mano, magnetizada entre las tentaciones entre el verso o el trazo. Frente a una página en blanco (aún sin que ésta sea de papel de croquis), en su deseo de organizar todo lo que toca, el arquitecto que escribe podría mutarse en un irrefrenable Midas de la forma, esta vez escrita.

II. Llameantes alegrías, penas arcanas
Pero estas son cosas conocidas, que desde ya hace mucho tiempo (quiero decir, desde el Renacimiento), cayeron en desuso entre los arquitectos. Y no se había tenido noticia de ellas hasta hace pocos días, cuando, invitado por la Galería de Arte Nacional y la Fundación Museo de Arquitectura, estuvo en Caracas Luis Fernández-Galiano. Arquitecto aragonés, profesor y escritor y columnista de arquitectura “y otros temas” de El País, Fernández-Galiano es fundamentalmente conocido en todo el mundo por su trabajo como fundador y director de dos de las revistas de arquitectura más conocidas e influyentes de España: Arquitectura & Vivienda y Arquitectura Viva. Es decir, un verdadero arquitecto que escribe.

Fernández-Galiano trajo consigo preparada, como es de rigor, una conferencia para ser dictada en la GAN que luego dió un tanto diversa a los estudiantes en la Facultad de Arquitectura de la Universidad Central, y que a todos agradó por su claridad y por la calidad de las imágenes. Pero la conferencia, “España 1975-1992”, revistió una circunstancia especial algo inusual: se acompañaba de un preciso guión escrito que el arquitecto repartió entre los asistentes, a todos quienes instó a seguirlo cuidadosamente. Nosotros, mediáticos rapaces, furibundos amantes de la Arquitectura Contemporánea Española, graficultos empedernidos, sin poder sustraernos jamás a las archiconocidas imágenes del Museo de Mérida, de la Estación de Santa Justa, de los puentes de Calatrava, y de todos esos edificios cuyo trazo repasamos cada vez que los volvemos a tener por delante con devoción casi religiosa, desdeñamos por un rato la lectura del guión para entregarnos a nuestros desafueros íntimos.

Al fondo oíamos a Luis Fernández-Galiano, entre la lluvia, desplegando un discurso exacto en el cual la modernidad arquitectónica española se explica paralela al desarrollo político de ese país. Sin embargo, la continuidad de la atención, de entrada total y absoluta, muy pronto se vió quebrantada por un palmoteo, por un prender de luces y llamado al orden de nuestro querido amigo, quien, papel en mano, nos rogaba atender al guión escrito. “Leed, por favor”.

III. Desde los suaves labios de las princesas
La pausa ocurrió periódicamente tras seis intervalos correspondientes de muestra de imágenes a oscuras, lo cual convirtió la conferencia en especie de gimnasia rítimica, en la que la propia conferencia fue perdiendo terreno cada vez más frente al guión, lo cual al final me obligó a doblarlo con cuidado, meterlo en la cartera, y prometerme que lo leería con detenimiento más tarde.

“Leed, os lo ruego”. Y forzosamente, tuvimos que leer. Y vimos cómo el guión se organizaba en sólidas estrofas de seis versos, ancladas al final por sonoros subtítulos como “Citius, Altius, fortius: una España olímpica”, tal cual como si fuese un poema. En un apretado ritmo de frases cortas y frases largas, el ritmo de aB (donde a eran cortos hexasílabos como “Cumbres laborales”, “Formas optimistas”, “Sólidos heoricos” o “Ultimas moradas”, y B largos polisílabos como “Ideas y formas del régimen franquista. Los monumentos del nacional-socialismo”), musicalizaba el poema. Un poema profesional, académico, arquitectónico, donde el verso se había organizado para ser destinado a la lectura, y anclarnos a todos en ella.

IV. Hasta en las bocas rojas de las gitanas.6
La invocatoria a la lectura de Fernández-Galiano y su arte de trovar lucían como de los tiempos en que la palabra metro esgrimía con mayor fuerza su doble acepción, cuando el verso se diseñaba y se proporcionaba como se hacía con los edificios. Cuando endecasílabos, coplas, redondillas, tercetos, cuartetos, quintetos, acentos y todas las formas conocidas del lenguaje mediante la geometría se hicieron más perfectas para racionalizar el arte de la poesía. Y he aquí que, en las lecturas que hice sobre el tema, encontré unidos en la misma página de un texto sobre métrica poética los nombres de Andrés Bello y de Juan de Caramuel. De nuevo aparecían juntas la gramática y la arquitectura.

Bello y su obra no necesitan entre nosotros presentación, pero me temo que Caramuel, arquitecto, obispo y sabio y polígrafo del Barroco, sí, aunque ello lo dejaremos para otra ocasión, porque sería demasiado largo. Pues bien, Caramuel, además de publicar su famosísima Arquitectura Civil, Recta y Oblícua, estaba obsesionado hacia 1663 con la “idea de proporcionar al hombre el total dominio del lenguaje”, por lo que ese año “publica en Roma el libro Primus calamus, en dos tomos en folio, dividido en dos partes, Rítimica y Metamétrica, la primera dedicada a la prosodia y la métrica y la otra –la más interesante- el “Arte nuevo de varios e ingeniosos laberintos”.3 Estos laberintos de Caramuel no eran otra cosa que varios poemas y enigmas en forma de distintos laberintos, cuya “belleza tipográfica, como la de los caligramas vanguardistas”, aparte de hacerlo muy moderno, nos devuelven al punto de las tentaciones de los arquitectos frente a una hoja en blanco.4

Entre los unos y los otros métodos que hemos mencionado para alcanzar la divina proporción del objeto diseñado, lo que se buscaba era en realidad un método para multiplicar la producción de la belleza. Y ésto es cierto, ya que, por ejemplo, los edificios de Palladio o de Le Corbusier pueden estar a su vez bien proporcionados aún cuando entrañen sistemas de formas completamente diferentes. El método de Fernández-Galiano ha reencontrado por la gramática los caminos de Caramuel, y de acuerdo a ello, podemos llamar a sus textos edificios. Edificios que, diseñados con rigor y ceñidos claramente a un orden geométrico, buscan la excelencia en la disciplina, y elevan la expresión de su arte al de una gaya ciencia.


Luis Fernández-Galiano (f. lainformacion.com).


NOTAS
1. Juan de Caramuel y Leibkowitz. Arquitectura Civil, Recta y Oblícua, Libro I, Ediciones Turner, Madrid, p. 115.
2. P.H. Schofield. Teoría de la Proporción en Arquitectura, Editorial Labor, S.A., Calabria, Barcelona, 1971, p. 17.
3. J. Caramuel y Leibkowitz. Op.Cit. El Arte del Teatro y los Laberintos. Libro I. P-p. XVII-XVIII.
4. Rubén Darío. Elogio de la Seguidilla.


Publicado en: Arquitectura, EL NACIONAL. Caracas, Diciembre 7 de 1992.