Mostrando las entradas con la etiqueta Hotel Tamanaco. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta Hotel Tamanaco. Mostrar todas las entradas

miércoles, 23 de enero de 2008

Véanlo caer

Primera plana del diario caraqueño EL UNIVERSAL. Caracas, 28 de diciembre de 1999 (f. Archivo Fundación de la Memoria Urbana).




No, el que caerá no es el que imaginan: no es el edificio Galipán. No es esa obra de arquitectura emblemática de la Avenida Francisco de Miranda que diseñara un buen día el arquitecto Gustavo Guinand van der Walle, el Gentilhombre de Arambao, el diseñador de estatura internacional de varios de los edificios protagonistas de esta ciudad, como el Hotel Tamanaco, el Edificio Easo y los desaparecidos cines Lido y La Castellana, hoy (1999) igualmente amenazado de muerte por una Orden de Demolición Total que está presta a ser llevada a cabo por los diligentes esbirros de Constructora San Vil.  

No. Lo que caerá no será su noble mole de mármol, vidrio, cemento y ladrillo, no. No será su reposada figura de aristócrata elegante de los cincuenta; no será su corpolenta composición de masas escalonadas ni su vieja planta orlada en forma de estrella; no será su inmensa ancla urbana afianzada a un costado de la segunda avenida más importante de la ciudad, inaugurando con su presencia naval toda personalidad, carácter y sabor urbano en la zona, siguiendo el mismo pionero patrón de conducta urbana del Hotel Fontainebleu cuando fue plantado por Morris Lapidus en la Collins Avenue de esos mismos años, lanzando hacia el norte virgen la balística del desarrollo de Miami Beach.

No. El Galipán no es el que caerá. Aunque le hayan rayado con vergonzantes graffitti de “Prohibido el Paso” todas las lujosas paredes de mármol; aunque le hayan arrancado sus lámparas de cristal de las paredes de la rotonda una madrugada; aunque le hayan tapiado una por una todas sus ventanas; aunque le hayan dejado crecer adrede el monte y la maleza; aunque le hayan sacado uno a uno los reculantes inquilinos y borrado de un zarpazo su curvo pasaje ilustre de la más tradicional vida urbana del municipio; aunque lo hayan permitido envilecer de basura, polvo, lodo y todo cuando hay de horrible para afear y hacer disgustante la cara de un edificio. A pesar del lamentable estado en que lo han dejado, vivimos la paradoja de la persistencia de su sabia arquitectura luciendo mejor que la cualquiera de sus vecinos de acera...

Este monumento arquitectónico de una era gloriosa no será el que rodará por el fango. Aunque su caída aleccione fatalmente a los ciudadanos y todos comprendan
de un golpe mortal que a partir de su demolición cualquier cosa ya podrá también caer; las arquitecturas notables, paisajes urbanos enteros, las casas clasificadas, tipologías completas, los cascos y los distritos históricos, las avenidas plantadas, los jardines de autor, los monumentos, las calles queridas, las vistas seductoras, las memorias, los árboles, los recuerdos, todo. Si cae El Galipán a estas alturas cualquier cosa puede perderse ya en la ciudad. Significaría que las autoridades urbanas de Chacao no saben lo que vale su arquitectura para la Miranda; o lo que es lo mismo: que no comprenden, entonces, absolutamente nada de nada en materia urbana.

En cambio, lo que sí va a caer con estrepitoso estruendo, con un estertor espantoso que se hará legendario en la Historia Urbana de Venezuela, lo que todos sí verán rodar por el suelo asfaltado de la Miranda salpicando los retiros, reventándose en cascotes disparados por los aires, erizado de cabillas, afiladas reventándose contra las fachadas, desmo
ronado en escombros, mordiendo el polvo, partido en mil pedazos, en medio de una nube de vidrio molido que se levantará por kilómetros a la redonda... es su Grupo Promotor.

Veánlo caer. Vean cómo cae la dudosa reputación de todo un combo arquitectónico e inmobiliario que dice estar aquí para “asegurarnos el bienestar, el lujo y la belleza”. Vean como rueda por el mismo lodo con el que han degradado con fruición (hasta hoy impunemente) uno de nuestros más queridos íconos arquitectónicos, burlándose de nuestra tradición arquitectónica, de nuestra memoria urbana y de nuestras legítimas protestas. Veánlos promover en el sitio de El Galipán una nueva y mediocre floración vítrea, esta vez, seguro, en tonos violáceos, que es la que les falta en su larga lista de oropeles mercadeables... Y vean
cómo esta arquitectónica Columna se declara Anti-Salomónica abierta y ferozmente a partir de esa dolorosa demolición. Auguramos que nada de lo que en ese terreno se construya tendrá éxito, porque no puede triunfar una operación que nace de despojar cruelmente a la ciudad... A todo lo que allí quiera levantarse le caerá una maldición gitana: lo matará la nostalgia del magnífico edificio de Guinand.

Veánlo caer. Y observen cómo cae junto suyo en pleno la respetabilidad de la Oficina de Gestión Urbana del municipio Chacao, que ha validado en el pasado todos sus chimbiles rediles y “alegres” campos alegres, y cómo se desploma el nuevo Plan de Ordenamiento Urbano Local que se quiere hacer aprobar para ese municipio, que con esa sola Orden de Demolición Total, tan clara, tan prístina, tan desconocedora de la evolución
de la Ciencia Urbana, se ha automáticamente invalidado también ella a su vez por no contar siquiera con lo que cualquier ordenanza urbana de menor cuantía en ese mundo tendría: una conciencia absoluta y responsable de lo que significa el Sentido del Lugar, respaldada con un Plan Catrastal Patrimonial Arquitectónico y Urbano del que poder aferrarse para defenderlo.

Veánlo caer. Por promotor destructor de la memoria, por constructor de basura arquitectónica, por irrespetuoso mercenario inmobiliario. Y con él, vean desplomarse a la planificación cómplice de las autosuficientes y excluyentes Oficinas Locales de Planeamiento Urbano que funcionan en esta ciudad. A este esquizofrénico, inoperante y destructivo esquema de autoridades urbanas fragmentadas operado por planificadores eficientistas y sordos los unos de los otros, con Chacao, Sucre, Petare, Libertador y Baruta cada uno tirando de la
ciudad por su lado y peleándose entre sí hasta que la ciudad se les rompa. A la anarquía, a la mediocridad y al engaño: al cadáver del enemigo. Cuando mande sus tractores. Veánlo caer.

"El Edificio Galipán en la Avenida Miranda, Caracas", c. 1950s  (Postal. Tipografía Cervantes. Costa Salas - Archivo Fundación de la Memoria Urbana).





Publicado en: Arquitectura, EL NACIONAL, Caracas, lunes 17 de Mayo de 1999.

domingo, 16 de septiembre de 2007

Catarsis


¿El Hotel Tamanaco no es, acaso, un hito arquitectónico de Las Mercedes? (Postal. Archivo de la Fundación de la Memoria Urbana).




Hay quien dice que a los restaurantes se les puede catar de entrada probando la calidad de la mantequilla, el agua y el pan. El pan puede estar frío, el agua puede ser del grifo y la mantequilla saber a crema de afeitar. Entonces habría que renunciar a seguir. Pero si en cambio uno estira la mano y ya la panera cuando viene está caliente, el agua es mineral de fuente conocida y la mantequilla sabe a crema Chantilly, la comida lo más probable es que prosiga bien.

Tan buenos resultados da el método, que me atreví a enunciar uno propio: “A las Legislaciones Urbanas se les puede cantar de entrada probando la
calidad del trato a la arquitectura y al espacio urbano”. Uno debe estar muy atento a: 1. Ver si éstos son mencionados; 2. Apreciar en qué cantidad, y 3. Con qué calidad. Si la ordenanza en cuestión cumple con estos tres requisitos, se puede abrir la boca tranquilo y tragarse el cuento completo.

Hace pocos días, en ocasión de la presentación pública de la Nueva Ordenanza de Las Mercedes, decidí probar. Fiel a la regla infalible, fui primero que nada a buscar el apartado “Arquitectura” entre las páginas prolijas en porcentajes. De hecho, allí estaba, prácticamente al comienzo del gordo legajo, bajo “Consideraciones arquitectónicas”. Constaba de algo así como cinco escuetas líneas, donde se nombraban ampulosamente los dos “Hitos arquitectónicos” de Las Mercedes: el edificio La Hacienda del ¡arquitecto Tomás J. Sanabria! (es de Diego Carbonell), y la bomba de Las Mercedes con su columna de ¡Cruz Diez! (es de Alejandro Otero). Me entró un ataque de risa: de dos, dos. Sendos y significativos traspiés, sin conta
r que por ninguna parte aparecían los demás edificios notables. Nada del Hotel Tamanaco, “el” hito mercedeño por excelencia, ni de la arquitectura vasca, la verdadera responsable del “sabor rosa” del barrio.

Habiendo la regla fallado aplicándola a la arquitectura, y ya llena de recelo, me fuí a indagar qué pretende hacer el gobierno local con los espacios urbanos. En la Nueva Ordenanza (aún no aprobada), este pedazo de ciudad es considerado básicamente un Gran Nodo Vial que Hay que Resolver a Como Dé Lugar. Tales urgencias, unidas a un insólito método de diseño urbano que yo desconocía (el “Cut & Paste”, sin duda producto de la era Cibernética), redundó en una ley de énfasis automotor que no es sino el duplicado actualizado de la Ley anterior. Su único sueño: satisfacer las presiones económicas de los propietarios con terrenos en la zona. Al espacio urbano se le purga del plan como a una plaga. La ordenan
za repite lo que decía su antecesora, prácticamente sin pensar. Se diseña a posteriori, y no adelantándose a la forma de la ciudad. No hay aquí visiones de conjunto, no hay nexos urbanos con la ciudad alrededor, no hay sistemas de espacios públicos, no hay, en fin, un proyecto cualitativo urbano para Las Mercedes que use realmente sus oportunidades y potenciales.

Son los espacios urbanos los que faltan por “ordenar” en esta ordenanza. Lo que sí abundan son los subterfugios para conseguir más puestos de estacionamiento aún a costa de la calidad espacial de la calle (permisos para estacionamientos elevados que destruyen los pisos más nobles y públicos de los edificios, aún a pesar de que ya existen estacionamientos subterráneos que han demostrado su factibilidad y conveniencia, como el de la calle La Trinidad) y hasta de toda Caracas (la absurda propuesta de techar el río Guaire con carros y tarantines). Todo se reduce a metros cuadrados y “nodos viales” (éstos últimos despachados con rampas que cortan la trama urbana o con chatarras de elevados que nadie sabe por qué se empeñan en reciclar obstinadamente); todo queda en cuánto más podremos construir, dónde podremos integrar ahora más parcelas, dónde más podremos estacionar, y se nos quiere hacer tragar a cambio el gran gesto “proteccionista” de limitar a siete pisos la altura máxima de los edificios. La vieja propuesta para Las Mercedes, de usar los centros de las manzanas, por ejemplo, es como si no hubiera existido nunca.

Esa mañana en Paseo Las Mercedes, con los sentimientos heridos, las pasiones a rienda suelta y el corazón en un puño, vi en un segundo cómo este barrio desaparecerá de la faz de la Tierra. Sin ningún incentivo que propicie su conservación, la no
ble arquitectura del lugar que aún queda será barrida en un santiamén. La “Zona Rosa” se volverá “Zona Neo-Miami”. Sin una colectividad arquitectónica que reclame contra las acciones absurdas que se quieren emprender, los dineros públicos irán a parar a obras que sólo empeorarán la calidad urbana. Sin embargo, todavía estamos a tiempo para repudiar y luchar por la no aprobación de esta infame ordenanza. La batalla aún la podemos dar.

Entretanto, a mí no me queda más camino que tratar de purificar mi alma de éso que la tiene envenenada desde aquel día. Escribir para deshacerme de la pesadilla: dar la voz de alerta por esta columna del riesgo que están corriendo la arquitectura y la ciudad en Las Mercedes mientras intento disfrutar de la emoción estética. 


Los griegos decían que haciendo catarsis uno puede deshacerse de las pasiones. Yo lo dudo.



Hotel Tamanaco, Caracas (Postal, 1950s. Archivo de la Fundación de la Memoria Urbana).



Publicado en: Arquitectura, EL NACIONAL, Caracas, lunes 23 de Febrero de 1998; arqa.com: http://1999.arqa.com/columnas/hanniag3.htm



domingo, 26 de agosto de 2007

Flores al Galipán

"El Galipán en la Miranda" (Postal, Costa Salas - Archivo Fundación de la Memoria Urbana, 1950s).




Sentada a la mesa de un bar de la Avenida Francisco de Miranda, disfruto a través de la vidriera de una de las mejores vistas urbanas de Caracas. El edificio Galipán, justo enfrente, luce espléndido, gran trasatlántico de los cincuenta. El vidrio de la fachada donde estoy le ha desdibujado el escombroso abandono y le confiere ciertos brillos empañados. Asimismo, las masas estridentes de sus dos monstruosos vecinos, confundidas en el reflejo de la vidriera, desaparecen un tanto y casi me molestan menos. Disfruto inmensamente de la vista, y de mi Gin & Tonic.

Imagino cómo era aquel lugar en 1952, cuando se inauguró el edificio. La avenida como dijéramos una vez en un libro del Instituto de Arquitectura Urbana, luciría “nueva y flamante”, prácticamente construida para el uso exclusivo de la “gigantesca megaestructura en medio de grandes lotes baldíos de terreno”.1 El edificio se asienta majestuosamente a su orilla como un “mundo urbano en sí mismo, como un pedazo aislado de ciudad”. En aquel entonces lo habíamos escogido entre los diez mejores edificios de vivienda multifamiliar de los años cincuenta y le redibujamos cariñosamente sus plantas, sus secciones y sus alzados, cuidando mucho en delinear bien cada antepecho, cada baranda, cada alero (que tánta familiaridad tienen con los de su notable pariente, el Hotel Tamanaco, otra espléndida obra del arquitecto Gustavo Guinand van der Walle), a fin de salvarlos para la posteridad, erigiéndolo con nuestro devoto esfuerzo en un sitial de honor: una de las operaciones de mayor confianza urbana de la época.

Arriba en el último piso, un amplio restaurante coronaría la corpulenta fábrica a lo largo de una terraza sobre la curvatura central del volumen, rutilante de luces festivas y repleta de gente, y desde cada uno de los dos penthouses en las cinco puntas del edificio, los inquilinos, todos gente muy chic que se daban codazos para conseguir aquí apartamentos para rentar, abrían sus elegantemente decorados balcones a la vista de la nueva Caracas. Eran las primeras terrazas escalonadas de la ciudad y habían sido modeladas según los hermosos y sofisticados balcones urbanos en los rooftops de Nueva York.

Los tres triángulos estrellados de los tres edificios unidos que es el Galipán hacen una planta residencial formalmente agraciada, que resulta bien difícil de cambiar de uso. Más en los tiempos actuales, aunque aún viva allí mucha de la gente inicial, el edificio es prácticamente de oficinas. Sincerar el cambio de uso sin destruir el edificio es un reto para quien quiera remozarlo en el futuro. El respeto, además para la arquitectura del autor del Easo y del Tamanaco, quien ya ha visto desaparecer un edificio suyo (el Cine Lido) en las inmediaciones, es un deber moral que tendrá que ser tomado en cuenta. Y no hay nada menos “guinandiano” que los vidrios-espejo de colores galácticos.

Imagino también la Librería del Este en la planta baja, que empezaba a elaborar su larga trayectoria librera de calidad, y por el oeste la Galería Adler-Castillo, que quizás más tarde, haría otro tanto con el arte. Veo esta arquitectura urbana, recién construida, cuyos lobbies son un muestrario de materiales de lujo graciosamente encastados, con la Sastrería Carlone (que aún sobrevive) y la casa Christian Dior, y una espléndida exhibición de automóviles BMW en el local central, convirtiéndose en el enclave del dandysmo caraqueño de los cincuenta.




Este hábil cuerpo transparente longitudinal, del cual su arquitecto está muy orgulloso (1997) y que recibe encima horizontalmente el nombre del edificio, elabora con otra serie de elementos una “oda al automóvil” de la que también hablábamos hace trece años. Armando un frente continuo a la avenida, se yuxtapone a las concavidades de los volúmenes del edificio. Aún podemos apreciar el grandioso rond-point y la calle interna que permite poder llegar en automóvil “hasta la puerta misma de las viviendas” y sentir los restos del señorío y el lujo perdidos de una época de bonanza y gentilicio.

Indiscutiblemente, desde donde estoy, una mesa del bar La Mostaza en la planta baja de la Torre Europa, cruzando la avenida, el panorama, majestuosamente dominado por la presencia urbana del Galipán, es añejadamente bueno, de ya casi medio siglo, y la fuerza de la arquitectura del edificio, aunque envilecida por el deterioro y los cambios forzados de uso, es más fuerte que la erosión. Aún como bella ruina le gana a todo lo que tiene alrededor. ¿Por qué haberlo dejado deteriorar tánto? ¿Por qué no remozarlo de nuevo y restituirle la calidad de antaño?

En la revista semanal New York aparece la influyente sección de crítica turística y gastronómica de Gael Greene. Este personaje tiene la peculiaridad (común a la mayoría de los críticos) de practicar el anonimato. Se rumorea que es una mujer madura, que anda muchas veces tocada de extravagantes sombreros, la mayoría de las veces con gafas oscuras, cuyo rostro nadie sabe describir muy bien, unos porque se atemorizan demasiado al reconocerla, otros porque de tan significativo como es, ponen los pies en polvorosa para mejorar el servicio, no vaya a ser que ella ventile sus errores a los cuatro vientos. Gael desayuna, almuerza, merienda, cena, barea y juega todos los días de su vida sin descanso. Sabe dónde está todo lo que se trama y todo lo nuevo, todo lo que llegó esa mañana a puerto y todo lo que se pudre en las neveras, todo lo que persiste con sabiduría a través de las generaciones y todo lo que cambia irremisiblemente para perderse por siempre. Genio del genius loci restaurateur, Gael todo lo dice y todo lo señala, y es amada y temida por ello. En una ciudad como la nuestra, donde hasta los chefs matan por una receta de cocina, su vida sin duda correría peligro, aunque no creo que sea probable que ésto lo atemorise.

¿Qué haría Gael, en Nueva York, para proteger un manjar añejado como el Galipán? ¿Apresuraría a sus lectores a degustarlo como un plato fuerte del paladar de otros tiempos que pronto desaparecerá? ¿Criticaría los nuevos planes de los arquitectos y los promotores que lo rondan para ponerlos verdes? ¿Iniciaría una campaña de opinión? ¿O daría un voto de confianza, escribiendo una calmada nota en la que alabaría todas y cada una de las virtudes arquitectónicas y urbanas de tan preciada pieza de la ciudad, dándole crédito a su honorable creador y conminando a que cuando el edificio vuelva a ser metido al horno, se le trate con cariño y respeto...? 


Mucho cuidado, amigos míos, con este manjar urbano. Estamos vigilantes.


La "crítico insaciable", Gael Greene.




NOTAS
1. "Edificio Galipán", La vivienda multifamiliar: Caracas 1940-1970, Instituto de Arquitectura Urbana, Caracas, 1983.



Publicado en: Arquitectura, EL NACIONAL, Caracas, 23 de Junio de 1997.