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jueves, 19 de septiembre de 2019

Arquitectura, calma y cordura


 
1. Academia Militar de La Planicie, Caracas. Alejandro Chataing, 1906  (f. @micaracasantigua, 2016).

"Si no voy a ser yo mismo,
quién lo será?"
Alfred Hitchcock.1

1. La parábola del templo
Luego de dos décadas durante las cuales nuestras ciudades han sido flageladas infatigablemente para intentar sustituirles su #MemoriaUrbana por otra, sufriendo el reiterado cambio de sus nomenclaturas, el reemplazo forzado de sus iconologías, la sustitución irreverente del significado de sus monumentos, el violento derribo y desaparición de sus estatuas y obras de arte urbano y toda suerte de atentados contra el patrimonio material e inmaterial, nos encontramos frente a una nueva vuelta de la historia. Ante a un posible cambio de gobierno, a los ciudadanos cabe hacernos la pregunta: una vez recuperadas la democracia en nuestras ciudades, actuaremos nosotros igual? Le pondremos fuego a todo? O, por el contrario, haremos respetar la Ley de Defensa y Protección del Patrimonio Cultural, y reconstruiremos el orden y el respeto en la ciudad?

Muy profundamente, a juzgar por los horrores que hemos tenido que presenciar -y enfrentar- en estos anos, había calado en el inconsciente colectivo de nuestra sociedad aquella oscura práctica histórica por la cual se hacen desaparecer las maneras de pensar y las ideologías derribando sus momentos en la fábrica urbana. Más de una vez dijimos públicamente, en defensa propia, que todos los periodos de la historia, antes que sustituir sus expresiones una a una en la ciudad por las del momento histórico de turno, debían coexistir democrática -y espacialmente- en ella. Hacer espacios nuevos (de calidad, claro está), y construir ciudad. Y pasar todas por los mismos filtros de calidad artística y urbanística. El horror de ver al Monumento a Colon en el Golfo triste derribado y sustituido sobre su histórico pedestal por la estatua apresurada de un cacique saltimbanqui, es, salvando las distancias, muchísimo más triste que ver los templos coloniales construidos con las piedras de los templos mesoamericanos, porque se supone que esos errores del pasado debían haber sido largamente superados.

Hoy, luego de la debacle de estos anos, es importante que para cada atropello cometido y cada acción que emprendamos para remediarlo y para reconstruir nuestras ciudades deberá apegarse a la ley, así como al buen juicio para valorar que obras tienen valores y cuáles carecen completamente de ellos. La ira, justificada, contra el abuso -la lista es larga: nuestro desaparecido Colón del Parque El Calvario, la implantación de adefesios, empezando por el Mausofeo tras el Panteón Nacional, los cambios de usos para convertir en antros del horror muchas de las arquitecturas patrimoniales, empezando por El Helicoide-, violando todas las declaratorias de patrimonio existentes, hace que muchos se la pasen por estos días haciendo listas de obras candidatas a alimentar la pira donde un fuego divino las purgue. Pero calma.


2. Espacios de la memoria y de la des-memoria
Nosotros, desde la Fundación de la Memoria Urbana, queremos hacer un llamado a la cordura. Los edificios no tienen la culpa de las cosas que les hacen: ni de los nuevos usos impuestos, como en la antigua Academia Militar la Planicie de Alejandro Chataing (1906) o El Helicoide de Jorge Romero Gutiérrez (1959), ni de los desastres que los destruyen, como en el Panteón Nacional de Manuel Mujica Millán (1930), todos patrimonios declarados. Para solo nombrar los casos más importantes en la capital.

Algunas barbaridades, ciertamente, deberán ser desmontadas por completo, porque merecen ser olvidadas por mediocres, simplemente. Otras cambiadas de uso para convertirse en espacios de la memoria, donde justamente nunca más olvidemos lo que pasó.

En la historia futura de nuestra ciudad, ojalá se abra ahora un capitulo de reconstrucción civilizada e incluyente, donde restauremos nuestras obras de arte y donde nunca más haya lugar para la barbarie y la imposición en el espacio urbano. La ciudad es un palimpsesto de las mejores obras que cada civilización produce.

Esas, deben perdurar a toda costa para que cada ciudad pueda ser cada vez más, ella misma.




2. Maqueta de El Helicoide, Roca Tarpeya, Caracas. Jorge Romero Gutiérrez, 1959 (f. 1950 - Archivo FMU)



NOTAS:
1. Sidney Gottlieb (editor). "If I won't be myself, who will?", Alfred Hitchcok, Interviews (Conversations With Filmmakers Series), University Press of Mississippi, 2003.
 

Publicado en: Opinión, @ELNACIONALWeb, Caracas, Enero de 2018: https://www.elnacional.com/opinion/columnista/arquitectura-calma-cordura_268442/

miércoles, 21 de enero de 2015

Las torres transparentes



1.  "La Calle principal de Caracas, antes Calle de la Santísima Trinidad" (f. Archivo Fundación de la Memoria Urbana).


"Transparente. Del lat. trans-, a través, 
y parens, -entis, que aparece". 1

1. Por la calle del príncipe
La debacle de destrucción desatada en el valle de Caracas en los últimos tiempos está llegando a niveles casi bíblicos. Al igual que la Ley, cuya ignorancia no es excusa para su incumplimiento, debería serlo igualmente para la Memoria Urbana: no conocerla no debería ser excusa para destruirla. Pero lo ciudad está siendo demolida frente a nuestros ojos, por todas partes. Y entre los episodios de esta monstruosa debacle (que veíamos venir), merece capítulo aparte el que se dedica a la Calle principal de Caracas -hoy Bulevar Panteón- de nuestro Centro Histórico: sencillamente, la calle más incomprendida y vejada en toda Caracas.

Esta Calle principal -o Calle del Príncipe-, es la calle derecha de la Catedral. En tiempos del Obispo Díaz Madroñero (1766) fue bautizada como Calle de la Santísima Trinidad, luego renombrada como Carabobo. En suave pendiente, parte desde la esquina de la torre de la Plaza Bolívar para lanzarse en sentido norte/sur hacia el río y hacia "el Ávila cercano", siguiendo su cardinal trazado de Indias.2 Es el segundo eje mayor de Caracas (el eje mayor es la Calle Real, que va de este a oeste), uniendo al templo mayor de la ciudad con el panorama mayor de la ciudad: la montaña.

En el proceso de construcción gradual de esta escena urbana tan clásicamente caraqueña, el trayecto norte fue inmemorialmente siempre el predilecto. Es hacia allá hacia donde se dirigieron desde el principio todas las miradas. Por ello, la brevedad inicial de la calle, de solo cuatro cuadras, al ser cortada abruptamente por "las empinadas barrancas" de la quebrada de Catuche, duró tan poco.3 En 1793, cual epifanía, surge una visión con talento. Muy urbana, y a la vez, muy religiosa. Es la de la Iglesia de la Santísima Trinidad que se construiría sobre la Sabana de Ñaraulí (actual San José). En una operación pionera de diseño urbano, la Calle principal se alargó, saltando encima de la topografía con el Puente de la Trinidad, para ir a rematar contra la portada del templo.

Todo un formidable imaginario urbano se gesta entonces, muy al gusto del urbanismo del siglo XVIII, tan amante de los monumentos organizando visuales en la fábrica urbana, pero sobre todo, muy íntimamente ligado a la historia del ciudadano Simón Bolívar, cuyo nombre completo era, como todos saben, Simón José Antonio de la Santísima Trinidad. El templo, "dedicado a la Santísima Trinidad, con su propio nombre y advocación", se elevó entre la ciudad y el piedemonte avileño celebrando la misma dedicación de "la capilla que habían construido los antecesores de Bolívar en la Catedral, la devoción de la familia".4

Todo ese sistema urbano altamente escenográfico, genuino, lleno de sentido, se completará arquitectónicamente en la concepción tripartita de la fachada de la iglesia, diseñada con tres naves "para que reflejara mejor el simbolismo trinitario". "Tres puertas hacia el mediodía y dos torres campanarias a los lados"; tres torres rematando la calle, tres torres unidas a la torre principal de la ciudad a través de la perspectiva de la calle. Ni que decir que esta se convirtió inmediatamente en una nave ceremonial al aire libre… que con el tiempo recibiría, escenificaría y vería sucederse los episodios de la vida y muerte del Libertador uno tras otro. Mientras tanto, al fondo, la montaña, como telón de fondo integrado a la ciudad: "Y el Angelus lento siente la nostalgia / de que se revisten las nieblas del Avila".5

No nos extrañe, pues, que un magistral arquitecto como lo era el español Manuel Mujica Millán, educado en Barcelona, y diestro en las artes de la arquitectura urbana, haya concebido en 1930 que las tres torres con las que sustituiría las antiguas fueran totalmente transparentes, con largos ventanales en el fuste y en el ático que dejaran ver la montaña incluso desde la Plaza Bolívar. Pero es lógico: la ciudad que allí estaba ya lo había decidido antes por él. Mujica solo tuvo que leerlo en la memoria urbana. Y acertaron ambos.



                                               2. El Boulevard Panteón en los 2000  (f. Flickr.com).
 

2. Mausofeo
Decía André Malraux cuando era Ministro de Asuntos Culturales de Francia en los años 60, que los bienes culturales solo empiezan a existir cuando se los nombra. Y así es. La historia que no se conoce, no se puede valorar. Como las orquídeas no identificadas en la selva umbría.

No nos asombremos, entonces, cuando vemos a Caracas siendo vejada sistemáticamente hoy en día. Hay pocas capitales del mundo tan poco protegidas y con tan pocas obras publicadas sobre su arquitectura y urbanismo como la nuestra. Su historia está prácticamente inédita. Por ello, todo el mundo piensa que nada en ella vale la pena (aunque ustedes y nosotros sabemos que no es así).

Pero en el caso de nuestra calle principal, no. Pesa sobre la abolición de esta historia caraqueña una serie de declaratorias que la protegían: la del Centro Histórico de Caracas, la del mismo Panteón Nacional como Monumento Histórico, desconocidas una a una en nuestra calle principal. Pero es cuestión de tiempo. La Ley, y la Memoria Urbana, tarde o temprano, prevalecerán.



NOTAS
1. Real Academia Española, Diccionario de la lengua Española, vigésima edición, Espasa-Calpe, Madrid, 1984,  p. 1331
2. Lucas Guillermo Castillo Lara. "El Panteón Nacional, Tierra sagrada, ejemplo tutelar, lección de gloria",  El Panteón Nacional, Ediciones Centauro, Caracas, 1980,  p. 18
3. "…la calle central partía de la catedral. Hacia el norte se acababa a las cuatro cuadras. Allí la ciudad terminaba abruptamente en las empinadas barrancas del Catuche". L.G. Castillo Lara, Op. Cit., 1980, p. 17
4. L.G. Castillo Lara. Ibid., 1980, p. 21
5. Eduardo Carreño. Nieblas, En: Lucas Guillermo Castillo Lara y Edgar Pardo Stolk, El Panteón Nacional, Ediciones Centauro, Caracas, 1980, p. 19.



 Publicado en: Opinion, @ElNacionalWeb, 8 de diciembre de 2014: http://www.el-nacional.com/hannia_gomez/torres-transparentes_0_533346716.html